Investigaciones filológicas de canarias Fundación César Manrique Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
 
Estudio

 Estudio Introductorio

1. PRESENTACIÓN
 1.1. Dentro de un proyecto
 1.2. Autorías y colaboraciones
2. RECOLECCIÓN DE MANUEL ALVAR
 2.1. Proyecto de un Corpus toponymicum canariense
 2.2. Fuentes documentales
 2.3. Los mapas
 2.4. Los informantes
3. NUESTRA INTERVENCIÓN
 3.1. Comentario al método de Alvar
 3.2. Revisión de materiales
 3.3. Ampliación y actualización del corpus
  3.3.1. Nuestras encuestas
  3.3.2. La colaboración de Agustín Pallarés
  3.3.3. El Gran Atlas de Canarias
4. APLICACIÓN INFORMÁTICA
 4.1. El soporte informático
 4.2. La ficha informática: sus diversos campos
 4.3. Identificación geográfica del topónimo: Campo IT
5. CRITERIOS DE TRANSCRIPCIÓN DE LOS TOPÓNIMOS
 5.1. Características dialectales
 5.2. Criterios ortográficos
 5.3. Uso del artículo
 5.4. Pérdida de la preposición
6. GEOGRAFÍA DE LANZAROTE
 6.1. Un drama geológico
 6.2. Un paisaje único
7. GEOGRAFÍA Y TOPONIMIA DE LANZAROTE
 7.1. Sobre el nombre de la isla y de sus habitantes
 7.2. Los «Islotes» de Lanzarote (archipiélago «chinijo»)
  7.2.1. La Graciosa
  7.2.2. Montaña Clara
  7.2.3. Alegranza
  7.2.4. Roque del Este
  7.2.5. Roque del Oeste
8. TOPONIMIA HISTÓRICA DE LANZAROTE
 8.1. Toponimia perdida por las erupciones
 8.2. Topónimos nuevos
 8.3. Singularidad de los topónimos guanches
9. UNA VISIÓN (Y VALORACIÓN) GENERAL DE LA TOPONIMIA DE LANZAROTE
 9.1. La toponimia como «lenguaje» de un territorio
 9.2. Clases, cantidades y porcentajes de topónimos
  9.2.1. Desde el punto de vista distribucional
  9.2.2. Desde el punto de vista descriptivo
 9.3. Tipos, cantidades y porcentajes de unidades léxicas
  9.3.1. Una clasificación «analítica»
  9.3.2. Los términos más recurrentes, los menos y los particulares
 9.4. Los morfotopónimos
 9.5. Los topónimos de costa
 9.6. Los tipos de terreno
 9.7. Actividad agropecuaria
  9.7.1. La agricultura
  9.7.2. La ganadería
 9.8. Los hidrotopónimos
  9.8.1. Fuentes
  9.8.2. Maretas
  9.8.3. Aljibes
  9.8.4. Barrancos, valles y nateros
  9.8.5. Bebederos y dises
  9.8.6. Pozos
 9.9. Los antropónimos
  9.9.1. De origen prehispánico
  9.9.2. De la época de la conquista
  9.9.3. De la época del poblamiento
  9.9.4. Personajes modernos
 9.10. Los hagiotopónimos
  9.10.1. Nombres del santoral
  9.10.2. Lugares de culto
 9.11. Los fitotopónimos
 9.12. Algunos topónimos «poéticos»


 Clasificaciones

1. DESDE EL PUNTO DE VISTA GEOGRÁFICO
  11. Poblamiento y explotación del territorio
  12. Comunicaciones
  13. Morfotoponimia
  14. Percepción geográfica del terreno
  15. Hidrotoponimia
3. DESDE EL PUNTO DE VISTA BIOLÓGICO
  31. Fitotoponimia
  32. Zootoponimia
4. DESDE EL PUNTO DE VISTA HISTÓRICO-CULTURAL
  41. Antroponimia
  42. De referencia socio-económica
  43. De referencia histórico-cultural
5. DESDE EL PUNTO DE VISTA LINGÜÍSTICO
  51. De procedencia léxica
  52. Calificación relativa del topónimo
  53. Desconocidos o inciertos


 Referencias

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
 
 Comentarios a varios topónimos

AcucheAfeAganada
AjachesAjeyAlegranza
AlmusiaArganaArrecife
ArrietaAtalaya de FemésBarranco de la Horca
BerberíaBerrugoCastillo del Águila
Charco de los ClicosCharco de San GinésChifletera
Chimía / ChimidaConilCorona
Cuchara / CucharasCueva de Ana ViciosaCueva de los Verdes
DiamaDise / DisaderoEchadero de los Camellos
El ChafarísEl Gentilicio de los de LanzaroteEl Golfo
El JableEl RíoErmita de la Magdalena
Ermita de los DoloresFajaFamara
FemésFiquinineoFundación César Manrique
GaidaGayoGoires
Grifo, ElGritanaGuanapay
GuancheGuantebésGuantesibe
GuardilamaGuasiaGuasimeta
GuatesíaGuatifayGuatisa
GuatiseaGueniaGüestajay
GuiguanGüimeGuinate
GusaHaríaIguadén
InfiernoIslote de HilarioIslote del Amor
Islote del CastilloIslote del FrancésIslote del Puente de las Bolas
Jameos del AguaJanubioJardín de Cactus
La GeriaLa GraciosaLa Santa
LanzaroteLos «islotes» de Lanzarote (Archipiélago Chinijo)Mácher
MaciotMáguezMajo
MalaMancha BlancaManeje
ManguiaMaramajoMareta de la Villa
Mármoles, LosMasdacheMaso
MíjaraMijeMontaña Clara
Montaña de la CintaMontaña MinaMontañas del Fuego
MosagaMosegueMosta
MuñiqueNazaretOígue
ÓrsolaPapagayoPasasipuedes
PechigueraPedro BarbaPedro Perico
Peña de AndíaPeña de Luis CabreraPeñas de Áfite
Peñas del ChachePico NaoPlaya Blanca
Playa LambaPozo de la Caleta de FamaraPozos de San Marcial
Pozos del RubicónPuerto del Carmen / TiñosaPuerto Naos
Punta BravaPunta del BravíoPunta Mujeres
Río TintoRoque del EsteRoque del Oeste
RubicónSafantíaSaga
SágamoSamarínSan Bartolomé
SerbijaoSonsamasSoo
TabayescoTacita de ChocolateTahíche
TaigaTaoTaro de Tahíche
TegasoTegoyoTeguereste
TeguiseTéjida / TejiaTemeje
TemisaTemuimeTenegüime
TenésaraTenesiaTermesana
TeseguiteTesteinaTiagua
TíasTilamaTimanfaya
TinacheTinaguacheTinajo
TinamalaTinasoriaTinga
TinguatónTisalayaUga
Valle de la TranquilidadValle FenasoYágamo
YaisaYeYuco


 La Toponimia de origen guanche de Lanzarote desde el   Bereber

1. LOS GUANCHISMOS EN LA TOPONIMIA DE LANZAROTE
2. EL NOMBRE ANTIGUO DE LA ISLA
3. LA FILIACIÓN DEL GUANCHE
4. LA FILIACIÓN DEL BEREBER
5. EL GENTILICIO «AMAZIGH»
6. LA SITUACIÓN ACTUAL DEL BEREBER
7. ALGUNOS DATOS DEL BEREBER
8. LA SEGMENTACIÓN MORFOLÓGICA
9. UNA POSIBLE CLASIFICACIÓN DE LOS TOPOÓNIMOS DE LANZAROTE
10. EL VOCABULARIO TOPONÍMICO DE LANZAROTE A LA LUZ DEL BEREBER
 10.1. Topónimos de Lanzarote con el prefijo a---v
  10.1.1. Estructura de los topónimos con a---v
 10.2. El prefijo a- masculino sing. del bereber
  10.2.1. Estructura de los topónimos con a---ø
 10.3. Topónimos de Lanzarote con el prefijo discontinuo t---te
  10.3.1. Estructura de los topónimos con t---te
 10.4. La forma t---t femenino singular del bereber
 10.5. El prefijo femenino t---v en el bereber
  10.5.1. Estructura de los topónimos con t---v
 10.6. El prefijo t---n femenino plural del bereber
11. EL TOPÓNIMO TIMANFAYA
12. TOPÓNIMOS CON EL PREFIJO TIN (VARIANTE TEN)
13. TOPÓNIMOS CON EL PREFIJO GUA/GUI
14. TOPÓNIMOS CON EL PREFIJO M-
15. PROBLEMÁTICA DEL ELEMENTO LÉXICO DE LOS GUANCHISMOS
16. LAS COMPARACIONES CON EL BEREBER
17. ¿EXISTEN FORMACIONES TOPONÍMICAS PRE-GUANCHES?


 

 Estudio Introductorio

1. PRESENTACIÓN

1.1. Dentro de un proyecto


El presente trabajo Toponimia de la isla de Lanzarote forma parte de un proyecto global de investigación que pretende: en primer lugar, recoger, en segundo lugar, inventariar y cartografiar y, en tercer lugar, estudiar la toponimia viva y funcional de las Islas Canarias.


Cada uno de esos objetivos, en cada una de las fases y en cada una de las islas del Archipiélago, tiene problemática particular, pero para todos ellos y para todas las islas se pretende utilizar una misma metodología que permita al culminar todo el proyecto tener una visión científica del conjunto de la toponimia canaria y hacer los pertinentes cruces y comparaciones numéricas y porcentuales, lingüísticas y toponomásticas, etc.


Desde 1990, un equipo interdisciplinar vinculado a las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna, dirigido por el Dr. Maximiano Trapero, Catedrático de Filología Española de la ULPGC, viene estudiando la toponimia de las Islas Canarias, partiendo de la unidad territorial que significa cada isla, y a partir de tres fases sucesivas de actuación:


1. Nueva recolección sistemática de la toponimia de cada isla, recogida de la tradición oral.


2. Cartografiado e inventario del corpus toponímico de cada isla.


3. Estudio lingüístico (fonológico, morfosintáctico, léxico y semántico) del corpus toponímico de cada isla. Dentro de este punto, es fundamental el sistema clasificatorio, informatizado, que da cuenta de cada uno de los términos del corpus, bajo los siguientes aspectos particulares:

a) Desde el punto de vista geográfico (poblamientos, vías de comunicación, morfología del terreno, naturaleza del terreno, hidrotoponimia, etc.).

b) Desde el punto de vista biológico (fitotopónimos y zootopónimos).

c) Desde el punto de vista histórico y socio-cultural (antropónimos, anteriores o posteriores a la conquista de las Islas, de referencia socio-económica, de referencia histórico-cultural, etc.).

d) Desde el punto de vista lingüístico (procedencia del término, valoración aspectual, calificación metafórica, etc.).


La primera isla estudiada bajo esta metodología fue la de Gran Canaria, cuyos resultados han sido publicados en su integridad (Suárez, Trapero et alii 1997) ; la segunda, la de El Hierro, cuyos resultados han sido publicados sólo parcialmente (Trapero, Domínguez et alii 1977) ; y ahora la de Lanzarote. Además, desde otras perspectivas de estudio, centradas en las estructuras morfosintácticas de la toponimia, y también bajo un mismo método, han sido estudiados los corpus toponímicos de Gran Canaria, por parte de Eladio Santana Martel (2000), de El Hierro, por parte de Manuel Domínguez Llera (inédito), y de Fuerteventura, por parte de Genoveva Torres Cabrera (2003).


Como valoración del trabajo que se está llevando a cabo, valgan las palabras de Manuel Alvar en el Prólogo a la Toponimia de Gran Canaria: «Nunca se ha intentado en España una obra toponímica como ésta... El estudio es de una riqueza impresionante y, además, llevado a cabo con el más implacable rigor; ello permite tal cantidad de análisis que el lector queda anonadado...» (Suárez, Trapero et al. 1997: I, 49 y 50). Y las palabras que Eugenio Coseriu escribió en el Prólogo al Diccionario de Toponimia Canaria de Maximiano Trapero: «Creo que no exagero en absoluto al afirmar que la lingüística toponímica de Trapero representa una revolución en la toponomástica, [...por cuanto] hace de la toponomástica una disciplina lingüística efectivamente autónoma, con objeto propio y con la finalidad en sí misma, en cuanto estudio lingüístico de los topónimos, que se pregunta cómo son los nombres de lugar y cómo se hacen en las lenguas y, en cada caso, en una lengua determinada; con lo cual proporciona un fundamento mucho más sólido también para la toponomástica histórica y aplicada» (Trapero 1999: 15).


A todos estos trabajos antecedió un estudio teórico en el que se recogieron diversos artículos publicados en distintos lugares y reunidos finalmente con el título genérico de Para una teoría lingüística de la toponimia (Trapero 1996)


Los nombres de lugar constituyen uno de los rastros más claros, más elocuentes y más duraderos de la historia de un territorio: a través de ellos podemos conocer su propio origen, su naturaleza y constitución y los distintos grupos étnicos que sucesivamente se han asentado en él. Fijados por la tradición, los topónimos llegan -como si fueran fósiles- a revelar hasta los estratos más antiguos de la formación cultural de un pueblo y de su territorio. Es cierto en toda su extensión el parecer que sobre la toponimia ha expresado un maestro incuestionable de la historia, como Claudio Sánchez Albornoz: «La toponimia es una importante auxiliar de la historia: cuando ésta calla, aquélla habla». Bien es verdad que esta tradición puede ser escrita u oral, aunque en términos proporcionales son muchísimos más los topónimos que se conservan y se transmiten por tradición oral que por la escritura. Y en este sentido, la toponimia de Canarias nos ofrece las muestras más abundantes y ricas de la cultura aborigen prehispánica.


El hombre pone nombres a los lugares donde discurre su actividad vital para familiarizarse con ellos y para poder identificarlos en su vida comunitaria. El mecanismo a través del cual surgen los nombres de lugar no puede ser más simple: resulta muy complejo y muy variado el panorama de la toponimia de un territorio cuando se nos ofrece en su conjunto, y más cuando ha de explicarse, pero el momento inicial de poner un nombre a un lugar es tan simple como poner nombre a una cosa o persona cualquiera, a las cosas más elementales que el hombre tiene a su alcance: una casa, una mesa, el huerto, los animales domésticos, el pueblo, la familia, los hijos... Unas veces el nombre será totalmente inmotivado, pero otras será motivado, por varias y hasta caprichosas razones, pero tendrá un motivo. De la misma manera surge el nombre del risco que corona el horizonte, la fuente que mana en el andén, el palmeral que crece en el barranco, el cercado que guarda los cultivos, la degollada que ofrece el paso entre barrancos...


Todo aquello que en la naturaleza adquiere una notoriedad y cumple una función identificadora merecerá un nombre. Los nombres a los que se acudirá para «bautizar» esa realidad seleccionada serán los del habla común: los nombres de una persona destacada que haya tenido relación con ese lugar, el acontecimiento histórico allí ocurrido, la advocación a un elemento religioso bajo cuya protección se busca amparo, la forma que adquiere el relieve, el color predominante de las tierras, la vegetación que allí impera, la orientación del accidente... O el procedimiento será más simple aun: aceptando la denominación que el lugar tenía ya cuando esos pobladores llegaron a ese territorio, como es el caso de los guanchismos, existentes antes de que los europeos ocuparan y colonizaran las Islas desde comienzos del siglo XV. En lo concerniente a Lanzarote, se ha conservado hasta hoy un gran número de topónimos guanches que era necesario recoger y estudiar antes de que los «nuevos tiempos» que han entrando arrebatadoramente en la isla acabaran con los informantes que conocían los rincones más recónditos y apartados de la isla con los nombres antiguos que siempre tuvieron.


1.2. Autorías y colaboraciones

Esta Toponimia de la isla de Lanzarote es una obra bien compleja, tanto por lo que se refiere a su contenido como a la forma y tiempos en que ha sido realizada. La inició Manuel Alvar y un grupo de alumnos suyos en 1971 y la han culminado Maximiano Trapero y Eladio Santana Martel con otro grupo de colaboradores en 2005. Es por tanto una obra que con toda razón debe considerarse colectiva, y extendida por un período de elaboración de más de 30 años, aunque bien es verdad que los trabajos quedaron en suspenso al terminar las encuestas primeras y no se reanudaron hasta 1997, después de que Manuel Alvar donara todos los materiales toponímicos recogidos por él en Lanzarote y en otras islas del archipiélago canario a Maximiano Trapero. Es también una obra que ha requerido de un inmenso trabajo, de consulta, de comprobación, de búsqueda y de interpretación: en términos de tiempo, esta obra ha requerido de una dedicación mucho mayor que si quienes la han culminado la hubieran también iniciado, pues la recolecta de la toponimia desde el terreno proporciona al investigador una «visión» geográfica y lingüística imprescindible para el momento posterior del estudio de los materiales recolectados, visión que de ninguna manera tiene quien se enfrenta al estudio de un corpus toponímico desde una colección de fichas, razón por la cual nosotros mismos nos vimos en la absoluta necesidad de realizar determinadas encuestas de campo en Lanzarote. Y es finalmente una obra compleja por la forma en que se presenta: como libro y como portal Web.


El libro contiene, básicamente, un estudio introductorio de la toponimia de Lanzarote y su corpus toponymicum, seguido de un estudio particular sobre los topónimos de origen guanche, de las clasificaciones y de un glosario de términos dialectales aparecidos en la toponimia. El portal Web, por su parte, contiene todo lo anterior más otros muchos datos imposibles de reflejar en formato libro, tal cual la base de datos y las innumerables combinaciones que el programa informático permite realizar sobre los distintos campos de la base: consulta de topónimos, localización de éstos en el mapa, identificación de los topónimos por sus componentes léxicos, relaciones exhaustivas de cada grupo clasificatorio, combinaciones cruzadas de puntos de vista diversos, etcétera; y además: fotografías de un gran número de topónimos (la mejor colección de fotos de Lanzarote), reproducción de cartografías antiguas de la isla, comentarios históricos y lingüísticos a algunos topónimos principales, etcétera.


Del proceso y de las distintas fases por las que ha corrido esta obra se da cuenta en apartados siguientes. Cumple aquí precisar las autorías y colaboraciones que ha tenido.


1. La recolecta primera de la toponimia de Lanzarote se debió a MANUEL ALVAR y a su equipo de colaboradores, en el verano de 1971. El resultado de su investigación quedó reflejado en fichas, mapas, apuntes de campo, relación de informantes y anotaciones varias que el propio Alvar puso en manos de MAXIMIANO TRAPERO en 1996 para su estudio.


2. El proceso de «informatización» de las fichas de Alvar fue realizado por MARÍA BENÍTEZ RAMÍREZ, entonces alumna de Doctorado de MAXIMIANO TRAPERO en la Facultad de Filología de la ULPGC, quien contó para ello con sendas Becas de la Fundación Universitaria de Las Palmas (1997) y de la Fundación César Manrique de Lanzarote (1999). El trabajo consistió en la ordenación y clasificación de las fichas, pasándolas a un soporte informático, según un modelo de «base de datos» diseñado por ELADIO SANTANA MARTEL, y dando por resultado las correspondientes «fichas informáticas», cuyo contenido y estructura explicamos más abajo.


3. El corpus ya informatizado nos permitió comprobar la ausencia de información en determinados campos, que quisimos reparar sobre el terreno. Para ello realizamos una serie de encuestas en todos los municipios de la isla de Lanzarote en los veranos de los años 2000, 2002 y 2003. Estas encuestas fueron dirigidas por MAXIMIANO TRAPERO y ELADIO SANTANA MARTEL y colaboraron en ellas, en fechas distintas y con participación también distinta: HELENA HERNÁNDEZ CASAÑAS, DESIRÉE MOLINA RODRÍGUEZ, MARÍA BENÍTEZ RAMÍREZ, AGUSTÍN PALLARÉS y ABRAHAM LOUTF.


4. La revisión de todos los datos acumulados hasta aquí la realizó MAXIMIANO TRAPERO. E igualmente revisó las fuentes históricas de Lanzarote en relación con su toponimia, los extractos de las actas del Cabildo de Lanzarote y del archivo municipal de Teguise desde el siglo XVII, las relaciones y relatos surgidos a partir de las erupciones insulares de los siglos XVIII y XIX y de cuantas publicaciones relacionadas con Lanzarote dieran cuenta de los avatares de su toponimia.


5. Una vez fijado y dado por definitivo el corpus de la toponimia de Lanzarote, cumplía hacer su estudio desde una perspectiva «informática». Cada topónimo fue codificado según su referencia descriptiva, y cada unidad léxica de cada topónimo fue analizada y codificada bajo cuatro puntos de vista, según su dirección significativa: desde los puntos de vista geográfico, biológico, histórico-cultural y lingüístico. Esta tarea fue realizada por MAXIMIANO TRAPERO y ELADIO SANTANA MARTEL.


6. La creación de la «base de datos», así como de las distintas «tablas» clasificatorias y de las correspondencias informáticas entre ellas, son obra de ELADIO SANTANA MARTEL.


7. La redacción del texto que sirve de estudio introductorio a esta Toponimia de la isla de Lanzarote, así como el glosario y los comentarios a algunos topónimos, es de MAXIMIANO TRAPERO.


8. El capítulo dedicado al estudio de los topónimos de origen guanche es de ABRAHAM LOUTF.


9. Las bases de datos para la aplicación informática de la Toponimia de la isla de Lanzarote fueron realizadas por CARLOS SANTANA HERNÁNDEZ y JONAY SANTANA ARMAS. Finalmente, el diseño y programación del portal Web estuvo a cargo de la empresa Kubo Publicidad de Las Palmas de Gran Canaria.


10. Las fotografías que contiene el portal Web fueron hechas expresamente para este trabajo por MAXIMIANO TRAPERO y ELADIO SANTANA MARTEL, de tal manera que reflejan una parte importante de la toponimia de Lanzarote, y desde luego todos sus accidentes más representativos. Ahora mismo, pero más con el tiempo, puede ser la colección fotográfica más completa de la isla de Lanzarote.


11. Los mapas que sirven de soporte al portal Web, y que son los mismos que utilizó Alvar en sus encuestas, han sido digitalizados por PABLO SUÁREZ (GRAFCAN, Cartografía de Canarias), a partir de un juego de mapas del Laboratorio de Infografía y Documentación de la Escuela Superior de Arquitectura de la ULPGC puestos a nuestra disposición por DIMAS VALDIVIELSO y ANTONIO BUENO.


12. La última fase de revisión de datos y elaboración del programa informático se ha visto beneficiada con una ayuda económica de la DIRECCIÓN GENERAL DE UNIVERSIDADES E INVESTIGACIÓN del Gobierno de Canarias, a través de una convocatoria pública de ayuda a la investigación (I+D: PI2002/203), y de la FUNDACIÓN CÉSAR MANRIQUE de Lanzarote.

2. RECOLECCIÓN DE MANUEL ALVAR

2.1. Proyecto de un Corpus toponymicum canariense


Finalizadas las encuestas del ALEICan (a finales de los años 60), sintió Manuel Alvar la necesidad de prolongar sus estudios lingüísticos sobre Canarias centrándose ahora en la toponimia, con la pretensión de buscar y constituir un Corpus toponymicum canariense tan exhaustivo como fuera posible, que sumado a los que deberían hacerse en el resto de los territorios españoles, tal cual había planificado Juan Corominas (1972: I, 61-65), pudieran equivaler y estar a la altura de los estudios que por entonces se hacían en varios países de Europa, al estilo, por ejemplo, de los Dictionnaires topographiques franceses. El corpus toponímico canario que Alvar se proponía sería un «vastísimo diccionario, con utilidad para lexicógrafos e historiadores, naturalistas, dialectólogos, topógrafos y geólogos», y su valor había de trascender de lo puramente local, para insertarse en lo nacional y aun en lo general (Alvar 1993b: 462).


La recogida de la toponimia del archipiélago canario debía hacerse isla por isla, pues no se trataba sólo de una recogida de nombres, sino que cada topónimo debía cartografiarse y figurar en el lugar exacto del mapa y de la cuadrícula correspondientes. Empezó las encuestas Alvar precisamente en Lanzarote, en 1971, por ser la isla más oriental, la más cercana a la costa africana y la primera que se encuentra cuando se viene de Europa, y porque desde su posición podría -y debería- seguirse una sistemática de mapas para todo el archipiélago. Las continuó en Fuerteventura en 1973 y las siguió después en años sucesivos en las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma, en ellas ya no de manera tan sistemática como en las dos primeras. El proyecto se fue debilitando a medida que avanzaba, debido a las grandes dificultades que conllevaba, de tal manera que las encuestas nunca llegaron a Tenerife y Gran Canaria. Las investigaciones de campo, así como la consulta de los archivos municipales, fueron dirigidas personalmente por Manuel Alvar, pero participó en ellas además un nutrido grupo de destacados alumnos de don Manuel, entonces alumnos de los últimos cursos de la carrera o recién licenciados y hoy convertidos todos ellos en reconocidos filólogos o en lingüistas con nombre propio, tales como sus hijos Manuel, Antonio y Carlos, Julio Fernández-Sevilla, Mariano de Andrés, José Antonio Mayoral, Isidoro Villalobos, Jorge Híjar, Fernando Lázaro Mora y otros.


Hoja del cuaderno de campo de Manuel Alvar correspondiente a la encuesta en Alegranza (Pulse para ampliar)

Todo ello lo conocemos por la información que el propio Manuel Alvar dio en sendos artículos publicados en la revista Geographica (en los años 1972 y 1973, el segundo en colaboración con Julio Fernández-Sevilla), reeditados ahora en sus Estudios Canarios II, reduciendo sus informes a las islas de Fuerteventura (1993a: 417-443) y de Lanzarote (1993b: 445-476). En ellos da noticia de su empresa, expone la metodología que aplicó, comenta los materiales allegados y el sistema de ordenación de los topónimos, pero aplaza «para otra ocasión» -dice (1993b: 445)- el análisis de los materiales obtenidos. Esa ocasión, como tantas veces ocurre en proyectos de investigación de grandes dimensiones y con participación de equipos humanos amplios, nunca llegó. En otro lugar lo explica: «Llegaron nuevos tiempos, hubo dificultades económicas, los filólogos se dispersaron y el proyecto quedó durmiendo un largo sueño. Cajas y cajas de papeletas dan fe de un esfuerzo que ahora vemos repetido y al que, de corazón, deseo el más feliz de los resultados». Estas palabras las escribió el propio Alvar como prólogo que nosotros le pedimos para la Toponimia de Gran Canaria (Suárez, Trapero et alii 1997: 49).


Las cajas y cajas de papeletas reunidas con la transcripción fonética y fonológica de miles de topónimos a que se refiere Alvar, no tuvieron el destino que su autor les había programado, ni siquiera tuvieron el sosiego que todo archivo requiere. Las cajas y cajas (de zapatos) en que estaban guardadas las fichas toponímicas de las Islas viajaron de acá para allá, al compás de los destinos de su autor, de universidad en universidad y de departamento en departamento, hasta descansar finalmente en su casa de Madrid .


Las fichas de aquella recolección magnífica continuaban inéditas e intactas en 1996 cuando Manuel Alvar nos las encomendó. Fue él mismo quien, conociendo nuestro proyecto de recolección y estudio de la toponimia de Canarias, y con un desprendimiento digno de todo elogio, las puso en nuestras manos para la utilización que de ellas estimáramos: las fichas, los mapas, los apuntes de campo, la relación de informantes, las iniciales anotaciones sobre guanchismos..., todo lo que utilizaron para las encuestas y todo lo que obtuvieron de su trabajo. De momento, hemos empezado a trabajar con los materiales de dos islas: Fuerteventura y Lanzarote, ordenándolos, clasificando las fichas y pasándolas a soporte informático a través de un modelo de «base de datos». El corpus toponímico de Fuerteventura recogido por Alvar sirvió de fuente a la Tesis Doctoral de Genoveva Torres Cabrera (2003), Profesora de la Universidad de Las Palmas, sobre las estructuras morfológicas y sintácticas. El de Lanzarote ha servido de base para la publicación que aquí hacemos, con las revisiones, ampliaciones y estudios que después diremos.


2.2. Fuentes documentales

La recogida de materiales en Lanzarote, la programó Manuel Alvar a partir de cuatro tipos de fuentes complementarias:


a) el mapa militar disponible, escala 1:25.000,

b) las informaciones catastrales,

c) las investigaciones en archivos (el municipal de Teguise), y

d) la aplicación de un cuestionario libre.


De ellas cuatro, la más importante, sin duda alguna, fue la primera, no sólo por el número de topónimos que aportaba, sino porque, además, cada uno de ellos (bien o mal) estaba cartografiado, es decir, ubicado en el punto del mapa que le correspondía.


Sabido es que la militar era, si no la única, sí la mejor cartografía que existía en España en la época en que Alvar inició las encuestas en Canarias, realizada por el Servicio Cartográfico del Ejército en mapas de escalas 1:50.000 y 1:25.000, según cada isla en particular. Hoy en día puede decirse que la cartografía ya no está en manos exclusivas de los militares, ni siquiera del Ministerio civil competente en el ámbito nacional, sino de los organismos de las Comunidades Autonómicas: en el caso de Canarias, de la Consejería correspondiente del Gobierno Autónomo y de los Cabildos Insulares, y que, en cualquier caso, la cartografía ha sufrido una verdadera revolución, para mejor, indudablemente, en donde cualquier accidente del terreno, por minúsculo que sea, se ve reflejado en el mapa con una precisión absoluta. Nada tienen que ver los mapas actuales, sencillamente perfectos, con aquellos antiguos en que casi había que adivinar muchas de las curvas de nivel que se dibujaban.


Eso en cuanto a la representación de la geografía, pues en cuanto a la representación de la toponimia la cosa era mucho peor. En primer lugar, la escala en la que fueron elaborados era del todo insuficiente para poder contener una carga toponímica que representara realmente lo que se entiende comúnmente por la «toponimia menor», es decir, por los nombres de los accidentes menores: barrancos, montañetas, picos, roques, lomos, puntas, playas, etc., y no sólo los nombres de las localidades y de los accidentes principales. A título comparativo, puede decirse que en Lanzarote la cartografía militar recogía 873 topónimos, mientras que las exploraciones del equipo de Manuel Alvar ofrecieron un corpus de 2.256 topónimos. En segundo lugar, los defectos de la toponimia militar eran de tipo cualitativo: las personas que realizaron la recogida de materiales en las Islas o no tenían la suficiente especialización lingüística o carecían del necesario conocimiento de la realidad dialectal de las hablas de Canarias. Los defectos de tipo lingüístico más sobresalientes que contienen ya fueron puestos de manifiesto por Manuel Alvar en sus informes correspondientes a las islas de Lanzarote y de Fuerteventura, coincidentes en todo con nuestra propia experiencia en Lanzarote y en las otras islas del archipiélago en que hemos trabajado: erróneas interpretaciones, errores de posición del topónimo, repeticiones, falsa ortografía, topónimos no comprobados, adaptación de la fonética dialectal a la norma del español estándar, etc.


Por lo que respecta a Lanzarote, son muy llamativos los ejemplos que pone Alvar, basados bien en una mala audición bien en una falsa interpretación. Y otros hemos detectado nosotros: Los Dioses escriben los militares en el mapa 6.108 por Los Dises, que es término dialectal, de origen guanche; Peña del Pobre por El Probís en Alegranza (mapa 1.16); Collado de Cho Castro y Collado Negro en vez de Callao de Cho Castro (YA 14.146) y Callao Negro (TO 8.28), respectivamente, siendo callao un portuguesismo bien asentado en las Islas y no reconocido por los cartógrafos militares; Cortijo de los Morriles por C. de los Morritos (YA 14.54); Piedras de Cima, en vez de Lima (TI 12.127); Pico de Tejada por Pico de la Tegala (TI 12.99), siendo tegala un guanchismo propio de Lanzarote; Montaña el Calentón en vez de Caletón (TI 12.33); Peña la Pequeña en vez de Pequena (HA 10.104), que es un portuguesismo; El Jurado por El Jorao o El Jorado (HA 4.135); Montaña Ganada por Aganada o Mña. Agana (HA 10.68), lo que implica una interpretación hispánica de un probable guanchismo ; Montaña Teresa por Mña. Tesa (TI 12.52), lo mismo que el anterior; etc.


Aún con estos inconvenientes reconocidos, los mapas militares fueron la base principal de la investigación de Alvar, por cuanto, como diremos más tarde, no fueron sólo una fuente «muerta», cerrada, sino abierta a la comprobación in situ, y por tanto dispuesta a ser corregida y aumentada. Los otros tres tuvieron un papel auxiliar, complementario.


La información catastral contenida en varios ayuntamientos (Arrecife, Teguise, Tinajo y Tías) sirvió, sobre todo, para la especificación de la condición del terreno y del cultivo al que se dedicaba.


Por su parte, la investigación en el archivo municipal de Teguise (con documentación desde 1689), el único de la isla que tiene información toponímica histórica de interés, les proporcionó, sobre todo, nombres y datos antiguos que en Lanzarote tienen un especial interés, como comentaremos por más extenso, por el hecho de que las erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX sepultaron muchas localidades e hicieron aparecer nuevos accidentes, cada uno con su nombre propio. Por ejemplo, se registran los topónimos Guataro y La Loma de Tobife, que no sabemos identificar hoy por desaparecidos; aparece también Las Sonsamas, así escrito (como se pronuncia hasta hoy), pero como poblado entonces, no como montaña, que es a lo que hoy está asignado ese nombre (lo que explicaría el nombre de Montaña de la Rosa que se le dio a la montaña hasta bien entrado el siglo XX); aparecen los nombres Huique y Montaña Hique, correspondientes probablemente a lo que hoy hemos recogido con el nombre de Oígue; y Peña del Togio (en territorio de Teseguite), que hoy no sabemos identificar; y encuentran escrito Tahiga lo que hoy escribimos Taiga; etc.


Finalmente, el cuarto procedimiento, el de la aplicación de un cuestionario libre , sirvió para confirmar muchos de los nombres que ya estaban en los mapas y en los catastros, pero oídos ahora «en vivo», dichos por los propios hablantes locales, los que mejor los conocían, y por tanto en su verdadera identidad lingüística, lo que permitió al equipo de Alvar las escrituras exactas con que aparecen en las fichas, con indicación de toda clase de fenómenos fonéticos; y en otros muchos casos sirvió para incrementar el caudal de topónimos, no contenidos en los mapas militares, aunque con el inconveniente en éstos de quedar sin su correspondiente ubicación cartográfica.


2.3. Los mapas

El lugar más adecuado (casi podría decirse que «natural») para la representación de un topónimo es el de un mapa, escrito en el punto exacto al que nombra; es de esa forma como se complementan la cartografía (que es una representación geográfica) y la toponimia (que es una representación lingüística). Por lo tanto, disponer de unos buenos mapas en el momento de estudiar la toponimia de un lugar cualquiera es una condición esencial y básica. Suponemos que los mapas que utilizó Alvar para su estudio de la toponimia de Lanzarote fueron los mejores que en la época existían, o, al menos, los mejores de los que pudo disponer . Éstos fueron los mapas de la Cartografía Militar de España, región de Canarias, escala 1:25.000, elaborados por el Servicio Geográfico del Ejército en 1953. Constan de 15 «mapas» (cada uno de los cuales se corresponde con un cuarto de «hoja», numeradas éstas desde la 1.079 hasta la 1.093), y cada «mapa» dividido, a su vez, en cuadrículas, según las coordenadas Lambert. Como quiera que en varios de los mapas el espacio ocupado por el mar es mucho, y no contiene toponimia, Alvar ideó el sistema sencillo y práctico de numerar sólo, por cada mapa, las cuadrículas que contienen territorio, y dejar en blanco las que solo tienen mar, de acuerdo con la división mostrada.


Algunas otras consideraciones referidas a los códigos clasificatorios deberemos hacer para que se entienda bien el sistema de referencias cartográficas propuesto por Manuel Alvar para la toponimia de Lanzarote, y que es la que figura en el corpus toponymicum que aquí publicamos, adaptado en ciertos aspectos por nosotros, que especificaremos.


La isla está dividida administrativamente en 7 municipios: Arrecife (AR), Haría (HA), San Bartolomé (SB), Teguise (TE), Tías (TI), Tinajo (TO) y Yaisa (YA), más 5 «islotes»: La Graciosa (GR), Alegranza (AL), Montaña Clara (MC), Roque del Este (RE) y Roque del Oeste (RO). Éstos son los mapas correspondientes a cada una de estas divisiones administrativas y geográficas:

Municipio / islote Mapa
AL Alegranza1
AR Arrecife12
GR La Graciosa2, 4, 5
HA Haría4, 6, 9, 10
MC Montaña Clara2
RE Roque del Este17
RO Roque del Oeste2
SB San Bartolomé7, 12
TE Teguise6, 7, 9, 12, 15
TI Tías12, 13, 14
TO Tinajo8, 12, 14
YA Yaisa11, 13, 14


O visto desde otro punto de vista, la pertenencia de municipios e islotes a cada uno de los 15 mapas :

Mapa Municipio / islote
1Alegranza
2Montaña Clara
3Graciosa, Haría
4Graciosa, Haría
5Graciosa
6Haría, Teguise
7Teguise, Tinajo
8Tinajo, Teguise, Yaisa
9Teguise, Haría
10Haría, Teguise
11Yaisa
12Tías, San Bartolomé, Arrecife
13Yaisa
14Yaisa, Tinajo, Tías
15Teguise, Arrecife

Puntos de encuesta (Pulse para ampliar)


Por ejemplo, un topónimo como Montaña de Sonsamas o de Susama (escrito en la cartografía y en libros de arqueología, por falsa etimología, como Zonzamas), que aparece con el código AR 12.11, significa que pertenece al municipio de Arrecife y que está en el mapa 12 y en la cuadrícula 11. Y el topónimo Baja de Pedro Barba, que aparece con el código GR 5.19, está en el «islote» de La Graciosa, mapa 5, cuadrícula 19; etc.


Otro código numérico aparece en nuestro corpus, el de la clasificación descriptiva del topónimo, y que por ser de creación totalmente nuestra explicaremos más adelante.


Las encuestas de Manuel Alvar en Lanzarote tuvieron lugar, según él mismo declara (1993b: 445), «durante unas semanas de septiembre-octubre» de 1971. En ellas participaron él mismo y su mujer Elena Ezquerra, sus hijos Manuel y Carlos Alvar Ezquerra, Mariano de Andrés, José Antonio Mayoral e Isidoro Villalobos. Cada uno de ellos, solo o acompañado, se encargó de realizar las encuestas o la consulta de los archivos municipales y catastros, según la distribución siguiente:



Mapa Hoja Cuad. Punto Principal Mun./islote Encuestas
1 1079-80 2-3 Alegranza AL C. Alvar y Mayoral
2 1081 1 Montaña Clara MC Mayoral
3 1081 2 Graciosa (Mña Amarilla) GR M. Alvar E.
4 1082 3 Graciosa-Haría (El Río) GR-HA Alvar y M. Alvar E.
5 1082 4 Graciosa (Pedro Barba) TE Alvar y M. Alvar E.
6 1083 1 Soo TE-TO M. Alvar E. y Mayoral
7 1083 2 Teguise TO-TE-SB Alvar
8 1083 3 Caldera Blanca TO-YA M. Alvar E. y Mayoral
9 1084 3 Guatisa TE-HA M. Alvar E. y Mayoral
10 1084 4 Haría HA-TE C. Alvar y M. Andrés
11 1087 2 Punta Pechiguera YA I. Villalobos
12 1088 1 Arrecife TI-SB-AR-TE-TO C. Alvar y M. Andrés
13 1088 3 Femés YA-TI M. Alvar E.
14 1088 4 Yaisa YA-TI-TO I. Villalobos
15 1089 4 Costa Teguise TE M. Alvar E. y Mayoral
Archivo de Teguise Elena Ezquerra e I. Villalobos


2.4. Los informantes

De entre las múltiples «recomendaciones» que se desprenden del informe publicado por Alvar sobre su recolección en Lanzarote, una hay que a nosotros nos parece crucial: la selección de los informantes. Nadie conoce mejor la toponimia de un lugar que sus propios habitantes naturales, y por tanto ninguna fuente puede haber más autorizada ni mejor que la de la tradición oral, y en boca ésta de sus más genuinos representantes. Y entre todos, los que mejor conocen el terreno y sus denominaciones son los pastores, mucho más que los agricultores; éstos se limitan a unos itinerarios fijos, que van del pueblo a sus propias fincas, mientras que los pastores deben recorrer todos los territorios, de acá para allá, hasta llegar a conocer el suelo palmo a palmo y saber el nombre de los accidentes más insignificantes, «pues en cualquiera se encontrarán las briznillas verdes que necesitan sus animales», dice Alvar (1993b: 455). Y en cuanto a la toponimia de la costa, ninguno la conoce mejor que los pescadores de orilla de cada zona, que han de recorrer a diario la costa con sus barcas y han de tomar cualquier accidente costero como punto de referencia para su orientación.


Éstos fueron los informantes que Alvar tuvo en Lanzarote:


Mun. Mapa Informante
AL1Eduardo Hernández Lucero, 68 años, de La Graciosa, marinero, analfabeto.
MC-RO-RE2José Jorge Toledo Betancor, 69 años, nacido en Haría y residente desde niño en La Graciosa, sabe leer.
TE6-7Rafael Morales Batista, 47 años, de La Caleta de Famara, pescador, analfabeto.
TE6-7Domingo Machín González, 43 años, de Teguise, pastor y labrador, lee con dificultad.
TE6-7Julián González Herrera, 49 años, de Teguise, labrador, lee y escribe.
TE6-7Francisco Herrera Oliva, 54 años, de Teguise, labrador.
TE7Juan Matías Betancor, 27 años, de Tahíche, pastor, lee y escribe.
TE7José María Fernández Vega, 76 años, de Guatisa, agricultor, lee y escribe.
TE7Juan Barrios Núñez, 32 años, de Guatisa, pastor, lee y escribe con dificultad.
TO6-7Antonio Cabrera Martín, 65 años, de Tinajo, labrador, lee y escribe.
TO6-7Juan Arañón Tejero, 73 años, de Laguneta de Tinajo, labrador.
HA10Tobías Perdomo y Perdomo, 65 años, de Haría, labrador.
YA-TI13Eustaquio Hernández Arrocha, 65 años, de Playa Quemada (Tías), analfabeto
YA-TI13Eustaquio Hernández Betancor, 36 años, de Playa Quemada (Tías), lee.
YA13Isidro Martín Manera, 62 años, de Playa Blanca (Yaisa), analfabeto.
YA14Victoriano de la Cruz Navas, 75 años, de Yaisa, agricultor, analfabeto.
SB12José Núñez Díaz, de Güime (San Bartolomé), vinatero.
SB12Agustín González Álvarez, 41 años, natural de Las Palmas, vive en San Bartolomé desde los 6 años, policía municipal.
SB12Félix Díaz Robaina, 57 años, de Montaña Blanca (San Bartolomé), agricultor, lee y escribe.
TI12Rafael Cabrera Rodríguez, 42 años, de Tías, guardia municipal.
AR12Heraclio Niz Mesa, 42 años, de Arrecife, guardia municipal.


3. NUESTRA INTERVENCIÓN

3.1. Comentario al método de Alvar


El objetivo que nosotros tenemos respecto a la elaboración de un corpus topomymicum de las Islas Canarias actualizado, verdadero (es decir, contrastado con la realización oral de sus usuarios) y lo más exhaustivo posible (y que, de momento, hemos realizado en las islas de Gran Canaria y de El Hierro), es, básicamente, el mismo que tuvo Alvar; sin embargo, no coinciden en todo los respectivos métodos utilizados para lograrlo. Y ya se sabe que el método es circunstancia nada «circunstancial» que influye decisivamente en los resultados. Por ello, es preciso que expliquemos con un poco de detenimiento nuestra «intervención» en el corpus toponímico recogido por Alvar en Lanzarote.


Alvar partió de las escrituras (mapas, catastros y archivos) para llegar a la oralidad; nosotros partimos de la misma oralidad, y en todo caso ésta la contrastamos con las escrituras (mapas, catastros, documentos y libros de historia de la isla). Y otra diferencia sustancial: Alvar «vio» la geografía de Lanzarote a partir de los nombres escritos en los mapas; nosotros, por el contrario, salimos al campo y vemos directamente los panoramas sin «bautizar», y preguntamos entonces por el nombre de aquella montaña, de aquel barranco, de aquella piedra que se eleva en la ladera, de todos y de cada uno de los «accidentes» que salpican el terreno. Es decir, el método de Alvar interroga por si los nombres ya escritos están bien escritos; nosotros preguntamos por el nombre que corresponde a cada uno de los accidentes que se presentan ante nuestros ojos. En realidad, la recogida de materiales toponímicos de Alvar en Canarias (y particularmente en Lanzarote) tuvo por objeto principal el comprobar la exactitud de las denominaciones de la cartografía militar, preguntando a una serie de informantes sobre la realización oral de esos nombres y transcribiéndolos después en alfabeto fonético . Y a partir de esa comprobación, naturalmente, surgen las correcciones y los añadidos. Las correcciones afectan, como hemos visto, no sólo a meros aspectos fónicos, sino, en no pocas veces, a la propia identidad léxica del topónimo y a su ubicación en el punto exacto del mapa. Y los añadidos resultan, a su vez, muy cuantiosos, logrando en el caso de Lanzarote triplicar el corpus inicial. Pero un riesgo hay en este método, y es el de añadir y añadir nombres sin que realmente se correspondan con verdaderos «topónimos»; esto es que un punto geográfico puede recibir varias denominaciones, pero no por ello cada una de ellas debe constituir una entrada toponímica, pues con ello se desvirtuaría un principio básico de la toponomástica, el de la relación geografía-lengua. Es decir, no puede confundirse el topónimo con las varias denominaciones que pueda tener. Un corpus toponymicum no es una simple relación de nombres, ni siquiera una relación de nombres de lugar cualquiera, sino un conjunto de nombres que se corresponde con una realidad geográfica determinada, y precisamente de esa realidad, y no al revés, de tal manera que a cada punto geográfico le corresponderá uno o más nombres variantes, pero no a cada nombre varios puntos geográficos. Otra cosa es que varios puntos geográficos distintos reciban el mismo nombre, pero en estos casos no es el mismo topónimo, porque ha cambiado la realidad designada, y por tanto la relación del binomio geografía-lengua. Por ejemplo, la antigua capital de Lanzarote fue Teguise, pero popularmente se le ha llamado siempre La Villa. ¿Dos topónimos?; no, sólo dos denominaciones variantes de un solo topónimo. Sería desvirtuar el verdadero corpus toponymicum de Lanzarote dando dos entradas, como se hace en Alvar, una por Teguise y otra por La Villa:



Otro ejemplo. Al preguntar Alvar (y su equipo) por el topónimo Pereza, que aparece en el mapa militar 6.113, el informante correspondiente respondió La Peraza /la perása/, demostrando con ello que los militares habían desvirtuado la identidad del topónimo; pero Alvar hace una ficha por cada una de las dos realizaciones, dando lugar con ello a dos entradas en el corpus, como si de dos topónimos diferentes se tratara (con el dato añadido, para más despistar, de estar uno en el mun. de Teguise y el otro en el de Arrecife, por ser un territorio extendido efectivamente en ambos municipios).


Otro caso parecido y con idéntico resultado duplicatorio: Al preguntar por Montaña del Calentón, tal cual aparece escrito en el mapa 12.33, la respuesta obtenida fue Montaña el Caletón, pero se hacen dos fichas independientes, como si de dos topónimos se tratara. Y lo mismo ocurre con la Montaña Tésera que aparece en algunos registros (también orales) como Montaña Tesa, y en la cartografía militar como Montaña Teresa, y para los que Alvar hizo dos fichas:




Diferentes son los casos, aunque con idéntico resultado duplicatorio (y hasta cuádruple), de las variantes obtenidas en las encuestas. Por ejemplo, preguntando por Teneza, que así aparece escrito en el mapa 8.50, obtienen las respuestas Montaña Tenésera y Montaña Tenesa, pero al pasar esa información a las fichas, se hacen no dos, sino cuatro fichas: una con Teneza, otra con Tenésera, otra con Montaña Teneza y la cuarta con Montaña Tenésera, sin tener en cuenta, y sin advertirlo, que se trata sólo de cuatro formas denominadoras de un mismo y único accidente geográfico: propiamente no de cuatro «topónimos», sino de cuatro «variantes» de un mismo topónimo, y en este caso, además, respetando la «falsa» escritura del mapa, que lo escribe con z, por interpretar que en tal palabra subyace un caso de seseo, cuando no hay tal: Tenesa y Tenésera son términos de origen guanche y, por tanto, deben ser escritos tal cual suenan (como se hace con Teguise, Teguesite, Temisa o Tinasoria).


Y así en innumerables casos: Tablón y Los Tablones (HA 4.73), Montaña de Faja y Faja (HA 10.70), Montaña Ubigue y Ubigue (TE 7.133), etc. Mayor dificultad de advertir esa duplicación resulta cuando las variantes cambian de lexema, tales como Lomo los Linderos y La Cruz (TE 10.135), Cueva las Palomas y Cueva Redonda (SB 7.144), Montaña Tinaguache y Montaña Grande (TE 9.115), Tinamala, Montaña Tinamala y Montaña la Cruz (TE 9.52), etc.


En fin, por no comprobar in situ la veracidad de los nombres escritos en los mapas militares, el equipo de Alvar sigue manteniendo en sus fichas denominaciones que han resultado erróneas en nuestras comprobaciones posteriores, tales como Montaña de las Junteras en vez de las Junqueras (TO 14.13), Masa Honda en vez de Mesa Honda (TE 7.128), Playa el Tarcón en vez de Charcón (TO 8.13), Charco de las Cancelas en vez de las Camellas (YA 11.15), y un Barranco de la Espoleta, muy afín a la terminología militar, pero que resultó ser de las Piletas (TE 9.85), y además mantenidos en las fichas de Alvar como dos topónimos diferentes. Otras veces la mala disposición de la escritura del topónimo en el mapa da como resultado errores de identificación; tal es el caso de Morro de la Rapadura, que al aparecer escrito en dos líneas en el mapa de Alegranza (1.13) dio como resultado en las fichas de Alvar dos topónimos: Morro y Rapadura; y en la misma isla de Alegranza el topónimo simple de La Capilla (1.15) se desdobla en dos: La Capilla y Montaña de la Capilla. Por su parte, los errores de ubicación de los topónimos en los mapas y cuadrículas correspondientes, mantenidos en las fichas de Alvar, son numerosísimos, algunos de ellos con desplazamientos muy lejanos a su verdadera ubicación; tal el caso de El Probís (que ya había sido rectificado por Alvar desde la errónea escritura de los militares de Peña del Pobre), puesto en el mapa AL 1.6 y que corresponde al 1.16; y en la misma isla de la Alegranza viene trocada la ubicación de los topónimos Meseta de Concheta (que está en 1.16 en vez de 1.11) y Meseta de las Vacas (que está en 1.11 en vez de 1.16); los Hoyos de Blas están en YA 11.1 en vez del mapa 13.50, que es su verdadera ubicación; el Veril de la Galera en YA 11.5 en vez de 11.16; Punta el Viento en 13.19 y no en 14.67; etc.

3.2. Revisión de materiales

La revisión que nosotros hemos hecho del corpus de Alvar (y su equipo), ficha por ficha, y nuestra posterior comprobación sobre el terreno y en la oralidad, nos garantiza la exacta transcripción fonética que de cada topónimo hicieron , pero, a la vez, la repetición y repetición de fichas, de tal forma que el número total resultante no puede ser representativo de la verdadera toponimia «menor» de Lanzarote. Es, sí, muy superior al de la cartografía militar, pero no en la proporción que resulta de dividir los números correspondientes: 2.256 fichas de Alvar por 873 topónimos de los militares.


Nuestra «intervención» en el corpus de Alvar ha consistido en tres aspectos sucesivos: primero, en la «informatización» de las fichas, sistematizando la información en ellas contenida y revisando la verosimilitud de todos los datos; después, ampliando el corpus toponymicum a partir de nuevas fuentes y sobre todo de nuevas encuestas; y, finalmente, estudiando el corpus resultante con nuevas aportaciones identificadoras y clasificatorias de cada topónimo.


En la primera fase de revisión e «informatización» del corpus hemos tenido en cuenta todas las «fuentes» utilizadas por Alvar: las fichas, las cuartillas con anotaciones correspondientes a cada mapa, los propios mapas, los catastros, la documentación histórica y, finalmente, las encuestas. De todas, las más importantes son las fichas, por cuanto se vierte en ellas el conjunto de la información obtenida en el resto de las fuentes. En las fichas toponímicas de Lanzarote de Alvar enco ntramos la siguiente información diferenciada:


1. Nombre del topónimo (a partir del mapa) y su correspondiente transcripción fonética . Ésta es la tónica general, pero con múltiples variaciones:


a) Cuando el topónimo ha sido recogido de los archivos, falta entonces la transcripción fonética, como es obvio.

b) En la transcripción fonética faltan por lo regular los artículos y preposiciones de los complementos, según es normal en la tradición oral.

c) Igualmente, en la transcripción fonética, según la pronunciación local, en muchas ocasiones los plurales de los nombres cartográficos se pierden sin dejar huella fonética y se transcriben en singular; por ejemplo, el topónimo Baja de las Puntas del Agua pasa a las fichas como Baja la Punta del Agua (MC 2.5), Baja de las Gaviotas pasa a ser Baja la Gaviota (MC 2.6), Cuevas Coloradas a Cueva Colorá (MC 2.6), Tierras Negras a Tierra Negra (TE 6.126), etc.


2. Fuentes utilizadas, según el sistema de abreviaturas siguientes:


M = mapa militar, con su correspondiente localización cartográfica, isla, mapa y cuadrícula,

C = catastro,

E = encuesta al preguntar por M y C, y

EC = encuesta con cuestionario.



Cuando el topónimo fue recogido sólo de una encuesta oral, faltan entonces los datos cartográficos, lo que ocurre en innumerables ocasiones. Y se deduce que: a) cuando falta la cuadrícula del mapa, es porque el topónimo fue recogido a partir de E y el topónimo falta en el mapa; y que b) cuando falta el mapa y la cuadrícula es porque proceden de EC (rellenado con el mapa delante, pero sin salir al campo). En total, las fichas a las que falta el mapa o el mapa y la cuadrícula pueden representar el 35%.


Pero así como los errores de tipo lingüístico contenidos en los mapas sí son corregidos por Alvar a partir de las encuestas orales, no se detectan los errores de tipo cartográfico, y que son de dos tipos: de ubicación y de denominación. Los errores de ubicación (de la cuadrícula y del mapa) proceden generalmente por haber sido tomada de la inscripción del topónimo y no del lugar del accidente en la cartografía (nombres desplazados de su verdadero lugar). Los errores de denominación devienen de los propios mapas, y por no haberlos comprobado in situ. Es muy llamativo, en este punto, la confusión que se produce en la denominación de una serie de montañas de la zona de Timanfaya, cosa nada extraña, por otra parte, pues los conos volcánicos aparecen allí con tal profusión y en tan corto espacio que más parecen sucesión continuada que accidentes individuales. Así, en los mapas militares (y en las fichas de Alvar) se llama Caldera Santa Catalina a la Montaña de la Rilla (TO 14.15), y se deja sin nombrar a la verdadera Montaña de Santa Catalina (TO 8.152). En los mapas militares hay dos montañas, muy próximas entre sí, llamada una Los Rodeos (TO 8.153) y la otra Rodeos (TO 14.13): es verdadera la primera, pero la segunda es equivocación por Montaña de las Junteras. Y hay, a su vez dos Pico Partido, también muy próximos, uno en el mapa TO 8.151 y otro en 14.14: es verdadero el primero, pero está equivocado el segundo, cuyo verdadero nombre es Montaña del Señalo (TO 14.14). Finalmente, falta la Caldera Escondida (TO 8.151), que en el mapa aparece sin nombrar.


Se advierte también que hay unos mapas más «trabajados» que otros. Los hay que tienen mucha más toponimia nueva (no recogida en los mapas), sobre todo en los que tienen zona de costa, y especialmente en los correspondientes a La Graciosa y Alegranza, y los hay que se limitan casi a transcribir los nombres de la cartografía militar, por ejemplo los mapas 13 y 14.


3. Municipio y mapa, señalados según la relación dada anteriormente, y con la especificación del islote correspondiente, cuando ha lugar. Curiosamente en varias ocasiones se consigna el nombre de Femés como municipio (por ejemplo: La Resbala, mapas 8-9, El Riscadero, 14.124, Risco de las Coronas, 13.29, etc.); hoy Femés pertenece al mun. de YA, pero hasta 1952 fue cabecera de municipio, cosa que todavía reflejaban los mapas militares usados por Alvar. Advertimos igualmente que se les asigna el mun. de AR (sin mapa ni cuadrícula) a varios topónimos que en realidad pertenecen a otros municipios: a TE (Fondo de los Valles,Pozo de los Valles, La Peraza), a YA (Valle de Parrado), a HA (Valle el Palomo), o que se duplica en otros, como AR y TE (Tomaren).


4. Excepcionalmente aparecen en las fichas observaciones de tipo vario: sobre algún fenómeno fonético, sobre el tipo de terreno (erial, secano, montaña, camino, etc.), sobre la situación relativa del lugar, sobre la motivación de algún nombre (p.e.: Cueva la Viciosa, por haber vivido en ella o por haber sido propiedad de Ana Viciosa, quien fue hija de Juan Saavedra, hermano natural del Conde) , sobre divergencias entre los nombres del mapa y la información oral (p.e.: en El Reguisado, mapa TO 8.27, se dice: «Respuesta obtenida al preguntar por Reisado del Marisquero»), etc.


3.3. Ampliación y actualización del corpus

No obstante, ha de decirse que ningún corpus toponymicum es, en sí mismo, perfecto ni definitivo. Cada investigador ha tenido su propio método y se ha servido de fuentes diferentes y diversas, y por tanto los resultados serán también distintos, más o menos completos, más o menos verdaderos, pero, en cualquier caso, de validez provisional, si se quiere que el corpus elaborado mantenga la condición de «actual». Los topónimos no son eternos, ni pueden serlo. Y la «perdurabilidad» que se asigna al léxico de la toponimia debe considerarse muy relativa. Puede que en otros tiempos, cuando el uso del territorio estaba tradicionalmente vinculado a unas mismas e invariables actividades, los topónimos durasen por siglos, como así era en efecto, pero en la actualidad, cuando se ha producido un cambio tan radical y tan vertiginoso en el uso del territorio, y de una manera que podríamos considerar paradigmática en Lanzarote, con la entrada del turismo de masas desde el comienzo de la década de los 70 del siglo XX, la toponimia se renueva de una forma profunda y diaria. El cese de las labores agrícolas y pastoriles tradicionales, que fueron las predominantes de Lanzarote, ha hecho que se vayan olvidando innumerables nombres de tierras y de cortijos, de territorios ya no frecuentados ni practicados; la transformación de las costas para la creación de las urbanizaciones turísticas ha acabado con muchísimas puntas, caletas y fondeaderos, y por tanto con sus nombres tradicionales, naciendo en su lugar otros topónimos de playas, complejos hoteleros, puertos deportivos, etc.; y las obras públicas que el nuevo ritmo de vida requiere, acabaron con antiguos caminos, cruces, hitos del terreno, cortijos, maretas y construcciones referenciales, y con ellos desaparecieron los nombres que los designaban.


Queremos decir, pues, que, desde el tiempo en que Alvar hizo la toponimia de Lanzarote hasta la actualidad, el territorio de Lanzarote ha sufrido una profunda transformación, y que, por tanto, faltan en ella todos los nuevos topónimos, ya consolidados, aparecidos a partir del fenómeno avasallador del turismo. No habían nacido todavía, por ejemplo, lugares tan emblemáticos en la actualidad como Costa Teguise o La Santa Sport, que hoy son importantes centros del turismo mundial; y Puerto del Carmen o Playa Blanca, que hoy nombran a los dos polos turísticos más importantes de la isla, no eran entonces sino unos «pueblecitos» de pescadores, el primero, incluso, con otro nombre: La Tiñosa; ni tampoco existían el Mirador del Río (sobre la isla de La Graciosa, en las tabladas del norte de Haría), ni el Jardín de Cactus (centro de visita imprescindible para todo el que llega a la isla, en Guatisa), ni el pasaje de Los Hervideros (un espectacular entrante del mar en las cuevas y laberintos dejados por la lava, cerca de El Golfo), ni el Valle de la Tranquilidad (en la ruta de los volcanes de Timanfaya), ni tantos otros lugares de atracción de masas surgidos por el fenómeno del turismo. Ni siquiera se había declarado al conjunto de las Montañas del Fuego como «Parque Nacional de Timanfaya». Los mismos pueblos tradicionales de Lanzarote han extendido sus límites, y nuevos barrios han surgido con nuevos nombres; y de la misma manera todo el sector industrial y de servicios ha modificado sustancialmente la toponimia tradicional. Pero, a la inversa, en el corpus de Alvar aparecen muchos topónimos cuya realidad designada ha desaparecido y los propios nombres empiezan a ser desconocidos para los informantes actuales. Así, por ejemplo, los Estanques que aparecen en su relación, y que respondían a una acción concreta del Cabildo Insular, que, a comienzos de la década de los 60, construyó un estanque en cada uno de los pueblos lanzaroteños (incluso en La Graciosa) para remediar en parte la carencia angustiosa de agua que la isla padecía. Es lógico que aquellas construcciones, por pequeñas que fueran, pero por el servicio comunitario que prestaban, merecieran de inmediato un nombre referencial, se convirtieran en topónimos, y así los recogió Alvar. Pero fueron desapareciendo poco a poco, porque un nuevo sistema de abasto de agua se impuso en toda la isla, y la memoria de los estanques se va diluyendo, cuando ya sus nombres se han perdido del todo.


Era, pues, del todo necesario que al publicar nosotros ahora los materiales toponímicos que fueron recogidos 30 años atrás, cuando tan profundos cambios ha sufrido la isla de Lanzarote en el terreno de reordenación de su territorio, los actualizáramos, complementándolos con los resultados de nuestras propias pesquisas y con los de otras fuentes toponímicas, como fueron las de Agustín Pallarés y del Gran Atlas de Canarias, a los que luego nos referiremos. Se trata, por tanto, de una toponimia «puesta al día», que incluye las últimas nuevas denominaciones pero que da cuenta, a la vez, de ciertos topónimos cuya referencia geográfica ha desaparecido, pero de la que queda el nombre que tuvieron. Por tanto, el corpus de la toponimia de Lanzarote que aquí publicamos, es, en cierta manera, ecléctico, fruto de las varias recolecciones hechas en los últimos 30 años.


3.3.1. Nuestras encuestas

«Informatizar» los contenidos de las fichas de Alvar fue, pues, la primera fase de nuestro trabajo. Pero rellenar todos los campos propuestos nos exigió una comprobación de cada uno de los topónimos sobre el mapa, corrigiendo cuando era necesario y dejando en blanco las casillas para las que no había información. De especial ayuda, para resolver dudas, nos fueron las anotaciones complementarias que el equipo de Alvar hizo por cada uno de los mapas, a partir de las encuestas directas sobre el «cuestionario», sobre las partes de cada población, los principales accidentes, las motivaciones de determinados nombres, etc. Y llegados a un punto en que ya teníamos sistematizadas las carencias cartográficas, así como las innumerables dudas de todo tipo acumuladas en ese largo y laborioso proceso, decidimos resolverlas sobre el terreno, realizando varias encuestas directas en Lanzarote.


La primera y principal tuvo lugar en agosto de 2000, yendo a todos los municipios de la isla, y buscando, en primera instancia, a los que habían sido informantes de Alvar. El equipo básico estuvo formado entonces por Maximiano Trapero, Eladio Santana, María Benítez y Desirée Molina, acompañado en algunas encuestas y días por Agustín Pallarés y Abraham Loutf. El resultado fue altamente provechoso: no sólo pudimos resolver dudas y añadir cuantiosos nuevos topónimos, sino que, lo que es más importante, aprendimos el particular «lenguaje» que en Lanzarote existe para referirse a su peculiar geografía.


La experiencia acumulada en nuestras investigaciones toponomásticas nos ha demostrado que la comprensión del léxico toponímico de un lugar, y específicamente el de las Islas Canarias, exige el conocimiento in situ de ese lenguaje, es decir, de ver con los propios ojos la realidad designada por cada topónimo. Así es como pueden advertirse realidades nuevas, no nominadas en otros lugares, o diferencias sutiles que sólo en el lenguaje hallan su identidad. Allí, preguntando y preguntando, conocimos que las alcojías eran canales que se hacían para las aguas de lluvia, que las maretas fueron los peculiares depósitos usados en toda la isla para almacenar la siempre escasa y ocasional agua de lluvia, y que los bebederos de Lanzarote eran, aproximadamente, lo que en otras islas se llaman gavias. Allí, sobre el terreno, logramos percibir las diferencias semánticas entre caleta y caletón, que no lo son de tamaño, y vimos los bardos que los campesinos lanzaroteños usan para la protección de sus sembrados del constante viento que sopla (y a veces azota) en la isla. Logramos diferenciar la montaña de la caldera, y la montaña del volcán, y el volcán del malpaís (malpéis en pronunciación local), el barranco del valle y el valle de la vega. Llama la atención que una isla tan volcánica como es Lanzarote tenga en su toponimia tan pocos Volcanes, y que, además, volcán sea allí unas veces sinónimo de montaña y otras sinónimo de malpaís, aunque siempre en uno y otro caso con la marca de 'reciente'. En fin, allí, yendo a los lugares así nombrados, pudimos percibir el valor particular que en la toponimia de Lanzarote tienen términos como cañada, islote, chafarís, jable, rofe o rostro, diferente al significado que tienen en otros lugares; y supimos del valor apelativo de guanchismos exclusivos de Lanzarote, como dise, jameo, tegala, taro, tegue, tofio / tojio, etc., todos ellos presenten en el corpus toponymicum de Lanzarote.


Finalmente, para resolver las nuevas dudas surgidas de la incorporación de los nuevos datos recogidos en las encuestas del año 2000, Maximiano Trapero y Helena Hernández volvieron a Lanzarote en agosto de 2002. Y para tratar de cubrir los últimos huecos que quedaban en la base de datos y para realizar el reportaje fotográfico con que se complementa la aplicación informática de nuestra Toponimia de Lanzarote, realizaron nuevas encuestas en Lanzarote: Maximiano Trapero, Eladio Santana, Helena Hernández y Desirée Molina en septiembre de 2003.


En todas estas encuestas, nuestros informantes principales fueron los siguientes :


Informante Edad Municipio Observaciones
Abreu, Juan 70 Tahíche (Teguise) Poca información.
Armas Betancor, Hermógenes 88 Teguise Excelente conocedor de la toponimia de su término municipal y excelente informante.
Barrios Núñez, Juan 61 Guatisa (Teguise) Pastor. Fue informante de Alvar, pero había olvidado tal circunstancia; tuvo una actitud desconfiada y poco colaboradora.
Betancor, Miguel 60 Tao (Teguise)  
Betancor Hernández, José Luis 78 El Mojón (Teguise) Nos informa sobre los municipios de Teguise y Haría; muy bueno.
Bonilla, José Luis 80 Tao (Teguise)  
Cabrera Robayna, Francisco Félix 63 Teseguite (Teguise) Guardia municipal de Teguise, jubilado. Posiblemente el mejor conocedor de la toponimia de su municipio, tuvo con nosotros una actitud de total colaboración.
Cabrera Rodríguez, Rafael 71 Tías Guardia municipal jubilado; fue informante de Alvar; nos resuelve todas las dudas que llevábamos sobre la toponimia de su municipio.
Dorta, Tito 70 Órsola (Casas de Arriba) Nos informa sobre la toponimia de zona de Órsola.
González Gil, Juan 82 Mala (Haría) Nos informa sobre zona de Mala y de Guatisa. Muy bueno.
González Herrera, Julián 82 Teguise Fue informante de Alvar, pero no lo recordaba; debido a su debilidad física y su pérdida de memoria, sus informaciones carecían ya de certidumbre.
Hernández Quintero, Eduardo 80 La Graciosa Nacido en La Graciosa y residente en Órsola (Casas de Arriba). Excelente informante sobre la toponimia de La Graciosa, Montaña Clara y Alegranza.
León Corujo, Marcial de 73 San Bartolomé Excelente bailarín del Grupo Folclórico Ajey y buen informante de la toponimia de su municipio.
Martín Gutiérrez, Alejo 85 La Santa (Teguise) Pescador, sus informaciones fueron complementadas por su mujer Rosaura Oliveros Hernández; muy buenos los dos.
Medina Cáceres, Guillermo 86 Las Breñas (Yaisa) Nacido en Las Breñas (Yaisa), vive en Arrecife. Nos informa sobre el municipio de Yaisa, sobre todo de la zona del Rubicón.
Niz Luzardo, Antonio y Niz Luzardo, Juan 82 / 71 Máguez (Haría) Hermanos. Nos informan conjuntamente sobre zona de Haría. Excelentes, sobre todo Antonio.
Perdomo, Francisco 70 Tinajo Hombre muy vitalista, nos informa sobre la toponimia de su municipio, y especialmente de la zona costera.
Reyes Figuera, José 71 Femés (Yaisa) Pastor; excelente conocedor de toda la toponimia menor de Los Ajaches y del Rubicón. (Su hijo Juan Francisco fue alcalde de Yaisa.)
Umpiérrez, Agapito   Mancha Blanca (Tinajo) Poca información.


3.3.2. La colaboración de Agustín Pallarés

La colaboración que hemos tenido por parte de Agustín Pallarés hemos de calificarla de decisiva. Dos aspectos diferentes debemos resaltar de ella: el perfecto conocimiento que tiene Pallarés de la isla de Lanzarote y de su toponimia, y la actitud de absoluta generosidad que tuvo siempre hacia nuestro proyecto, primero en la distancia, a través de cartas y del teléfono, respondiendo a cualquiera de nuestras preguntas (y fueron muchas), y después, en presencia, en la misma isla de Lanzarote, indicándonos los nombres de los mejores informantes de cada municipio, acompañándonos en varias salidas «al campo» para la comprobación de topónimos dudosos y, finalmente, poniendo a nuestra disposición su trabajo personal de toda una vida, la toponimia de Lanzarote, cartografiada por él mismo, y llena de anotaciones valiosas.


Como decimos, la dedicación de Agustín Pallarés a la toponimia de Lanzarote ha sido el trabajo de toda una vida. Sus investigaciones no han visto la luz de manera completa y junta, y es lástima, porque podrían haber sido de gran utilidad para gentes con intereses varios, pero sí han sido objeto de innumerables publicaciones, en los últimos 20 años, aparecidas las más en periódicos locales y en forma de breves artículos, o con ocasión de celebraciones y pregones, mientras que los estudios más largos han sido presentados en Congresos insulares y publicados en sus Actas. En la revista Lancelot de Lanzarote, que ha sido su principal tribuna, ha publicado Pallarés varias series de artículos sobre determinados topónimos de la isla, considerado cada uno de ellos monográficamente: atendiendo a su ubicación, a su descripción, a los varios nombres que ha tenido y tiene, a las hipótesis de sus respectivas etimologías y al significado local de alguno de los componentes léxicos de tales topónimos. De entre ellos destaca la serie dedicada a la Toponimia del Parque Nacional de Timanfaya (publicada en el año 1984) y la más larga serie de artículos bajo el título genérico de Rincones de nuestra isla (años 1990-91 y 2000-02). Además, ha publicado en la prensa de la isla y de la provincia incontables artículos sueltos sobre aspectos particulares («errores», «comentarios», «etimologías», etc.) de la toponimia lanzaroteña. Y aparte los artículos de mayor extensión y de más elaborada documentación presentados a las varias Jornadas de historia de Lanzarote y Fuerteventura habidas desde finales de la década de los 80 del siglo pasado y aparecidos en sus Actas correspondientes (Pallarés 1990, 1995a y 1995b).


El elogio mayor que podemos hacer del trabajo de Agustín Pallarés sobre la toponimia de Lanzarote, es que, de no haber existido con anterioridad el corpus de Alvar, y de no haber llegado a nuestras manos, hubiéramos trabajado sobre el corpus de Pallarés, como el mejor y más representativo de Lanzarote para los estudios toponímicos que nos proponíamos en el ámbito de todo el Archipiélago. Tan bueno nos parece, realizado con la sistematicidad y con la honestidad más exigentes.


3.3.3. El Gran Atlas de Canarias

En 1997 la editorial Interinsular Canaria, de Santa Cruz de Tenerife, publicó un Gran Atlas de Canarias (dir. por Leoncio Afonso y con participación de varios especialistas) en el que los distintos mapas de cada una de las islas del archipiélago, en escala 1:50.000, contienen una muy nutrida carga toponímica, toponimia que se junta al final en un apéndice por orden alfabético, con referencia a la isla a la que pertenece y a la página en que aparece en el mapa. Los topónimos de Lanzarote, según selección clasificatoria hecha por nosotros, son exactamente 1.863, aunque algunos están duplicados por registro en diferentes mapas limítrofes. En líneas generales, hemos de decir que el Atlas es magnífico desde el punto de vista editorial, los mapas excelentes de color y diagramación y la carga toponímica la mayor que hasta ahora se ha consignado en Canarias en cartografía publicada . Incluso la toponimia que en él se vierte (nos referimos aquí sólo a la de Lanzarote, que es la única que hemos examinado con detenimiento) puede decirse que es fiable y que está actualizada, pues contó con el asesoramiento de determinadas personas entendidas para cada una de las islas. En el caso de Lanzarote, con la colaboración de Agustín Pallarés, aunque en no todos los casos siguieron los editores su opinión, según él mismo nos confesó. De ella nos hemos servido también nosotros para precisar determinados topónimos que quedaban dudosos en los registros de Alvar, y sobre todo en aspectos de su ubicación geográfica.


No obstante lo dicho, advertimos en la toponimia del Gran Atlas de Canarias varios que nosotros consideramos defectos y que deberían subsanarse en futuras ediciones, si las hubiere. El primero es general, pues afecta a la ordenación del corpus toponímico que se ofrece en el Índice, y consiste en el sistema que utilizan de ordenar los topónimos compuestos por el término secundario o específico (por ejemplo: Jurado, Roque del) y no por el primero o genérico, que es el orden natural con que cada topónimo se formula (Roque del Jurado). Pero es que tampoco siguen con sistematicidad ese su criterio, pues unas veces lo hacen por el específico y otras por el genérico (p.e.: Janubio, Salinas del, pero Jameos del Agua; Hondo, Barranco, pero Playa Honda, y así incontables veces), con lo cual la búsqueda ha de hacerse siempre doble, y nunca queda segura. Por lo que respecta a los topónimos de Lanzarote, hallamos muchos errores ortográficos, especialmente por falta de acentuación (se escribe Ambar, Animas, Avila, Callaito, Haria, Jamais, Machin, Malpais, Orzola, Quiquere, Rio, Samarin) o por acentuación indebida (Valíchuelo, Fajá, Chafaríz, Gavía, Gería, Manguía), y ya se sabe que la correcta acentuación es fundamental en la toponimia escrita, pues de ella depende una verdadera o falsa interpretación del término. Y encontramos también algunas formas léxicas erróneas, por una mala interpretación: así, Bailón en vez de Bayón o Ballón, Buentevista por Buentebés o Guentebés, Cajafrecho por Cagafrecho, Gume por Güime, Tunamala por Tinamala, Yágamo por Ságamo, y algunas otras.


No se trata de comparar, pero el corpus toponymicum de Lanzarote que nosotros publicamos aquí, mejora al del Gran Atlas de Canarias en los siguientes aspectos:


- Ofrece más de 1.000 topónimos más (el Atlas da para la isla de Lanzarote exactamente 1.863; debe recordarse que la escala de los mapas del Atlas es de 1:50.000, mientras que la cartografía militar usada por Alvar es de 1:25.000).

- Presenta una ordenación alfabética absoluta.

- Son registros orales comprobados, y con transcripción dialectal.

- Tiene una ortografía revisada y corregida.

- Añade denominaciones variantes de cada topónimo, cuando las hay.

- Señala el municipio (o islote) al que corresponde cada topónimo, aparte el mapa en que se inscribe.

- Indica la clasificación descriptiva de cada topónimo.



4. APLICACIÓN INFORMÁTICA

4.1. El soporte informático

El creciente uso de recursos informáticos en la investigación se ha extendido a todas las ramas de ésta, incluida la lingüística y, dentro de ella, especialmente, la lexicología y la lexicografía. Esta utilización se justifica especialmente en los casos en que el número de datos que se maneja es elevado. Cuando el conjunto de información alcanza proporciones considerables se hace necesario el uso de programas que faciliten la manipulación y la gestión de los datos de forma automática, o, al menos, lo más automáticamente posible; de manera que la máquina sea la encargada de realizar el trabajo «habitualmente tedioso y rutinario» de recuentos, ordenaciones, relaciones y otras actividades en las que determinadas tareas se repiten con frecuencia.


Para la realización del corpus toponymicum de Lanzarote, hemos partido de la estructura de las bases de datos empleadas en los estudios respectivos de la toponimia de El Hierro (Trapero, Domínguez et alii 1997) y de Gran Canaria (Suárez, Trapero 1997 et alii, y Santana 2000), contado con el sistema de gestión de bases de datos de Access que ya utilizamos en el estudio de la toponimia de Gran Canaria, y que nos permite el acceso rápido a cualquiera de los elementos de un corpus de tamaño considerable.


El equipo empleado ha sido un ordenador personal, sistema Pentium(r), con 1 Gb de memoria (RAM), 3 Ghz, y con un disco duro de 100 Gb. Dispusimos además de un escáner plano de 1.200 puntos por pulgada de resolución óptica, con el que usamos un reconocedor óptico de caracteres (OCR) convencional.


La preparación del soporte informático pasó por cuatro fases de trabajo totalmente diferenciadas. La primera consistió en el diseño de la base de datos según los elementos informativos que estimamos necesarios para el tipo de trabajo que deseábamos realizar. Consideramos una base de datos con 15 campos, de los cuales solo se manejan seis en esta aplicación, cuya descripción hacemos en el apartado siguiente. La segunda fase consistió en la introducción de los datos, primero del corpus de Alvar, y posteriormente las incorporaciones ya relatadas, aparte de la introducción sistemática del campo IT. La tercera consistió en la depuración de los datos de la base. Había que determinar qué registros debían eliminarse, bien por estar repetidos, bien por figurar como entradas independientes cuando en realidad eran variantes, bien por inexistentes (procedentes de informaciones catastrales o fuentes históricas), y fijar la prioridad de las variantes, cuando existían. De esta manera, la base inicial que contenía 3.973 registros independientes, sufrió un refinamiento de los datos hasta quedarse en los 3.033 que hemos considerado definitivos. La cuarta y última fase consistió en el diseño y programación de un portal web dinámico que pudiera comprender y desarrollar todas las informaciones y bases de datos señalados anteriormente, haciendo uso de herramientas de software libre, como son PHP y MySQL. En su diseño se ha tenido especial cuidado en la fácil utilización de la web y en su motor de "búsqueda avanzado", implementando búsquedas por localización geográfica y por clasificación analítica múltiple. Las búsquedas por localización geográfica pueden realizarse mediante tres niveles sucesivos de zoom: el primero acerca al "mapa" (según se explica en el apartado 2.3. más arriba), el segundo a la "cuadrícula" y el tercero al topónimo buscado. Ha de advertirse en este punto que los mapas usados por Alvar para su investigación (que son los mismos que nosotros reproducimos en esta aplicación informática) no contienen todos los topónimos del corpus aquí reunido y que, por tanto, en ese tercer zoom de aproximación es posible que no aparezca escriturado el topónimo buscado, pero sí su localización geográfica.


Este portal web se aloja en servidores de la ULPGC y su dirección de acceso es: http://www.webs.ulpgc.es/toplanzarote (o http:/www.ulpgc.es/toplanzarote/).


4.2. La ficha informática: sus diversos campos

Por nuestra parte, la ficha «informática» que diseñamos para cada topónimo contiene los siguientes 6 campos:


Nombre: Nombre del topónimo, formulado en la manera natural en que es pronunciado, con la excepción del artículo (cuando lo lleva), que va pospuesto, tras coma, y según la realización que hemos creído más «autorizada» entre las varias informaciones, en caso de haberlas.


Variantes 1 y 2: Es casi una «ley» de la toponimia, sobre todo de la toponimia «menor», que a un mismo accidente geográfico se le pueda denominar con más de un nombre. Y nuestro método contempla recoger todas las variantes denominadoras. Así que cuando la realización del topónimo difiere entre los informantes o entre las distintas fuentes utilizadas, optamos por considerar la realización mayoritaria como primera entrada, y la otra, o las otras, como variantes 1 y 2, guardando también un orden de prelación respecto a la denominación mayoritaria y a la fuente que consideramos más autorizada. Y es el caso que el estudio de las variantes en toponomástica son de interés grande, pues no pocas veces manifiestan la evolución léxica del topónimo, o los aspectos geográficos diferentes en que la lengua se fijó para nombrar el lugar, o los distintos tiempos y lenguas a que esos nombres corresponden, etc.


La problemática de las variantes es múltiple y compleja. A veces, es cosa mínima, de artículo o preposición: Alegranza / La Alegranza, Bajo la Montaña / Bajo Montaña; o de realización sonora: Los Anamasos / Los Aramasos, Bajapalomas / Majapalomas, Barranco Chis / Bco. Sí. Pero no son pocas las variantes de tipo léxico: Aeropuerto de Lanzarote / A. de Guasimeta, Los Arenales / Los Roferos, Barranco de Temisa / Bco. del Chafarís, Castillo Guanapay / Castillo de Santa Bárbara / Castillo de Teguise, Bajo Risco / Risco Bajo. A veces la variante contiene la condición geográfica del topónimo que queda oculta en la denominación primera: Avutarda / Morro de la Avutarda, Tegaso / Tope Tegaso / El Tope; y otras veces la variante explica el proceso evolutivo seguido por el topónimo: Barranco Cho Aquilino / Bco. Chiquilino, Fiquineo / Fiquinineo, Peña de Buentebés / P. Guantebés / P. de Juan Estévez, Punta Ganana / P. Ganada. Y en este caso no son pocos los casos en que las variantes reservan el nombre primero guanche que tuvo el accidente, sustituido por uno más actualizado español: La Tiñosa / Puerto del Carmen, Soo / Son. Un caso particular de variantes es el de algunos barrancos, que cambian de nombre según avanza su curso: Bco. Tenesia (10.55), Tres Barrancos (10.40) y Bco. la Negra (10.56); Bco. de la Triguera (10.117) y Bco. Tenegüime (10.117). Otro caso particular es el de las varias denominaciones de un mismo lugar según el registro social: así ocurre cuando hay una denominación popular, tradicional, y una segunda denominación moderna, impuesta por agentes externos, como puede ser el sector turístico o la administración (caso de Los Islotes / Archipiélago Chinijo), los geógrafos (Famara / Macizo de Famara) o los arqueólogos (Cueva de Sonsamas / Palacio de Zonzamas, Piedra de los Majos / Quesera de Zonzamas). Incluso un mismo accidente que es conocido por dos nombres distintos, según el lado desde el que se vea, como es el caso de Pico de la Vieja Andrea, vista desde el pueblo de Soo, desde el naciente, o Montaña de la Campana, si se ve desde la parte trasera, desde el poniente (por la existencia de un litófono). Y otro ejemplo de esto mismo, más notorio aun: La Caldera se llama a lo que en verdad es una 'caldera' si se la mira desde Guatisa, pero Montaña se le llama si se ve desde Tahíche, porque desde cada uno de esos dos puntos de vista lo que se ve son «accidentes» distintos, siendo en realidad un mismo y único accidente, una elevación del terreno. En fin, caso extremo de las variantes en la toponimia de Lanzarote es el diminutivo de Valle, que se registra con las siguientes formas: Valichuelo, Vallichuelo, Varichuelo, Varrichuelo, Malechuelo, Maleschelo y Marichuelo.


Para que pueda juzgarse la importancia que tiene el dejar constancia de las variantes, en nuestro corpus de Lanzarote, los topónimos que tienen una variante (es decir, una entrada principal y una variante) son 808, que representan el 27%, y los que tienen dos son 91, que representan el 3%. Y hasta unos pocos topónimos hay que tienen más de dos variantes, como Mña. Guiguan / Mña. de Guiguan / Caldera Guiguan / Niguan, pero ya no representan porcentaje significativo.


Mapa: En este campo respetamos íntegro el método de Alvar, incluso con aquellos topónimos incorporados por nosotros al corpus, cada uno de los cuales halla su ubicación en el mapa y en la cuadrícula correspondientes.


Municipio: En este campo se señalan los 7 municipios en que está dividida administrativamente la isla de Lanzarote: Arrecife (AR), Haría (HA), San Bartolomé (SB), Teguise (TE), Tías (TI), Tinajo (TO) y Yaisa (YA), y los 5 «islotes» a ella adscritos: La Graciosa (GR), Alegranza (AL), Montaña Clara (MC), Roque del Este (RE) y Roque del Oeste (RO), también como en el método de Alvar.


IT: Identificación del topónimo, que desarrollaremos en epígrafe siguiente.


4.3. Identificación geográfica del topónimo: Campo IT

Una de las fases de nuestro proyecto de investigación general de recuperación y estudio de la toponimia de las Islas Canarias, consiste en establecer un completo sistema clasificatorio del corpus toponymicum recogido, tanto sea por cada topónimo completo (desde el punto de vista «descriptivo») como por cada uno de los elementos léxicos que componen cada topónimo (desde el punto de vista «analítico»), que se refleja en las cinco clasificaciones complementarias siguientes :


a) Desde el punto de vista descriptivo


1. Desde el punto de vista geográfico (morfotoponimia), por lo que cada topónimo en su conjunto es y designa en la actualidad.


b) Desde el punto de vista analítico


2. Desde el punto de vista geográfico (morfotoponimia), por lo que cada término (unidad léxica) es y significa.

3. Desde el punto de vista biológico (fitotoponimia y zootoponimia), por lo que cada término es y significa.

4. Desde el punto de vista histórico-cultural, por lo que cada término es y significa.

5. Desde el punto de vista lingüístico, por la procedencia léxica de cada término y por su significado metafórico.


Con vistas a un tratamiento informático sistemático de todas estas clasificaciones, hemos ideado un sistema de códigos numéricos, con cuatro cifras por cada uno de ellos, la primera de las cuales hace referencia a las cinco clasificaciones anteriores, y las tres cifras restantes a las distintas subclasificaciones que, a su vez, se han practicado dentro de las primeras. O sea, un código como 1311, que corresponde en este caso, por ejemplo, al topónimo Montaña de Sonsamas, deberá leerse de la manera siguiente:


1 'clasificación geográfica primaria (descriptiva)'

3 'morfotoponimia (relieve del terreno)'

1 'relieve de interior'

1 'elevación del terreno'


Y, a la inversa, una depresión del terreno, por ejemplo un valle, llevará siempre el código 1312, mientras que un barranco será 1512 'cauce natural de agua', y un poblado abandonado o desaparecido será 1118.


Valga decir aquí que, como quiera que nosotros no hicimos toda la recogida de materiales desde el propio terreno, y por tanto no vimos con nuestros propios ojos la realidad nominada, la clasificación geográfica la hicimos en un primer momento sobre los mapas de la cartografía militar usada por Alvar, guiados en muchas ocasiones por las anotaciones de éste («erial», «punta en el mar», «cortijo», «cerro», etc.), sobre todo cuando el topónimo no era «descriptivo», y sobre los mapas del Gran Atlas de Canarias de Interinsular Canaria. No obstante, las encuestas directas que hicimos sobre el terreno en los años 2000, 2002 y 2003 sirvieron para confirmar, en unos casos, la clasificación ya realizada o para rectificar, en otros, lo que no se correspondía con la realidad.




5. CRITERIOS DE TRANSCRIPCIÓN DE LOS TOPÓNIMOS

Los nombres de lugar son, esencialmente, tal cual se manifiestan en la oralidad; por ello, su reflejo en la escritura, o mejor, su transcripción, ha de acomodarse, siempre que sea posible, a la forma en que los topónimos son dichos de ordinario por sus usuarios, por los hablantes locales, aunque ese proceso de «traslación» esté lleno de problemas nada pequeños. La escritura aspira siempre a traducir lo que pertenece a la palabra hablada . El hombre ha creado ese «sustituto» formidable de la voz que es la escritura, en su lucha permanente por perpetuarse, por trascender al aquí y al ahora, pero entre la voz y la letra median abismos muy difíciles de allanar. Si la transcripción de la oralidad lo fuera mediante signos fonéticos, podríamos creer que estábamos más cerca de la pureza del signo lingüístico, pero no pasaría de ser un falso razonamiento, pues el uso del alfabeto fonético representaría sólo los sonidos que se escuchan, no necesariamente iguales a los que se identifican en la escritura. Y como una «lengua» es un sistema de una colectividad, y nunca un sistema individual, las realizaciones individuales no son sino manifestaciones (explícitas o implícitas) del sistema de esa lengua; por tanto en signos «de lengua» (y no «de habla») deben ser escritos. Además, como el propósito de un corpus toponymicum no es prioritariamente de carácter teórico-fonético, sino léxico, debemos identificar, conocer, localizar y, por último, escribir los nombres de los lugares de ese lugar conforme a las reglas estándar de esa lengua. Este propósito exige el uso de un código de manejo general, como es la ortografía normativa del español común. No obstante, cuando el caso lo requiere, por razones de realidad lingüística, debemos ajustar la ortografía a las formas de la norma dialectal canaria. Más importante es la veracidad de la realización oral que la acomodación a las normas ortográficas.


5.1. Características dialectales

No cabe duda de que los fenómenos fonéticos que experimentan las palabras en el lenguaje común, adquieren una especial importancia en la toponimia. Con razón puede decirse que en la toponimia se dan todos (o casi todos) los fenómenos lingüísticos de una modalidad dialectal. Así, en Canarias, y de manera particular en Lanzarote:


a) El seseo. Escribimos Lanzarote, Graciosa, Alegranza, etc. cuando, en realidad, se pronuncian /lansaróte/, /grasiósa/, /alegránsa/, etc. Pero esto sólo en el caso de los términos de origen español o románico, cuando su etimología atestigua el subyacente sonido /θ/. Una excepción debemos señalar, el topónimo La Rosa o Las Rosas, que escribimos siempre con -s-, a pesar de tener la etimología hispánica roza 'roturación del monte para obtener tierras de cultivo', y eso porque la escritura con -s- de ese término está tan fijada en Canarias que, de modificarla, aparte de infringir la fidelidad de su realización fonética, desvirtuaría su identidad léxica.


Consideración aparte merecen en este apartado los topónimos de origen guanche que tienen sonido /s/. En muchos casos, así se escriben, tal cual se pronuncian: Teguise, Teseguite, Guasia, Guatesía, Socaminas, Soo, Temisa, Tenesa, Tisalaya, Tinasoria, Usaje, etc. Pero, en otros muchos casos, se escriben mal, con una c o una z que ningún lanzaroteño ha pronunciado nunca, y por tanto representa una «falsa etimología», por ultracorrección, creyendo que en tales nombres subyace el mismo seseo de tantos otros nombres de origen románico. Este es el caso de Yaiza, Guatiza, Órzola, Zonzamas, Tenézera, Mazo, Guza y otros. Pero no hay tal: nadie puede demostrar que en la etimología guanche existiera el sonido que se quiere representar con esas grafías; son, sencillamente, nombres mal escritos, que deben corregirse y escribirse tal cual suenan, lo mismo que los primeros, es decir: Yaisa, Guatisa, Órsola, Sonsamas, Tenésera, Maso, Gusa, etc., y así lo hacemos nosotros en nuestro corpus.


Éste es un trabajo de revisión que debe hacerse en las respectivas toponimias de todas las islas, pues «el mal» es general, y está generando, además, una distorsión grave de muchos de los verdaderos nombres de Canarias, los más genuinos y los más antiguos, por cuanto pertenecen al substrato prehispánico. Ese mal tuvo su origen en una cartografía descuidada, hecha por gentes ajenas a los hábitos lingüísticos de las islas, que en tiempos anteriores apenas si tenía influencia, pues pocos consultaban los mapas, pero que ahora, cuando tantos millones de visitantes del mundo entero llegan a Lanzarote cada año, y que se mueven por ella no preguntando cómo se llaman sus pueblos, sino guiados por los mapas turísticos que en todas partes les ofrecen o por los grandes letreros de las carreteras, tiene un efecto devastador: los turistas (sean extranjeros o nacionales) se marchan de Lanzarote y llevan en su memoria y en su léxico nombres de lugares inexistentes y por tanto falsos: Yaiza, Órzola, Zonzamas..., ¡impronunciables para un lanzaroteño! Por lo demás, tales nombres no siempre se han escrito así, sino más bien como se pronuncian, y así constan en los registros más antiguos .


b) El yeísmo es también general en el habla de Lanzarote (Torres Stinga 1995: 70-71). Caso particular de distinción hay que hacer entre Gayo o Pico Gayo, que es el nombre que recibe una de las partes más altas del macizo de Famara (HA 10.19), de probable origen guanche, y que escribimos con y, y otros varios topónimos que llevan el término español Gallo.


c) Aspiración de h- inicial, en determinados topónimos: El Jorado y El Jurado, La Juyona, Caleta de los Jallos (de hallos 'hallazgos'), etc. Un caso particular de este fenómeno, tratado de distinta forma, según las fuentes, hay en la toponimia de Lanzarote. El macizo del sur de la isla se llama Los Ajaches: así se pronuncia y así se escribe siempre en mapas y listados. Pero dentro del macizo, a sus dos puntos más elevados se les llama, respectivamente, Ajache Grande y Ajache Chico (y quizás también Jache Grande y Jache Chico), y sin embargo en los mapas militares, y desde ellos en múltiples registros cartográficos, incluso en las fichas de la toponimia de Alvar, se escriben como Hache (o Hacha) Grande y Hache (o Hacha) Chico. De responder la realización actual a un proceso de aspiración y velarización, habría que suponer una evolución *Hache > Jache > Ajache, con epéntesis en el paso final. La realización Hacha parece una etimología popular. La etimología del nombre podría vincularse con el antropónimo Ache, personaje guanche del tiempo de la conquista (escrito como Ache, Afche, Affche, Asche, etc. en Le canarien) que quiso suplantar a su hermano el rey Guardafría.


d) Pérdida de -d- intervocálica, por pronunciación descuidada, pero que se ha «lexicalizado» en topónimos como El Jorao o Los Meanos (por Médanos), Téjida / Tejia, Nao / Nado.


e) Realización dialectal de Cho, Cha por 'tío, tía', o Señá por 'señora', muy abundantes los primeros en topónimos con referencia de propiedad, en cortijos, cercados o corrales.


f) Simplificación vocálica por fonética sintáctica: Playa Lambra (por Playa del Ámbar), Chulistaiga (por Cho Listaiga).


g) Confusión o alternancia vocálica en posición átona: Góime / Güime, Robelajes / Rebelajes, Pirneo / Perneo, Oígue / Uhígue, Balterra / Balterre.


h) Confusión o alternancia de consonantes: Armilla / Almilla / Arenilla, Anamasos / Aramasos, Mermeja / Bermeja, Majapalomas / Bajapalomas, Maciot / Masión y Masió, y la serie alternante Vallichuelo / Valichuelo / Varichuelo / Varrichuelo y Marichuelo (todos como diminutivos despectivos de valle).


i) Cambio acentual: Jable de los Meanos (por Médanos), Malpéi o Malpéis (por Malpaís), Testeina / Testeína.


j) Prótesis: Alcaidero, Alcojías, Arriadero.


k) Epéntesis: Probís (por Proís, en La Graciosa), Tinguatón / Tiguatón, Los Bungalones (por Los Bugalones, por influjo de bungaló).


l) Metátesis: Cha Catana / Cha Cataina / Cha Caitana, Gabriel / Grabiel, Termesana / Tremesana.


m) Aféresis: Gusa, que registramos nosotros, por Agusa, que registró Bethencourt Alfonso.


n) Síncopa: Guinios, en la actualidad, en vez de Guínigos que aparece en documentos antiguos; lo mismo que el Fiquineo, actual, en vez del Fiquinineo, Fiquininco o Fiquinimo que se menciona en documentos antiguos.


ñ) Apócope: Mague, tal como lo escribe Bethencourt Alfonso, en vez de la forma común Máguez; o Tomare en vez de Tomaren; Tinga en vez de Tíngafa; etc.


o) Sincretismo: Llano Naje (probablemente procedente de Llano Don Ángel).


p) Etimología popular. Términos cuya realización atañe más a la analogía de significantes que al significado: Montaña Mina (desde una denominación antigua, posiblemente de origen guanche, escrita como Emine / El Mine / Emina / Mina); Montaña Teresa (desde Tésera / Tersa / Tesa), Jardín de Castro (desde Jardín de Cactus, oído por nosotros mismos a dos pastores del mismo pueblo de Guatisa donde está ubicado el Jardín, tan reciente incluso); Padre Ten (desde Paretén, Paletén, Paetén o Padetén); Tiguatón y Tinguatón han dado en algunas realizaciones locales Tió Jatón; Zonzamas ha dado Sosamas, Susama e incluso Susana; Soo ha evolucionado a Son; etc.


5.2. Criterios ortográficos

a) Uso de mayúsculas. Todos los componentes léxicos del topónimo (sustantivos, adjetivos, verbos y adverbios) están escritos con mayúscula, mientras que los actualizadores (artículos) -excepto cuando encabezan el topónimo, que ponemos al final, tras coma-, los elementos de relación (preposiciones) y cualquier otro elemento morfológico interior van con minúscula: Arrecife de Lanzarote, Cueva de las Andoriñas, etc.


b) El acento ortográfico. La acentuación ortográfica se ajusta con rigor a las normas de la Academia, incluso suprimiendo la tilde en dos topónimos lanzaroteños que generalmente aparecen con él, como Soo y Ye.


c) Uso de b/v. Los topónimos en los que aparece un término del español general con sonido /b/ se escriben siempre conforme a la ortografía oficial, representada en el Diccionario de la Academia o, en caso de no aparecer en éste, conforme a las reglas ortográficas de la Academia. El conflicto surge cuando aparece un término que no tiene etimología hispánica ni románica, sino guanche, o resulta de una deformación o adaptación dialectal: entonces lo escribimos con -b-, que representa mejor la tendencia fonológica y la tradición ortográfica del español: Cambuesa / Gambuesa, Chibusque, Tabaiba, Tabayesco, Timbaiba, Trabuete / Tragüete, Balterra, Ubigue, etc.


5.3. Uso del artículo

Generalmente, en la toponimia hay una tendencia muy acusada a la lexicalización y, por tanto, a perder los elementos menos significativos. Esto ocurre especialmente con el artículo en el interior del topónimo, no cuando lo encabeza, puesto que, en esta posición se fija como insustituible.


El artículo tiene en la toponimia, más que una mera finalidad actualizadora, una función semántica individualizadora. Este fenómeno se distingue especialmente en aquellos topónimos cuya base es un sustantivo de los llamados «secundarios» (Trapero 1994: 34-38): La Atalaya, El Barranquillo, El Castillo, La Mancha, La Tosca, El Varadero, El Golfo, etc., o bien, en aquellos apelativos de uso muy frecuente, tales como: Montaña, Caldera, Caleta, Playa, Barranco, etc. No ocurre lo mismo con los topónimos llamados «primarios» (ibídem.), cuyo nombre es específicamente toponímico y que no necesitan el artículo: Teguise, Haría, Guatisa, Yaisa, Tenésera, Tabayesco, etc. No obstante, cuando el topónimo está constituido por un único elemento léxico, generalmente lleva artículo: Las Cortijos, Los Dises, El Río, El Risco, Las Playas, El Refugio, etc., mientras que cuando está constituido por dos o más elementos tiende a omitirse.


Por tanto, se ha respetado el artículo en aquellos topónimos en que ya forma parte constitutiva de él, y se omite cuando la base lleva un especificador adjetival. Sin embargo, se han mantenido aquellos que, contraviniendo lo señalado, ya están asentados en la norma toponímica insular. O sea: tratamos siempre de representar la realización tradicional. Con todo, cuando el topónimo se inicia con artículo, éste lo colocamos al final, tras coma, para facilitar el orden alfabético a partir de la primera unidad léxica.


5.4. Pérdida de la preposición

Los topónimos formados por una base más una construcción preposicional (sustantivo + preposición «de» + sustantivo) puede decirse que son la mayoría, sobre todo en la considerada toponimia «menor». Mas es también muy frecuente que la preposición se pierda en la realización oral de este tipo de topónimos, por indiferente . Pero no siempre es indiferente la preposición, y es su pertinencia semántica la que hace que permanezca: entre Montaña Guatisea y Montaña de Guatisea no hay diferencia semántica alguna, pero sí la hay entre Cortijo Viejo y Cortijo del Viejo, Cueva Paloma y Cueva de las Palomas, Morro el Cura y Morro del Cura, Fuente Temisa y Fuente de Temisa. Nuestro criterio ha sido la de mantener la preposición en aquellos casos en que los informantes han dejado constancia espontánea, aunque marcada, de su realización, y la hemos suprimido cuando oímos realizaciones alternantes o cuando no la oímos en ningún caso.


Un caso hay de este tipo que merece comentario. En la parte baja del gran Risco de Famara, frente a La Graciosa, existe un topónimo con el nombre tradicional de Bajo Risco (con varios topónimos secundarios), que debe interpretarse como 'las partes bajas del risco', justamente por la pérdida de los elementos intermedios «de el» que debió tener en su origen. Aquel lugar fue un lugar muy referencial, pero a distancia, frecuentado sólo esporádicamente, por la extrema fragosidad e inutilidad del terreno. Pero hoy empieza a ser punto muy «pisado» por los caminantes que bajan desde los altos de Famara hasta la playa por el Camino de las Rositas y visitado por los cientos de personas que anualmente hacen la travesía a nado de El Río, justamente desde la Playa de Bajo Risco hasta la Caleta del Sebo. Y ese lugar empieza a llamarse y a escribirse como Risco Bajo, lo que significa contravenir el nombre verdadero que correspondía al accidente que nombraba.


No obstante todo lo dicho, debemos decir que no pocas veces el peso de la tradición y la norma académica nos han dejado dubitativos en el momento de transcribir un topónimo. En tales ocasiones hemos preferido dar paso «al buen juicio», tratando de ajustar lo escrito a lo oído, guardando el rigor al sistema y a la realidad lingüística. Como hemos dicho, nuestro propósito en la transcripción de los topónimos de Lanzarote ha sido el de fijarlos en la escritura de la manera más simple y más cercana a las formas en las que viven en la oralidad. Pero respetamos algunos topónimos que están ya fijados en la tradición escrita cuando ésta no violenta la oralidad, tal como Haría, Tahíche, Tahoyo, que por ser de origen guanche lo mismo podrían ser escritos Aría, Taíche y Taoyo, sin esas haches que parecen denotar etimologías románicas. No obstante, podrían justificarse esas haches hoy totalmente mudas como testimonio de un sonido guanche preexistente: en el caso de Tahiche, Agustín Pallarés nos ha dicho que alguno de sus viejos informantes pronunciaba siempre /taxíche/, y en algunos registros antiguos lo encontramos escrito como Tagiche (por ejemplo en Madoz); en el caso de Haría, hay un topónimo en su demarcación que se dice Jaría y a los del pueblo se les llama jarianos; y en el caso de Tahoyo también hay transcripciones antiguas que lo hacen como Tajoyo (por ejemplo en J. Bethencourt Alfonso).


6. GEOGRAFÍA DE LANZAROTE

La isla de Lanzarote tiene 846 km² (885 km² contando con la superficie de los islotes próximos), que representa el 11% del total del archipiélago canario. Está situada entre los 28º y 29º de latitud norte y los 13 y 14ª de longitud oeste, siendo la isla más nororiental del archipiélago. Tiene en la actualidad una población aproximada de 130.000 habitantes.


La idea que se tiene de Lanzarote es la de ser un isla de formación reciente, lo que en parte es cierto, debido a las erupciones de los siglos XVIII (de 1730 a 1736) y XIX (en 1824), que afectaron a una tercera parte de su territorio, pero geológicamente, Lanzarote, junto con Fuerteventura, es la isla más antigua del archipiélago, siendo sus partes más viejas los macizos de Famara, al norte, y de Los Ajaches, al sur, calculándose para ellos una antigüedad de 20 millones de años.


Su fisiografía es relativamente sencilla. Entre los dos macizos montañosos señalados, que marcan los dos extremos de la isla, al norte y al sur (y en los que se registran las mayores alturas, de 670 m de las Peñas del Chache, en Famara, y de 608 m de la Atalaya de Femés, en Los Ajaches), se extienden territorios de pequeña altura salpicados de infinidad de pequeños conos volcánicos, con sus correspondientes malpaíses, y entre ellos tierras llanas o ligeramente onduladas que forman vegas y valles de fácil andar.


Muy pocos puntos, aparte los dos señalados, superan los 600 m, y que son: Ermita de las Nieves (608 m), La Corona (609 m), Mña. de Guardilama (603 m); y pocas «alturas» superan los 500 m: Pico Gayo (544 m), Peña la Pequena (502 m), Pico Redondo (551 m), Mña. de los Helechos (581 m), Ajache Grande (560 m), Mña. Tamia (550 m), Mña. Negra (514 m) y Mñas. del Fuego (510 m); las demás montañas oscilan entre los 300 y los 500 m.s.n.m.: Guanapay (452 m), Mña. Mesa (442 m), Mña. de Faja (449 m), Mña. de Mina (442 m), Mña. Diama (465 m), Mña. Blanca (461 m), Mña. de Tinache (451 m), Mña. Tisalaya (454 m), Caldera Santa Catalina (456 m), Mña. Colorada (m 471), Pico Partido (497 m) y algunas más.


De las montañas de Lanzarote dijo Torriani: «Todas las montañas de esta isla son volcanes nacidos en distintas épocas, porque los cráteres que llevan encima y la materia que se ve que salió de ellos y corrió hacia el mar...» (1978: 288). Y a la abundancia de valles y vegas corresponde lo que también dijo Torriani: «Entre estos montes [montañas] se hallan campos hermosísimos y muy extensos y llanuras alegres, de gran fertilidad, producidas por las cenizas que antiguamente arrojó el fuego, por las vorágines de los montes, las cuales, podridas por la humedad, producen todos los años infinita cantidad de cebada y de trigo, a 40 y 60 por uno; y lo llevan a vender a España, a Madera y a las demás islas, que no tienen tanta abundancia» (ibid.: 45-46). Y lo mismo se había advertido en Le canarien, con anterioridad: «El país es bueno y llano... Hay gran número de fuentes y de aljibes, de pastos y de buenas tierras para cultivo, crece gran cantidad de cebada con la que se hace muy buen pan» (2003: texto G, 145).


6.1. Un drama geológico

La definición que da Dulce María Loynaz para la condición del territorio isla, en general, pero que hizo desde Canarias, de que «una isla es un drama geográfico» (1992: 176), parece estar pensada expresamente para Lanzarote. Pues en ninguna otra podrían advertirse tan cercanos y tan evidentes los efectos destructores del volcán y los esfuerzos del hombre por volver a hacer esa tierra habitable. Porque la geografía de Lanzarote no ha permanecido inalterada desde que Leonardo Torriani y antes aun los capellanes de Jean Bethencourt escribieran aquellas impresiones. Muy al contrario, los volcanes de los siglos XVIII y XIX transformaron profundamente los suelos de al menos una tercera parte de la isla, y sus habitantes tuvieron que ingeniárselas para hacer que los nuevos suelos volvieran a ser fértiles. Así, mediante técnicas complejas basadas en la observación del entorno, ha nacido una agricultura que es asombro en el mundo entero, y que por obtener fruto de suelos o calcinados o cubiertos de arenas volcánicas ha sido imitada en lugares varios del planeta.


En los lugares en que las coladas y los piroplastos cubrieron la tierra fértil, se excavaron profundos agujeros en forma cónica y se plantaron vides, creando con ello un paisaje, el de La Geria, único en el mundo, y produciendo unos vinos entre los mejores que puedan encontrarse. En los lugares cubiertos por el jable, se desarrolló una agricultura basada en la producción de batatas, sandías, cebollas y otros. En las laderas de los barrancos se construyeron bancales y cañadas, mediante muros de contención de piedra seca, para poder aprovechar el poco suelo de tierra fértil . Y a los terrenos de lavas y malpaíses, una vez roturados y hallado el piso vegetal, se les cubre con rofe (nombre local del «lapilli») para lograr que el rocío de la noche se filtre y aproveche a la planta, a la vez que evita su evaporización y protege el suelo contra la erosión; con ello logran lo que allí se llama enarenados, dando un aspecto de extremo cuidado y mimo a sus tierras de labor. Y para proteger las plantaciones del viento, se hacen socos: de piedra para los árboles y para las vides; de paja de centeno (bardos o bardas se llaman) para los sembrados. Nunca con unas condiciones tan adversas se han obtenido unos rendimientos agrícolas tan asombrosos. Pero en ningún lugar, tampoco, la agricultura ha hecho tan hermoso un paisaje de tierras tan estériles.


La transformación de este paisaje, que con tanto esfuerzo y con no menor ingenio ha logrado el hombre lanzaroteño, ha merecido para Lanzarote el reconocimiento de «Reserva de la Biosfera», concedido por la Unesco en 1993, título que sólo se concede a aquellos lugares del mundo que mejor hayan sabido «conjugar la conservación de la naturaleza con el desarrollo sostenible de la región, la investigación y el seguimiento del medio ambiente». En efecto, la isla de Lanzarote no sólo alberga uno de los ecosistemas y paisajes volcánicos más singulares de Canarias, sino del mundo entero, como tantos vulcanólogos, naturalistas o simples visitantes conocedores del ancho mundo han señalado. Hasta el punto de que quizás haya que salir de él, del mundo, e ir a la luna, para poder imaginar un paisaje comparable. Así se expresaba un eminente geólogo español, Eduardo Hernández-Pacheco, que visitó la «isla de los volcanes» a principios del siglo XX:


Al recorrer esta enorme extensión de lavas basálticas y contemplar el conjunto de la erupción desde lo alto del Timanfaya, encontraba cada vez mayor semejanza entre los cráteres y extensos mantos lávicos formados por el gran cataclismo del siglo XVIII y la superficie lunar con sus extensas planicies, sus grietas y sus ranuras, sus cráteres concéntricos y sus circos. Encontraba un parecido tan grande entre ambas formaciones, la lunar y la basáltica de Lanzarote, que sólo establecí diferencias respecto al tamaño (2002: 175-176).


A este reconocimiento de ámbito internacional, y que afecta a toda la isla (e islotes adyacentes), le sigue la declaración de «Parque Nacional» que obtuvo en 1974 para un amplio territorio del centro-sur de la isla, con el nombre de Timanfaya, como resultado de las erupciones volcánicas habidas entre 1730 y 1736 , y que dieron lugar a un paisaje alucinante y único, principal atracción de la isla, visitado por miles y miles de turistas cada día. Y a ellos dos hay que sumar los «Paisajes protegidos» declarados por la administración canaria para el conjunto de Los Islotes, para la zona de La Geria, para los malpaíses del volcán de La Corona, para el macizo de Los Ajaches, para la Cueva de los Naturalistas (en la toponimia local conocida como Cueva de las Palomas o Cueva Redonda, en San Bartolomé), para el Islote de los Halcones (en Timanfaya), para la zona del barranco de Tenegüime (desde Famara a Guatisa), para el lugar de Los Jameos y para la laguna y salinas de Janubio.


6.2. Un paisaje único

El Lanzarote que hoy puede verse y que se ha convertido en uno de los puntos de atracción turística más solicitados del mundo, tanto por su clima como por sus playas, pero sobre todo por las bellezas de una geografía verdaderamente única en el mundo, no es, ni mucho menos, el Lanzarote que puede reflejar su toponimia tradicional, como iremos comentando, y menos el Lanzarote que vieron y describieron los viajeros que se acercaron a sus costas y recorrieron sus tierras en tiempos pasados, dejándonos unos «retratos de época» muy valiosos, por cuanto todos ellos veían «con ojos extrañados», tales como el escocés George Glas en el siglo XVIII, la inglesa Olivia Stone y el francés René Verneau a finales del XIX, el extremeño Eduardo Hernández-Pacheco a comienzos del XX o la cubana Dulce María Loynaz al doblarse el mismo siglo; o como desde un punto más literario describieron la isla Agustín Espinosa y Rafael Arozarena.


Un personaje verdaderamente singular tiene la historia reciente de Lanzarote a quien se debe el «descubrimiento» de las bellezas que la isla tenía ocultas: César Manrique (1919-1992). Él fue quien hizo cambiar la valoración que la isla ofrecía tanto al visitante foráneo como, sobre todo, al poblador nativo, y lo hizo con sus actuaciones geniales sobre la naturaleza de la isla (descubriendo y ensalzando bellezas que estaban ocultas), a la vez que creando conciencias y actitudes nuevas frente al paisaje de la isla.


En Lanzarote se ha trabajado a un nivel de entrega total, en contacto íntimo con su geología, entendiendo su trama y su organismo vulcanológico, logrando el milagro del nacimiento de un nuevo concepto estético, para crear una mayor capacidad del arte e integrarlo en todas sus facetas en una simbiosis totalizadora, como he repetido: vida-hombre-arte (Gómez Aguilera 1995: texto 116).


Estas son palabras del propio César Manrique, quien siempre estuvo guiado en sus acciones por una profunda y coherente convicción de armonía con la naturaleza: «La perfección y el equilibrio de esta naturaleza pulida por millones de años es la lección más sabia para el hombre», también dejó dicho (ibid.: texto 105).


El Lanzarote que existía antes de César, tanto lo miremos con los ojos del recuerdo, a través de un álbum de fotografías antiguas o leyendo las impresiones de los viajeros extranjeros, se nos presenta «feo», desértico, con escombreras y terrenos desordenados, sedientos, sin la más leve sombra vegetal, los pueblos sin urbanizar, las casas descuidadas en su ornamento, los caminos polvorientos, los hombres humillados en las duras tareas del campo, malvestidos y remendados, y las mujeres tapadas «hasta las cejas»... «La característica más notable [de la isla] -escribe Olivia Stone- es la ausencia de habitantes. El campo está tan despoblado que parece un desierto» (1995: 329). Para concluir: «¡Qué desgraciada, despoblada e indigente es Lanzarote»! (ibid.: 370). Y así, uniformemente, en todos los relatos antiguos. Es el Lanzarote reflejado, también, en la novela Mararía de Rafael Arozarena. Claro que ese Lanzarote encerraba en esa «fealdad» esencias admirables que el propio Arozarena supo ver muy bien. Como también las vio Agustín Espinosa, cuando llegó a Lanzarote como Comisario para el recién creado Instituto de Segunda Enseñanza de Arrecife, en la década de los 30 del siglo XX, y las dejó reflejadas en su Lancelot, 28º-7º. Espinosa ha venido a ser para Lanzarote lo que Unamuno fue para Fuerteventura: el descubridor literario de sus bellezas físicas y el creador a su vez de su categoría mítica.


Por el contrario, el Lanzarote posterior a César se nos presenta como un prodigio de armonía, dentro de su excepcional exotismo, en que tanto cuenta lo que la naturaleza ha puesto como lo que los hombres que la habitan han creado. Con el limpio negro de sus suelos contrastan las blanquísimas construcciones de su arquitectura rural tradicional; a las lavas inhóspitas de sus malpaíses suceden, entremezclándose con ellas, las tierras «enarenadas» que los campesinos han habilitado para sus cultivos; las líneas uniformes y lisas de sus suelos se rompen cuando se llega a La Geria y un mar de cavidades se extiende por laderas y llanos en prodigiosas simetrías; la vida surge de vez en cuando, en medio de los malpaíses, en forma de alguna palmera solitaria, altiva aunque escasa de flora, y el contraste, por inesperado, las hace hermosísimas; las urbanizaciones turísticas han reverdecido el paisaje; los ayuntamientos respectivos han ajardinado las entradas de cada pueblo; etc. Y todo ello, todavía, a pesar del grave peligro en que un desmedido crecimiento turístico está llevando de manera acelerada a la isla a perder de una vez y para siempre su identidad geológica y paisajística únicas.


7. GEOGRAFÍA Y TOPONIMIA DE LANZAROTE

7.1. Sobre el nombre de la isla y de sus habitantes


El propio nombre de la isla, Lanzarote, procede, según todos los más prudentes autores, de un antropónimo, de Lancilotto (o Lancelotto o Lancelot) Malocello (o Malucello o Malosiel), traficante genovés que habría llegado a la isla entre 1320 y 1340 (otros creen que entre 1312 y 1332) con propósitos comerciales, que permaneció en la isla unos 20 años, que levantó una torre de piedra que aún subsistía en los años de la conquista bethencouriana (Cabrera Pérez et alii 1999: 291-295) y que finalmente sería expulsado o muerto por los aborígenes . De ello se hacen cuenta los capellanes Bontier y Le Verrier en Le canarien, quienes al llegar a la isla en 1402 se encontraron «un viejo castillo que, según dicen, había hecho Lancelot Maloisel, cuando conquistó el país» (2003: texto G, 57). Las aventuras del genovés serían difundidas entre los navegantes que por aquellos años arribaban a las islas, y así empezaron a llamar a Titerroygatra, o como se dijera en lengua guanche, «la isla de Lanzeloto». Eso explica, por ejemplo, que en el mapa de Angelino Dulcert (1339), uno de los primeros portulanos en que se dibujan las Islas Canarias en su posición geográfica más o menos real, la de Lanzarote lleve el nombre del genovés: insula de Lanzarotus Marocolus (sic). Y ese fue el nombre que, con múltiples variantes, se impuso en toda la cartografía posterior: Lancelot, Lancelotto, Lancilotto, Lançarote, hasta el Lanzarote inequívoco actual (pronunciado por los isleños, eso sí, /lansaróte/, y de ello dejan constancia varios autores que arribaron a la isla en muy distintos tiempos y escribieron sus nombres principales: Lançarote es como aparece en las cartografías de Íñigo de Briçuela/Casola y de P.A. del Castillo, por ejemplo.


Y sin embargo, otras varias etimologías disparatadas se le han asignado al nombre actual de la isla, asociadas a su conquista franconormanda. La primera de ellas se debe al gran humanista Antonio de Nebrija, quien se ocupó de no pocas cuestiones relacionadas con las Canarias en su famosa obra Décadas. Pues en un pasaje del cap. II explica que el nombre de Lanzarote procede de Lanza-rota por habérsele roto la lanza a Jean de Bethencourt en el momento de saltar a tierra para su conquista. Y así se repite en autores como Torriani y Abreu..., hasta Viera. Y son estos mismos historiadores quienes consideran otra etimología no menos disparatada, la de que Lanzarote deriva de la expresión lance l'eau, que significa 'echa el agua', y que sería la gozosa expresión que los franceses dijeron cuando avistaron sus tierras. Abreu Galindo tiene como más cierta la causa de Lanceloto, pero deja constancia también de la etimología de Nebrija y una variante de la versión normanda. Dice:


Algunos cuentan que, cuando llegaron a ver tierra, por el contento que tomaron, comenzaron a decir en lengua francesa: -Lansrrot, Lansrrot, que quiere decir: -Echa y bebamos; y los españoles entendían ser aquél su nombre (Abreu 1977: 52-53).


Una tercera etimología (o nombre antiguo, más bien) considera el propio Abreu, extravagante por demás, la que arranca de Plinio y que considera que las dos islas de Lanzarote y Fuerteventura fueron antes una sola y que recibió el nombre de Capraria, no porque en ellas hubiera cabras, sino porque caprea quiere decir 'lince'. «Y así -sigue Abreu- como este animal es de larga vista, estas dos islas, siendo una, tenían mucho que ver, y por su largueza, respecto de las demás, la llamaron deste nombre» (ibid.: 54).


Finalmente, una cuarta explicación se ha querido dar, tan disparatada como las dos anteriores, pero ésta moderna, y venida de alguien que era filólogo de profesión, lo que agrava más aún el disparate: dice Sebastián Sosa Barroso (2001: 17) que el nombre de Lanzarote no deriva ni del Lancellotto genovés ni de la Lanza-rota de Nebrija, sino de Isla Cerote > La cerote, siendo el cerote el jugo de la tabaiba.


Tal cúmulo de entuertos encadenados no merita ni que se deshagan, sólo contarlos como cosa ingeniosa e ignorarlos. Estos son ejemplos, como tantísimos otros, del «ejercicio de entretenimiento» en que se convierten muchas veces las explicaciones etimológicas. Como las que siguen al supuesto nombre guanche que tuvo la isla.


¿Pero cuál fue el nombre que la isla tenía en la época guanche? Si hemos de hacer caso a Le canarien, que es el primer texto que se detiene por extenso en ella, los aborígenes la llamaban en su lengua Tyterogaka (texto G, 142) o Tytheroygatra (texto B, 348). Las explicaciones que se han querido dar a esas dos formas por parte de quienes se han ocupado de traducir la lengua guanche son tan dispares como disparatadas, a base de descomponer la palabra en cuantos elementos o formantes convenía para sus caprichosas hipótesis. Como Gómez Escudero dice que a Lanzarote la llamaban Tite, Marín y Cubas asentó que tite era el nombre de una tribu africana entre Mazagán y Mármora, en el cabo de Cantín (1993: 251), lo que explicaría el origen de los de Lanzarote; Viera y Clavijo descompuso el nombre en tres segmentos: Tite-roy-gatra (1982: I, 67), sin ofrecer nunca su significado; Marcy le propuso un origen del tuareg tatergaget con el significado de 'la que está quemada' o 'la ardiente', lo que visto desde hoy parece muy convincente, pero no en la época en que fue habitada por los «majos», en que faltaban 18 siglos para que surgieran las montañas «del fuego»; Vycichl cree que la voz Lanzarote es una españolización de la voz aborigen (procedente del bereber) anzar, que significa 'lluvia', nombre que sería no sólo inmotivado sino totalmente contrario a la condición de la isla; Wölfel lo pone en relación con la expresión bereber atte regga, que significa 'hombre, buen corredor', en nada aplicable a Lanzarote; y Álvarez Delgado propone descomponer el vocablo en ti-terog-akaet, que significaría 'montaña colorada', en referencia expresa al topónimo actual de Las Coloradas, lugar en que desembarcaron los normandos y que llamaron Rubicón. El caso es que de aquel extraño nombre guanche nada queda en la toponimia de Lanzarote. Bueno, sí: a un barrio de Arrecife llamado desde el comienzo Santa Coloma se le ha puesto modernamente el nombre de Titerroy, en recuerdo del supuesto nombre primitivo de la isla; pero ese es un neologismo nada tradicional.


Otro nombre guanche se ha asignado a Lanzarote, el de Toicusa o Torcusa , que según parece era el que le daban los «majos» de Fuerteventura. Pero este supuesto nombre no tiene fuente fiable: Berthelot (1978: 138, nota 239), como tantas otras veces, lo atribuye erróneamente (mejor sería decir falsamente en esta ocasión) a Abreu Galindo. Pero Abreu nada dice a este respecto. Wölfel cree que se trata una mala lectura de Teguise, y sin embargo, Marcy lo traduce como 'la ardiente, la que está caliente', lo mismo que había traducido antes Titeroygatra.


¿Y cómo se llamó a Lanzarote en la época romana y en latín? Aquí la confusión es tanta o mayor que en lo anterior. Torriani cree que debe corresponder con la Planaria de Plinio, por la falta de alturas que tiene, o con la Pluvialia, por la ausencia de otras aguas que las de lluvia, mientras que Abreu Galindo cree que Lanzarote y Fuerteventura eran en la antigüedad una sola y que se llamaba Capraria, no porque en ellas hubiera cabras, sino porque significando la voz caprea 'lince', estas dos islas unidas tenían mucha largura, tanta como la vista de los linces , como ya hemos comentado. También se le ha asociado a Lanzarote y sus islotes, junto a Fuerteventura, con el nombre de Purpurarias, por el tinte de color púrpura que de ellas se extraía.


Otras denominaciones tiene en la actualidad Lanzarote, vinculadas sobre todo a la promoción turística de la isla en el exterior, tales como Isla de los Volcanes, Isla del Fuego o Isla Mítica, tres nombres que bien se ajustan a su geografía y a su historia.


Algo diremos ahora sobre el gentilicio de los de Lanzarote. Dice Torriani (1978: 37) que los antiguos llamaron a la isla Maoh, de donde los naturales se dijeron mahoreros; y, un poco más adelante (pág. 41), que por zapatos llevaban un pedazo de cuero de cabra que llamaban maohs. Abreu, por su parte, atribuye el nombre de majoreros tanto a los naturales de Lanzarote como a los de Fuerteventura (1977: 54). De ahí que el nombre actual que desde la investigación histórica se da a los guanches de Lanzarote sea el de majos (por ejemplo, Cabrera Pérez et alii 1999, que lo ponen en el título de su obra). Pero esa denominación no es en absoluto popular: el gentilicio de los de Lanzarote es en la actualidad el de lanzaroteños o (dentro de las islas) el de conejeros , reservándose el de majoreros sólo para los de Fuerteventura. El término majo, siendo de origen guanche, ha pervivido, sí, en el habla popular de Canarias, pero sólo en la isla de El Hierro, y allí, justamente, con la significación que ya le asignaba Torriani: majos llaman los pastores herreños al rústico calzado (especie de abarcas) que ellos mismos usaron hasta tiempos recientes, siendo primero de cuero de ovejas o cabras y después de gomas de camiones (Trapero 1999: 123-124) . Por el contrario, desde la «erudición» escrita, al término majo se le han buscado y atribuido las más dispares (y caprichosas) etimologías: Álvarez Delgado lo transcribe como masos, masyos, mazos y mahyos y lo interpreta como 'gentes de tiempos antiguos', a la vez que lo relaciona con la denominación del sol que los guanches de Tenerife llamaban Magec; Marcy emparenta a los majos de Lanzarote y de Fuerteventura con alguna tribu mahor magrebí, de donde procedería también el término mauro; y Cabrera Pérez, Perera Betancor y Tejera Gaspar explican el término majo como un etnónimo de origen y desde una óptica mítica: «Los majos o 'encantados' -dicen- acuden en forma de nubes sobre el mar desde el este, por acompañar al sol en su ciclo diario... ¿Es casual el hecho de que los aborígenes de Lanzarote y Fuerteventura adorasen al sol naciente en relación al culto de los antepasados?» (todo ello en Cabrera Pérez et alii 1999: 72-74). Finalmente, Gaspar Frutuoso (1964: 97), el clérigo açoriniano que escribió sobre las «islas de Canaria» a finales del siglo XVI, dice que el término majorero se aplicaba tanto a los de Fuerteventura como a los de Lanzarote, y que dicho término quería decir 'criadores de ganado'; claro que las informaciones que Frutuoso tiene sobre las islas, y sobre todo de estas dos, son tan confusas y erróneas que nos merecen tanto crédito como las otras interpretaciones.


Repetimos que el término majo no es en absoluto de uso común en Lanzarote, y que popularmente se desconoce la asociación de los naturales aborígenes con esa palabra; al contrario, a los aborígenes de Lanzarote, como a los de todas las islas (y no sólo a los de Tenerife), se les llamó guanches, y así sigue reconociéndose en la tradición oral de hoy en día . Una prueba irrefutable de la pertenencia del término guanche a la lengua de Lanzarote (como a la de todas las demás islas) y, por tanto, de su referencia a los nativos aborígenes (de cada una de ellas), es la pervivencia del término guanche y variantes léxicas en su toponimia. En el minucioso estudio que nosotros dedicamos al asunto (Trapero y Llamas 1998: especialmente 140-147), dábamos cuenta de hasta siete topónimos que en Lanzarote llevaban dicho término, según la información que por entonces nos había proporcionado Agustín Pallarés, profundo conocedor de la toponimia de Lanzarote, y que se concentraban especialmente en la zona este del municipio de Haría (en los malpaíses del Volcán de la Corona) y en las cumbres de la zona de Femés. Ahora podemos precisar en este corpus toponymicum de Lanzarote el número exacto de topónimos que llevan el término Guanche y la ubicación geográfica exacta de cada uno de ellos:


Topónimo Municipio Mapa
Casas de los GuanchesHaría10.26
Cueva del GuancheHaría4.109
Casas de los GuanchesHaría10.8
Cueva de los GuanchesHaría10.26
El GuancheYaisa13.44
Lajío de los GuanchesHaría10.27
Peña del GuancheYaisa13.27
Pico el GuancheYaisa13.43


Aunque cierto es también que pervive en la toponimia de Lanzarote el término Majo, sin duda con la referencia a los aborígenes, pero con una ocurrencia un poco menor que Guanche y habiéndose perdido del habla común y popular de la isla.


Topónimo Municipio Mapa
Casita de los MajosHaría10.104
Cortijo el MajoTeguise9.148
Cueva de los MajosTeguise7.75
Cueva de los MajosTeguise7.149
El Guardia de MajoTias12.85
El MajoTeguise13.43
Morro del MajoHaría4.40
Piedra de los MajosTeguise6.117
Playa del MajoTinajo6.138


7.2. Los «Islotes» de Lanzarote (Archipiélago Chinijo)



Islote Superficie Altura Máxima
La Graciosa27 km²266 m
Alegranza10 km²289 m
Montaña Clara1 km²256 m
Roque del Este 0,7 km² 84 m
Roque del Oeste 0,6 km²41 m


A la demarcación de Lanzarote se le ha asignado desde siempre el conjunto de islas, islotes y roques que se sitúan en su parte norte. Con estos apelativos denomina Viera y Clavijo (1982a: I, 17-19) al conjunto, estando constituido, según él, por una «isla»: La Graciosa, dos «islotes»: Alegranza y Montaña Clara, y dos «roques»: Roque del Este y Roque del Oeste. Excepto La Graciosa, que tiene una población estable desde finales del siglo XIX, son «tierras todas -dice Viera en otro lugar (1982b: Islotes)- montuosas, áridas y desiertas». Y especifica a continuación: «En la Alegranza se coge orchilla; en la Graciosa pastan los ganados durante el invierno; en Montaña Clara se buscan los mejores pájaros canarios; en la isla de Lobos se hacía antiguamente la pesca de las bestias marinas de este nombre; y en todas se encuentran huevos de tortugas, mariscos, conchas, etc.». Debe decirse que, en la actualidad, la isla de Lobos, también despoblada, se incluye en la demarcación de Fuerteventura.


Hablaremos seguidamente de cada una de ellas, pero antes diremos que no ha habido nunca una denominación específica para este conjunto de uso general. Quizás la más usada haya sido la de Los Islotes . Sólo modernamente se le ha empezado a llamar Archipiélago Chinijo, repetimos, modernamente, desde aproximadamente la década de los 80 del siglo XX, y así empieza a usarse en geografías locales, mapas turísticos, ensayos periodísticos divulgativos y otras publicaciones. Pero tal denominación fue implantada desde el exterior de la isla y desde la «erudición», sin que hasta la actualidad se haya hecho popular entre los naturales lanzaroteños y ni siquiera se haya aceptado. Y sin embargo, la palabra chinijo pertenece por entero y en exclusiva al léxico popular de Lanzarote: significa 'pequeño' (derivado probablemente, por síncopa, de chiquinajo) y se aplica casi con exclusividad a los niños, con un sentido muy cariñoso. De ahí que, metafóricamente, el término haya pasado a la geografía para nombrar al 'archipiélago pequeño' del norte de Lanzarote.


De la presencia de estas islas «menores» en la historiografía y cartografía primitiva, cabe decir que La Graciosa aparece, por lo general, en todos los registros, desde Le canarien (que es a la única que cita, junto a Lobos); Alegranza y Montaña Clara aparecen también de continuo, desde Torriani y Abreu Galindo, en todos los registros del siglo XVI y siguientes; Roque del Este aparece por vez primera en los mapas de Íñigo de Briçuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1686); y Roque del Oeste sólo desde la cartografía de Antonio Riviere (1741), allí con el nombre de Roquete. No obstante, salvo La Graciosa, estos «islotes» constituyen el territorio menos conocido de las Islas Canarias, no sólo por los visitantes foráneos, sino por los propios canarios.


Sobre la soledad y el silencio en que viven estos islotes, y sobre el desconocimiento general que de ellos se tiene, escribió Dulce María Loynaz unas bellísimas líneas:


Sólo el viento las ronda día y noche. Sólo el viento se acerca a ellas, pasa por ellas, penetra en su quemada soledad. El viento es, en verdad, el único habitante de su suelo, porque éstas son las islas Desiertas, las Cenicientas del Archipiélago. Cenicientas por la preterición y hasta por la ceniza. Los barcos huyen de sus costas, los niños olvidan pronto sus nombres aprendidos en la escuela, y hasta las plagas de langostas, cuando vienen de África, pasan de largo sobre los manchones que ellas proyectan sobre el agua. Son hermanas de las Afortunadas, pero ellas no lo son: como frutos de oscura bastardía, estas islas carecen de todo cuanto es gracia, ternura y abundancia en las demás... Alegranza, Graciosa, Isla de Lobos, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste son nombres que se ciñen a sus peñas cual coronas de flores a las sienes de las doncellas muertas (1992: 172-173).


Un lugar hay en la isla de Lanzarote que ofrece una soberbia panorámica sobre el conjunto de este archipiélago menor: en la parte noroeste, desde las cumbres de El Risco de Famara. Hoy es posible hacerlo desde el Mirador del Río, un lugar acondicionado por César Manrique, que se ha convertido en una de las visitas turísticas imprescindibles de la isla. Si se le llama «del Río» lo es un poco impropiamente, pues no es ése un atributo del mirador ni es tampoco su objetivo: «El Río» a que se refiere es el canal que separa la isla de Lanzarote de La Graciosa, pero la panorámica a la que se dirige el mirador es al conjunto de los islotes, eso sí, enmarcados todos por el mismo mar. Merece la pena leer la impresión que aquella vista de los Islotes causó a una famosa viajera que recorrió las islas a finales del siglo XIX, la inglesa Olivia Stone, cuando todavía no había en Lanzarote «miradores», pero sí la misma panorámica que ahora se puede contemplar:


Rara vez he visto algo más bello que estas escarpadas rocas de color gris, rojo y pardo, rodeadas de azul. Si se las observa por separado, no hay nada en estas islas, desnudas y sin árboles, que suscite admiración, pero lo que les da su belleza hay que verlo para admirarlo. Es el maravilloso colorido, el cielo azul con nubes aborregadas, y estos islotes escarpados, de vivos colores y desiertos, engarzados como piedras preciosas en un mar turquesa (Stone 1995: 315).


7.2.1. La Graciosa

La Graciosa está separada de Lanzarote por un estrecho de un kilómetro de ancho y de escasos metros de profundidad, denominado El Río. La isla tiene 27'24 km² y una altura máxima de 266 m en Las Agujas Grandes. En descripción de Torriani, La Graciosa «en la parte de Levante tiene tres montañas muy hermosas, iguales y muy parecidas [Montaña Bermeja, Montaña del Mojón y Montaña de las Agujas], y en la parte del Poniente hay otra no menos hermosa y agradable [Montaña Amarilla]» (1978: 33-34). A estos cuatro accidentes geográficos principales de la isla, hay que añadir una playa de las Conchas, así llamada por estar constituida de una acumulación de cáscaras de moluscos Helix, que al caminar sobre ellas producen un crujido especial al romperse.


Como decimos, la isla de La Graciosa aparece citada en todos los textos históricos, desde Le canarien, y en muchos de los cartulanos primitivos, desde el del mallorquín Abraham Cresques, en 1375. En Le canarien se cita de continuo, pues los normandos la utilizaron como desembarcadero. La aparición del topónimo con artículo o sin él es bastante aleatorio, lo mismo que su escritura, afectada en muchas ocasiones por el fenómeno del seseo: así, Briçuela y Próspero Casola escriben Grasiosa, mientras que P.A. del Castillo lo hace Grasioça. En la actualidad, se escribe y se nombra siempre con el artículo, y se escribe siempre con c, conforme a la etimología del castellano, aunque en Canarias se pronuncie con /s/, según la norma dialectal isleña.


En impresión de Torriani, que además la dibuja desde la playa de Famara, La Graciosa «aparece graciosísima a la vista, tanto por la forma como por el sitio en que está, y por esto fue nombrada así por Letancurt» (1978: 33). Nada encontramos en las crónicas de la conquista bethencouriana que justifique esta etimología (mejor «motivación designativa») del ingeniero italiano, pero nada obsta de que así fuera, pues, efectivamente, el aspecto con que aparece La Graciosa, desde cualquier lugar que se la mire, pero más desde Lanzarote, es siempre agradable y amable, amarilla y dorada, fácil y hermosa, graciosa, al fin: una isla «bien bautizada». No es ajeno a este nombre el hecho de que en otros muchos archipiélagos del mundo haya islas con igual o similar denominación (como en el archipiélago de Açores). Y se extiende Torriani en su descripción y en el uso que de la isla hacen tanto los de Lanzarote como los piratas que allegan a ella, por su fácil arribo y quieta navegación. «Este islote -dice- no tiene ni agua, ni árboles, ni animales salvajes (como escribió Plinio), sino solamente conejos que pusieron en ella los cristianos, como también en las otras dos [Alegranza y Montaña Clara]. Algunas veces los lanzaroteños dejan en ella las cabras y las ovejas, y, cuando se multiplican, las vuelven a recoger y las venden en Tenerife o Gran Canaria» (ibid.: 35). Y sigue después con dos párrafos dedicados a las pardelas, aves de las que los lanzaroteños se sirven para múltiples fines. Finalmente, teniendo La Graciosa tan agradable espacio, cree Torriani que es allí donde Torcuato Tasso ubicó el lugar en que Rinaldo aparece encantado por Armida.


La isla no se pobló, de manera estable y fija, hasta finales del XIX o principios del XX, con gentes lanzaroteñas procedentes fundamentalmente de la costa de Teguise o de Haría, según la tradición, con el proyecto de instalar en ella una factoría de salazón y derivados vinculados al banco pesquero canario-sahariano . Aquel proyecto nunca llegó a ejecutarse del todo, pero los primeros pobladores que se quedaron en la isla trajeron a sus familias y formaron un poblado en la caleta más próxima a la isla de Lanzarote, Caleta del Sebo, el único núcleo de población que ha tenido La Graciosa, aunque modernamente empieza un segundo núcleo en Pedro Barba, éste constituido por residencias turísticas o familiares más temporales que permanentes. La actividad única de los gracioseros es la pesca. Y su población total no sobrepasa los 500 habitantes. Sin embargo, tal como se desprende del informe de Torriani, la isla de La Graciosa ha sido un territorio usado y explotado desde siempre, razón por la que es tan rica su toponimia, pudiéndose decir que la isla está tan «toponomizada» como cualquier otro espacio de Lanzarote.


Una característica toponímica de La Graciosa y del resto de los «islotes» es la ausencia que tienen de nombres guanches, para señalar que fueron territorios nunca pisados por los aborígenes. Las únicas excepciones que pueden citarse son la presencia de Dise en La Graciosa, de Jameo y Mosegue en Alegranza y de Tabaibita y Tefíos en Montaña Clara, pero es seguro que tales términos se implantaron en ellas en época hispánica y no guanche, una vez que se convirtieron en apelativos de uso común en el español hablado en Lanzarote.


7.2.2. Montaña Clara

Montaña Clara está situada al norte de La Graciosa, quedando separadas ambas por un canal de menos de 2 km de ancho y de menos de 20 m de profundidad, denominado Río de Montaña Clara. Tiene 1,12 km² y una altura máxima de 256 m en La Caldera, siendo sus paredes sumamente acantiladas. No hay hoy en ella, ni nunca la ha habido, actividad humana permanente, pero en su parte sur corría en siglos pasados un barranquillo que mantenía una densa maleza en la que vivía una colonia de pájaros canarios, cuya captura fue de objeto comercial. Esta noticia de los canarios hizo célebre a Montaña Clara, según llegó al conocimiento del gran naturalista Alejandro Humboldt, quien lo registra en los apuntes de su tránsito por las Islas camino de las regiones equinociales del Nuevo Continente (1995: 76). También mantiene cabras la isla -sigue diciendo Humboldt-, «lo que prueba que el interior de este islote es menos árido que las costas que observamos» (ibid.: 76).


El nombre de este islote sí ha tenido variación al cabo de la historia. Todas las referencias antiguas a esta isla, ya sean cartográficas o de textos históricos, hasta el siglo XVIII, lo hacen con el nombre de Santa Clara, así los textos en las historias de Torriani, de Abreu y de P.A. del Castillo, y de las cartografías de Valentim Fernandes (1506), de Íñigo de Briçuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1689). Es a partir de la cartografía de Riviere y de la Historia de Viera desde que se normaliza su nombre como Montaña Clara. Con más precisión: es Viera y Clavijo quien atestigua el intermedio de las dos denominaciones, pues dice que se llama de las dos maneras: Montaña Clara o Santa Clara (1982a: I, 52). Todavía a fines del siglo XIX, Olivia Stone, en el relato de su viaje a Lanzarote, cita a la isla como «Santa (o Montaña) Clara» (1995: 313), seguramente por utilizar dos fuentes distintas de información: una cartografía antigua que la nombraría «Santa», y la tradición oral que la llamaba ya «Montaña».


Nos podemos preguntar: ¿cuándo y por qué cambió de nombre? Y antes, ¿en efecto cambió de nombre o el primero de ellos, el de Santa, no fue sino una noticia espuria que, por mala lectura, se transmitió en la escritura? En la escritura decimos, y no en la oralidad, pues es difícil de explicar (y, desde luego, va en contra de las «leyes» de la toponomástica) ese cambio de denominación en un territorio meramente referencial, al margen de toda utilización antrópica, al menos en aquellos tiempos. Puede que el nombre de Santa Clara se lo dieran los primeros viajeros europeos (posiblemente italianos) que se acercaron a sus costas en el siglo XIV, bien por advocación a la santa italiana, compañera de San Francisco, fundadora de las clarisas, y cuya popularidad estaba por entonces en el cénit, al haber sido canonizada poco antes, bien porque así se llamara uno de los barcos en que viajaban. Y que el cambio de nombre que sufrió se debiera a una motivación geográfica. Desde luego, el nombre de Montaña Clara se ajusta bien a lo que los ojos ven cuando miran aquel islote, que no es sino un puro volcán de 256 m de altura, eso sí, del color amarillento y claro de sus tobas. Precisamente ese aspecto visual es el que debió estar en el origen de su denominación, que Torriani y Abreu ponen en labios de la expedición de Bethencourt (y que nosotros no encontramos en Le canarien). De nuevo Torriani vuelve a citar unos versos de Torcuato Tasso, esta vez de la Jerusalén liberada, para ilustrar esta visión de la Montaña Clara (1978: 33).


7.2.3. Alegranza

La isla de Alegranza es la más septentrional de todo el archipiélago canario y la primera que divisaban los barcos que procedían de España. Su distancia de La Graciosa es de unos 10 km; tiene 11'72 km² y una altura máxima de 295 m en La Caldera.


Dicen Torriani y Abreu Galindo (éste por más extenso) que el nombre de Alegranza se lo dieron los franceses de la expedición bethencouriana cuando, al avistarla en su viaje de conquista, empezaron a dar voces «por dar contento a los castellanos, que venían mareados», diciendo en lengua francesa «¡alegranze, alegranze!», y que por repetir muchas veces este nombre con él se quedó. Puede ser; nada hay, que sepamos, que se oponga en coherencia con las leyes de la toponomástica a esta anécdota nominadora; más aún, varias de las islas de Canarias tienen el nombre que tienen por el aspecto primero que ofrecieron a quienes las bautizaron: así Graciosa, Montaña Clara, Fuerteventura, Alegranza y posiblemente Hierro. Incluso muchas islas del ancho mundo tienen denominaciones paralelas a estas de Canarias. Pero existe otra posible explicación, aportada y comentada por Agustín Pallarés: Se sabe que los Hermanos Vivaldi, genoveses de nacimiento, visitaron las islas a finales del siglo XIII, y que estuvieron en Lanzarote; no dejaron testimonios escritos de su viaje, pues se perdieron sin saber su paradero, mas se sabe que una de las dos galeras en que salieron de Génova en 1291 se llamaba Allegranza. ¿No será este el origen del nombre del islote? Tendría, en este caso, un origen paralelo al nombre que le asignaron al islote de Santa Clara.


La denominación que siempre ha tenido es la que ha llegado hasta hoy, Alegranza, sin artículo, aunque escrita en los tiempos antiguos con algún signo indicativo del seseo con que se pronuncia en Canarias: Alegrança se escribe en los mapas de Briçuela/Casola y de P.A. del Castillo.


La describe Torriani de la manera siguiente: «Tiene forma triangular, con dos lados iguales y el tercero más corto. Hacia Poniente se eleva una alta montaña, que en otro tiempo fue volcán; el cual en la parte del Levante derrama por grandísima vorágine torrentes de piedras, que en otros tiempos, todavía líquidas, corrieron hacia abajo, en dirección del mar» (1978: 32). Por su parte, el gran geólogo canario Telesforo Bravo la veía desde La Graciosa como «un gran cetáceo navegando hacia el poniente» (1993: 197).


En la detenida visita que a comienzos del siglo XX hizo a ella el geólogo Hernández-Pacheco (2002: 292) dice que en los años lluviosos la única familia que habitaba la isla como «colono», además del torrero, cultivaba cereales, aparte el sostenimiento de un rebaño de cabras, pero que el principal «negocio» era para él la caza de pardelas, de la que en algunos años llegaba a recoger más de 12.000. En efecto, muchos de los topónimos de la Alegranza reflejan el uso que la isla tuvo en otros tiempos por parte del hombre: agricultura (sembradurías, eras..), pesca, faro, refugios de piratas... La abundancia de topónimos que hemos podido reunir de esta isla (nada menos que 178, más incluso que de La Graciosa) se debe, en parte, a la descripción minuciosa que de ella nos ha hecho Agustín Pallarés, quien la conoce «como la palma de su mano», por haber vivido largos años en ella como «farista o torrista» (Oficial de Señales Marítimas).


La isla es hoy de propiedad privada, como siempre lo fue desde la conquista del archipiélago, pasando desde Jean de Bethencourt a todos los Señores de Lanzarote (los Peraza, los Herrera...), hasta llegar en la actualidad a la familia lanzaroteña de los Jordán, aunque está limitada toda actividad dentro de ella por ser «espacio natural protegido», declarado por el Gobierno de Canarias en 1986, e incorporado a la Red de Espacios Naturales de España, por lo que incluso para su arribo ha de contarse con una autorización expresa del Gobierno de Canarias o del Cabildo de Lanzarote.


Una descripción hace Hernández-Pacheco del panorama que desde el punto más alto del islote (La Caldera) se divisa, y que por su belleza merece reproducirse aquí. Dice:


La impresión que produce este gran cráter, de aspecto tan regular, de color ceniciento y de dimensiones tan grandes, es de augusta tranquilidad. La tranquilidad serena de las cosas muertas, contribuyendo a ello el ingente acantilado frente al mar desierto y cuyo oleaje, desde esta gran altura, no se percibe. No es la impresión de los cráteres de escorias y lavas que llevan a la imaginación la idea de erupciones, paroxismos y agitación. Aquí todo respira silencio, tranquilidad, melancolía y tristeza desde este monte pelado, desde el que se domina la isla solitaria, sin árboles, matorrales, ni vegetación apreciable, sin arroyos ni nada que suponga movimiento y vida, extendiéndose la vista sobre el dilatado azul del mar que, desde lo alto, aparece sin olas ni movimiento, no animado por ningún penacho de humo, ni ninguna blanca vela. Alejado de mis compañeros y solo en el borde del gran volcán muerto y ante el sereno mar, sentí la augusta calma de la naturaleza con una intensidad como nunca espero volver a sentir (2002: 289).


7.2.4. Roque del Este

El Roque del Este es, en efecto, un puro peñasco surgido del mar a unos 11 km de la parte noreste de Lanzarote (el punto más cercano es Órsola), con apenas 0'07 km² y con dos picachos en sus extremos, el mayor de los cuales, en forma de espadaña, llamado por ello El Campanario, se yergue hasta 84 m de altura. El topónimo Roque del Este es también antiguo: en el Libro del Conosçimiento, de mediados del siglo XIV, se le denomina Racham, pero ya el autor portugués Valentim Fernández, a comienzos del siglo XVI, lo cita con el nombre que en la actualidad tiene. En la cartografía aparece por vez primera en los mapas de Íñigo de Briçuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1686), y posteriormente en el de Antonio Riviere (1741), siempre con este único nombre.


7.2.5. Roque del Oeste

Finalmente, el Roque del Oeste es el más pequeño de todos los «islotes», tiene forma piramidal, algo alargado de norte a sur, con 0'06 km² y una altura máxima de 41. La denominación de Roque del Oeste es relativamente moderna: lo adquiere con relación al otro Roque que queda al este de Lanzarote. En la cartografía más antigua, el nombre con que generalmente aparece es el de Roquete (así en el mapa de Antonio Riviere, 1741), y ese es justamente el nombre con que popularmente se le denomina desde Lanzarote. También recibió en la cartografía antigua (y sigue recibiéndolo en algunas modernas) el nombre de Roque del Infierno, sin duda, por su aspecto inhóspito y de color negro, por ejemplo, en los apuntes que el gran naturalista Alejandro Humboldt hizo de su viaje por las islas Canarias, camino de América -dice literalmente: «Puede suponerse que la roca del Infierno, que los mapas más recientes llaman Roque del Oeste, ha sido levantada por fuego volcánico (1995: 74)-, pero este no es nombre popular tradicional.


8. TOPONIMIA HISTÓRICA DE LANZAROTE

El acontecimiento crucial de la isla de Lanzarote relativo al conocimiento que podamos tener hoy de su toponimia antigua es la erupción de los volcanes de Timanfaya a partir de 1730 (y que duró seis años, hasta 1736). Para conocer la toponimia de Lanzarote anterior a ese hecho contamos sólo con las actas del Cabildo insular del siglo XVII (Bruquetas de Castro 1997) y las escribanías del escribano Quintana Castrillo (Bello y Sánchez 2003), pues toda la documentación anterior desapareció tras los incendios provocados por los piratas y corsarios berberiscos, pero es muy poca la toponimia que se refleja en ellas. Es con motivo de esas erupciones que van a aparecer una serie de documentos y se van a redactar una serie de informes que relatarán con minuciosidad los acontecimientos, dando cuenta de la geografía local afectada. Y es por ese motivo que empezamos a conocer con detalle desde entonces la geografía y la administración de la isla, y con ellas su toponimia menor.


Antes de ellos, la mejor documentación publicada sobre la toponimia de Lanzarote estaba en el mapa que Torriani dibujó de la isla (como de las del resto del archipiélago) a finales del siglo XVI, seguida (en el tiempo y en importancia) por las cartografías de Íñigo de Brihuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1686). El número de topónimos lanzaroteños citados en esas obras primerizas no pasa nunca en su conjunto de 40. Sin embargo, en los relatos de las erupciones de 1730 se citan no menos de 110 topónimos, con su ubicación precisa y descripción correspondiente en muchos casos. Y el mapa de Lanzarote, subsiguiente a las erupciones, de Antonio Riviere (1741), prácticamente duplica a las anteriores cartografías, con 79 topónimos. Otra importante erupción hubo en el siglo XIX, en 1824, pero mucho menor que la anterior y sin apenas influencia en el cambio de la toponimia.


8.1. Toponimia perdida por las erupciones

Como resultado de estas erupciones nacieron nuevos topónimos, unos para designar los nuevos paisajes surgidos del volcán y otros para renovar en el nombre anteriores relieves desaparecidos. Pero, a la vez, y en mayor medida, desaparecieron otros muchos topónimos, como puede advertirse con una simple mirada al mapa afectado por aquellos episodios. En efecto, las zonas afectadas por las erupciones del Timanfaya (especialmente los mapas 8 y 14, correspondientes a los municipios de Tinajo y Yaisa) han quedado con muy poca toponimia, como si se hubiera olvidado la antigua y no hubiera empezado el proceso de «retoponomización» de los nuevos suelos, mereciendo por ahora tener nombre casi sólo las montañas más relevantes y los islotes más llamativos. Y en contraste quedan los otros mapas, con la abundancia de toponimia que cabe esperar, o incluso las zonas de costa de esos mismos mapas afectados, que por ser territorio practicado desde el mar tiene una carga toponímica similar a la de cualquier otro lugar de costa de la isla.


Entre los topónimos perdidos, bastantes lo eran de poblaciones («nueve villas fueron destruidas por completo», anota Humboldt 1995: 68), que, con el tiempo, o se fueron olvidando hasta perderse del todo o, si se conservan, lo hacen ahora referidos a otros elementos geográficos, como una montaña, un islote, un lomo, etc. Son varios los autores y varias las relaciones que dan cuenta de los poblados afectados, unos destruidos totalmente, otros «tupidos» por las arenas, lavas y cascajos. Valga aquí la relación hecha por Viera y Clavijo, a partir del informe del Obispo Dávila:


El fuego corrió por los lugares de Tingafa, Mancha Blanca, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Palmas, Testeina y Rodeos, destruyéndolos todos, y cubriendo con sus arenas, lava, cenizas y cascajos los de La Asomada, Iñaguadén, Gerias, Macintafe, Mosoga [Mosaga], San Andrés, San Bartolomé, Calderetas, Guagaro, Conil, Masdache, Guarisea [Guatisea], Jaisa [Yaisa], etc. (Viera 1982a: I, 788).


La importancia de estas erupciones en relación con la toponimia histórica de Lanzarote requiere de un estudio particular detenido que pueda dar cuenta de todos estos fenómenos, pues su interés trasciende lo meramente local e incide en la toponomástica general, por cuanto presenta una ocasión casi única de desaparición brusca de un territorio, con sus nombres, y, a la vez, la paulatina «retoponomización» de los nuevos paisajes aparecidos.


Como adelanto de ese estudio que anunciamos, ponemos a continuación una tabla comparativa entre tres registros anteriores a las erupciones de 1730-1736 (los contenidos en los mapas de Torriani, de fines del siglo XVI, los de Brihuela/Casola, de 1635, y el de P.A. del Castillo, de 1686), dos inmediatamente posteriores (el mapa de Antonio Riviere, de 1741, y el informe de Viera y Clavijo, de 1772) y el registro que de ellos se conserva (o no) en la toponimia actual.


Escritura de topónimos de Lanzarote en diversas fuentes antiguas y modernas

Torriani Casola Castillo Riviere Viera Actual
Alegranza Alegrança Alegrança Alegranza Alegranza Alegranza
Ancones Alcones Ancones Ancones - Ancones
Arracife Arecife Arresiffe Arrecife Arrecife Arrecife
El Golfo El Golfo El Golfo - - El Golfo
Río [Soo] El Río [Gr] El Río [Gr] El Río [Gr] El Río [Gr] El Río
Famara Famara Famara Famàra Famara Famara
Farillones Farillos Farillos - - Fariones
Fiquinineo - - Fiquinineo Fiquinineo Fiquineo
Graciosa Grasiosa Grasioça Graciosa Graciosa Graciosa
Guarimeta Guacimeta Guaçimeta - - Guasimeta
Guime Gorime Gorime Güime Guime Güime/Goíme
Haria Haría Haria Haría/Aría Haría Haría
Hainaguaden Hasnaguaden Haznaguaden Iguaden Iniguadén Iguadén
Pª Xablito - - Pª Jablillo - Jablillo
Anuvio Anuvio Anubio Janubio Janubio Janubio
Bufona La Buffona La Buffona Bufina La Bufona La Bufona
La Corona - - - - La Corona
Lanzarote Lançarote Lançarote Lanzarote Lanzarote Lanzarote
Pª de Mala Pª Mala Pª Mala Mala Mala Mala
- Mña. Roxa Mña. Roxa Mña.Roja - Mña. Roja
Santa Clara Sta. Clara S. Clara Mña. Clara Mña. Clara Mña. Clara
Muniq. Munique Muniqu Muñique Munique Muñique
- Tusola Tozola Orzola - Órsola
Papagaio Papagaio Papagayo Papagaio - Papagayo
- - - Pya. Mugeres - Playa Mujeres
Pto. de Naos - - Pº de Naos Pº de Naos Pto. Naos
- Pª Gorda Pª Gorda Pª Gorda - Punta Gorda
Pia Quemada Pya Quemada Pya Quemada Pya Quemada - Pya Quemada
Pª Mugeres - - - - Punta Mujeres
Cala de Rubicon - - - - El Rubicón
Salinas - - - - Las Salinas
S. Marcial - San Marcial S.Marcial S.M.de Rubicón San Marcial
Zonzamas - - Sensamas Zonzamas Sonsamas
So So Zo - Soo
Taiz/Iaiz ? Taz Taz - - Taiga
Iago ? Taor Tanos Tao Tao Tao
Teguei ? - - - - Ajey
Teuguise Teuguise La Villa La Villa Teguise Teguise
Tenemozana Tenemuzana Tenemizona - - Termesana
Terceguite - - Teseguite Teseguite Teseguite
Tiago ? Tigao Tiago Tiagua Tiagua Tiagua
Tinosa La Tiñosa La Tiñoça La Tinosa - La Tiñosa
Uga Toya/Toga Taga Ugas - Uga
Iaiza Tunica Inica Yaisa Yaisa


Aparte los varios topónimos que en el mapa de Torriani ofrecen lectura dudosa , este cuadro comparativo nos demuestra algo que, por desgracia, fue moneda corriente en toda la cartografía antigua (y que para más desgracia sigue siéndolo hoy en mayor medida de lo que debiera): que los nombres se copian de unos a otros, sin más averiguación, y que esa copia se hace a través de la escritura, no de la oralidad, dando lugar a nombres que deformados y deformados por escrituras mal copiadas nada tienen que ver con la realidad oral en la que viven. De ahí que Brihuela/Casola escriban Taor y del Castillo Tanos para lo que Torriani escribió Iago o Tago y que se corresponde con lo que en verdad es Tao; y que los dos mapas del XVII escriban Farillos para lo que es Fariones, claro que despistados por los Farillones de Torriani; e, igualmente, que escriban Gorime para lo que Torriani escribió Guime y que es Güime; y Tusola y Tozola, respectivamente, para Órsola (que falta en Torriani, lo que demuestra que no fue el mapa del ingeniero italiano el que sirvió de fuente para Brihuela/Casola y para del Castillo); y que Brihuela/Casola escriban Alcones para lo que es Anconces; y que Riviere escriba Fiquininco y Bufina para lo que en realidad es, respectivamente, Fiquinineo y Bufona; etc.


Con todo, el mapa de Torriani se convierte en el mejor mapa de Lanzarote, en lo que a la toponimia se refiere, al menos hasta antes de la erupción del Timanfaya. Y después de la erupción, y hasta entrado el siglo XX, el mejor es el de Antonio Riviere, a cuyo mapa le complementa la descripción que hace de Lanzarote, con muchos topónimos obtenidos por su propia investigación sobre el terreno y de labios locales.


8.2. Topónimos nuevos

Pero la consulta de la documentación histórica, a la vez que sirve para la constatación de los nombres antiguos y, por tanto, para el eventual estudio de su evolución léxica, sirve también para determinar, por ausencia en ella, los topónimos nuevos. Tampoco es nuestro propósito aquí hacer un estudio exhaustivo del asunto, en lo que a la isla de Lanzarote se refiere, pero sí trataremos de algunos casos muy notables.


El primero es el de Arrecife, convertida hoy en capital de la isla. El nombre de Arrecife es antiguo, pues figura desde los primeros textos sobre la isla, desde Le canarien, aunque con múltiples grafías (Arracife escribe Torriani, Arecife Briçuela/Casola, Arresiffe del Castillo, y ya la forma actual Arrecife desde mitad del siglo XVIII), pero no como poblado, sino sólo como lugar geográfico caracterizado por lo que su nombre designa, una gran y muy irregular plataforma rocosa que se adentra en el mar y que, por tanto, sirvió de puerto . «Es el puerto más apacible y seguro de estas islas», escribió Fr. José de Sosa en el siglo XVII, mientras que un siglo más tarde Viera dijo de él que era «la mejor bahía de Canarias» . Justamente por esa configuración de la costa, el lugar sirvió como puerto de arribo a la isla (y, a la vez, como obstáculo para llegar a tierra, debido a «tantos bancos y escollos que ninguna nave enemiga puede acercársele para hacerle daño», como expresamente advirtió Torriani 1978: 289). Y así aparece una y otra vez en la cartografía antigua y en la documentación histórica, como el arrecife o como el puerto del arrecife. El tránsito de aquella realidad geográfica hasta la actual designación del topónimo fue un proceso lento: primero fue puerto, después una pequeña población que se fue asentado la gente relacionada con las actividades del puerto (ya citada como tal por Viera, a mitad del siglo XVIII) y finalmente se ha convertido en la capital de la isla, desde la segunda mitad del siglo XIX.


Las erupciones del siglo XVIII sepultaron muchos pueblos, asentados en los terrenos que, al parecer, eran entonces los más fértiles de la isla y los más adecuados para la agricultura. Pero, a la vez, para la reubicación de la población desplazada, surgieron otras nuevas poblaciones. Este es el caso, por ejemplo, de Nazaret, que aparece citado por vez primera en el mapa de Antonio Riviere (1741), y que debió surgir como poblado a partir de la ermita dedicada a Nuestra Señora de Nazaret. Caso distinto es el de San Bartolomé, citado también en el mapa de Riviere, y que si bien a partir de esas erupciones debió buscar su nuevo y definitivo emplazamiento, su fundación era de fecha anterior, pues ya aparece citado como «lugar» en 1670 (Bruquetas 1997: 304) y aún antes, en 1629, en las Constituciones Sinodales del Obispo Murga, poblado entonces con 49 vecinos, lo que es mucho, para el Lanzarote de la época. Puede que también el poblado y su denominación surgieran a partir de una ermita dedicada al santo, pero que San Bartolomé viniera a sustituir al antiguo poblado guanche de Ajey, como algunos dicen, es menos constatable, pues entre la desaparición de Ajey (si es que, en efecto, fue poblado guanche) y el nacimiento de San Bartolomé debieron pasar, al menos, dos siglos. No hubo, por tanto, sustitución toponímica en este caso. Prácticamente, el nombre de Ajey desapareció de la toponimia ; su pervivencia como nombre se debe más bien a que una agrupación folclórica de San Bartolomé lo adoptó para sí, aunque si así fue lo es porque el nombre debió quedar «sonando» en la tradición. El hecho es que ahora se quiere reconstruir el pasado proponiendo para el pueblo el nombre de San Bartolomé de Ajey, propuesta que ha argumentado por escrito Agustín Pallarés en una serie de artículos publicados en el seminario insular Lancelot.


Del topónimo Tinajo, como poblado, dan cuenta también por vez primera los documentos posteriores a la erupción de Timanfaya, aunque en este caso no podemos asegurar que no existiera antes; sólo que no se documenta como tal. Son los informes que surgen de aquella erupción, el mapa posterior de Antonio Riviere y la Historia de Viera y Clavijo los primeros en citarlo, junto a su ermita de San Roque. Riviere le atribuye entonces 42 vecinos, mientras que el escribano público que da fe de los vecinos de cada pueblo de la isla, tras el volcán de Timanfaya, le concede 55 (Romero Ruiz 1997: 38-40).


Caso más problemático es el topónimo Tías. Parece ser que este poblado surgió para reubicar a los desplazados por las erupciones del Timanfaya de 1730. Lo encontramos citado por vez primera en el mapa que Antonio Riviere hizo en 1741 (aunque no en la relación de «lugares», es decir 'poblados', que este mismo autor hace en los comentarios). Y unos años antes, en 1736, se cita en un acta notarial, relacionándolo con la construcción de la ermita de La Candelaria, sin especificar entonces cuál fuera su número de habitantes. Sin embargo, el escritor local Agustín de la Hoz asegura que el lugar de Tías se fundó a finales del siglo XV como una concesión del Gobernador de Gran Canaria, don Alonso Fajardo, a unas tías suyas, razón por la que terminó llamándose Tías de Fajardo. Esta propuesta ha sido criticada por Agustín Pallarés, y con razón, pues aparte de no aportar de la Hoz ninguna fuente histórica documental, extraña el silencio total que tal nombre y lugar tienen en la documentación anterior al siglo XVIII y, desde entonces, sólo con el nombre de Tías y no otro. De ahí que la etimología de tal topónimo se haya buscado tanto en el apelativo castellano como en el guanche (Wölfel 1996: II, 598).


El pequeño poblado de Tiguatón o Tinguatón existía antes de la erupción de 1824, pues es citado por el naturalista alemán Leopoldo von Buch (personaje a quien debemos el conocimiento del relato que el famoso cura de Yaisa, Andrés Lorenzo Curbelo, hizo del surgimiento del volcán de Timanfaya) , en 1815, como uno de los lugares afectados por las cenizas y lavas del Timanfaya en 1730. Pero fue a partir de la erupción de 1824 cuando empezó a tomar nombre dentro de la toponimia de la isla, pues fue epicentro del nuevo volcán. Como consecuencia de esa erupción, aparte el extensísimo territorio que dejó cubierto de cenizas y de lavas, surgieron tres nuevos «volcanes» (propiamente tres nuevas montañas, en terminología local): el de Tao (o Montaña del Clérigo Duarte), el Volcán Nuevo del Fuego (o Montaña del Chinero) y el de Tinguatón (o Montaña de la Tabaiba).


Mucho más reciente es el nacimiento del topónimo Puerto del Carmen, aunque en este caso se trate sólo de un reemplazamiento toponímico, y no de la creación de un nuevo poblado. El poblado existía desde viejo, al menos desde el siglo XVI, con el nombre de Tiñosa, y así aparece citado en los mapas de Torriani (como Tinosa), de Brihuela/Casola (como La Tiñosa), de P.A. del Castillo (como La Tiñoça) y de Riviere (como La Tinosa). Fue por un motivo «estético» que se cambió de nombre, como ha ocurrido en otros varios casos y lugares (en Canarias es bien conocido el cambio de Puerto de Cabras por Puerto del Rosario), antes incluso que el actual Puerto del Carmen pensara en convertirse en uno de los principales lugares turísticos (si no el principal) de la isla. En ese reemplazamiento operó una falsa etimología popular. Creyeron que Tiñosa era nombre español, y que su significado era el peyorativo significado que le atribuye el diccionario de la lengua: 'que padece la tiña' o 'escaso, miserable y ruin', y decidieron cambiarlo para no arrastrar nombre tan deshonroso. Pero, como decimos, es una falsa etimología, pues el topónimo Tiñosa muy probablemente no es de origen español, sino guanche, aunque, eso sí, acomodado a la fonética del español. Y además no es una forma única en la toponimia de Canarias, sino con algunas otras variantes léxicas: Tiñor es un pueblo de El Hierro; Las Tiñosas o La Tiñosa nombran a varios lugares de Fuerteventura; Tiñoa se llama un lomo de Fasnia, en Tenerife, etc. No sabemos cuál pudo ser su significado en lengua guanche, pero seguro que no era el que supusieron los de Lanzarote para cambiarle el nombre.


8.3. Singularidad de los topónimos guanches

Especial interés tienen en Lanzarote, como en todo el archipiélago canario, los topónimos de origen guanche, por cuanto suponen el estrato más antiguo y más característico de la toponimia canaria. Cuando los españoles llegan a nuestras islas, no se las encuentran vacías (como sí ocurrió en el resto de los archipiélagos «macaronésicos» de Açores, Madeira y Cabo Verde), sino habitadas por unas gentes que, con sus diferencias insulares, fueron conocidos como guanches . Y tampoco estaban innominadas, sino que hemos de suponer que tan «bautizadas» como puedan estarlo hoy, y, naturalmente, en su lengua, en la lengua que hablaban sus pobladores aborígenes: el guanche. Tiene toda la razón José A. Álvarez Rixo cuando dice que los nombres de los lugares, barrancos, playas, cues¬tas y montañas de todas nuestras islas, es decir, los topónimos, deben ser materia de observación para fijar el origen del idioma que hablaron los antiguos canarios, porque dichos nombres se originaron de circunstancias propias de su cultura y por tanto tuvieron un significado bien conocido para los hombres y la sociedad que los impuso.


Y si hay algunos -sigue diciendo Álvarez Rixo- cuya significación ya no sabemos, es o por la corrupción de aquella voz, alterada por los pueblos sucesivos que han devastado los países al dominarlos, o por¬que los del día no tuvimos perfecta tradición de aquel vocablo. Pero es indudable que quien se lo impuso algo quiso significar en ello; luego, los nombres que los canarios antiguos usaron en sus Islas son otras tantas voces que nos restan de su idioma, aunque nosotros no sepamos hoy su significado (1991: 24).


En efecto, cuando los españoles llegaron y ocuparon las Islas tuvieron en el caso concreto de la toponimia dos actitudes bien distintas: unas veces aceptando los nombres ya existentes y otras poniendo nombres nuevos a esos mismos lugares o poniendo nombres nuevos a lugares aún sin nombrar . En el primer caso, la «adopción» de los nombres guanches llevó aparejada, inevitablemente, una fase de «adaptación». ¿Cuánto tienen todavía de guanche nombres como Teguise, Timanfaya, Temisa, Tinajo, Tinamala o Tisalaya, y cuánto nuevo de español? Más aún, ¿cómo poder asegurar que un topónimo como Guanapay es guanche? El criterio de «fonética exótica» con respecto al español, que con frecuencia se ha usado para caracterizar a los guanchismos, se advierte claramente en topónimos como los anteriores o como en Tinguatón, Tenegüime, Teseguite, Tahíche o Tinaguache, por ese elemento inicial tan característico (te-, ta-, ti-), pero no tanto en topónimos como Yaisa, Geria, Haría, Tías o Tegoyo, todos ellos de Lanzarote. Los nombres que de los aborígenes pasaron a los castellanos lo hicieron acomodándose a la fonética de la lengua receptora, como siempre ocurre en el trasvase entre dos lenguas. La «españolización» que todos los términos de origen guanche han sufrido a lo largo de estos ya seis siglos de poblamiento castellano y europeo en las Islas, ha sido, como es lógico, muy intensa, hasta el punto de hacerse «voces españolas», sin más, aunque su uso esté restringido, en la mayoría de los casos, al español hablado en Canarias y, más aún, al léxico de la toponimia. Y esa españolización no ha actuado sólo en el terreno fónico, sino en el morfológico y en el léxico también, con lo que palabras de origen guanche como tabaiba, jameo, majaraste o taro, al recibir determinados morfemas derivativos, en unos casos, por fonética sintáctica o por simple asimilación, en otros, han podido resultar topónimos lanzaroteños actuales como Las Tabaibitas, Jameos del Agua, El Majarastito o Los Taros, respectivamente.


Y no son pocos los ejemplos que pueden citarse en que tras un término de apariencia española subyace un guanchismo, evolucionado por etimología popular. En la toponimia de Gran Canaria está el caso de Roque Nublo, procedente del guanchismo Nuro, Nubro o Nugro, que hemos estudiado en otro lugar (Trapero 1995: 153-166), y en la de Lanzarote pueden citarse otros. Por ejemplo: entre los topónimos recogidos por el equipo de Alvar en las encuestas con cuestionario está el de un Barranco transcrito como de Chil, que puede interpretarse como un antropónimo, apellido nada extraño en Canarias. Como ese topónimo no aparece en los mapas militares, en nuestras encuestas preguntamos por él, y nadie supo decirnos no ya de su ubicación, sino de su existencia, hasta que alguien nos dijo que lo único que él conocía que se pareciera a ese nombre era un Barranco Chis, Sí o Sis (TE 7.81), aunque pronunciado de tal forma que sólo la vocal coincidía con la transcripción; la consonante inicial no era la palatal africada sorda castellana /ĉ/ sino una palatal «adherente» y retrasada, y no interrupta sino continua, con una superficie de mojadura mayor, especie de ese rehilada, y la consonante final no era la lateral /l/ sino la alveolar /s/, aunque muy debilitada, casi aspirada. Volviendo a mirar las fichas de Alvar nos encontramos dos fichas, una transcribiendo Barranco Chil y otra Barranco Sí, pero como si fueran independientes, dos barrancos distintos, cuando en realidad no fueron sino dos informaciones distintas sobre un mismo topónimo:




Pues bien, detrás de ese extraño nombre no puede estar ni el apellido Chil ni el adverbio , sino un guanchismo evolucionado hasta algo que se parece a Chil o Sís, escrito ahora conforme a la convención del español.


Otro ejemplo: Hay un punto en Teguise, cercano al anterior (mapa 7.80), para el que tuvimos dos informaciones, una que transcribimos como Cuesta Jay y otra como Güestajay (y en otro lugar como Vueltajay); la primera puede interpretarse como de un genérico español Cuesta y un específico guanche Jay, pero de ser cierta y originaria la segunda información (nada extraña, por otra parte, a otras varias formas de la toponimia guanche de Lanzarote: Guanapay, Guatifay...), lo de Cuesta (y lo de Vuelta) no sería sino una etimología popular del español sobre un término guanche.


Y más: El nombre del pueblo Soo se ha transformado en el topónimo secundario de Vega de Soo en Vega de Son; la Montaña Tésera aparece en algunos registros (también orales) como Montaña Tesa, y en la cartografía militar como Montaña Teresa; el topónimo Sonsamas evoluciona en la tradición oral hacia *Susana, forma que todavía no se ha documentado, pero a la que inevitablemente tiende después de las variantes intermedias Sonsama y Susama; la actual Montaña Mina se denominaba en tiempos pasados primero Montaña Emine y más tarde Montaña Mine, de donde es fácil seguir el proceso de cambio, en este caso por etimología popular, de un guanchismo a un castellanismo; etc.


A pesar de estos procesos de españolización, el estudio de los topónimos de origen guanche resulta de singular importancia para acercarse al conocimiento de la lengua antigua de Canarias, porque son inapreciables fósiles lingüísticos, verdaderas reliquias filológicas. No en vano, como nos recuerda Menéndez Pidal, la toponimia posee un singular interés para el estudio de las lenguas primitivas, siendo en muchos casos los únicos materiales que quedan. Dice el maestro de la filología española:


Los nombres de lugar son viva voz de aquellos pueblos desaparecidos, transmitida de generación en generación, de labio en labio, y por tradición ininterrumpida llega a nuestros oídos en la pronunciación de los que continúan habitando el mismo lugar, adheridos al mismo terruño de sus remotos antepasados; la necesidad diaria de nombrar a ese terruño une a través de los milenios la pronunciación de los primitivos. Y estos topónimos arrastran consigo en nuestro idioma actual elementos fonéticos, morfológicos, sintácticos y semánticos, propios de la lengua antigua, elementos por lo común fósiles e inactivos, como pertenecientes a una lengua muerta, pero alguna vez vivientes aún, conservando su valor expresivo incorporado a nuestra habla neolatina (1952: 5).


Pues bien, los topónimos guanches de la isla de Lanzarote, aparte su condición filológica (que será objeto de un estudio particular en este mismo libro, por parte del berberólogo Abraham Loutf), suman un total de 423 (entiéndase topónimos en los que aparece un guanchismo indudable o un hipotético guanchismo), lo que representa el 14% del total de la toponimia de Lanzarote. Claro es que ese número de topónimos no se corresponde exactamente con otros tantos guanchismos, sino con un número mucho menor. Pallarés había calculado «más de 170». Nuestro recuento da una cifra exacta de 168 términos guanches, sin tener en cuenta las variantes con que muchos de ellos viven en la toponimia de Lanzarote ni las variaciones gramaticales de algunos de los que funcionan como apelativos; por ejemplo: Áfite / Afite / Ajite, Chimía / Chimida, Fenaso / Fenauso, Fiquineo / Fiquinineo, Guatesía / Guantesibia, Guiguan / Guigua / Niguan, Jamaís / Jamaiz / Jamaín, Nao / Nago / Nado, Oígue / Ubigue / Uhígue, Pirneo / Perneo, Sefío / Seifío, Sonsamas / Susama, Soo / Son, Tejía / Tejea, Téjida / Tejia, Tenésera / Tenesa, Termesana / Tremesana, Tiguatón / Tinguatón, Tíngafa / Tinga, Tomare / Tomaren, Umal / Umar / Umán, Balterra / Balterre.


Mención especial merecen los nombres guanches que aparecen en la toponimia de Lanzarote desde su condición de apelativos, con referencia específica a determindos accidentes del terreno: jameo, dise, tefío; a determinadas construcciones o acondicionamientos del terreno: tao / taro, tegala, gambuesa / cambuesa; a objetos varios: tahona, tofio / tojio; a especies vegetales: tabaiba, cofe-cofe, guasia; y a especies animales: perenquén, tajose. Todos fueron apelativos en el habla popular de Lanzarote, pero algunos de ellos han perdido ya esa condición y viven sólo en la toponimia, tales como gambuesa / cambuesa, dise, tefío y tegala, y sobre alguno se ha perdido ya toda noción de su significado, como de dise.


El mayor número de nombres guanches se concentra en los topónimos de montañas y de poblaciones de la isla. Las montañas son los accidentes más representativos de Lanzarote, por lo que se entiende tengan su denominación desde el tiempo más antiguo en que fueron nominados, aunque haya que tener en cuenta que no todas las montañas de Lanzarote son anteriores a la llegada de los españoles, pues las erupciones de los siglos XVIII y XIX levantaron también algunos nuevos edificios volcánicos para los que, en unos casos, se usó de nueva denominación castellana, como Montaña del Fuego o Montaña Santa Catalina, mientras que en otros se quedó el nombre guanche del lugar preexistente, como Timanfaya o Maso. Y una característica de los nombres de las montañas lanzaroteñas es que muchos de ellos empiezan por tin-: Timanfaya, Tinajo, Tinache, Tinaguache, Tinamala, Tinasoria, Tinga / Tíngafa, Tinguatón, etc., o por ten-: Temuime, Tenegüime, Tenésara / Tenésera, Tenesia, etc. No ocurre esto en los nombres de los pueblos: Ajey, Argana, Femés, Guatisa, Güime / Goíme, Guinate, Haría, Mácher, Máguez, Mala, Masdache, Mosaga, Soo, Tabayesco, Tahíche, Taiga, Tao, Tefío, Tegoyo, Teguise, Temuime, Teseguite, Tiagua, Tías, Tinajo, Uga, Yaisa, Ye o Yuco, que, como se ve, tienen una configuración morfológica muy variada. En este caso, podemos asegurar la condición del nombre guanche, pero no que todos ellos correspondieran, desde antiguo, a poblaciones o lugares habitados por los guanches, pues bien pudieron los nuevos colonos españoles determinar un nuevo asentamiento poblacional tomando para ello un nombre preexistente del lugar, sin ser, necesariamente, de poblamiento. De algunos de ellos llama la atención la brevedad de sus nombres: Soo, Ye, Uga, Femés, Tao, Taiga, Tías, entre otros.


Otra cuestión que requerirá de estudio aparte más detenido es la de los topónimos guanches perdidos. Ese es un fenómeno común a todas las islas, pues la renovación de la toponimia se hace siempre, como es lógico, sobre el léxico predominante en cada momento, como pudo ser en Lanzarote el caso de la sustitución del antiguo nombre guanche de Ajey por el moderno y castellano de San Bartolomé. Pero en el caso de Lanzarote ha habido además un hecho histórico añadido que afectó grandemente a su geografía: las erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX borraron, por así decirlo, muchos accidentes y lugares que tenían nombre guanche: Guagaro, Iguaden / Iñaguadén, Macintafe, Testeyna, Tingafa, Alcocete, Asifee, Guastasay / Guestayade, Jala, Niconque, Taga, Tayga y muchos más que nos encontramos cuando revisamos la documentación histórica anterior a esas erupciones.


En fin, una visión complementaria a los apuntes que aquí hemos ofrecido de la toponimia guanche de Lanzarote, mucho más centrada en los aspectos puramente lingüísticos, y en comparación con las lenguas bereberes con las que sin duda estuvo en contacto en su origen, nos la ofrece Abraham Loutf como apéndice a este estudio introductorio.


9. UNA VISIÓN (Y VALORACIÓN) GENERAL DE LA TOPONIMIA DE LANZAROTE

9.1. La toponimia como «lenguaje» de un territorio


Un topónimo tiene por función la de nombrar un punto geográfico, y al hacerlo trata de usar para ello un lenguaje «descriptivo». Estas son las dos premisas esenciales de la toponimia. Cierto que no es lo mismo percibir la realidad geográfica de un territorio cuando estamos ante él que cuando lo vemos a través de una cartografía, y mucho menos cuando estamos sólo ante un corpus toponymicum. Pero tampoco el nombre de una realidad cualquiera nos ofrece todas las características que el objeto pueda tener. Una palabra como mesa, por ejemplo, nos hará pensar en un «tipo de cosas» pero no en esta o en aquella mesa, cada cual con sus características particulares, de madera una y de metal otra, grande ésta y chica aquélla, para comer o para estudiar, etc. Habrá topónimos que nada dicen respecto a la realidad designada, que son meramente «nominativos», es decir, nombres totalmente inmotivados, tales como Teguise, Yaisa o Timanfaya, pero habrá otros que son «descriptivos», es decir, relativamente motivados, pues en su formulación hay un nombre común que referencia justamente lo que ese nombre significa en la lengua común: ante un topónimo como Montaña Tenésera sabemos, al menos, que se trata de una 'montaña' y no de un 'lomo'; y ante Barranco de Guardilama, sabemos que, al menos, el accidente así nombrado es un 'barranco' y no un 'río', aunque nada nos digan significativamente ni Tenésera ni Guardilama; y que ante Playa de la Arena o Mareta de Montaña Blanca, aún sin saber en qué lugar de la isla esté cada uno de ellos, sabremos todo lo que sobre esos lugares dice la toponimia. Topónimos hay también que nos revelan características que la geografía tiene y que nuestros ojos pueden no percibir en la realidad, tales La Tierra que Suena o La Morada del Viento, lugares respectivos de la zona central de El Hierro y del monte de la Esperanza de Tenerife. Pero es lo cierto que, en la mayoría de los casos, ante un corpus toponymicum veremos imaginariamente lo mismo que veríamos frente a la naturaleza descrita o referenciada por él, tal como en Pasasipuedes, un paso muy estrecho y dificultoso que hay en el risco de Famara, o en Los Hervideros, un lugar de costa en que la violencia de las olas producen un espectacular «hervidero» de espumas. Es éste el aspecto que muchas veces nos ha hecho pensar en la toponomástica como, en cierta medida, una ciencia exacta.


Los topónimos son -o pretenden ser- «espejo» y reflejo fiel de una geografía. En su gran mayoría, los topónimos están aplicados al lugar al que se refieren con tal justeza que modificarlos significaría desvirtuar la relación que existe entre la lengua y la realidad. En muchas ocasiones, recorriendo los parajes sobre el terreno investigando sus nombres, llega uno a la conclusión de que ese lugar concreto sobre el que se camina no podría llamarse de otra manera que como se llama; o dicho de otra forma, que de haber estado uno en el momento aquel en que se «bautizó» el paraje, no se nos hubiera ocurrido ponerle otro nombre mejor que el que se le puso: cualquiera (buen conocedor del terreno, eso sí) en cualquier época pondría los mismos nombres a los mismos lugares. «Es decir -como escribió muy convincentemente Álvaro Galmés-, que el hablante, creador de la toponimia, es más racional de lo que muchas veces pensamos, y así, lo mismo que llama al pan pan y al vino vino, al monte le llama monte, y a la peña peña, y al valle valle, y al llano llano, y al río río, etc.» (1990: 7). A eso es a lo que se puede llamar la «racionalidad de la toponimia».


Claro está que no siempre esto es así; unas veces porque el topónimo no es «descriptivo», sino sólo nominativo, como ocurre en la mayoría de los topónimos constituidos por una sola palabra, tipo Tabayesco, Guatisa, Uga, Lobos o Lanzarote, y más si éstas pertenecen a una lengua anterior, cuyos significados se ignoran, como ocurre en Canarias con los guanchismos; y otras veces porque la realidad ha cambiado, mientras que el topónimo ha permanecido. Así ocurre con muchísimos topónimos referidos a la vegetación, a la hidronimia o a los topónimos de cultura, que nacieron en su momento para describir una realidad existente y bien definida entonces y que ahora ha cambiado de uso o simplemente ha desaparecido. ¡Cuantos topónimos de Fuentes, Maretas, Pozos, Bebederos, Vegas, Cortijos, etc. siguen vivos en la toponimia de Lanzarote, sin que en el lugar por ellos señalado existan ya ni rastro de fuente alguna, ni señales de agua, ni vegetación alguna, ni casa en que poder justificar esos nombres!


Se trata, en definitiva, del problema de la motivación y de la transparencia semántica de los topónimos. Cuando nacen se acomo¬dan (o tratan de acomodarse) a la realidad a la que van a nombrar, estableciendo una relación directa entre el nombre y la cosa nombrada; son términos semánticamente motivados. Pero esa transparencia semántica se va desvaneciendo con el tiempo y en la mayoría de los casos la arbitrariedad entre los nombres y la realidad llega a ser casi tan absoluta como la que existe en el lenguaje común. O dicho de otra manera: la realidad cambia, se transforma y hasta desaparece; la lengua (la toponimia) permanece.


9.2. Clases, cantidades y porcentajes de topónimos

Ahora bien, la personalidad lingüística de un corpus toponymicum cualquiera depende no sólo de la particularidad de las unidades léxicas que lo forman, tanto sea consideradas desde el punto de vista del significante (presencia o ausencia de tal unidad, formas variantes, derivaciones, etc.) como desde el punto de vista del significado (pues no pocas veces tienen sentidos nuevos, distintos a los que tienen en la lengua general, e incluso en el habla local en función de apelativos), sino también de la recurrencia con que aparecen.


La presencia de la toponimia en Lanzarote la podremos observar desde dos puntos de vista distintos pero complementarios. La primera, desde un punto de vista distribucional: la mera cuantificación de topónimos en cada una de las unidades administrativas o territoriales en que se divide la isla, y su proporcionalidad relativa. La segunda, desde el punto de vista descriptivo, desde el tipo de realidad designada por cada topónimo.


9.2.1. Desde el punto de vista distribucional

Los 3.034 topónimos de nuestro corpus de Lanzarote se asientan en los 885 km² que tiene la superficie de la isla (con sus correspondientes «Islotes») en la cantidad y proporcionalidad que a continuación se expresan en las unidades administrativas o territoriales en que se divide la isla:


Municipios N.º de top. Km² % Km²
AR Arrecife 99 22,72 4,36
HA Haría 532 106,58 4,99
SB San Bartolomé 115 40,89 2,81
TE Teguise 781 263 2,97
TI Tías 213 64,61 3,3
TO Tinajo 357 135,28 2,64
YA Yaisa 543 211,84 2,56
AL Alegranza 178 10 17,8
GR La Graciosa 175 27 6,48
MC Montaña Clara 29 1 29
RO Roque del Oeste 2 0,6 3,33
RE Roque del Este 9 0,7 12,86
  3033 884,22 3,43


¿Son significativos estos datos? Es decir, ¿es mucha o poca la media de 3,4 topónimos por km² que hay en Lanzarote? Esta pregunta no puede hacerse en términos absolutos, o mejor dicho, esta pregunta sólo cobra sentido y valor en cuanto los datos puedan compararse con la media de otros territorios, y no existen, que sepamos, en el panorama español de los estudios toponomásticos cuantificaciones de este tipo. Además, la comparación, para que tenga valor, debe depender de cuestiones previas homogéneas, entre ellas la densidad de la carga toponímica contemplada, es decir, el nivel de la toponimia que ha querido representarse en un corpus determinado, bien sea «mayor» o «menor», y aun dentro de estas tipificadas «dimensiones» habría que precisarlo homogéneamente. Así que esos 3,4 topónimos x km² que resultan de nuestro corpus concreto de Lanzarote no son, en sí, ni muchos ni pocos: sencillamente «son». Lo que sí puede tener sentido, y cobrar valor relativo, es la comparación que puede hacerse entre las cantidades de cada una de esas demarcaciones entre sí y con relación al conjunto. Por ejemplo, resultan llamativos los altos porcentajes de toponimia que tienen los «Islotes» en comparación a los territorios propiamente lanzaroteños: 29% Montaña Clara, 17,8% Alegranza, 12'8% Roque del Este, 6,4% La Graciosa y 3,3% Roque del Oeste. Aparentemente contradicen uno de los principios generales de la toponomástica, el que dice que la «toponomización» de un territorio resulta del grado de «antropización» que haya tenido a lo largo de la historia. Y salvo La Graciosa, y ésta muy recientemente, todos ellos han sido territorios nunca poblados. Pero despoblados no quiere decir inéditos e inexplorados para el hombre; por el contrario, todo ellos han sido visitados y «usados» desde siempre para muchos fines diversos, tanto en su interior, como sobre todo en sus costas. Y de ahí que la mayor parte de sus topónimos sean precisamente costeros, como lugares practicados en el ejercicio de la pesca o como puntos meramente referenciales para la navegación entre ellos. En el caso concreto de Alegranza: la intensidad de sus registros toponímicos se debe a la información minuciosa que de aquella isla nos ha proporcionado Agustín Pallarés, por conocerla «como la palma de su mano», como él suele decir.


Los porcentajes claramente superiores a la media que tienen los municipios de Haría (con un 4,9%) y de Arrecife (con un 4,3%) parecen explicarse, éstos sí, por la mayor «antropización» de sus respectivos territorios. Mientras que los más bajos porcentajes de Yaisa (con un 2,5%) y de Tinajo (con un 2,6%) se deben justamente a lo contrario, a la total esterilización que produjeron las erupciones volcánicas del siglo XVIII en una parte importante de sus respectivos términos municipales.


9.2.2. Desde el punto de vista descriptivo

Mayor interés tiene la cuantificación y porcentajes que ofrecen los topónimos de un territorio vistos desde el punto de vista descriptivo, es decir, desde su referencia geográfica.


De acuerdo con lo dicho anteriormente, un corpus toponymicum cualquiera trata de reflejar («como un espejo») la geografía del territorio en que se asienta, y lo hace además con el lenguaje propio y característico de ese lugar, con todas sus características dialectales. De ahí que sea sumamente ilustrativo «ver», primero, la geografía de ese lugar a partir de los números y porcentajes que resultan del estudio y clasificación de su toponimia, considerada ésta aquí desde el punto de vista de sus referencias, es decir, desde la «descripción» que el topónimo hace de la geografía.


Así, considerando primero la clasificación «descriptiva» de la toponimia de Lanzarote (primera clasificación del campo IT), desde el corpus total de 3.034 topónimos, resulta:


Campo IT N.º de top. %
11. Poblamiento y explotación del territorio 610 20,1%
12. Comunicaciones 110 3,6%
13. Morfotoponimia 1.782 58,8%
14. Percepción geográfica del terreno 295 9,7%
15. Hidrotoponimia 236 7,8%


Es decir, que la referencia a la naturaleza física del paisaje, la llamada morfotoponimia (elevaciones, depresiones, llanos, vertientes, etc.) constituye casi el 70% de su toponimia total, sumados los grupos 13 y 15, pues también la hidrotoponimia es «naturaleza», si bien marcada por un elemento muy característico, que es el agua (nacientes, cauces, depósitos, etc.). Lo que quiere decir, en argumentación contraria, que el 30% restante se ha fijado más en la acción del hombre sobre esa naturaleza, bien en la constitución de poblamientos u otros tipos de construcciones o «acondicionamientos», bien en las vías de comunicación, bien en la valoración que de esa naturaleza se haga desde la lengua, por su tipo de suelo, por el color del terreno o por la situación geográfica relativa que tenga. Pero, a su vez, siendo las hidrotopónimos tan importantes en cualquier lugar, hasta el punto de que una simple fuente, por mínimo caudal que mane, merecerá tener un nombre, mientras que accidentes más notables pueden pasar desapercibidos para la toponimia, cabe destacarse la relativa parquedad de esos topónimos en Lanzarote: tan solo 236 (el 7,8%), de los que casi la mitad son barrancos.


Y si descendemos en la consideración de los subgrupos que constituyen cada uno de estos cinco grupos primeros, advertimos del primero, referido al poblamiento y explotación del territorio, sobre el total de 610 topónimos, lo siguiente (con los porcentajes respectivos considerados dentro de cada grupo):


Campo IT N.º de top. %
111. Tipos de poblamiento 344 56,4%
112. Servicios comunitarios 49 8%
113. Implantación industrial 32 5,2%
114. Actividad agropecuaria 185 30,3%


Lo que nos habla de lo poco referenciales que han sido hasta ahora los centros comunitarios de Lanzarote (administrativos, comerciales, sanitarios, religiosos, etc.), sencillamente por los pocos que había, y de la menor aún implantación industrial (limitada en Lanzarote a las empresas eléctricas y a las conserveras de pescados y salazones), y, al contrario, el altísimo porcentaje de los tipos de poblamiento y elementos de una población, a la vez que de la dispersión de esos asentamientos, ya que no podemos hablar de un porcentaje alto de población en la isla. Lo que traducido en términos de geografía humana ha caracterizado al Lanzarote tradicional: muchos núcleos poblacionales pero pequeños y muy dispersos.


Del grupo segundo, referido a las Comunicaciones, de un total de 110 topónimos, resulta:


Campo IT N.º de top. %
121. Terrestres 88 80%
122. Marítimas y aéreas 22 20%


De los terrestres, la mayor parte son caminos, la vía de comunicación tradicional, y modernamente las carreteras; pero llama la atención la presencia de un único topónimo andén en Lanzarote, cuando tan frecuente es en el resto del archipiélago, lo que habla de lo poco «arriscada» que es la isla y de la ausencia de accesos que hay en esos lugares. De las marítimas, unos pocos puertos y varaderos y embarcaderos. Y de las aéreas, uno solo: el Aeropuerto de Lanzarote o de Guasimeta.


Del grupo tercero, centrado en la morfotoponimia, sin duda el más representativo del corpus toponymicum de cualquier lugar, en Lanzarote con 1.783 registros, resulta:


Campo IT N.º de top. %
131. Relieve interior 692 38,8%
132. Relieve litoral 732 41%
133. Morfologías singulares de interior 332 18,6%
134. Morfologías complejas 27 1,5%


A nuestro entender, lo más llamativo de este grupo es el altísimo número y porcentaje de los topónimos del relieve litoral, aunque no sea mayor que el del relieve interior, pues al subgrupo 131, que clasifica accidentes «totales» (tales como una montaña, un llano, un valle, un risco, etc.), hay que sumar los topónimos del subgrupo 133, que clasifica accidentes «puntuales» (tales como un pico, un morro, una peña, una cueva, etc.). No obstante, el gran número de topónimos del subgrupo 132 habla de hasta qué punto han sido usadas y nominadas las costas de Lanzarote. Y el pequeño porcentaje del subgrupo 134 referido a las morfologías complejas no es extraño al comportamiento de la toponimia de cualquier lugar: se trata de topónimos «zonales», referidos a amplias zonas del territorio, tales como en Lanzarote: Los Ajaches, El Jable o Famara.


Del grupo cuarto, que clasifica los topónimos referidos a la percepción geográfica del terreno, bien sea por la propia naturaleza del terreno, por la situación geográfica que ocupa o por su referencia a los elementos de la naturaleza, y que cuenta con tan solo 295 registros, resulta:


Campo IT N.º de top. %
141. Naturaleza del terreno 180 61%
142. Situación geográfica 90 30,5%
143. Elementos naturales y derivados 25 8,5%


Estos porcentajes se nos presentan como lógicos, y con valores parecidos a los de cualquier lugar. El subgrupo 141 es el absolutamente mayoritario, ya que es el que clasifica las referencias a la composición de los terrenos, a sus peculiaridades, a la cromotoponimia y al tipo de unidad geográfica (en Lanzarote: isla, islote y roque). El subgrupo 142 clasifica los topónimos por su situación geográfica, bien sea por su orientación respecto a los cuatro puntos cardinales, bien por su posición relativa. Y el subgrupo 143 reúne los topónimos que nombran algún elemento natural, cual puede ser el viento, el fuego o el agua, o alguna especie vegetal particular.


Finalmente, los distintos apartados del grupo quinto, dedicado a la hidrotoponimia, con tan solo 236 registros, pueden tener variadas consideraciones, ya sean clasificados desde el punto de vista de su naturaleza (nacientes, cauces, embalses, etc.) o, tal cual lo hacemos aquí, desde el de su condición de ser accidentes «naturales» o «artificiales», o sea, creados o acondicionados por la mano del hombre:


Campo IT N.º de top. %
151. Naturales 158 66,9%
152. Artificiales 78 33,1%


La gran desproporción existente entre los hidrotopónimos naturales (dos tercios del total) y los artificiales habla de las pocas «obras públicas» realizadas en Lanzarote en el tema del agua. Todo ello en la hipótesis de que la toponimia de Lanzarote sea reflejo proporcional de su geografía.


9.3. Tipos, cantidades y porcentajes de unidades léxicas

9.3.1. Una clasificación «analítica»

Como venimos diciendo, la toponimia de un corpus cualquiera puede estudiarse a partir de los topónimos que lo integran a la vez que de los términos que constituyen cada uno de los topónimos. En la aplicación informática del portal Web que complementa este libro se ofrece una completa y sistemática clasificación de cada una de las unidades léxicas contenidas en el corpus toponymicum de Lanzarote. Esa clasificación se hace desde 4 puntos de vista distintos y complementarios, los siguientes:


2 . Desde el punto de vista geográfico (la llamada «morfotoponimia»), por lo que cada término (unidad léxica) es y significa.

3. Desde el punto de vista biológico (las llamadas «fitotoponimia» y «zootoponimia»), por lo que cada término es y significa.

4. Desde el punto de vista histórico-cultural, por lo que cada término es y significa.

5. Desde el punto de vista lingüístico, por la particularidad de uso que cada término tiene en Canarias.


Tiene interés este análisis por cuanto manifiesta lo que de particular y característico tiene la toponimia de Lanzarote (como lo tendría la de cualquier otro corpus toponymicum) desde la lingüística. Porque, al fin, el conocimiento que tenemos del mundo empieza por ser un conocimiento lingüístico, lo mismo que de la toponimia. Por eso la toponomástica no deja de ser una disciplina lingüística, aunque sea referida al ámbito de la geografía (y con razón puede ser llamado «léxico geomorfológico»), con todos los condicionantes particulares del tipo de relieve de cada lugar a la vez que de sus particularidades dialectales.


Esta clasificación «analítica» (configurada al igual que la clasificación «descriptiva» en un sistema de cuatro dígitos) nos permite conocer, por ejemplo, el número de guanchismos que viven en la toponimia de Lanzarote, o los términos que se refieren a los nacientes de agua, o los términos referidos a la cromotoponimia, o los de plantas y animales, o los antropónimos anteriores a la conquista, o los posteriores, y así hasta los más de 150 grupos clasificatorios resultantes. Y permite, a su vez, hacer cuantas combinaciones cruzadas con ellos se quieran.


El número total de términos («unidades léxicas») que componen la toponimia de Lanzarote es de 1.623. De ellos han sido analizados:


  N.º de top. %
desde el punto de vista geográfico 614 37,8%
desde el punto de vista biológico 206 12,6%
desde el punto de vista histórico-cultural 608 37,4%
desde el punto de vista lingüístico 808 49,7%


Obviamente, un mismo término puede ser analizado a la vez desde dos o más puntos de vista. Y así, lo son desde los cuatro puntos de vista, solo 5 (el 0,3%, y esos términos son chiquero, jardín, mancha, pajerito y pajeros); desde tres, 127 (el 7,8%); y desde dos, 708 (el 43,6%). Y descendiendo a un nivel de análisis más detallado, las combinaciones desde dos puntos de vista son las siguientes:


  N.º de top. %
geográfico + biológico 15 0,9%
geográfico + histórico-cultural 87 5,3%
geográfico + lingüístico 374 23%
biológico + histórico-cultural 10 0,6%
biológico + lingüístico 85 5,2%
histórico-cultural + lingüístico 137 8,4%


Y desde tres puntos de vista:


  N.º de top. %
geográfico + biológico + histórico-cultural 15 0,9%
geográfico + biológico + lingüístico 15 0,9%
geográfico + histórico-cultural + lingüístico 87 5,3%
biológico + histórico-cultural + lingüístico 10 0,6%


Problema distinto es la doble identificación que requieren algunos términos del corpus, por su polisemia. Este es el caso de alto (como sustantivo 'altura del terreno' o como adjetivo 'posición relativa'), baja (sustantivo 'roca en el mar' o adjetivo 'posición relativa'), caldera (como 'montaña' o como 'cráter de la montaña'), Dolores (como nombre de persona o como advocación de la Virgen), islote (como 'pequeña isla' o como 'terreno cultivable en medio de un malpaís'), negro (como 'color' o como 'étnico'), etc. En estos casos, distinguimos la unidad polisémica con los subíndices que correspondan a cada una de sus significaciones.


9.3.2. Los términos más recurrentes, los menos y los particulares

Como venimos diciendo, la toponimia de un corpus cualquiera puede estudiarse a partir de los topónimos que lo integran a la vez que de los términos que constituyen cada uno de los topónimos. En el portal Web, se ofrece una completa y sistemática clasificación de cada una de las unidades léxicas contenidas en el corpus toponymicum de Lanzarote. Esa clasificación se hace desde 4 puntos de vista distintos y complementarios, los siguientes:


Según hemos dicho, 1.623 son las unidades léxicas que nutren la toponimia de Lanzarote, incluyendo todas las formas variantes y derivadas, pero descartados los elementos de relación, los presentadores y otros elementos con función morfológica.


De ellas, el término más recurrente es montaña (y su derivado montañeta), con una gran diferencia respecto a los demás, con cerca de 200 registros. En este caso, la toponimia sí es verdadero «espejo» de la geografía, pues ese es, sin duda, el accidente más característico de la isla. «Isla de los Volcanes» se le suele llamar en los folletos turísticos, y eso son las Montañas de la toponimia lanzaroteña (como del resto del archipiélago), volcanes, el conjunto de «edificios» resultantes de las erupciones volcánicas. «Mil volcanes» suele decirse en apreciación exagerada que tiene Lanzarote, para reflejar justamente lo que aparenta su morfología: una isla salpicada de innumerables conos volcánicos. Propiamente no son mil, pero tampoco las exactas 196 montañas de su toponimia, pues a ellas hay que sumar otros edificios volcánicos que en la toponimia se nombran por términos como Caldera y Volcán, como después se explicará por más extenso.


Y el segundo término en abundancia de la toponimia lanzaroteña es punta (y su derivado puntilla), con 138 registros, de los cuales la inmensa mayoría se refiere al accidente costero en que un saliente de tierra se adentra en el mar.


Los otros términos más abundantes de la toponimia de Lanzarote, con más de 100 registros cada uno de ellos, son: barranco (y su derivado más repetido, barranquillo), que aparece en 127 topónimos; peña, en 121; playa (y playita) en 117; caleta (y sus diminutivos caletilla y caletita) y caletón, en 117; y morro (y los diminutivos morrete y morrito), en 117.


Entre 100 y 50 registros toponímicos contienen los términos siguientes: cueva en 99, hoya en 92, caldera (y caldereta) en 81, lomo (y lomito) en 75, valle (y vallito y algunos otros derivados) en 73, cortijo en 56 y vega (y vegueta) en 53.


Entre 50 y 20, los siguientes: bajo (y bajón) aparece en 46 registros, baja (y bajita) en 41, llano en 42, casa (y casilla y casita) en 41, fuente en 40, cercado (y cerca) en 38, risco y piedra en 37, jable (y jablillo) en 33, camino en 32, islote en 30, ermita en 29, laja (y variantes) y charco en 24, majada, pico (y picacho) y aljibe en 23, volcán y corral en 21, y costa y cuesta en 20.


Entre 20 y 10: salinas y pozo en 19, jameo, tabla y tablero (y derivados) en 18, mesa y meseta y rincón en 15, mareta en 14, pared (y paredón), callao y puerto en 13, ladera en 12, cerro, mojón y estanque en 11, y urbanización y rostro en 10.


Y menos de 10, todos los demás: puente, quemada y quemado, veril, cañada, degollada, bufadero, laguna, raso, frontón, vista, isla e isleta, malpaís, mancha, orilla, rosa (con el significado de 'roza'), tosca (y derivados), macizo, maleza, breña, bardo, hondura, fuga, bailadero, etc.


En consideración aparte deben ponerse los términos que nosotros llamamos «primarios» (Trapero 1994: 34-38), cuyo nombre es específicamente toponímico, nunca apelativo, como Lanzarote, Teguise, Haría, Guatisa, Yaisa, Tenésera o Tabayesco.


Estos son los datos objetivos de la recurrencia léxica en la toponimia de Lanzarote. Pero claro es que el valor que cada término tiene en ese contexto depende siempre de una relación, como ocurre con cualquier término de la lengua, y en este caso de la relación con los otros términos de su grupo de referencias geomorfológicas e incluso con el léxico total de la toponimia lanzaroteña. Y si se quiere hacer valoraciones respecto al resto de las toponimias canarias, también habría que compararlos con los términos de aquéllas.


Una última particularidad debemos hacer respecto del léxico apelativo de que se nutre la toponimia de Lanzarote. Esa condición les viene a unos por ser términos exclusivos del habla común de Lanzarote, como rofe y rofero, jameo y chinijo, o por ser acomodaciones léxicas de otros términos comunes, como jallo (de «hallo», 'hallazgo'), jaldar (de «falda», 'la parte lateral de una vertiente bien definida'), malpéis (como realización local de «malpaís»), farión (de «farallón») o meanos (de «médano»). Otros por ser términos que habiendo sido apelativos del léxico común insular perviven ahora sólo en la toponimia, como tegala (refugio de pastores), taro (reducto natural entre lavas), tefío (especie de madrigueras), cambuesa (corral colectivo), dise (hoyos en que se conserva el agua de lluvia), goro (cerca de piedras), majos (denominación particular de los habitantes aborígenes de Lanzarote y Fuerteventura), mareta (estanque de agua al aire libre), marisco (parte rocosa en la orilla del mar) o rostro (frente de una escorrentía de lavas). Y otros porque, siendo términos comunes, tienen en la toponimia de Lanzarote un significado particular, como río, para el canal de mar que separa la isla y los distintos islotes entre sí; bebedero para el tipo de terreno acondicionado para recibir las aguas escorrentías; alcojía, para una cogida de aguas de lluvia; tope, para el saliente redondeado que tiene una altura, o islote para un pequeño espacio de tierra cultivable rodeado de lavas volcánicas.


9.4. Los morfotopónimos

Las diferencias de relieve en Lanzarote son muy poco acusadas, con relación a las otras islas: una 'depresión' (representada en la toponimia por hoyas, valles...) es casi un llano, una 'vertiente' (laderas, riscos...) casi un llano, y, salvo las verdaderas montañas, una 'elevación', casi también un llano. No es que Lanzarote sea en absoluto un llano continuado, pero, repito, en comparación al resto de las otras islas del archipiélago, parece un llano salpicado de montañas, y además de montañas de elevación parecida, sin que haya una que sobresalga excesivamente sobre las demás, sin que haya un Teide, y menos que haya una de la que deriven las otras montañas de la isla. Nosotros sentimos la misma impresión que sintió el vulcanólogo alemán Leopold von Buch cuando visitó Lanzarote a principios del siglo XIX: «Cuando se acaba de abandonar islas tan elevadas como Tenerife, La Palma y Canaria [Gran Canaria], la isla [de Lanzarote] parece plana por todos lados, y ninguna montaña sobresale particularmente del resto del paisaje» (cit. Romero Ruiz 1997: 101). De ahí que lo más característico de su geomorfología sean precisamente las montañas formadas por sus innumerables volcanes, y de ahí que el nombre más repetido de la morfotoponimia de Lanzarote sea el de montaña.


Una montaña en la toponimia de Lanzarote, como en el resto del archipiélago, y como en las hablas populares insulares, es precisamente eso: la elevación resultante de una erupción volcánica, cada uno de los conos volcánicos; no necesariamente una 'gran elevación del terreno' y menos un 'territorio cubierto y erizado de montes', como dicen los Diccionario de la lengua española. Por eso a las mayores elevaciones de la isla, Famara y Los Ajaches no se les llama montañas, sino macizos; y por eso tampoco hay en la toponimia lanzaroteña Montañas, en plural, porque la montaña es accidente individual, visualmente aislable (sólo admite el plural en Lanzarote el diminutivo Montañetas, y en un punto en que varias de ellas aparecen muy juntas). El único caso en que aparece el plural es en Montañas del Fuego, pero este es un topónimo neológico, surgido por y para el fenómeno turístico moderno, y no para referir unas montañas determinadas sino al conjunto entero de las surgidas de la erupción del Timanfaya de 1730. Pero ese plural no es denominación popular: al volcán surgido en el lugar en que estaba el poblado de Timanfaya se le llamó Montaña de Timanfaya o Montaña del Fuego, según consta en un testimonio precioso de Leopold von Buch, llegado a la isla de Lanzarote en 1815 para estudiar de cerca la erupción de Timanfaya: «En Puerto Naos -dice- me enteré con sorpresa de que la montaña ardía aún y de que por esa razón se la denominaba Montaña del Fuego» (cit. Romero Ruiz 1997: 101).


Ahora bien, en la toponimia de Lanzarote a la elevación del terreno surgida de una erupción, aparte de Montaña (y del diminutivo Montañeta), se le llama también, a veces, Caldera o Volcán, si bien cada una de estas denominaciones tiene su significado particular diferenciado.


La Caldera, propiamente, es el cráter del volcán (y más aún la Caldereta, pero de estas hay pocas en la toponimia de Lanzarote), por lo que, propiamente, la caldera es una parte de la montaña. Pero ya decimos que a veces, por un proceso metonímico, Caldera sustituye a Montaña, especialmente cuando el cráter es muy pronunciado y se convierte en el elemento más característico de la montaña: Montaña Colorada / Caldera Colorada (TO 7.155), Montaña de la Rilla / Caldera de la Rilla (TO 14.15), Montaña las Lapas / Caldera los Cuervos (TO 14.32). Incluso se forman topónimos con denominación invertida o aparentemente contradictoria, como Montaña la Caldereta (TO 8.99) o La Caldera / Montaña de la Caldera (AL 1.11), en donde lo más referencial de la montaña es precisamente su caldera. Un caso singular hay en Lanzarote en que el topónimo único es La Caldera (TE 9.53), y, en efecto, ese es el accidente más determinante visto desde el norte, desde Guatisa , pero visto desde el sur, desde Tahíche, lo único que se ve es una 'montaña' ; de tal manera que quienes vean el accidente desde este único punto de vista podrán decir, y con razón, que es un accidente «mal bautizado». Lo que equivale a decir, y este es un principio universal de la toponomástica, que un topónimo es siempre «un punto de vista», en los dos sentidos en que puede tomarse la expresión: como un punto concreto del terreno desde el que se ve un accidente y se le da un nombre, y como nombre relativo cuyo valor semántico depende del sistema lexicológico y dialectal en que funciona.


Curiosamente el término volcán, siendo las Islas Canarias un territorio totalmente volcánico, es extraño a la toponimia de Canarias: a la toponimia, que es terminología antigua, que no al lenguaje popular actual, en donde es de uso común. La razón es obvia: el término volcán entra en el castellano muy tardíamente, a partir del siglo XVII, primero en la literatura y mucho más tarde en el habla popular, a partir del port. vulcâo, que en esa lengua se formó figuradamente sobre el lat. Vulcanus 'dios del fuego' (Corominas y Pascual: DCECH) . Así que con razón el término volcán sólo puede estar aplicado en la toponimia de Canarias a aquellos «volcanes» surgidos después del siglo XVIII. Y dos acepciones distintas tiene el término volcán en la toponimia de Canarias, en general, y de Lanzarote, en particular: la más extendida de 'terreno cubierto de lava' y la más restringida de 'cono volcánico', pero en los dos casos con la particularidad de haber sido fruto de una erupción reciente, oponiéndose, pues, respectivamente, a malpaís y a montaña, que refieren aquellas mismas realidades pero cuando son antiguas. Como prueba léxica de que volcán se distingue, por una parte, de malpaís y, por otra, de montaña, la toponimia de Lanzarote nos ofrece un Volcán del Malpaís (HA 4.124), un Volcán de Tahíche (TE 12-15) y una Montaña de Tahíche (TE 7.169), éstos dos últimos como accidentes distintos. Sólo en una ocasión volcán es 'montaña': en Volcán Nuevo (TO 8.134), en la zona de Tinguatón, y justamente por haber sido el último «volcán» surgido en Lanzarote, fruto de las erupciones de 1824, en tiempos en que ya ese término se había introducido en el lenguaje popular.


Y un tercer término designa en la toponimia de Lanzarote al cono formado por una erupción volcánica, el de hornito (un topónimo: Los Hornitos, HA 4.78), cuando este es diminuto, casi solo cráter, propiamente una chimenea volcánica, que toma ese nombre metafóricamente por su parentesco con los hornos de pan (Hernández-Pacheco 2002: 164-165).


Cuando la elevación no es puntual, sino longitudinal y prolongada, con altura descendente y con la cima redondeada, se llama lomo; es el interfluvio de los barrancos, razón por la cual la abundancia en la toponimia de uno está en relación directa con la abundancia del otro, y en los dos casos, con el tipo de orografía que caracteriza a cada isla: la de Lanzarote muy poco «abarrancada» y, por tanto, con relativamente pocos Lomos en su toponimia, si los comparamos con los que tienen las demás, incluida Fuerteventura: tan sólo 75 topónimos de lomos o formas derivadas. Y una curiosidad toponomástica: cuando el lomo es «de cresta afilada» (Hernández-Pacheco 2002: 220) se llama cuchillo, y de ellos hay algunos ejemplos en la toponimia de Lanzarote. Muchos más morros hay (117 hemos contabilizado), estando también este accidente vinculado a los lomos. Un morro es también en la toponimia de Lanzarote lo que dice el Diccionario académico, en su segunda acepción: «monte (quiere decirse 'elevación') o peñasco pequeño y redondo»; elevación puntual, sí, a diferencia de la montaña y del lomo, que no son «puntuales», pero no es accidente aislado, como sí lo son las peñas y los cabezos; un morro es una parte de un lomo: el remate rocoso y redondeado de un lomo. Se explica así que en la toponimia de Lanzarote el número de morros casi duplique al de lomos por esa circunstancia denominadora: un lomo puede tener varios morros.


Otras elevaciones hay en la toponimia de Lanzarote, muy abundantes, que reciben el nombre de peñas y piedras. Ya llamábamos la atención en nuestro Diccionario de toponimia canaria (Trapero 1999: s.v. peña) de la superabundancia de Peñas en la toponimia de Lanzarote (102 topónimos hallamos con ese nombre), en proporción inversa respecto al topónimo Piedra en el resto del archipiélago. Además, en Lanzarote, muchos de los topónimos con Piedra son accidentes de costa, salientes o puntas, que, a su vez, van complementados por un antropónimo (tipo La Piedra Saavedra, Piedra Fernández, etc.), como si cada una de ellas hubiera tomado el nombre del personaje que con habitualidad practicó la pesca de caña, una especie de coto de pesca reconocido colectivamente, como así nos confirmaron varios de nuestros informantes. Las Peñas, por el contrario, son todas del interior, elevaciones puntuales, generalmente en campos de malpaíses recientes, como producto de una fragmentación violenta de los ríos de lava y de un rápido enfriamiento. Por eso abundan especialmente en los malpaíses del volcán de la Corona, en el mun. de Haría. También en estos topónimos es frecuente que al término Peña le continúe un antropónimo, en este caso como indicativo de la propiedad del terreno. En cierta medida, puede decirse que el término Peña en la toponimia de Lanzarote cubre también la realidad que en otras islas es denominada por Roque, y de ahí los poquísimos topónimos que hay con este término (sólo 12), en comparación a los que hay en el resto de las islas.


Y otra particularidad de las peñas. Cuando una de ellas está aislada, en una cierta elevación, que se destaca como cresta en el alto, se llama entonces cabezo, de los que también hay varios en la toponimia de Lanzarote.


Como diremos en su lugar, el término prototípico de las depresiones en la toponimia de Canarias es el barranco, pero éste se caracteriza más por ser un hidrotopónimo, cauce natural de las aguas. Pero otro topónimo hay en Lanzarote que comparte con barranco la misma realidad geomorfológica, valle, aunque caracterizado éste por ser más 'depresión' que 'cauce del agua': es decir, cuando los barrancos se ensanchan y tienen el fondo más uniforme se llaman valles, que es lo que ocurre, por ejemplo, en Los Ajaches, sucediéndose allí Lomos y Valles (en vez de Barrancos). Y es que en la toponimia de Lanzarote tiene valle un contenido diferente al que tiene, por lo general, en el resto de las islas, como se advierte claramente al comparar las realidades nombradas por Valle de la Orotava, en Tenerife, Valle del Golfo, en El Hierro, Valle de Aridane, en La Palma, o Valle de Telde, en Gran Canaria, que no son sino extensas laderas, y las nombradas por los distintos Valles de Lanzarote, que siempre son 'depresiones del terreno', algo más cercano a lo que en el DRAE se dice que es valle. Y es digno de destacarse la cantidad de Valles que hay en la toponimia de Lanzarote: más de 50, a los que hay que sumar los caracterizados por los diminutivos Varichuelo, Vallichuelo, Valichuelo, Marichuelo, Maleschuelo y otras variantes: en total, 73.


«Depresiones» son también, pues, los Valles y las Calderas, así como las Hoyas, pero éstas, en su condición de topónimo, están más relacionadas con la actividad agrícola, por lo que las consideraremos en ese apartado.


9.5. Los topónimos de costa

Las islas suelen tener unas costas muy «nominadas», con una densidad de toponimia superior a la que puede hallarse en el interior. Y eso porque han sido tan «usadas», tan «antropizadas»; de tal manera que el más mínimo accidente, una punta de tierra que se adentra en el mar o un entrante de mar en tierra, una cueva, un pequeño risco, una plataforma lisa, una mínima playa, etc. merecerá un nombre. Eso explica que las costas de Lanzarote proporcionen un número superior a los 700 topónimos, casi tantos como los de la geomorfología de interior, y casi el 24% de la toponimia total de la isla (e islotes adyacentes).


El accidente de costa más nombrado en Lanzarote es el de Punta, con 138 topónimos, seguido de las Playas, con 117 topónimos, y de las Caletas y Caletones, con 117. Y además, muchas de las 99 Cuevas que aparecen en nuestro corpus son también accidentes de costa, aunque no tantas como las que son del interior.


Nada tienen de particularidad lingüística ni geográfica las Puntas de la toponimia de Lanzarote: son simples (o complejos) salientes de tierra que se adentran en el mar. Su abundancia de lo que nos habla es de lo recortadas y «accidentadas» que son las costas de Lanzarote. Y lo mismo cabría decir de las Playas, aunque en sentido contrario, como costa extendida y apaciguada. Sin embargo, sí cabe diferenciar semánticamente las Caletas de los Caletones. Las primeras son entrantes de mar, no muy grandes y de poco fondo, que acaban en un extremo estrecho bien con callaos o con arena. Justamente ese final angosto es lo que diferencia a la caleta de la playa, ésta de extremo ancho y extendido, y generalmente de arena. No necesariamente tienen que ser las caletas refugio abrigado o propicio para los barcos. Y una curiosidad léxica: caleta es diminutivo lexicalizado (no existe en la toponimia viva de Lanzarote el término cala) a partir del cual se desarrollan los diminutivos caletilla y caletita y el aumentativo caletón, todos ellos presentes en la toponimia de Lanzarote. Por su parte, caletón es aumentativo léxico de caleta, pero no accidente aumentativo: un Caletón, en la toponimia de Lanzarote, designa siempre un entrante de mar con paredes altas y verticales y que carece del extremo estrecho de piedras o arena de las caletas.


Otros topónimos de costa merecen algún comentario lingüístico. Las piedras de los extremos de las caletas suelen llamarse callaos. Si la roca de la costa es llana y lisa suele llamarse laja; si irregular y picuda, marisco; si el fondo de la costa está muy extendido y es irregular y queda al descubierto en la bajamar, se llama arrecife, tal cual el lugar que primero fue el puerto principal y después se convirtió en la capital de la isla; y si la piedra costera sirve como lugar de pesca, se llama placer o piedra, seguida esta última de un antropónimo que trata de recordar a la persona que acostumbraba a pescar desde ella. Riadero o arriadero se llama en Lanzarote a los charcos de la costa que se usan «para riar chochos», como en El Hierro. Las bajas son rocas eminentes cercanas a la costa que quedan al descubierto en marea baja; por su parte, los bajos son lugares de costa pedregosa y arriscada, como arrecifes que quedan al descubierto en marea baja; mientras que los bajones son elevaciones de roca o arena que están separados de la costa y quedan siempre sumergidos. El veril es la costa rocosa que cae al mar de manera vertical o de forma escalonada, o el risco que se halla en el fondo del mar, equivalente al cantil del DRAE. Se llama roques a los dos más pequeños islotes que aparecen en el norte de Lanzarote, uno al este y otro al oeste, y de esa orientación reciben sus complementos toponímicos, además de otros pocos accidentes costeros caracterizados por ser rocas aisladas de grandes dimensiones. Pero es digno de destacarse la rareza de este término en la toponimia de Lanzarote (y de Fuerteventura), cuando tan abundante es en el resto de las islas: apenas 12. Precisamente, los dos «roques» más sobresalientes de la costa de Lanzarote, los que están en su punta norte, no se llaman Roques, sino Fariones (término derivado de farallón). Otro accidente bastante común en las costas de Lanzarote son los Bufaderos, así llamados en la toponimia (o localmente Bufiaderos) por ser cuevas con unas grietas en su parte superior por donde sale el aire «bufando» cuando las olas las llenan de golpe. El más famoso «bufadero» de Lanzarote, cercano a Arrecife, se llamó La Bufona y fue citado por casi todos los que escribieron sobre la isla, aunque por no saber qué era escribieran su nombre con multitud de erratas y dijeran de él muchas «originalidades»; hoy es un barrio de Arrecife. Otra especie de «bufaderos» hay en la costa del suroeste cercana a El Golfo, allí llamados Los Hervideros, de espectacular fuerza y dramatismo.


9.6. Los tipos de terreno

De entre los tipos de terreno, por su particularidad designativa y por su alta frecuencia en la toponimia de Lanzarote, merecen comentario los siguientes: jable, jameo, malpaís, islote, rofe y otros.


Más de 30 lugares de Lanzarote son designados por el término Jable, y varios de ellos son accidentes no «puntuales» sino «zonales», grandes espacios, en suma, que no necesitan adjetivación denominadora: El Jable se llaman. Uno hay, por encima de todos, que se constituye en una «parte» característica en que los geógrafos suelen dividir la isla, en la parte central, que se inicia en la playa de Famara, en la parte del noroeste, y que, como un cinturón de varios kms de ancho (en ciertos lugares supera los 5 km), atraviesa la isla de parte a parte hasta desembocar en la costa del sureste, entre Arrecife y Puerto del Carmen. En él se fijó Viera y Clavijo para definir en su Diccionario de Historia Natural la entrada «Río del Jable»:


Famoso arenal de una arena blanca, calcárea, menuda y movediza que desde Hamara [sic] corre de mar a mar, y atraviesa toda la isla de Lanzarote, como un brazo, en partes bastante anchuroso. Impelida casi continuamente esta arena de los vientos, que allí son recios y constantes, se echa a veces sobre tierras cultivadas y las arruina; y a veces cayendo la nube pulverulenta en las rubiales, arcillosas y estériles, las fertiliza (1982b: Río de Jable).


Jable es un canarismo procedente del francés sable con el significado inequívoco en Lanzarote de 'arena volandera'. Y decimos específicamente en Lanzarote (y Fuerteventura) porque no en todo el archipiélago la palabra jable designa lo mismo . Algunos autores le han propuesto una procedencia del gallego xabre o del port. saibro. Nosotros creemos que es más verosímil y más fácil de explicar la etimología desde el francés, y que fueron los normandos de Jean de Bethencourt, los primeros europeos que llegaron a la isla con intención de conquista, quienes trajeron el vocablo y los primeros que denominaron sable a tantas arenas como se encontraron en las playas y en el interior de Lanzarote (y Fuerteventura después). El castellano que se implantó después en las islas fue quien se encargó de la eufonización de la consonante inicial hasta convertirse en jable. Pero para testimonio del origen francés todavía quedan en la toponimia de Lanzarote un Risco de los Sables (HA 4.95) y un Bajo de los Sables (HA 4.78), en una zona de la costa de Órsola caracterizada por la entrada constante de arenas procedentes del mar. Y hasta es posible que el topónimo Los Salones (TE 6.143) no sea sino una conservación deformada del sable francés, pues, en efecto, es un lugar en zona de jables.


Pero el jable de Lanzarote y de Fuerteventura no es la simple arena de la playa, o, mejor dicho, no es la arena de cualquier playa, ni sólo la arena de esas playas, razón por la que los topónimos que llevan ese nombre tanto pueden ser de costa como de interior, incluso más de interior que de costa. La arena del jable, según análisis de los naturalistas, no es de origen mineral, sino animal. Dice Hernández-Pacheco (2002: 59) que lo que se llama jable en Lanzarote es el resultado de la trituración de infinidad de conchas marinas y que al llegar a tierra se hacen volanderas. Y sigue el famoso vulcanólogo en su observación a los jables de Lanzarote:


No se ve entre los granos ni uno que presente el brillo vítreo del cuarzo, es una arena uniforme, fina, blanca mate, blanda, los granos mayores se parten fácilmente con la uña, sólo se distinguen entre los granillos blancos, algunos, en escaso número, de color negro, que sensiblemente son partículas de lava o de basalto del suelo de la isla (Hernández-Pacheco (2002: 59).


La corriente principal de jable que se forma en la isla de Lanzarote semeja «un río de arena ancho», que, como señalamos, sale por la playa de Famara, por el NNE, y atraviesa la isla entera, de parte a parte, formándose en algunas sitios auténticas dunas , hasta desembocar finalmente en la costa del Levante, por Guasimeta y adentrarse de nuevo en el mar. El propio Hernández-Pacheco presenció en un día de fuerte viento, en que la arena formaba una «espesa nube baja que cierra el horizonte», cómo el jable «atraviesa la isla hasta penetrar en el mar y deshacerse a corta distancia de la orilla» (2002: 73). Naturalmente, esa zona no podría sino llamarse El Jable. Y hasta se dice que pueblos asentados desde antiguo en esta zona, como Fiquinineo (hoy queda el topónimo Fiquineo) y Ajey, fueron paulatinamente abandonados por causa de las tormentas de arena hasta desaparecer del todo.


Quien hace móviles las arenas de Lanzarote no es sólo el viento, sino también las corrientes marinas, y no sólo en Lanzarote, sino de todas las islas orientales. Aparecen en todos aquellos sitios en donde existen costas bajas opuestas a la corriente que viene del Norte: salen del mar, siempre en situación de barlovento, y se depositan en sus costas o atraviesan el territorio hasta volver a desaparecer por las costas de sotavento .


Mas el jable que se forma en el interior no es totalmente improductivo; los lanzaroteños han aprendido a cultivar en él melones, sandías, boniatos, calabazas..., con excelentes resultados.


Otro topónimo lanzaroteño hay vinculado al fenómeno del jable: Los Meanos (TE 7.10), así escrito porque así se pronuncia (procedente de médanos): es una zona perteneciente a El Jable descrito, cercana a Teguise, en donde existe una aglomeración de arenas hasta formar pequeñas dunas («por donde nos desriscábamos de niños», según nos dijo un informante).


Jameo es un guanchismo exclusivo de Lanzarote, vivo en el habla popular y con presencia abundante en su toponimia, incluso en Alegranza. Justamente por su uso como apelativo, su significado es bien conocido. Tres acepciones le atribuye Torres Stinga en su libro sobre el habla popular de Lanzarote: «cueva volcánica hundida», «tubo volcánico» y «hoyo hecho en la lava para plantar un árbol frutal», pero el verdadero significado es el de 'agujero que se produce como consecuencia del hundimiento del techo de un tubo volcánico', siendo indiferentes el tamaño y el aprovechamiento que de él se haga. Se relaciona con cueva, pero un jameo, en todo caso, es sólo la parte de la cueva de la que se ha desprendido el techo, no el resto del tubo volcánico o cueva. Se diferencia de la cueva, porque el jameo siempre está descubierto. Y por ello puede ser lugar apropiado para plantar en él o higueras o parras. «Todo se esconde en Lanzarote -observó Verneau 1981: 116)-: los habitantes en sus casas, los coches en sus cocheras y los árboles en grandes agujeros».


Hasta 21 topónimos de Lanzarote llevan el nombre de Jameo (aparte los 3 que hay en el islote de Alegranza ), todos ellos pertenecientes al tubo volcánico que baja desde La Corona y se adentra en el mar . Cada uno de ellos tiene su propio nombre, siendo los más nombrados la Cueva de los Verdes, a la que se entra precisamente por un jameo, y los Jameos del Agua ; pero también el Jameo de Puerta Falsa, en el extremo norte de la Cueva de los Verdes, porque por ella entraban y salían los lanzaroteños huyendo de los ataques piráticos y berberiscos en los siglos XVI, XVII y XVIII; Jameo Tacho, por metátesis de chato: 'más bajo que ancho'; Jameo Cumplido, por ser el más largo de todos; etc. Característica morfológica peculiar de este nombre es que en la toponimia aparece siempre en singular, Jameo, por ser precisamente accidente individual, excepto el nombrado Jameos del Agua, y eso porque éste está formado por tres jameos particulares: el Jameo Redondo, el Jameo Grande (o Jameo del Agua, propiamente dicho) y el Jameo Chico.


El término malpaís es un canarismo prototípico, de creación insular (luego exportado hasta América), justamente para designar una realidad inexistente en la Península pero muy abundante en todas las islas: los terrenos volcánicos improductivos cubiertos de lavas (Trapero 1999: s.v.). Decimos que los malpaíses abundan en todas las islas, pero más que en ninguna en Lanzarote, donde, en pronunciación local, se les llama malpéis o malpéi. También en la toponimia de Lanzarote a ese tipo de terrenos se les llama Volcán, pero eso sólo cuando son de formación «reciente», frente a los malpéis que son campo de lavas «antiguas», imposibles de cultivar, como decimos, aunque con cierta vegetación.


Vinculados con los malpaíses existen otros términos geomorfológicos presentes en la toponimia de Lanzarote, tales como jaldar (metafórico de falda), que designa a la corriente de lava que cae por una ladera o la propia ladera; breña, que nombra a un malpaís evolucionado; maleza, al malpaís más evolucionado aún, en el que abundan determinados arbustos (sobre todo aulagas), aunque siga siendo un terreno no cultivable, fragoso; y rostro, término que sólo encontramos en la toponimia de Lanzarote (posiblemente derivado del port. rostro con el significado metafórico de 'frontis') y que hace referencia al frente o talud de una escorrentía de lava bruscamente detenida y petrificada.


Las arenas volcánicas tienen en Canarias diversos nombres específicos, según las islas: picón, especialmente en Gran Canaria, zahorra en Tenerife, jable en El Hierro, rofo en Fuerteventura y rofe en Lanzarote, además del general de arena con que pueden nombrarse en todo el archipiélago, y de ahí el nombre de enarenados que reciben los terrenos lanzaroteños cubiertos de estas cenizas volcánicas para una mejor producción. Las formas variantes rofo y rofe derivan del adjetivo portugués rofo 'que tiene asperezas o arrugas'.


La función benéfica del rofe en la agricultura lanzaroteña fue un «descubrimiento» que hicieron sus campesinos a partir de las erupciones del Timanfaya, pues si bien en principio las lavas y cenizas habían destruido sus mejores campos y vegas, luego advirtieron que aquellos terrenos cubiertos de rofe mejoraban ostensiblemente su producción , pues ofrecían una triple función: protegían de la erosión, disminuían la evaporización y aumentaban el aporte de humedad al suelo, gracias a las cualidades higroscópicas de esta arena. Así que, con razón, los campesinos, que siempre son hijos de la tierra, en Lanzarote son también su padre. El rofe se extrae de los conos volcánicos que lo contienen o de los campos extensos cubiertos por él, y a esos lugares se llama roferos, algunos de los cuales han pasado a la toponimia, además de presentar un paisaje degradado e irreal, fantasmafórico.


9.7. Actividad agropecuaria

181 topónimos contabilizamos en este sector de la toponimia de Lanzarote, que consideraremos ahora en los dos apartados en que se divide: la actividad agrícola y la actividad pastoril. Un término hay, sin embargo, que afecta a las dos actividades y que es, a la vez, el más repetido en esta parcela de la toponimia lanzaroteña, el de cortijo. Hasta 56 topónimos llevan este nombre, siendo cada uno de ellos una propiedad particular con casa, elementos pecuarios y terrenos de considerable extensión; es decir, lo que se entiende por 'casa de campo', vinculada a unas tierras de labor o a unas tareas de pastoreo. El término se instala en la toponimia de Canarias por influjo directo de Andalucía, pero curiosamente sólo en las islas orientales, y de ellas especialmente en Lanzarote, que es donde más Cortijos hay en su toponimia. El complemento con que suelen especificarse estos Cortijos, generalmente un antropónimo o un lugar, denotan el dueño de la propiedad o el lugar en que están.


9.7.1. La agricultura

Los topónimos de Lanzarote más frecuentes vinculados con la agricultura, además de Cortijo, son, por este orden: Hoya (con 92 registros), Vega (con 53), Cercado y Cerca (con 44) y Era (con 11).


Las hoyas, propiamente, designan una depresión del terreno, y como tal están clasificadas en ese grupo, pero a la vez suelen ser terrenos dedicados a la agricultura, y de ahí el complemento con que suelen especificarse esos topónimos, con un antropónimo indicativo de la propiedad. Propiedades particulares dedicadas a la agricultura son también los lugares cuyos topónimos son Cercados y Cercas y Eras, todos ellos con la misma significación que tienen en el conjunto del archipiélago (Trapero 1999: s.v.): los cercados y cercas como simples terrenos de cultivo, sin señalamiento especial, por más que etimológicamente el nombre fuera expresión del contenido 'terreno cercado'; y las eras lugares llanos en los que realizar tareas agrícolas vinculadas a la recolección, tales como el secado de la mies o de los frutos, la trilla, la clasificación de productos, etc. Frente a este tipo de terrenos agrícolas, que son, por lo general, de propiedad particular y de dimensiones pequeñas, están las vegas, que designan siempre lugares de mayor extensión, dedicados a la siembra, y que son, también de manera general, de propiedad comunal, por eso en la toponimia aparecen especificadas con el nombre de una localidad: Vega de Haría, V. de Mosaga, V. Máguez, etc. Lo que sí llama la atención es el gran número de vegas y de veguetas que tiene la toponimia de Lanzarote, la que más, sin duda, de todo el archipiélago, y eso porque su geografía es la que proporciona mayor número de terrenos con las características que al término vega le otorga el Diccionario de la Academia: «parte de tierra baja, llana y fértil». Es exactamente lo que Torriani advirtió a finales del siglo XVI, aunque sin nombrar la palabra vega: «Esta isla -escribe- tiene pocos barrancos, y entre las montañas se extienden hermosísimas llanuras, en donde el depósito de las aguas llovedizas y de las cenizas de aquellos volcanes, da una cosecha abundante de trigo y cebada» (1978: 288). Tan abundantes eran las cosechas en los años de lluvias que Lanzarote exportaba granos al resto de las islas, convirtiéndose, junto con Fuerteventura, en «granero» de Canarias. Claro que esos años lluviosos eran pocos y excepcionales.


Con el cercado o señalamiento de las propiedades agrícolas se vinculan en Lanzarote los topónimos iniciados por pared, por una parte, y mojón, por otra. Los primeros señalan 'cercas de piedra para la división de fincas' mientras que los segundos son 'amontonamientos de piedras como señal de propiedad' y que resultan de la limpieza de los terrenos para acondicionarlos para el cultivo. No es la isla de Lanzarote ni la que más bancales ha construido en sus laderas ni la que más ha cercado con paredes de piedra sus fincas, pero sí, relativamente, la que más «mojones» tiene, y hasta una localidad con ese nombre, El Mojón (TE 9.49). De ahí que llamaran la atención a una visitante tan observadora de las cosas de la isla como fue la inglesa Olivia Stone, a finales del siglo XIX: «Han colocado montones de piedras en puntos de los campos para delimitarlos y nos recuerdan inmediatamente la vieja máxima judía: 'No retires los mojones que señalan la tierra de tu vecino'» (1995: 304).


Distinto significado tiene el término paredón en la toponimia de Lanzarote, no como aumentativo semántico de pared, sino como la 'pared que se hace en las laderas de los barrancos para contener la tierra y poder cultivar en ellas', es decir, para formar los «bancales». Pero en la toponimia de Lanzarote no se usa la palabra bancales, sino cañada, con un uso y un significado muy particular: nunca es 'camino de la trashumancia', como en el español general, pero, a la vez, añade un valor nuevo al de 'barranquillo' que tiene en otras islas, especialmente en Gran Canaria, el de 'pequeña superficie de tierra en las laderas, acondicionada para el cultivo con paredes escalonadas'. No son muchas las cañadas que hay en la toponimia de Lanzarote, pero suficientes para marcar una diferencia designativa y lingüística peculiar. Este sentido particular lanzaroteño deriva, por metonimia, del más general canario 'barranquillo', pues es lo cierto que este tipo de terrenos se construye siempre en las laderas de los barrancos.


Debido al viento constante que sopla en Lanzarote, para proteger las plantaciones y los semilleros se acondicionan socos y bardos o bardas, bien sea de piedras, de paja de centeno o de cualquier otro material de deshecho (hasta de cajas desbaratadas). Pocos son los topónimos que contienen estos términos, pero ése es el sentido que tienen. Y menos presencia tiene en la toponimia el término enarenado, y, sin embargo, como hemos dicho, es un sistema de cultivo extendido por toda la isla.


Otros dos términos aparecen en la toponimia de Lanzarote vinculados con la agricultura: mancha y rosa. Las manchas son plantaciones florecientes cuya vegetación contrasta con el terreno estéril y sin cultivar circundante. Las rosas son tierras que antes estuvieron llenas de malezas y fueron después roturadas («rozadas») y preparadas para el cultivo, de ahí que, por ejemplo, la Rosa del Cura (HA 10.53) deba interpretarse como terreno roturado que fue propiedad del cura de la parroquia de Haría; y Rosa Travieso (TE 9.116) propiedad de un hombre de ese apellido; etc. Frente a ellos, el término manchón se usa en Lanzarote (en el habla popular, ya que no aparece en su toponimia) como 'terreno abandonado que se utiliza para pastar el ganado'.


Finalmente, los topónimos con el término pajero se refieren a los montones de paja de cereales o de legumbres hechos en forma tronco-cónica y compacta a fin de protegerla de la lluvia y garantizar su conservación. Antes de abandonarse las siembras de cereales, estos pajeros eran «accidentes» muy característicos del paisaje de Lanzarote, que llamaba la atención de todos los visitantes extranjeros (en varias ocasiones se refiere a ellos Olivia Stone, 1995: 303 y 322).


9.7.2. La ganadería

Los topónimos de Lanzarote vinculados a la actividad pastoril, que es la única ganadera que ha tenido tradicionalmente la isla, son pocos, pues pequeña ha sido esa actividad, en comparación a la agricultura y a la pesca. Los términos característicos, aparte de cortijo que, como dijimos, es común a la actividad agrícola y a la ganadera, son, por este orden de frecuencia: majada (en 23 topónimos), corral (en 21), tegala (en 7), taro (en 4) y cambuesa (en 5).


El término majada tiene un comportamiento extraño en el español de Canarias, tanto por lo que se refiere a su presencia en el vocabulario popular de cada isla, como por el sentido particular con que se usa en cada una de ellas, y de igual modo en sus respectivas toponimias, siempre, sí, vinculado a la actividad pastoril, pero no con el sentido con que lo define la Academia de 'lugar donde se refugia el ganado por la noche'. El DDEC (y otros diccionarios canarios) dicen que en Fuerteventura y Lanzarote majada significa 'lugar de escasa pendiente en un monte o a un lado u otro del cauce de un barranco', es decir, que majada sería un término geomorfológico; en Fuerteventura parece que sí, pero no en Lanzarote; puede que ese sentido morfológico que le atribuyen los diccionarios dialectales se deba a un proceso metonímico, por ser esas «pendientes de un monte» los lugares en donde de ordinario pastara el ganado, porque este es el verdadero sentido que tiene majada en el habla popular de Lanzarote: 'lugar de pasto del ganado', siendo redundante que el lugar sea llano, esté en depresión o en vertiente, o incluso que ocasionalmente se convierta en corral de ese ganado. Así pues, lo que en la Península es majada es en Canarias corral: 'redil del ganado', siendo este ganado en Lanzarote esencialmente cabras y en menor medida ovejas, el único que ha habido en la isla. Y ese es el sentido que tienen los corrales de su toponimia, seguidos generalmente del nombre del propietario. Además, en las toponimias de las Islas se distingue léxicamente entre el 'redil particular' y el 'redil colectivo', siendo utilizados estos segundos para las «apañadas» periódicas de los ganados guaniles o «de suelta», y para éste segundo significado se usan diversos términos, según las islas: alar en El Hierro y gambuesa en Gran Canaria y Fuerteventura, siendo la recurrencia de ellos en la toponimia de cada isla proporcional al sistema ganadero y de pastoreo predominante. No debió ser Lanzarote isla de mucho pastoreo «de suelta» pues sólo se registran en su toponimia 3 casos (en los mun. de Tías y Tinajo) y, además, con la particularidad de haber desarrollado una variante léxica, cambuesa, respecto a la forma mayoritaria que se registra en el resto del archipiélago, con consonante inicial sonorizada, gambuesa.


Gambuesa o cambuesa es término de origen guanche, conservado en las hablas populares, además de la toponimia, por los usos tradicionales que los pastores de Canarias siguieron haciendo tras la conquista. Y también los son otros dos términos de la toponimia de Lanzarote vinculados a la actividad pastoril. Tegala se llama en Lanzarote a la cerca de piedra sin techo que usa el pastor como punto de vigilancia, a la vez que como protección del viento. Lo mismo que las goronas (también guanchismo) de los pastores de El Hierro. Y los taros son en la toponimia de Lanzarote lo mismo que los goros o tagoros en las otras islas, corrales para el ganado o refugios para el pastor; sólo que en Lanzarote los taros son reductos naturales formados en los campos de lavas, y sirven para otras funciones no meramente pastoriles, tales como almacenes de grano, para guardar aperos, de bodega, de corral de animales domésticos, etc. Un taro se ha hecho famoso en la toponimia de Lanzarote, el Taro de Tahíche por haber sido en él donde César Manrique construyó su casa, asombro de cuantos la visitan, convertida ahora en sede de la Fundación de su nombre.


9.8. Los hidrotopónimos

Los dos enemigos de Lanzarote -según observó Hernández-Pacheco (2002: 60)- son la sequía y el viento. El viento, «ese aire perenne que parece soplar sobre la isla sin descanso, como si quisiera refrescarla del fuego interior que consume sus entrañas», que dijera Agustín Espinosa en su obra Lancelot. Pero ha sido mucho más dramática la sequía, hasta el punto de que en varias ocasiones ella fue la causa de que la isla estuviera a punto de despoblarse ). Sirva aquí la impresión que recibió Verneau cuando visitó la isla, a finales del siglo XIX:


De 1871 a 1879 no llovió en esta isla [Lanzarote] ni en Fuerteventura. Ante este largo período de sequía y a pesar del esfuerzo que se hizo para no desperdiciar la provisión recogida, ésta se agotó rápidamente. Entonces todos los habitantes se vieron obligados a emigrar. He visto llegar a Tenerife a esos desgraciados, muriendo casi de inanición, llevando consigo a los animales que habían sobrevivido. Fue un espectáculo que difícilmente olvidaré (1981: 118).


9.8.1. Fuentes

Y sin embargo, a la luz de la toponimia, por el número de fuentes que en ella aparecen, cualquiera diría que Lanzarote no ha estado tan sediento como a la vista aparenta y como la historia de la isla ha dicho. Sobre sus fuentes hay informaciones históricas contradictorias. Torriani escribió a finales del siglo XVI:


Por no haber agua de fuentes, la que se bebe es agua recogida durante las lluvias en ciertas lagunetas que los habitantes llaman maretas: es excelente, limpia, sana y muy ligera (1978: 288).


Y Viera a finales del XVIII:


En Lanzarote no conocemos otros considerables manantiales de agua viva que el de la fuentecilla de Famara y la de Aguza, en donde dicen el Río, tan cercana al mar que la anegan las mareas al tiempo de su flujo; pero es, sin embargo, de agua dulce y pasa por medicinal, señaladamente para sarnosos. Esta escasez de fuentes ha obligado siempre a los habitantes de Lanzarote a recoger las lluvias en aquella gran mareta que tienen junto a la villa capital, y en muchas cisternas y norias (1982b: fuentes).


Y Verneau, a finales del siglo XIX:


No tiene ni un arroyo, ni una fuente, ni un pozo, aparte de aquellos que sirven para recoger el agua de lluvia (1981: 118).


Y sin embargo, a principios del siglo XV, se lee en Le canarien que «Hay gran cantidad de fuentes y de cisternas» (2003: texto G, 145), lo que no parece del todo verosímil. Claro es que la información de Torriani, y más la de Viera y Verneau, se refieren a una realidad insular ya intervenida por los europeos, mientras que la impresión de los autores de Le canarien se refiere a la época exclusiva de los guanches «majos».


Desde luego, la impresión actual está más acorde con la descripción de Torriani, de Viera y de Verneau que con la de Le canarien, y sin embargo, si hacemos caso exclusivo a la toponimia de la isla que aun en la actualidad sigue viva, asombra la cantidad de lugares caracterizados por un nacimiento de agua (no menos de 40 fuentes y un chupadero), siendo que la impresión que recibe cualquiera que recorra su geografía es la de que en toda la isla no puede haber ni aun el más mínimo hilillo de agua que brote de la tierra, y es seguro que hubo otras en la antigüedad que o se han secado o se han destruido y se ha perdido la memoria de ellas. Aunque claro está que 40 únicas fuentes para toda la isla no daba para sus necesidades, y más teniendo en cuenta que la gran mayoría de ellas se ubican en una única zona, en el macizo de Famara, y que tampoco debieron tener gran caudal.


Ante escasez tal de la naturaleza, los hombres que habitaron la isla tuvieron que ingeniárselas para aprovechar hasta la más mínima gota caída del cielo. Y así surgieron los sistemas de almacenamiento de agua de la lluvia, unos para el consumo humano y animal, que en la toponimia de Lanzarote reciben los nombres de maretas, aljibes, cisternas, depósitos, estanques, pozos y dises, y otros destinados a la agricultura, que se llaman alcojías, bebederos, nateros y gavias.


9.8.2. Maretas

De todos ellos, el más característico y el que mayor importancia histórica ha tenido es el sistema de maretas. No son exclusivas de Lanzarote, pero no resultaría descabellado pensar que allí nacieran y que desde allí se extendieran luego al resto de las islas, y tampoco que la idea y la manera de construirlas fuera de origen guanche (Cabrera Pérez et alii 1999: 115). Desde luego llamó extraordinariamente la atención a los primeros historiadores de la isla. Ya vimos lo que dijo Torriani a finales del siglo XVI, y Abreu Galindo repite que ante la falta de agua, «que no hay otra sino la que llueve, la cual recogen en maretas o charcos grandes hechos a mano, de piedras» (1977: 58). Y el Padre Sosa, siglo y medio más tarde, en 1678, se refiere a las maretas de Lanzarote, «que son unos hoyos muy grandes en donde la conservan de uno a otro invierno y es agua muy saludable» (1994: 46). Y un siglo más tarde Viera insiste en que «la escasez de fuentes ha obligado a los habitantes de Lanzarote a recoger las lluvias en aquella gran mareta que tienen junto a la villa capital, y en muchas cisternas y norias» (1982b: v. Fuente).


La palabra mareta está en la toponimia de todas las islas, excepto en La Gomera, pero no en todas ellas designa la misma realidad que en Lanzarote, en donde, como hemos dicho, las maretas son hondonadas del terreno, naturales o acondicionadas, para el almacenamiento de las aguas de lluvia que se usarán para el consumo humano y de los animales ; en La Palma, sin embargo, las maretas se forman naturalmente en las costas y servían principalmente para endulzar los chochos. El DHEC de Corrales y Corbella considera al término mareta simple canarismo a partir de mar + el sufijo eta; el DHEHC de Morera, sin embargo, lo considera galicismo traído por los conquistadores normandos, y se basa para ello en ser precisamente Lanzarote y Fuerteventura las islas en que el término se asentó primeramente, siendo estas dos islas justamente las primeras conquistadas por los normandos. Sea uno u otro su origen, el término mareta y su significado se configuraron en las hablas de Canarias al margen del significado que tiene en el español estándar de 'movimiento de las olas del mar cuando empiezan a levantarse, o bien a sosegarse después de agitación violenta'.


De entre todas las maretas de la isla de Lanzarote, la mayor y más famosa fue la de la Teguise, llamada Mareta de la Villa, tanto que no hay autor antiguo que hable de Lanzarote y no la cite ponderativamente, o visitante extranjero que no quede asombrado de procedimiento tan simple y a la vez tan eficaz como lo era para conservar el agua necesaria para el abasto. Pero no sólo hubo una en la demarcación de Teguise, sino tres, según la documentación del siglo XVII, las tres ya desaparecidas y ya apenas sin resto alguno: la Mareta de la Villa (o Mareta Grande de la Villa), que estuvo situada detrás de la iglesia (en la toponimia actual queda el Llano de la Mareta para recordarlo), destinada al uso exclusivo del consumo humano, la Mareta Blanca (o Mareta Blanca de las Mares, ubicada en la bajada de Las Nieves, en la parte alta de Teseguite, destinada al abrevadero del ganado) y la Mareta Prieta de las Mares, llamada así por el color de las tierras, que estaba por Manguia, también para los animales. Si hacemos caso a los acuerdos del Cabildo del siglo XVII (Bruquetas 1997), la mayor parte de los asuntos de que trataban y la mayor preocupación de sus regidores afectaba a la recogida de las aguas y al cuidado y buen uso de las maretas, tan importantes eran para la vida colectiva. Las tres eran del común y tenían sus correspondientes guardas, estando los vecinos obligados a limpiarlas cada verano. Cuando se acababa el agua de la mareta de La Villa, se reservaba el agua de las otras dos para las personas, llegando en casos extremos de sequía a tener que sacrificar los animales o embarcarlos para las otras islas.


Además de estas tres de la Villa, la documentación del siglo XVII (según inventario de 1560) pertenecían al Cabildo las siguientes otras maretas:


Mareta de Tao.

Mareta de las Mesas (hoy lugar indeterminado).

Mareta de las Arenillas (también nombrada de las Jarenillas o de las Harenillas), «que es donde beben los vecinos», en la zona de las Arnillas, junto a Las Mares, encima de Teseguite, hoy totalmente desaparecida.

Mareta Grande, entre los barrancos de Tomar y Tamia (entre Tao y Mosaga).

Mareta de Guasimeta.

Mar de Espinos, en el camino que va a Ganso (hoy indeterminado).

Cisterna de la Peña, junto al camino que va a Ganso (hoy indeterminado).

Mareta de Monahas, junto a la mareta de Yay (en Yaisa).

Cisterna de Nosa (hoy desconocida).

Mareta de Maço (en Maso, desaparecida).

Mareteja del pueblo, junto a las tierras del pueblo (¿será la de Los Llanos, en Nazaret?).

Barranco de Tenegüime, con todos los charcos de agua del dicho barranco.

Mareta de Teze, junto a Azuaje, con sus acogidas (hoy desconocida).

Mareta de Soo, junto a las casas de Soo.

Los nuevos sistemas de aprovisionamiento de agua, a partir de los años 60 del siglo XX, primero con los depósitos y después con las desalinizadoras y potabilizadoras, acabaron con las maretas, pero su recuerdo queda en la historia de Lanzarote como el de un «invento» de importancia vital.


9.8.3. Aljibes

Las maretas son siempre depósitos más o menos grandes, pero siempre colectivos, «de propios» que se decía. Las necesidades individuales de aprovisionamiento de agua se resolvían mediante los aljibes, tanto fueran en las casas como en el campo. De alguno de los segundos que por razones diversas llegara a tener valor referencial da cuenta todavía la toponimia actual, pero es seguro que fueron muchísimos más en épocas antiguas. De los que no da cuenta la toponimia es de los aljibes caseros, los que tuvieron todas las casas de la isla, que ante la ausencia de aguas subterráneas debían recoger y aprovechar hasta la última gota que caía del cielo. Por ello las casas estaban construidas de tal forma que toda la lluvia caída en su perímetro, y aun fuera de él, era conducida al aljibe situado generalmente debajo del patio de la casa o limítrofe a ella .


9.8.4. Barrancos, valles y nateros

Si los comparamos con los de otras islas, a pesar de contabilizar 127 Barrancos en su toponimia, no es éste el accidente más característico de la geografía de Lanzarote, por tener unos suelos tan «recientes» -en términos geológicos- que es precisamente «ahora» cuando empiezan a dibujarse; por lo que la mayoría se encuentra en las zonas más «viejas» de la isla, en los macizos de Famara y de Los Ajaches. En esta última zona, se llama valles a lo que también podría llamarse barrancos, pues no son sino depresiones formadas por el desagüe, aunque más anchas y de fondo más uniforme. Y así se suceden de manera paralela y de suroeste al noreste los Valles de Juan Perdomo, el Vallito Negro, el de Parrado, el de los Dises, el de la Casa, el del Higueral, el del Pozo el de Montaña Bermeja.


En algo los barrancos de Lanzarote están relacionados con el almacenamiento y con el aprovechamiento de las aguas de lluvia, por la existencia en el cauce de algunos de ellos de los llamados dises y la construcción en otros de los nateros. De los dises hablaremos en apartado particular; de los nateros diremos algo aquí. El término natero, de origen portugués, designa en las Islas a las tierras arrastradas por las lluvias que llegan a formar campos de cultivo de gran fertilidad (Trapero 1999: s.v.). Pero en Lanzarote a los nateros no los hace la naturaleza, sino el hombre, acumulando tierras en determinados cursos del barranco y acondicionándolas para que cuando llueva recoja sus aguas.


9.8.5. Bebederos y dises

Además de las fuentes y de las maretas, de las que, por supuesto, de la mayoría de ellas no queda ya sino el nombre, y aparte de los aljibes, barrancos, depósitos, estanques, galerías, nateros y pozos, que son comunes al resto del archipiélago, la hidrotoponimia de Lanzarote contiene otros dos términos que por su particularidad merecen comentario, y estos son los bebederos (con 15 registros) y los dises (con 18).


Los bebederos de la toponimia de Lanzarote no son los 'abrevaderos' de los que hablan el DRAE y otros diccionarios de la lengua, sino 'terrenos de siembra acondicionados para recoger y «beber» las aguas correntías de las lluvias', lo que en otras islas se llaman gavias. Este sistema de aprovechamiento de las aguas de lluvia es propio (no queremos decir exclusivo) de las agriculturas de Lanzarote y de Fuerteventura, donde tan poco llueve. También en la toponimia de Fuerteventura existe algún bebedero, pero en relación inversa y complementaria con las gavias y con Lanzarote: aquí muchos bebederos y una sola gavia, en Fuerteventura muchas gavias y solo dos bebederos. No hallamos, pues, que la diferencia de contenido entre ambos términos sea de tamaño, mayores las gavias, como dicen los diccionarios dialectales canarios, sino de distribución geográfica. Además de topónimo, bebedero es término común en el habla tradicional de Lanzarote.


Y otro término vinculado al sistema de «bebederos», también propio de Lanzarote y también presente en su toponimia, es el de las alcojías, forma dialectal con prótesis de cogida, y que son unos terraplenes o canales que se hacen en el terreno para recoger el agua de lluvia y conducirla a las maretas, pozos, bebederos o cualquier depresión del terreno, para su posterior uso.


Por su parte, dise es término exclusivo de la toponimia de Lanzarote y de significación problemática, ya que se ha perdido totalmente en el habla común de la isla. Quizás por esa pérdida como apelativo es por lo que no aparece en ningún diccionario dialectal canario, ni siquiera en el glosario final que Torres Stinga pone en su estudio sobre el habla de Lanzarote (1995). Tampoco aparece en el DRAE ni en ningún diccionario del español general, ni es tampoco portuguesismo (como podría, por la gran influencia portuguesa en las Islas), aunque nada hay en su configuración fónica que sea extraño a una posible etimología románica, por lo que no queda más que sea un guanchismo; pero tampoco aparece en ningún catálogo de voces prehispánicas, ni siquiera en los Monumenta de Wölfel (1996).


El único que ha tratado sobre esta palabra, y justamente como guanchismo inédito para la investigación, ha sido Agustín Pallarés (1990: 396-399). Hasta 18 lugares contabilizamos en la toponimia de Lanzarote que contengan ese nombre, bien en singular, Dise, bien en plural, Dises, bien como derivado, Disadero (y hasta es posible que también Los Sisitos, como diminutivo evolucionado), aplicado a accidentes geográficos muy variados: un morro, un lomo, un valle, un llano, una playa, una peña, una hoya, un barranco, etc., y no localizados en un único punto o zona de la isla, sino distribuidos por toda ella, en los municipios de Teguise, de Haría, de Tinajo, de Yaisa y de Tías, incluso en la isla de La Graciosa. Qué haya podido significar esta enigmática palabra -se pregunta Pallarés- es algo que no ha podido averiguar, a pesar de haber puesto todo el empeño en averiguarlo, preguntando a sus informantes. Igual nos ha pasado a nosotros; sólo uno, Francisco Cabrera Robayna, de Teseguite, nos dijo, vagamente, que los dises «venían a ser como los bebederos».


Se ha perdido en el habla actual de Lanzarote, decimos, pero en su toponimia tuvo que entrar como apelativo en tiempos hispánicos, no en el período prehispánico, pues no se explicaría entonces su recurrencia, su diversidad formal, incluso su presencia en la toponimia de La Graciosa, nunca habitada por los guanches y ajena a cualquier otro guanchismo de origen. Es el término dise, desde el punto de vista filológico, y por lo que respecta a los términos de origen guanche, un caso intermedio entre un topónimo «primario», como Guatisa (o Yaisa, Teseguite, Timanfaya, etc.), cuyo significado es totalmente desconocido, y un topónimo «secundario», como jameo (o tabaiba, tegala, gambuesa, etc.), que entró en la toponimia desde su condición de apelativo, y por tanto de uso y de significado común entre los hablantes actuales de Lanzarote. Dise fue término guanche aceptado (y también «adaptado») por los europeos llegados a Lanzarote, que lo usaron como apelativo, y que como tal lo aplicaron a distintos puntos geográficos de la isla, hasta que, perdido su uso, se olvidó su significado, y queda ahora en la toponimia como «fósil» lingüístico (como tantas veces se califica a los topónimos). En tales circunstancias, para tratar de averiguar su significado podría acudirse al método comparativo, investigando en las lenguas bereberes matrices de las canarias si queda algún término que pueda explicar los dises lanzaroteños, o bien al conocimiento exacto y minucioso de los lugares geográficos así nombrados, para ver de hallar en ellos alguna característica geomorfológica o de cualquiera otra índole que fuera común a todos. Esto segundo fue lo que hizo Agustín Pallarés. «Fue al visitar el paraje costero de Los Dises -relata Pallarés-, en Caleta Caballo, cuando reparé con curiosidad en la existencia de hoyos muy característicos abiertos en el piso rocoso intermareal, a modo de profundas piletas de interior alisado, que me llamaron la atención por su número y forma redondeada bastante regular, pues aunque no se trate de un fenómeno geológico excesivamente raro en nuestras costas, no es frecuente sin embargo encontrarlos juntos en tal abundancia en un mismo lugar» (1990: 397).


El significado de un término no es, necesariamente, lo designado por él; de ahí que la realidad vista por Pallarés en la costa de Caleta Caballo no fuera la misma que vio en los otros lugares llamados también dises, entre otras razones, porque los topónimos pueden tomar un nombre «por delegación»: un lugar llamado Playa de los Dises puede deberse no a que en su playa haya dises sino a que es una playa en la que desemboca un barranco llamado de los Dises, como así es, en efecto, en la costa de Los Ajaches. Y lo que Pallarés descubrió fue que los dises de Lanzarote venían a ser en su estructura y funcionalidad lo que los eres en Tenerife y otras islas del archipiélago (por lo que respecta a El Hierro, cf. Trapero 1999: especialmente 62-64). En efecto, fue Juan Álvarez Delgado (1940-41) quien primero dio a conocer la presencia de la voz guanche eres en el habla viva del sur de Tenerife con el significado de «hoyo o poceta formado en las rocas impermeables del álveo de los barrancos, donde se acumula con el agua de lluvia arena fina y limpia», de tal manera que, los conocedores de tales hoyos, especialmente los pastores, cuando están en el campo y necesitan beber, no tienen más que retirar la arena y dejar sentar el cieno hasta que el agua se clarifica. Así también le dijeron unos pastores lanzaroteños a Pallarés que el álveo del Barranco del Disadero (en el mun. de Tinajo, mapa 8.16) está constituido por una serie de pocetas que cuando el barranco corre se llenan de agua, agua que después es utilizada por ellos y para sus ganados durante meses, recubriéndolas con techos de paja o de ramajes después de usadas. Dos étimos guanches, por tanto, dise y eres, para una misma realidad, de implantación exclusiva el primero en la toponimia de Lanzarote , y de repartición el segundo en las respectivas toponimias de Tenerife (en topónimos varios y además, allí, también como apelativo), de La Gomera (Erese, Eresito y Eretos) y de El Hierro (Erese, Merese y Las Eresitas).


9.8.6. Pozos

Algún comentario merecen, por último, los pozos de la toponimia de Lanzarote, pues participan unos de la condición de ser un modo de extracción de las aguas subterráneas, los que están en la zona de Famara, y otros de almacenamiento de las aguas correntías de lluvia. De estos segundos son todos los de la costa del Rubicón y de Los Ajaches, pues allí no hay aguas subterráneas (aunque no pueda excluirse en algunos de éstos la infiltración de aguas subterráneas por el fondo de los barrancos). Pero de alguna forma estos pozos del sur de la isla pueden considerarse como ejemplos de un sistema mixto de almacenamiento y de extracción, pues según el estudio que de ellos han hecho Tejera y Aznar (1989: 42-43), se basan en el sistema de eres que usaron los aborígenes de varias islas, entre ellos los de Lanzarote: primero, la filtración de las aguas se detenía al llegar a la roca base, cuya naturaleza impermeable permitía su depósito; segundo, la extracción se desarrollaba por el sistema de eres, se retiraba la arena de la superficie y entonces fluía el agua. Todos los pozos de San Marcial tienen este sistema, y por eso en la documentación antigua se especifica «con su entrada y su salida», lo que parece indicar que los normandos que los hicieron debieron conocer el sistema de los aborígenes y lo aplicaron a sus pozos .


Especial importancia histórica tienen estos pozos de El Rubicón, por cuanto fueron las primeras construcciones europeas realizadas en el archipiélago (con la salvedad del legendario castillo de Lanceloto), alguno de los cuales sigue en funcionamiento. No se ponen de acuerdo, sin embargo, en cuanto al número y nombre de los pozos en El Rubicón, ni los documentos escritos ni las excavaciones realizadas ni la tradición oral. Según Tejera y Aznar (1989: 42), que hicieron excavaciones en la zona, los normandos hicieron cuatro pozos: los llamados de San Marcial (al pie del castillo), de la Cruz (por la misma vertical de la cruz en la colina de la iglesia, el que tiene los grabados con la diosa Tanit), de la Pila (por tener una pileta junto al brocal, también llamado Nuevo) y de las Cabras (que es el de uso más continuado, pero que no aparece en el corpus de Alvar). De esos cuatro, sólo los dos primeros han sido excavados modernamente. Según información oral recogida por nosotros hay uno al que se le llama de los Escalones, que debe ser el primero de ellos, por tener escalones de acceso. Sin embargo, la documentación histórica de Lanzarote del siglo XVII (Bruquetas 2000: 257-258) habla de tres pozos «de San Marcial»: el primero es un pozo grande, «abierto, de bóveda antigua, con su pila»; el segundo otro pozo más arriba de éste, «que también fue pozo abierto»; y el Pozo de Marcos Luzardo, «que es más arriba de estos». Y sigue: «A estos pozos les pertenecen las entradas y salidas y la vaquería y cabronada del pueblo y las demás alimañas que del pueblo antiguamente suelen gozar las dichas aguas». Y, aparte, de otros dos pozos «de El Rubicón»: el Pozo de Benenso, «que fue pozo abierto con la entrada y la salida, de antigüedad usada y guardada», y el Pozo de Asoge, «pozo viejo que fue abierto junto al mar».


9.9. Los antropónimos

Muchos son los antropónimos que aparecen en la toponimia de Lanzarote, si bien pertenecen a muy distintas épocas de su historia, incluso algunos de ellos a la época guanche. En esa época la isla de Lanzarote debió estar muy poco poblada. En Le canarien se dice que habría unas 300 personas, pero esa cantidad debe tomarse como los «majos» que tomaron el bautismo. La población real debió ser bastante superior, aunque, como dicen determinados autores, «no cabe suponer una población superior a los 3.000 habitantes durante los más de quince siglos de prehistoria de la isla» (Cabrera Pérez et alii 1999: 94).


9.9.1. De origen prehispánico

Dentro de los muchos topónimos de origen prehispánico, son antropónimos guanches (algunos indudables y otros muy probables) los siguientes:


Teguise. El nombre de Teguise requiere de una mediana explicación. En un principio, si aceptamos la versión de Torriani (1978: 40 y 48), el nombre de Teguse (sic) correspondió a un «rey» guanche anterior a que los cristianos hubiesen conquistado la isla; y si hacemos caso a Viera (1982a: I, 367; y antes a P.A. del Castillo), el nombre de Teguise correspondió a una «princesa» guanche, hija de Zonzamas, que se casó o se convirtió en barragana de Maciot, el sobrino del conquistador normando, quien, en honor de la bella princesa, dio su nombre a la villa que habría de convertirse en capital histórica de Lanzarote. Por tanto, si hacemos caso a esta segunda versión, Teguise nunca fue poblado guanche, sino castellano aunque con nombre guanche. Y de haber sido así, el nombre de Teguise (fuera de un «rey» o de una «princesa») sería un nuevo ejemplo de los muchos nombres guanches que primero fueron antropónimos y después se convirtieron en topónimos. El lugar así designado, no obstante, debió haber estado ocupado ya por la población aborigen y debió ser incluso uno de los principales (si no el principal) asentamientos de la isla, aunque con la denominación de Acatife, cuya traducción al castellano fue la de Gran Aldea, y así debió seguir llamándose el lugar hasta el siglo XVIII. Eso es lo que dice Viera y Clavijo (1982a: I, 305 y 367), pero hay que rectificarle en algo en este punto: lo de Gran Aldea sí es denominación europea que se correspondió con el primitivo poblado guanche, pero lo de Acatife es un claro error de transcripción del nombre castellano Arrecife, a partir de la forma a su vez errónea Catif que aparece en la versión B de Le canarien (2003: B-30v) y que remite a las formas francesas Laracif y Laratif ('el arrecife') de la misma crónica normanda. No obstante, como topónimo, Teguise aparece ya en Torriani (con la forma Teuguise, lo mismo que en la cartografía de Briçuela/Casola), y como tal ha continuado hasta la actualidad (no se menciona, sin embargo, en Le canarien). Ahora bien, en la denominación insular se prefirió siempre el nombre de La Villa para quien fue la capital histórica de la isla hasta el siglo XIX, y en buena medida sigue prefiriéndose en la actualidad esa denominación entre los nativos lanzaroteños. Y como tal La Villa o simplemente Villa aparece en no pocos mapas antiguos, como en los de Riviere y de P.A. del Castillo del siglo XVII. En el archivo municipal de Teguise, según un acta de 1780, se hace constar que la denominación completa fue Villa de Teguise del Arcángel San Miguel, y que a partir de 1811 se simplifica siempre por La Villa.


Sonsamas. Aquí debemos aclarar, antes de nada, que la cartografía actual, así como las publicaciones de todo tipo, incluso letreros de carretera, mapas turísticos, etc. escriben siempre Zonzamas. No así las fuentes históricas y las anotaciones en documentos históricos, en donde es alternante la escritura con s y con z . Pero si hemos de hacer caso a la tradición oral -y debemos hacerle caso-, el topónimo debe escribirse Sonsamas, tal cual se pronuncia, y además, en proceso de evolución, Susama, como nosotros hemos oído claramente a varios informantes del lugar (y no es extraño que dé un paso más en su evolución a *Susana, por etimología popular). Pues bien, el llamado Sonsamas era el rey guanche de Lanzarote en la época en que el vizcaíno Ruiz de Avendaño arribó a la isla (hacia 1377). Su fama se debe tanto al episodio amoroso que tuvo Avendaño con la mujer de Sonsamas, la reina Fayna, del cual nacería la princesa Ico, quien, a su vez generaría una famosa leyenda, como a los restos arqueológicos que han quedado de su vivienda y de la cultura de la época, los más importantes de la isla.


Que el topónimo Sonsamas hace referencia a una población aborigen no cabe la menor duda, pero también que siguió siendo población tras la conquista. Hoy el topónimo Sonsamas tiene como referencia principal una zona del mun. de Teguise, más la de una serie de accidentes geográficos en ella enclavados (una montaña con su correspondiente caldera, una cueva, un llano y unas peñas), pero ningún poblado. Sin embargo, en las primeras cartografías aparece como poblado y así se cita en varios documentos del archivo histórico de Teguise hasta el siglo XVIII, como el lugar de Las Sonsamas. Y por el contrario, a la montaña que ahora se llama de Sonsamas se le nombraba hasta bien entrado el siglo XX únicamente como Montaña de la Rosa (así en el relato que Hernández-Pacheco hizo de su viaje de exploración a las montañas de Lanzarote en 1907).


Y probablemente también tengan que ver con personajes guanches, los topónimos siguientes:


Los Ajaches, que es el nombre general del macizo del sur de la isla (mun. Yaisa), y Piedras del Chache, que es el nombre del punto más alto de la isla, al norte (mun. Haría), puede que tengan en su origen la referencia al personaje aborigen Ache (escrito como Ache, Afche, Affche, Asche, etc.), que quiso suplantar mediante traición a su hermano el rey Guadarfría. ¿Será que las transcripciones antiguas de Hacha y Hache para las elevaciones mayores del macizo de Los Ajaches no son sino trasmutaciones inmediatas del nombre del personaje y que, por el contrario, el nombre de Ajaches no es sino el resultado de la «españolización» del guanchismo, tras una prótesis y una aspiración?


Masdache, vinculado posiblemente de la misma forma al nombre de Ache. Sosa Barroso (2001: 54 y 123) así lo cree, aunque lo explica simplistamente juntando el nombre guanche al catalanismo mas, resultando 'casa de Ache'. Por su parte, Afonso Pérez (1997: 69) apunta una etimología más extraña: la de la expresión francesa mas d'ache con el significado de 'apio'.


Timanfaya es hoy el nombre genérico que recibe el «Parque Nacional» de Lanzarote, pero antes lo era sólo de una serie de montañas surgidas de las erupciones de 1730-1736, y antes aun el nombre de un poblado que fue destruido por las lavas y cenizas surgidas de la erupción. Pues bien, puede que dicho nombre proceda del hermano y sucesor de Sonsamas, llamado Tiguafaya, Tinguafaya o Timanfaya, quien finalmente fue preso por los expedicionarios españoles de 1393 al mando de Gonzalo Pérez Martel (Viera 1982a: I, 187).


Pico Nao es una de las alturas mayores de los Ajaches, transcrito en muchos mapas erróneamente como Pico Naos, al identificarlo con el otro topónimo insular Puerto de Naos. Pero se le nombra también en pronunciación local como Nago y Nado. De las tres variantes que nosotros recogemos, el nombre primitivo pudo ser Nago, y éste proceder de aquel personaje aborigen llamado Anago (citado en Le canarien 2003: 34), el único de los 23 nativos que logró escapar de la encerrona que preparó el traidor Bertín de Berneval para capturar esclavos.


Y también son de origen guanche, aunque es posible que sus respectivos topónimos nacieran en época hispánica, los nombres Chimía/Chimida, Mosegue y, probablemente también, Termesana, que se convirtieron en apellidos lanzaroteños.


9.9.2. De la época de la conquista

De la época de la conquista, quedan tres antropónimos bien conocidos, por ser nombres de sendas poblaciones:


Maciot (o en pronunciación local Masió o Masión; en el Diccionario de Madoz se escribe Mación o Marción) es un pequeño caserío del mun. de Yaisa, en las faldas de la ladera que baja desde Femés a la costa del Rubicón, cuyo nombre corresponde al que fuera sobrino de Jean de Bethencourt y sucesor de los derechos del señorío .


Arrieta es hoy un pueblo que vive un proceso de desarrollo turístico acelerado, pero tradicionalmente no ha sido sino un pequeño pueblo de pescadores (en el Diccionario de Madoz, de mitad del siglo XIX, se dice que solo vivía una familia), y primero sólo un fondeadero de la costa este del norte de la isla. Su nombre procede del «señor Aristo Preud'homme (que nosotros llamamos Arrieta Perdomo), hidalgo francés y gobernador de Lanzarote y Fuerteventura» (Viera y Clavijo 1982a: I, 282), que se casó con Margarita de Bethencourt, hija de Maciot y de la princesa guanche Teguise .


Pedro Barba es hoy el segundo núcleo poblacional de La Graciosa, y antes denominación de toda la parte noreste de aquella isla. Su nombre deviene de Pedro Barba de Campos, sevillano, que fue caballero principal en el traspaso del Señorío de Lanzarote de Maciot de Bethencourt al Conde de Niebla (Viera y Clavijo 1982a: I, 373-376).


9.9.3. De la época del poblamiento

Dentro de los muchos topónimos que recuerdan la época del poblamiento de la isla, tras la conquista castellana, quizás el más significativo y merecedor de comentario sea la subterráneas, los que están en la zona de Famara, y otros de almacenamiento de las aguas correntías de lluvia. De estos segundos son todos los de la costa del Cueva de los Verdes, que hace referencia no a los colores del interior de la cueva, como generalmente se cree (que no son precisamente de ese color), sino al apellido familiar de los dueños de aquellos malpaíses. Hoy la Cueva de los Verdes es lugar de visita turística obligada, por su excepcional atractivo, pero antes, durante los siglos XVI, XVII y XVIII fue el lugar de refugio que los lanzaroteños tenían ante los frecuentes ataques piráticos berberiscos, circunstancia que ya era conocida por Torriani a fines del siglo XVI, quien dice:


En tiempos de invasiones, aquí se retira la gente principal, con el marqués [en el castillo de Guanapay]; los demás se ocultan en las cuevas de los montes, entre las cuales se halla una, llamada de los Verdes, muy grande y segura, hacia noroeste, a seis millas de distancia de la villa. Tiene la entrada tan baja y tan estrecha, que sólo una persona que se arrastra pegada a la tierra puede entrar en ella; y en su interior tiene antros de maravilloso artificio, que parecen hechos por mano maestra, y con pasajes ásperos y difíciles, que no se pueden franquear sin luz. Algunos conocedores dicen que dentro tiene un río secreto, que corre con gran ímpetu, y que muy pocos conocen. Tiene también otra salida, que responde al mar, por la cual los hombres y las mujeres que se amparan allí, pueden salir y embarcar (1978: 49-50).


Las erupciones de 1824 constituyeron nuevas montañas, entre ellas, el Volcán de Tao o Montaña del Clérigo Duarte, llamada así por surgir en el lugar donde estaba la casa del clérigo de la localidad.


Los antropónimos locales están presentes especialmente en la toponimia con referencia a la propiedad, por ejemplo en los Aljibes, Cortijos, Casas, Corrales, Cuevas, Hoyas, Islotes, Llanos, Majadas, Valles, Vegas (y en menor medida en las Bajas, Puntas y Piedras de la costa, éstas no como propiedad, sino como lugares de pesca acostumbrados por hombres así llamados). El que esta toponimia es de referencia local lo demuestra el tratamiento que reciben muchos de estos nombres, antecedidos por el característico canarismo Cho de los hombres (Cho Manuel, Cho Noria, Cho Listaigua, Cho Rocha, Cho Pino, Cho Pilas, Cho Luis, Cho Castro, Cho Bravo, Cho Alonso, Cho Juan el Manco, Cho Corujo, Cho Costa, Cho José Luis, Cho Gregorio, Cho Félix, Cho Fuentes, Cho Aquilino, Cho Concepción) y el Cha de las mujeres (Cha Gregoria, Cha Frasca, Cha Noria, Cha María Martina, Cha Cayetana o Cataina o Catana).


9.9.4. Personajes modernos

De todos los personajes relevantes que Lanzarote ha tenido en los tiempos modernos, el más popular de todos y el que mayor trascendencia ha tenido para la isla ha sido, sin duda, César Manrique. Incluso en el campo de la toponimia. Gracias a su genio, a su capacidad creativa y a la intervención que César tuvo en varios puntos de la isla, nuevos y viejos topónimos lanzaroteños se han convertido en puntos ineludibles de visita para todos los millones de turistas que llegan a ella: el Mirador del Río, la Cueva de los Verdes, los Jameos del Agua, el Jardín de Cactus y las Montañas del Fuego son nombres que quedarán para siempre en la memoria de quienes los visiten, tanto por lo que la naturaleza de Lanzarote puso en ellos como por el arte con que César Manrique los acondicionó y adornó. Y a ellos ha de sumarse un nuevo lugar, la Fundación César Manrique, con tantos atractivos para visitar como los anteriores, un nuevo nombre que se ha convertido ya en verdadero topónimo, tan topónimo como el lugar en que está ubicada, el Taro de Tahíche, que primero fue su propia casa, la más original casa que nadie pudiera imaginar, y hoy se ha convertido en la sede de la modélica Fundación que lleva su nombre.


9.10. Los hagiotopónimos

Importancia muy singular, dentro de los antropónimos, tienen los hagiotopónimos o nombres relacionados con los santos y con las creencias religiosas, de los que la toponimia de Lanzarote puede ser considerada ejemplar. Podemos clasificarlos en dos tipos: los referidos al santoral y los referidos a lugares de culto.


9.10.1. Nombres del santoral

Nombres del santoral tienen algunas poblaciones, tales como San Bartolomé, Nazaret (procedente de Nuestra Señora de Nazaret), Puerto del Carmen (que reemplazó a la denominación tradicional de La Tiñosa), o partes o barrios de poblaciones principales, como San Francisco Javier y Santa Coloma (de Arrecife), San Juan, San Sebastián y San Rafael (de Teguise). También llevan nombres de santos todos los castillos que tiene (y tuvo) la isla (excepto la Torre del Águila, en Las Coloradas): Santa Bárbara (o de Guanapay, en Teguise), San Gabriel y San José (en Arrecife) y el derruido de San Marcial del Rubicón). Y además algunas elevaciones, como Peña de Santa Catalina (donde estuvo el poblado desaparecido de Santa Catalina), Peñas de San Roque o Lomo de San Andrés (en sustitución del también desaparecido poblado de San Andrés), un charco y un islote del litoral de Arrecife: Charco de San Ginés e Islote de San Gabriel, un pozo, el de San Marcial (en la zona de Papagayo), y una playa, la de San Juan (en la zona de La Caleta de la Villa).


Comentario particular merece el nombre del islote de Montaña Clara, del que ya dijimos que su primer nombre fue el de Montaña Santa Clara y que duró hasta el siglo XVIII; aquel primer nombre pudo tener que ver con la devoción que los primeros navegantes europeos tuvieran a la santa italiana, cuya canonización había ocurrido por aquel tiempo.


9.10.2. Lugares de culto

Los topónimos de Lanzarote dedicados a ermitas, cruces y objetos de culto son muchos: 29 Ermitas, 11 Cruces (o Crucitas) y unas pocas iglesias.


La abundancia de ermitas debe explicarse desde la organización eclesiástica y administrativa que tuvo la isla desde el tiempo de la conquista. Los distintos informes que con motivo de las erupciones de 1730-1736 realizan sobre la isla tanto las autoridades locales como las distintas personalidades que la visitan, entre ellos el Obispo Dávila, dan noticia muy detallada de las demarcaciones de la isla, de sus poblaciones y del número de habitantes que en cada una de ellas vive, de sus ermitas, iglesias, conventos y devocionarios, de las fuentes y pozos que poseen, etc. y, especialmente, de los lugares afectados por el volcán, unos por haber sido quemados o destruidos y otros por haber sido «entullados» por las arenas.


Tres eran las «parroquias» que tenía Lanzarote a principio del siglo XVIII, a las que correspondían las tres jurisdiciones de la isla: la Villa de Teguise en el centro, Haría en el norte y Yaisa en el sur, cada una de ellas con su iglesia. Dos eran los conventos que había en La Villa: el de Santo Domingo y el de San Francisco. Y 23 las ermitas, cada una de ellas dedicada a una advocación:


- Ermita del Espíritu Santo (en La Villa)

- N.S. de Candelaria (en la vega de Tomaren)

- N.S. de la Caridad (en las Gerias, «tupida de arenas», se dice)

- N.S. de las Mercedes (en Famara, «la cual está caída»)

- N.S. de las Nieves (en la cumbre de Haría, dependiente de La Villa)

- N.S. de Regla (en Yuco de Arriba)

- N.S. Nazaret (en la demarcación de La Villa)

- N.S. del Socorro (en Tiagua)

- San Andrés (en Lomo de San Andrés, «que está caída mucho tiempo ha»)

- San Marcial (en Femés)

- San Rafael (fuera de La Villa, pero a la vista de ella)

- San Juan Evangelista (en Tingafa)

- San Sebastián (en La Villa, en el camino de los Valles)

- San Bartolomé (en la demarcación de La Villa)

- San Juan Bautista (en Haría)

- San Juan Evangelista («que la quemó el volcán»)

- San Ginés (en el Puerto del Arrecife)

- San Roque (en Tinajo)

- San José («de los Desposorios de Joseph», en el pueblo de La Villa)

- San Leandro (en Teseguite)

- Santa Margarita (en el pueblo de La Villa)

- Santa Catalina («que la quemó el volcán»)

- Santa Veracruz (en el pueblo de La Villa)


De dos de aquellas ermitas tomaron sus respectivos nombres, por metonimia, dos poblaciones actuales: Nazaret y San Bartolomé. Las ermitas de San Ginés, San Roque y San Marcial se han convertido en las respectivas parroquias de Arrecife, Tinajo y Femés. Algunas de aquellas advocaciones no figuran en el corpus actual de la toponimia de Lanzarote, pero eso no quiere decir que hayan desaparecido como ermitas, sino simplemente que no se han constituido en topónimo referencial. Pero, a cambio, desde el siglo XVIII, nuevas ermitas se han levantado en la isla, que se han convertido en nuevos topónimos insulares: las Ermitas del Corazón de María y de María Difunta en Teguise, de Santiago Apóstol en Tahíche (Teguise), la de María Auxiliadora en Montaña Blanca (San Bartolomé), la de N.S. de la Peña y de San Antonio en San Bartolomé, la Ermita de La Santa en La Santa (Tinajo), la de N.S. de los Dolores en Tinajo y la de N.S. del Carmen en Puerto del Carmen (Tías).


9.11. Los fitotopónimos

Pocos territorios, salvo los desérticos, pueden imaginarse en que su naturaleza sea tan contraria a la flora, a la vegetación espontánea, como Lanzarote: «isla de los volcanes» se le llama, «isla del viento» podría también llamarse, y cualquier otro calificativo que sea contrario a lo que pueda evocar una denominación como «isla verde». «Carece de arbolado, salvo pequeños matorrales para quemar y una especie de árboles llamados higuieres [tabaibas] que cubren todo el terreno de un extremo al otro, y producen una leche muy medicinal», habían advertido ya los capellanes de la conquista bethencouriana (Le canarien: texto G, 145); y Torriani precisaba que la isla «no tiene más que una palmera» (1978: 288) . Por tanto, la escasez de fitónimos en su toponimia debe considerarse como consecuencia directa de su geografía. No hay, como en el resto de las islas, brezales, pinares, palmerales (lo de Haría no es propiamente un «palmeral»), sabinales, mucho menos montes de laurisilva, ni siquiera cardonales u otros tipos de vegetaciones xerófilas. En Lanzarote sólo hay unos pocos lugares con el nombre de tabaibas (siendo, no obstante, el fitónimo más abundante de Lanzarote), otros pocos con el nombre de maleza, en que el suelo del malpaís suele salpicarse de cierta vegetación espontánea tras épocas de lluvia, y otros pocos con el nombre de mancha o manchón, más por contraste con los suelos estériles de lava que los rodean que por su propia vegetación, y una Montaña de los Helechos (HA, 10.3), en el único lugar de la isla en que pudo haber helechos (en la vertiente norte del macizo de Famara), pero que ya no los hay.


Y sin embargo, en una Relación escrita en Lanzarote en 1776 se habla de una cierta vegetación arbustiva en algunos rincones del macizo de Famara: «Se ven en dicho Cerro o Risco -dice-, en los paraxes a donde no pueden penetrar los ganados, algunos lentiscos y arbustos de varias especies con que muestra ser su terreno proporcionado para árboles monteses» (Caballero Mujica 1992). Y es lo cierto que, aun hoy, en lo alto de la vertiente norte del risco que cierra por el sur el valle de Haría, en Malpaso, se ven pequeños núcleos de brezos, tasaigos, acebuches y otras especies propias del bosque termófilo, justo donde suelen formarse algunas nieblas húmedas. Lo mismo que en la parte alta del Risco de Famara, en donde vive el 90% de todos los endemismos de la isla. Pero ninguna especie particular, ni su conjunto, es de tanto relieve para que haya dejado su nombre en la toponimia.


Ni un solo «palmeral» hay, como decimos, en la toponimia de Lanzarote. Hoy queda un lugar llamado Las Palmas de Famara (TE, 6.135), en donde ni hay palmera alguna ni nadie de Teguise recuerda haberlas visto nunca. Y sin embargo, en la relación de lugares «perdidos por el fuego» de las erupciones del siglo XVIII que varios autores hacen, entre ellos el cartógrafo Riviere y nuestro historiador Viera y Clavijo, se cita una Peña de Palmas, habitado entonces por 18 vecinos, que puede corresponder con el actual topónimo, ya sin resto ni de palmas ni de poblado.


Aparte podemos considerar los topónimos referidos a plantas menores y a hierbas, como el corazoncillo, el gramillo, la guasia o uvilla (o jubilla o hubilla), el tebete, la triguera, las turnas (o turmas) y la aulaga («esqueleto de planta» se ha dicho de ella), presentes todas ellas en la toponimia lanzaroteña.


9.12. Algunos topónimos «poéticos»

Los nombres que el hombre suele poner al terreno son, como hemos venido diciendo, esencialmente denotativos: quieren reflejar lo que objetivamente hay en la geografía. Pero no son raras las veces en que los topónimos alzan un poco el vuelo poético para reflejar un valor connotativo que se ha advertido en un determinado lugar. Cada territorio tiene su pequeño y particular corpus de topónimos poéticos, pero sería interesante juntarlos y analizar las motivaciones generales que subyacen en ese tipo de denominaciones. Por nuestra parte, hemos puesto varias veces como ejemplos canarios La Tierra que Suena (El Hierro), La Morada del Viento (Tenerife), Punta la que se Huye (Fuerteventura), El Confital (Gran Canaria), entre otros muchos.


Por lo que respecta a Lanzarote, son topónimos de este tipo los siguientes: Puestito de Dios (AL 1.2), que se da a un agradable placer muy abundante en pesca de caña; Pasasipuedes (HA 6.68), a un paso muy dificultoso que hay en el risco de Famara; Los Hervideros (YA 14.83), a la zona de costa tormentosa que hay en la zona suroeste; La Matanza (YA 11.5), a una cuesta muy empinada; Rompeculos (AL 1.18), a una ladera muy pendiente y arriscada; Punta del Viento (YA 13.19), que aparte de ser topónimo «descriptivo», parece concederle a esa punta la posesión total del viento; El Terminito (YA 13.65), que en su diminutivo se refleja tanto la pequeñez del lugar como el valor apreciativo; el calificativo del Infierno llevan tres accidentes lanzaroteños: Boca del Infierno (YA 14.27), que es una montaña de cráter profundo, Cueva del Infierno (AL 1.15), una cueva del litoral de Alegranza, y Roque del Infierno (RO 2.1), como también se llama al Roque del Oeste, por las rocas negras y afiladas que tiene; etc. Especial mención merecen los topónimos «poéticos» que han surgido recientemente dentro del «Parque Nacional Timanfaya», con motivo de las visitas guiadas que se ofrecen a los turistas: las Montañas del Fuego (YA 14.24) es hoy un topónimo poético, más que real, pero fue denominación objetiva cuando apareció en el siglo XVIII; Valle de la Tranquilidad (YA 14.26) se llama a una zona intermedia del Parque en donde no se mueve nada, ni hay nada, sino solo soledad y cataclismo, ya apaciguado; Manto de la Virgen (YA 14.27) se llama a un «hornito» que semeja lo que el topónimo dice; Tacita de Chocolate (TO 14.10) se llama a otro hornito que parece rebosar por su boca la sobreabundancia de lava derretida; y otros.


Algo tiene también de «poético» el primer topónimo propiamente histórico y europeo que se creó en Lanzarote, El Rubicón, que nombra hasta hoy a un extenso territorio del sur de la isla, y bien fuera porque su motivación estuviera vinculado al color intensamente rojizo de los terrenos del lugar, o por el recuerdo que se les vino a los franceses que por vez primera pisaron esos suelos del paso del río Rubicón en las guerras de las Galias de César, como símbolo de haber culminado una hazaña llena de incertidumbres y peligros. En el primer caso se trataría de un cromotopónimo (que es lo que nosotros creemos), derivado de la palabra latina rubicundus 'lo rubio que tira a rojo'; en el segundo (que es lo que creen, entre otros, Tejera y Aznar 1989: 27), de un topónimo «de cultura» trasladado.


Según las primeras fuentes históricas, el nombre de Rubicón designaba sólo al castillo que los normandos levantaron en la zona de Las Coloradas (otro cromotopónimo paralelo y coincidente con Rubicón) y de las playas de Papagayo; luego se le dio también al poblado que de inmediato fue surgiendo en el mismo lugar (San Marcial del Rubicón); después al obispado que desde Roma se le otorgó en 1404 por Bula del Papa Benedicto XIII (Diócesis Rubicense) y finalmente a toda la zona sur (El Rubicón). El poblado de San Marcial, el primer poblado europeo de Canarias, se fundó en 1402; tuvo castillo, iglesia, cementerio, puerto, pozos y poblado. La primera expedición de Juan de Bethencourt y Gadifer de la Salle debió de ser de unos 63 hombres, a los que hay que sumar los de la segunda expedición: unos 80 hombres de guerra y 23 mujeres. Ese sería el primer contingente poblacional europeo en las Islas, instalado en el poblado de San Marcial del Rubicón de Lanzarote. Con el traslado del Obispado del Rubicón a Las Palmas en 1485 empezó su decadencia. Hoy no hay allí más que unos pocos restos, incluso tapados, sin identificar del todo. Pero el topónimo San Marcial siguió apareciendo en toda la cartografía de la isla hasta el siglo XVIII. Sin embargo, ya Madoz, a mitad del XIX, dice que sólo es un territorio y cabo de montaña. Hasta hace unos pocos años, el núcleo habitado más cercano al antiguo emplazamiento de San Marcial era el de unas denominadas Casas de Papagayo, hoy totalmente derruidas. Pero cerca vienen ya avanzando, desde Playa Blanca, las urbanizaciones turísticas y esos complejos hoteleros de ambición imparable que transformarán por completo la paz en que siempre han vivido aquellos parajes.



 

LA TOPONIMIA DE ORIGEN GUANCHE DE LANZAROTE DESDE EL BEREBER
por Abraham Loutf

Como en las demás islas del archipiélago canario, los términos de procedencia guanche también están presentes en la toponimia de Lanzarote. Por supuesto, estos términos constituyen uno de los patrimonios lingüísticos más importantes del antiguo lenguaje de la isla. Son universalmente considerados por los diferentes especialistas como auténticas reliquias susceptibles de arrojar alguna luz sobre la constitución lingüística de una gran parte del sistema guanche.


De modo general, el cambio de las nomenclaturas toponímicas de nuestra geografía universal es inherente a las transformaciones que se producen en las diferentes etapas de nuestra historia política, cultural, social, etc. Los topónimos, pese a estas transformaciones, pueden pervivir más allá de su origen e integrar las nuevas culturas que los acogen. Por ejemplo, existen, en la Península Ibérica, topónimos de origen púnico: Málaga, Cartagena, Cádiz...; romano: Zaragoza, Mérida...; árabe: Alquézar, Valladolid..., etc. y también otros topónimos que pertenecen a otras lenguas, como el ibérico, el celta o el tartesio. A pesar de sus distintas referencias iniciales, hoy en día estos topónimos están perfectamente integrados en la nueva cultura predominante en la que perviven, como «piezas arqueo-lingüísticas» testimoniales de un pasado marcado por el multiculturalismo y por el multilingüismo. Así, gracias a ellos, podemos comprobar los diferentes estratos culturales de los cuales provinieron. Por ello insistimos en decir que, para nosotros, son datos palpables y vivos para la investigación científica en sus diferentes ramas.


Los nombres de los lugares constituyen el material básico y fundamental sobre el cual trabaja el toponomista. Se aplican únicamente al espacio en que nos movemos. Somos nosotros los que damos los nombres al espacio. Estos nombres pueden remitir a un río, una fuente, la forma de un relieve, el nombre de una planta, de un animal, de un pueblo, de una isla, etc. Son palabras y las palabras pertenecen a las lenguas que hablamos. La toponimia es, entonces, una disciplina que atañe directamente a la lingüística, y de ahí su gran contribución, muy útil, tanto para la geografía y para la historia como para la antropología. Pero estas disciplinas, a su vez, ayudan en mucho a que la toponimia esclarezca sus propios hechos lingüísticos.


1. LOS GUANCHISMOS EN LA TOPONIMIA DE LANZAROTE

En Lanzarote distinguimos entre dos grandes bloques toponímicos: el anterior a la conquista, vinculado al mundo endógeno de las islas, y el exógeno, especialmente de origen hispánico, posterior a la misma conquista a partir del siglo XV. Debemos señalar que, hasta el momento, la investigación en este sector no ha registrado ninguna aportación nueva relevante que no proceda de estos dos estratos.


Los guanchismos en la toponimia de Lanzarote son términos que pertenecían al antiguo sistema de comunicación de los primeros habitantes de la isla, los majos. Este sistema de comunicación se extendió poco después de las colonizaciones que sufrió la isla, a partir de la conquista franco-normanda en los años 1402-1404.


No sabemos con exactitud en qué fecha se extendió, ya que sobre este tema no se posee ninguna referencia determinante, pero podemos concluir que no sobrevivió mucho tiempo al cambio de las generaciones imprescindibles crono-lingüísticamente para la extinción de un idioma, sabiendo que en Lanzarote no hubo derramamiento de sangre durante su conquista y posterior colonización, cosa que de haber ocurrido hubiera podido acelerar la extinción del lenguaje de sus habitantes.


Contrariamente a las ideas preconcebidas, no existió una extinción de la raza de los majos en Lanzarote, aunque sí hubo deportaciones hacia la Península; algunos de los deportados incluso fueron devueltos como intérpretes y guías para una mayor penetración en la isla. Por tanto, la conservación del bilingüismo hispano-guanche en la toponimia es debido en gran parte a estas circunstancias.


Los topónimos procedentes del guanche poseen una forma y una filiación distintas del resto de los topónimos de procedencia hispánica. Examinemos, por ejemplo, la forma hispánica de la isla de Lanzarote Playa Honda y la forma guanche Timanfaya: los dos topónimos se distinguen, aunque pertenezcan a una misma isla, por su forma y por su propio sistema de organización de las palabras. En el primer topónimo, el lector hispanófono, sea de Lanzarote o no, reconoce sin ninguna dificultad la identidad lingüística de los elementos de los que está constituido, a saber un sustantivo y un adjetivo. En cambio, nuestro lector desconocerá totalmente la composición y la identidad formal del topónimo Timanfaya, ya que este término no pertenece a la lengua que hoy en día se habla en Lanzarote; o sea, no pertenece a su competencia lingüística. La lengua a la que pertenece el topónimo Timanfaya ha dejado de existir hace ya unos cuantos siglos, por lo cual la pervivencia de esta voz en la isla se justifica únicamente por el uso que se hace de ella como voz toponímica.


El carácter oral con que se transmitieron las voces toponímicas guanches, de generación en generación, les otorga especialmente cierta fiabilidad lingüística a la hora de estudiarlas. Ahora bien, basta echarles un pequeño vistazo para darse cuenta de que estas voces contienen una serie de datos que las distinguen del resto de las voces toponímicas no guanches de Lanzarote.


Del antiguo sistema de comunicación de la isla de Lanzarote, se conserva un legado toponímico aún en uso en la tradición oral de sus habitantes. Este legado, como ya hemos señalado, se caracteriza por tener una estructura formal que lo distingue de su homólogo procedente del castellano. Comparándolo con los topónimos de las otras islas, podemos ver sin dificultad las múltiples semejanzas que presentan.


Por ejemplo la forma del topónimo Tajaste de Lanzarote que representamos así: T---te, se parece o más bien es idéntica a formas como Tacoronte, en la isla de Tenerife, Tasacorte, en La Palma, Tamaduste, en El Hierro, Tamaraceite, en Gran Canaria, etc.


También notamos que la toponimia de la isla de Lanzarote comparte con la toponimia de las demás islas algunas formas que empiezan por los prefijos a-, ch-, gua-, m-, tin (variante ten), etc. Estas semejanzas formales (las hay en abundancia entre las islas) son indicios de la existencia de una filiación lingüística entre el conjunto de las manifestaciones del guanche en todo el archipiélago canario.


En el presente trabajo no vamos a tratar los pormenores de esta afiliación que reservamos para posteriores trabajos, pero nos resulta muy significativo señalarlo. Aun así, Lanzarote se distingue de las otras islas por tener una proporción de ejemplos muy reducida en comparación con las islas occidentales. Así, en la categoría de los topónimos que empiezan por el prefijo a-, la isla tiene muy pocos representantes, cuando la proporción es mucho más importante en las otras islas, en El Hierro por ejemplo; e incluso dos topónimos de esta categoría parecen ser de procedencia posterior a la colonización de la isla, a saber, el topónimo Argana y el término Atalaya en Atalaya de Femés.


Tampoco son muchos los que empiezan por los prefijos más habituales y que suelen caracterizar la toponimia guanche de todas las islas, tales como los ya señalados: ch-, gua-, m-, tin, etc.


En el conjunto de las formas de los topónimos de Lanzarote observamos cierto predominio de los términos cuya categoría es la que empieza por el prefijo t-, como Teguise, Tamia, Teseguite, Temisa, Tahíche, Tisalaya, Taiga, Tilama, Tiagua, etc.


Los topónimos guanches de Lanzarote unas veces se manifiestan como términos independientes, tal como Tinajo, Teguise, Yaisa, Güime, Guatisa, Tahíche, Uga, etc. y otras veces aparecen junto con términos apelativos del castellano, que calificamos como topónimos mixtos, como Fuente de Tinga, Montaña de Tahíche, Montaña de Tinajo, Morro de Chibusque, Valle de Uga, etc. En esta clase de topónimos, como podemos comprobar, la voz guanche siempre aparece después del apelativo castellano, y nunca antes, como un elemento funcional y distintivo, salvo en los casos de Jameo y Tegala. Estos términos constituyen los únicos ejemplos de la serie de los mixtos que no van precedidos por los castellanos: Jameo del Agua, Jameo Cumplido, Jameo de Cinco Dedos, Jameo la Mareta, Tegala Bermeja, Tegala de la Higuera, Tegala del Pendón, Tegala Grande, etc. Por su mayor integración en el lenguaje toponímico de la isla, pues, funcionan en la lengua común como palabras apelativas, de la misma manera que las del castellano montaña, valle, morro, etc.


2. EL NOMBRE ANTIGUO DE LA ISLA

La primera referencia acerca del nombre antiguo de la isla de Lanzarote se encuentra documentada en las dos versiones B y G de la crónica normanda Le canarien bajo las formas gráficas Tyterogaka y Tytheroygatra. Se trata de una palabra recogida con la grafía francesa en los comienzos del siglo XV; por tanto, no es una grafía hispánica.


Existen discrepancias de opinión en el análisis del topónimo antiguo de la isla. Así George Marcy admite una explicación de las dos grafías por el bereber, exactamente con la forma de la variante dialectal tuareg tagergaget con el significado de 'la que está quemada o ardiente' (1962: 259-260). Por su parte, Álvarez Delgado (1942: 3-13) lo descompone en ti-terog-akaet y lo traduce 'la montaña colorada'. Sinceramente desconocemos de dónde ha sacado Álvarez Delgado esta traducción.


Para nosotros, el término en sí, independientemente de su significado y de la grafía que tenga, es indudablemente un nombre compuesto de varias unidades: Titer o gaka / tyther o(y) gatra. La distribución y el orden en que aparecen estas unidades en el topónimo corresponden perfectamente a la estructura general y típica de los topónimos guanches compuestos, aunque debemos admitir que la parte final es bastante confusa y mal transmitida. Como regla general, los topónimos compuestos guanches suelen ser recogidos bajo la forma de una acumulación de consonantes y vocales como si de nombres simples se tratara. Pero aun así, pueden llevar, en la mayoría de los casos, algunos indicios formales claves para su descomposición, parcial o global, como por ejemplo, la presencia de un prefijo y sufijo dental t, muy frecuentes en las voces canarias procedentes del guanche. A través de nuestro topónimo comprobamos, efectivamente, la presencia de este indicio en su inicial.


Por una parte, si nos fijamos detenidamente en los elementos formales que se desprenden de las dos grafías del nombre antiguo de Lanzarote notamos enseguida la identidad formal de su primera parte tyter o gaka y tyt(h)er o/y gatra. Tyter es, pues, el dominador común entre ambas formas y podría tratarse de un elemento diferenciable dentro del conjunto de los elementos del topónimo. En cambio, el resto de sus elementos nos parece menos definido atendiendo a su estructura. Por otra parte, señalamos que las mismas características formales de que está constituido el elemento tyt(h)er coinciden con las del topónimo Tetir de la isla de Fuerteventura. Por tanto, esta homonimia que hay entre ambos términos también podría ser una argumentación más a favor de la segmentación que proponemos para la identificación del elemento Tyt(h)er como componente diferenciado dentro del topónimo Tyterogaka o Tytheroygatra. De igual modo se puede observar, en otros ejemplos, esta homonimia parcial: Jinámar (Gran Canaria), Jinama (El Hierro) y Giniginámar (Fuerteventura).


3. LA FILIACIÓN DEL GUANCHE

El problema de la filiación de las antiguas hablas de las islas suscitó muy pronto la curiosidad de los historiadores, ya que, tras la conquista, estas hablas no resistieron mucho tiempo frente al poder de la cultura colonial. Y mientras se desarrollaba este poder, no había ningún intento para rescatarlas del olvido, a pesar de que se practicaban todavía. Aun así, diversas obras han procurado tratar, con bastante curiosidad y mayor interés, este tema, especialmente las obras escritas por Alonso Espinosa, Leonardo Torriani y Abreu Galindo. El primero dice haber conocido de cerca a los guanches de Güímar en la isla de Tenerife.


Sobre los orígenes de los canarios, Abreu Galindo decía: «Y que eso sea verdad, que hayan venido de África los primeros pobladores de estas islas, lo da a entender la proximidad que hay de la tierra firme de África con estas islas; pues entre ella y la primera isla que es Fuerteventura, solamente hay diez y ocho leguas, poco menos. También me da a entender hayan venido de África, ver los muchos vocablos en que se encuentran los naturales destas islas con las tres naciones que había en aquellas partes africanas, que son berberiscos y azanegues y alarbes ... y en Cabo de Aguer están una huertas que llaman las huertas de Telde, no muchas leguas distante de la ciudad de Tagaste, donde, estuvo enterrado el cuerpo de San Agustín» (1977: 31-32).


Estos autores nos han proporcionado a través de sus respectivas obras un número considerable de las voces guanches y al mismo tiempo insistieron sobre el origen africano de las antiguas hablas de las islas.


Este origen atribuido a los canarios se sintetiza, poco a poco, en los diferentes estudios posteriores a esa primera documentación, relacionando de forma directa y coherente los lazos culturales existentes entre Canarias y los primeros habitantes de África septentrional, los bereberes o amazigh.


En esta breve contribución, nos limitaremos a señalar, únicamente, los estudios más representativos de las diferentes épocas por las que han pasado estos mismos estudios y los que han marcado la investigación en este campo.


En 1764, fecha bastante significativa dentro de los estudios del parentesco guanche-bereber, George Glas publica en Londres una edición inglesa de la obra de Abreu Galindo, así como un estudio comparativo entre el vocabulario contenido en la obra de Galindo y posibles paralelos del habla bereber (habla chelja) del sur del actual reino de Marruecos, sabiendo de antemano que George Glas, viajero y comerciante, pudo haber adquirido sus conocimientos sobre tal habla durante su estancia en esta región, geográficamente muy cercana a las islas orientales del archipiélago canario.


Otra fecha muy significativa de este ciclo de investigaciones la representa Sabin Berthelot, quien publica en el año 1842 la Etnografía y los anales de la conquista. En esta obra, el naturalista francés establece una serie de comparaciones entre el guanche y el bereber y mete, a su vez, el dedo sobre un parentesco aún más estrecho entre el guanche y el habla tashelhit. Asimismo, aporta nuevas listas del vocabulario de los antiguos canarios, incrementando así el material de su campo de investigación.


En 1917, otro investigador, John Abercromby, publica un estudio comparativo sobre el vocabulario guanche y bereber, acompañado de un análisis lingüístico, con bastante rigor metodológico, sobre las correspondencias fonéticas y lexicales entre las dos variantes. En este trabajo el investigador escocés identifica un léxico canario igual al del bereber aún usado por los berbero-parlantes de su siglo.


Si bien en los años 50 y 60 del siglo XX la antropología biológica cerró definitivamente su capítulo sobre los orígenes étnico-culturales de los canarios al emparentarlos con el mundo líbico-bereber, la investigación lingüística, en cambio, ha seguido debatiendo sobre el problema del origen y el parentesco del guanche, y será en estas décadas cuando la problemática de la filiación del guanche se abre a nuevos campos de investigación instalándose en el centro de los debates sobre la lingüística euro-africana.


Uno de los precursores de esta tendencia fue el austriaco Dominik Joseph Wölfel a través de una amplia y variada obra. Este autor había observado que los «canariólogos» en sus investigaciones carecían del material lingüístico, a priori necesario para sus estudios y que se encontraba diseminado en diferentes bibliotecas y archivos por toda Europa. A raíz de estas circunstancias, Wölfel emprende una labor de recopilación del material canario. Y de esta enorme labor nace en 1965 la publicación de su obra póstuma Monumenta Linguae Canariae.


4. LA FILIACIÓN DEL BEREBER

El problema del origen lingüístico del bereber, así como su procedencia geográfica, ha llamado la atención y la curiosidad de los investigadores. Para determinar sus orígenes geográficos, varias hipótesis fueron emitidas: el Oriente Medio, el país de Canaán, el Yemen, Asia Menor, las islas del mar Egeo, pero también el norte de Europa, la Península Ibérica, Italia, etc.


En cuanto a su origen lingüístico, también fueron emitidas varias hipótesis. Primero, la hipótesis egipcia, defendida por el egiptólogo francés Champolion en su prólogo del diccionario de La lengua bereber elaborado por Venture de Paradis en el año 1838; y segundo, la hipótesis de las lenguas semíticas con las cuales se supone que el bereber compartiría unos determinados rasgos muy particulares a esta familia.


Las bases de estas teorías fueron establecidas sobre las observaciones y las comparaciones lexicales que dominaban la investigación en aquel entonces.


En los finales del siglo XIX, la lingüística germánica, encabezada por Schuchardt, vuelca, por su parte, sus estudios hacia una nueva vía de investigación, contraria a las hipótesis defendidas por los semitistas, según la cual existiría un posible parentesco genético entre el vasco y el bereber, que remontaría a un tronco común procedente del ibero.


Otros estudios que se inscriben en esta tendencia europeísta no tardaron en ampliar esta hipótesis, por una parte, al conjunto de las lenguas del Cáucaso y su posible relación con la vertiente vasco-bereber y, por otra, el indoeuropeo con el bereber.


Así, una tras otra, se formularon las diferentes hipótesis de las génesis lingüísticas de los bereberes, el egipcio, el semítico, etc., pero también el egeo, el céltico, el griego, así como las lenguas amerindias.


El año 1920 marca un nuevo rumbo en la búsqueda del origen del bereber, las nuevas metodologías de investigación en el campo de la lingüística comparativa, similares a las que se suelen emplear para el indoeuropeo, permitieron plantear la cuestión sobre nuevas bases para el problema de su filiación. Así, se logró incluir al bereber dentro del grupo lingüístico llamado el camito-semítico o el afroasiático, sobre la base de nuevos estudios comparativos meticulosos y de nuevos argumentos lingüísticos entre el bereber y las diferentes ramificaciones del camito-semítico, a saber: el semítico, el egipcio, el chádico, el omótico y el cuchita.


La familia bereber, del grupo camito-semítico, presenta, según los especialistas, muy poca diferenciación interna en comparación con las demás familias del mismo grupo, excepto el egipcio. Su principal división es la que existe entre las hablas del sur sahariano, principalmente, entre las del dominio tuareg y las hablas del norte (el rifeño, el cabilio, etc.).


Esta clasificación es hoy en día ampliamente aceptada por la mayoría de los berberólogos y acabó por dar la razón a los defensores de la hipótesis del egipcio y del semítico arriba señalada.


5. EL GENTILICIO «AMAZIGH»

Las fuentes documentales más conocidas de la antigüedad, tales como las de Heródoto en el siglo V a.C. pasando por Salustio (siglo I a.C.), San Agustín (siglo IV d.C.), Procopio (siglo VI), etc., nos han proporcionado abundantes relatos sobre los antiguos habitantes del África septentrional.


Una de las características que llama nuestra atención en esta documentación es la multiplicidad de los gentilicios con que se denominaba la población autóctona. No sabemos a ciencia exacta si se trataba de nombretes o de etnónimos correspondientes a los diferentes grupos de aquel entonces. Uno de esos gentilicios que se repetía frecuentemente en esa documentación concierne al etnónimo amazigh, nombre de los actuales bereberes, que significa “hombre libre”. Este gentilicio se encuentra recogido por Heródoto bajo las formas maxyes y maxues. Otras fuentes posteriores al autor griego lo recogieron con diversas grafías, a saber: macares (Corippe, IV. 191) en el oeste del río Triton, y mazaces según Lucain (La Pharsale, VI, 681, cit. por Jean Servier, Les Berbères).


El término «al barbar» es un gentilicio con que los árabes designan actualmente a los autóctonos de África septentrional. Ya desde la Edad Media figuraba en los textos árabes con la misma aplicación gentilicia. El gentilicio en sí procede del griego «barbaroi» y lo usaron para designar a los pueblos cuyas lenguas eran ininteligibles para ellos. Y con el mismo significado los romanos lo aplicaron más tarde a los demás pueblos.


En los usos europeos se suele valer del gentilicio bereber para referirse a los habitantes no árabes del norte de África.


6. LA SITUACIÓN ACTUAL DEL BEREBER

La documentación moderna, tanto antropológica como arqueológica, recoge en sus conclusiones que el elemento bereber o amazigh, tal como lo entendemos hoy, no era exógeno a África septentrional y que ocupaba desde la más remota antigüedad un extenso territorio que va desde las zonas limítrofes del oeste egipcio hasta el Atlántico (incluyendo las islas Canarias), y desde el mar Mediterráneo hasta el río Níger.


Esta extensa zona la conforman hoy en día una media docena de países instituidos, constitucionalmente, como países árabo-islámicos (Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y Mauritania) y países, también de confesión musulmana, pero no árabes, llamados países subsaharianos o países del Sahel (Mali, Níger y en cierta medida Burkinafaso y Chad), donde existen todavía algunos campos de berberófonos desplazados.


En estos jóvenes países, resultantes de la descolonización a partir de la década de 1960, aún siguen viviendo los descendientes de las antiguas poblaciones líbico-bereberes, imazighen; muchas veces en un ámbito sociocultural, principalmente en los países de África del norte, de corte árabo-islamista, muy hostil al desarrollo del mundo bereber.


Las independencias de estos países fortalecieron más que nunca el sentimiento panarabista como único referente cultural y simbólico, paradójicamente calcado sobre el modelo colonial, relegando así la cuestión bereber a un segundo plano. Con este nuevo orden aparece, pues, un mundo bereber cada vez más fragmentado y aún más frágil.


Antes de las independencias, la especificidad cultural bereber gozaba de un interés muy particular en la investigación científica por parte del poder colonial y eso es lo que explica, en gran parte, la existencia de una abundante documentación, en lengua francesa, sobre el mundo bereber.


Indudablemente, las investigaciones sobre su origen son deudoras del desarrollo de la antropología, de la arqueología, de la lingüística, etc., y de numerosas publicaciones en los diferentes sectores de la investigación.


En cuanto a su política lingüística, las nuevas sociedades post-coloniales impidieron categóricamente cualquier uso lingüístico oficial que no fuera el árabe, aunque existiera cierta tolerancia en el uso del francés en las administraciones centrales del nuevo poder, pero no el bereber, acelerando así una aculturación galopante de los bereberes.


Actualmente, los gobiernos centrales de Argelia y de Marruecos empiezan a integrar en sus programas culturales, bajo la presión de determinados movimientos del mundo bereber, la necesidad de preservar la identidad amazigh. En varias ocasiones estos programas no llegan a realizarse, si bien particularmente estos dos países, tradicionalmente reticentes a cualquier desarrollo del bereber, han abierto programas pilotos de difusión de la enseñanza de la lengua amazigh en varios centros escolares.


Las zonas tradicionales del hábitat bereber, de modo general, las conforman las regiones montañosas y desérticas de la geografía global del norte de África y del Sahel. En las décadas de los años setenta y ochenta varias oleadas de sequía que sufrieron estas regiones y, en cierta medida, la expansión demográfica que ha marcado la sociedad postcolonial, acarrearon el desplazamiento de las poblaciones hacia las zonas urbanas arabófonas y negrosaharianas, en busca de las mejores condiciones de vida. Este movimiento hacia las ciudades ha provocado entre los berberoparlantes cierta pérdida de los usos lingüísticos y de las costumbres tradicionales, y poco a poco van desembocando en un estado cultural marcado por el bilingüismo árabo-bereber, especialmente en los países árabo-islámicos.


Sin embargo, en las zonas monolingües (las montañas, el desierto), donde escasean los contactos sociales con las poblaciones árabes o negrosaharianas, el proceso de la aculturación no se plantea de la misma manera, ya que en estas zonas no existen los medios aculturizadores del poder central, tales como las escuelas, las administraciones públicas y las grandes instituciones centralistas. Este aislamiento, que concierne aún a un número bastante elevado de los campesinos amazigh, ayuda, en cierta medida, a frenar una aculturación masiva. Pero, a su vez, no debemos olvidar que este aislamiento y el carácter muy fragmentado del espacio en el que se desarrollan las poblaciones bereberes desfavorecen el contacto entre los diferentes grupos bereberes, lo que por supuesto engendra una aceleración en la diferenciación lingüística interna del bereber.


Hoy en día, los principales grupos bereberes se encuentran en Marruecos y Argelia. En los demás países como Túnez, Libia, Egipto, etc., los bereberes conforman una población muy reducida en comparación con la de Marruecos y Argelia.


Los gentilicios locales que permiten distinguir entre los diferentes grupos bereberes cambian de un país a otro. El grupo tuareg se localiza en varios países: en el sur de Libia y Argelia y en el norte de Mali y Níger. Los tuaregs conservan el etnónimo amaziã con las variantes fonéticas z›, sh›, h: amazeã, amasheã, amaheã. El conjunto de la población tuareg se calcula alrededor de un millón de individuos.


En Argelia la principal región berberófona es la Cabilia, en el norte del país; sus habitantes constituyen aproximadamente dos tercios del conjunto de la población bereber de Argelia. Los demás grupos se reparten en zonas tradicionalmente conocidas desde la antigüedad como zonas berberófonas (Aures y el Mozabe) y en diferentes islotes muy diseminados en la geografía del país.


Marruecos es el país donde se encuentra la mayor comunidad bereber de toda el África del Norte; los especialistas en las cuestiones demográficas estiman que los bereberófonos podrían llegar hasta un 50% de la población global del país. La berberofonía comprende en este país tres grandes zonas que se extienden al conjunto de las regiones montañosas de las cordilleras del Atlas: en el norte viven los rifeños de habla tarifit; en el centro, el Atlas menor y la parte norte del Atlas mayor son de habla tamaziãt; y en el sur y sur-oeste, el grupo chelha de habla tashelhit.


7. ALGUNOS DATOS DEL BEREBER

Las hablas bereberes actuales derivan del líbico. Desde la más remota antigüedad, este idioma se hablaba en toda África del Norte. Encontramos algunos testimonios en la documentación de los antiguos historiadores griegos y latinos que han venido a confirmar, según los especialistas, la continuación lingüística líbico-bereber. Pero la mayor aportación de estos testimonios lo conforman los datos proporcionados por las inscripciones líbicas encontradas en los distintos puntos de la geografía líbico-bereber.


Pese a la dispersión geográfica y al aislamiento de las poblaciones berberófonas, en el bereber podemos fácilmente comprobar la existencia de las estructuras morfosintácticas y lexicales comunes entre todas las hablas. Estas últimas consisten, principalmente, en las estructuras relativas a las categorías sintácticas del nombre, del verbo, de las partículas funcionales y de los determinantes adverbiales. Las voces relativas al vocabulario de la filiación, al cuerpo humano, a la alimentación, al tiempo, al espacio, a los fenómenos atmosféricos, a los astros, a la fauna, a la flor, a la toponimia, etc. constituyen también el sector de la lengua en que se da un mayor parentesco entre las diferentes hablas. La principal división lingüística interna del bereber la constituyen los fenómenos fonéticos. Por ejemplo, la voz argaz del habla tashelhit se pronuncia en el rifeño aryaz, por la alternancia fonética interdialectal g/y, y así sucesivamente.


Una voz bereber contiene una raíz lexical hecha básicamente a partir de una o varias consonantes portadoras de un significado y de las marcas obligatorias del género (masculino y femenino) y del número (singular y plural). Así, argaz (sustantivo masculino singular) se compone del morfema a + la raíz triconsonántica rgz, e irgazen (sustantivo masculino plural) se compone del morfema discontinuo: i---en, que encierra la raíz consonántica -rgz-.


Por tanto, en este modesto estudio se intentará abordar el problema del parentesco que representan los nombres de lugar procedentes de la lengua guanche con el dominio bereber. Desde luego no pretendemos tratar todos los asuntos que caracterizan este parentesco, sino que nos detendremos únicamente en las cuestiones que están en relación con los datos que nos proporciona el material toponímico de la isla de Lanzarote.


En los dos capítulos siguientes abordaremos, por una parte, el problema de la segmentación de los diferentes componentes morfológicos que contienen los topónimos de Lanzarote y, por otra, la metodología usada para su clasificación.


Habrá muchos topónimos que, por carecer a nuestro juicio de indicios suficientemente seguros, no entrarán en esta clasificación, aunque de forma aproximada ofrezcan grandes similitudes.


8. LA SEGMENTACIÓN MORFOLÓGICA

Hemos podido comprobar que determinados elementos morfológicos se manifiestan, con bastante frecuencia, en las iniciales de los diferentes topónimos, tales como Guatifay, Guatisea, Guardilama, Tinajo, Tinamala, Tinga, Muñique, Maneje, Masdache, Acuche, Áfite, Aganada, etc. Varios de estos topónimos, como podemos ver, llevan un mismo prefijo. La segmentación que proponemos consiste en separar estos prefijos de sus lexías correspondientes para su identificación y su definición. Así las voces Gua-tifay, Gua-tisea y Gua-simeta se caracterizan por tener una inicial constante gua-; las del grupo Tin-ajo, Tin-amala, Tin-ga por tin-; M-uñique, M-aneje, M-asdache tienen la inicial m-; y Acuche, Aganada, Áfite, la a-.


Esta operación permite localizar el lugar de intervención de estos segmentos y observar de cerca el modo de formación de las palabras en los topónimos guanches, según su distribución y según su función en las diferentes estructuras que estudiaremos en las siguientes páginas.


Las unidades formales que intentamos localizar serán únicamente aquellas unidades susceptibles de pertenecer a una estructura morfológica y suficientemente bien definida.


Como habíamos dicho, basta echar un vistazo para comprobar que en las iniciales de nuestras voces aparecen, de una manera constante, varias series de elementos idénticos. Para nosotros, estos elementos constituyen verdaderos parámetros que nos sirven de hilo conductor en nuestra operación de segmentación. Los datos aportados dan por hecho que esos rasgos comunes no pueden darse por casualidad, ya que su frecuencia y su aparición casi sistematizada conducen a pensar que se trata de elementos que están fuera del ámbito lexical. Por ello, en primer lugar, hemos de comprobar la especificidad del segmento y las secuencias en que se distribuye; en segundo lugar, proceder a su extracción apartando los segmentos morfemáticos de los lexicales; y en tercer lugar, establecer su categorización a la luz de sus paralelos conocidos del bereber.


9. UNA POSIBLE CLASIFICACIÓN DE LOS TOPÓNIMOS DE LANZAROTE

Para abordar la identidad formal de nuestros topónimos, queremos, por razones de metodología estructuralista, empezar a clasificar las voces que aparecen en el corpus toponímico de Lanzarote. Para lograr esta clasificación, animamos a nuestro lector para que intente, él mismo, clasificar los términos toponímicos de procedencia guanche. Para emprender esta labor advertimos que no es imprescindible una formación previa en las ciencias de la lingüística, ni son indispensables conocimientos en la gramática o en las ciencias de la clasificación.


Los seres humanos sabemos perfectamente diferenciar, ordenar y clasificar las cosas. Por ejemplo, sabemos todos ordenar los libros en las estanterías según su tamaño, separar y clasificar la ropa, los calcetines por un lado y los pantalones por otro, etc. Pues para nuestro vocabulario vamos a proceder de la misma manera: observando las distintas formas con que aparecen en nuestro corpus. La clasificación de las voces guanches de Lanzarote en grupos reside básicamente en el descubrimiento de los elementos comunes que existen entre los diferentes términos. Este principio fundamental de la clasificación permite estructurar nuestro material para poder contemplar los fundamentos de su constitución. Las similitudes que operan en los distintos términos constituyen el hilo conductor para emprender nuestra tarea de clasificar. Para lograr este objetivo tendremos que reunir previamente todos los topónimos y someterlos a las observaciones necesarias. Luego, hemos de observar sus diferentes unidades formales en las tres posiciones posibles de la palabra: al comienzo, en medio y al final. Esta operación permite, primero, localizar el lugar donde operan las similitudes y las divergencias en estas voces; segundo, establecer un rasgo diferenciado y común a un grupo de topónimos; y tercero, estructurar estos topónimos en los paradigmas formales correspondientes.


La mejor forma de entender cómo funciona la clasificación es aplicarla a los ejemplos de nuestro corpus: Acuche, Aganada / Aganá, Teseguite, Teguereste, Guasia, Guinate, Guinios, Güime, Guenia, Tajaste, Tejía, Tegala, Temisa, Maso, Mácher, Máguez, Mala, Manguia, Teguise, Tejera, Tegoyo, Testeyna, Muñique, Maneje, Masdache, Mosaga, Majaraste, Majo, Tesa, Téjida, Temeje, Guatifay, Guatisa, Guatisea, Ajache, Ajey, Argana, Guardilama, Guanapay, Guasimeta, Guantesibe, Guiguan, Tefío, Tegaso, Tiagua, Tisalaya, Timanfaya, Tilama, Tamia, Tahíche, Tao, Taiga, Tabayesco, Taro, Tabaco, Tabaiba, Tahosín, Tojio, Tomaren, Turna, Chache, Chibusque, Chimia, Afe y Áfite.


Primero, advertimos que Acuche, Aganada / Aganá, Afe, Áfite, Ajache, Ajey y Argana pueden figurar en un mismo grupo. Teseguite, Teguereste y Tajaste forman el segundo grupo. Teguise, Tejera, Tegoyo, Testeyna, Tejía, Tegala, Temisa, Tesa, Téjida, Temeje, Tefío, Tegaso, Tiagua, Tisalaya, Timanfaya, Tilama, Tamia, Tahíche, Tao, Taiga, Tabayesco, Taro, Tabaco, Tabaibas, Tahosín, Tojio, Tomaren y Turna constituyen otro grupo. Finalmente, Chache, Chibusque y Chimia formarían también otro.


Veamos a continuación otros grupos homogéneos entre sí. Por una parte: Tinamala, Timbaiba, Tinasoria, Tinga, Tinache, Tinajo, Tinaguache, Tingafa, Tinguatón, Tinocho, Tenegüime, Tenesia y Tenésara. Por otra: Guatifay, Guatisa, Guatisea, Guardilama, Guanapay, Guasimeta, Guantesibe, Guasia, Guinate, Guinios, Güime, Guenia y Guiguan. Y por otra: Maso, Mácher, Máguez, Mala, Manguia, Muñique, Maneje, Masdache, Mosaga, Majaraste y Majo.


10. EL VOCABULARIO TOPONÍMICO DE LANZAROTE A LA LUZ DEL BEREBER

En la historiografía canaria, desde antiguo, se constatan ciertas observaciones lingüísticas que tratan de caracterizar la lengua antigua de Canarias. Por ejemplo, dice Abreu Galindo (1977: 34): «En su lengua comienzan muchos nombres de cosas con t, las cuales pronunciaban con la media lengua». Álvarez Rixo (1991: 87) comenta que entre las 571 palabras guanches que ha sometido a su estudio, 111 comenzaban por la vocal a y 151 por la consonante t. Y Sabin Berthelot (1978: 144), por su parte, subraya que: «La palabra guan o gua [...] que tenía la misma acepción en todo el archipiélago, supondría que la mayor parte de los nombres propios y de lugares, con los cuales se liga, eran aún compuestos». En otras partes, este autor estima que en el vocabulario de los antiguos isleños operan con bastante frecuencia unos rasgos formales tanto en las iniciales como en las finales de las voces, tales como Agaete, Abora, Anaga, Tacoronte, Tamaraceite, Tajinaste, etc. Así, uno tras otro, diferentes autores insistieron sobre las particularidades de la antigua lengua de las islas.


A través de los datos que se registran en la toponimia guanche de Lanzarote intentaremos, a continuación, averiguar de cerca estas particularidades y hasta qué punto coinciden con los del sistema bereber.


Las coincidencias formales entre los datos de la lengua bereber o amazigh y los de la isla de Lanzarote inciden en la identidad de algunos los componentes que se registran tanto en el campo de los segmentos morfológicos como en el lugar de su intervención. Los diferentes segmentos que hemos obtenido consisten en formas consonánticas, vocálicas y formas combinadas. Proponemos, a continuación, comprobar estos hechos.


10.1. Topónimos de Lanzarote con el prefijo a---v:

Ejemplos: Acuche, Aganada / Aganá, Ajache, Ajey, Áfite y Afe.


Todos los topónimos de esta serie empiezan por el prefijo vocálico a-. Distinguimos aquí dos grupos, uno simple: Acuche, Áfite, Afe, Ajey y Aganada (variante Aganá) y otro mixto cuyos términos guanches van acompañados de un calificativo español que ayuda a determinar con precisión el tamaño (chico y grande) del lugar nombrado. Este grupo se compone de Ajache y Argana.


Todos los topónimos de esta categoría llevan diferentes signos vocálicos en sus terminaciones, excepto la semivocal del término Ajey. Estas terminaciones puede que sean etimológicas o de constitución paragógica.


10.1.1. Estructura de los topónimos con a---v:

a---v
A-cuche
A-ganada
A-fe
A-fite
A-jache
A-jey


10.2. El prefijo a- masculino sing. del bereber

En el bereber el morfema de género con que se hace la distinción semántica entre masculino y femenino singular se manifiesta en la oposición a---ø (mas.) / t---t (fem.).


La mayor parte de los nombres de género masculino en el bereber comienzan por un prefijo vocálico a---ø, tales como aram 'el camello', akaymu 'el moreno', aydi 'el perro', etc. Pero también existen sustantivos cuyas iniciales pueden empezar por las vocales i-, isli 'el novio' (variante e- en contacto con una consonante enfática; ej.: ezmi 'el zumo'), y u-, ushen 'el lobo' (variante o en contacto con una consonante enfática, como en oskay 'la liebre'). Todos estos prefijos funcionan como determinantes de la raíz lexical a la que están pegados. En esta categoría la terminación de las voces no está marcada, y por ello el signo no marcado ø que señalamos al final de la categoría.


10.2.1. Estructura de los topónimos con a---ø

Masc. sing
1. Regular Ejemplo 2. Irregular Ejemplo
a---ø a-kaymu i---ø i-fis


10.3. Topónimos de Lanzarote con el prefijo discontinuo t---te:

Ejemplos: Tajaste, Teseguite, Teguereste.


La estructura de los topónimos que constituyen este grupo se caracteriza por tener un prefijo consonántico dental t- y un sufijo –te. En Lanzarote, este grupo nos proporciona sólo tres ejemplos. En el primero, Tajaste, la inicial t- va delante de una vocal a, que representamos como ta---te, mientras que en los otros dos ejemplos, Teseguite y Teguereste, la dicha inicial va delante de la vocal e: te---te.


Comprobaremos que en el bereber esta variación vocálica constituye las diferentes modalidades de la categoría del femenino: ta---t / ti---t (variante te---t) / tu---t (variante to---t).


10.3.1. Estructura de los topónimos con t---te

T---te
Ta-jas-te
Te-gueres-te
Te-segui-te


10.4. La forma t---t femenino singular del bereber

La marca t---t en el bereber es discontinua y remite gramaticalmente a la categoría del género femenino singular. Para obtener esta categoría, añadimos el prefijo dental t al principio y al final del sustantivo masculino singular:


Masc. sing Fem. sing.
1. Regular
a-kaymuta-kaymut
a-ramta-ram-t
a-ydita-ydi-t
a-rbita-rbi-t
2. Irregular
i-fisti-fis-t
i-sliti-sli-t
i-kruti-kru-t
u-shentu-shen-t


Como podemos observar en estos esquemas, la estructura general de los topónimos de Lanzarote t---te coincide con el conjunto de las modalidades del género y número (ta---t, ti/e---t, tu/o---t) que acabamos de comprobar en el dominio bereber, sólo se distinguen en que los ejemplos lanzaroteños acaban por una vocal -e. Esta vocal no es etimológica, sino paragógica, añadida a los términos guanches para mantener el sufijo dental –t.


La distinción a---ø (masc.) / t---t (fem.) en el bereber no expresa solamente la oposición de condición sexual femenino/masculino, sino que también se caracteriza por marcar la oposición 'normal' / 'pequeño' en los casos de inanimados y asexuados. Así, para construir un diminutivo de un masculino singular, se procede de la misma manera que en el femenino: anu 'el pozo' (normal) / tanut 'el pozo pequeño' (diminutivo). Esta polivalencia semántica también influye en el proceso de formación de los topónimos en el ejemplo tal como en Agadir 'fortaleza de tamaño normal' / tagadirt 'pequeña fortaleza'.


10.5. El prefijo femenino t---v en el bereber

La marca simple t---v y sus diferentes modalidades (ta---v / te---v / ti---v) que caracterizan los topónimos lanzaroteños es también un rasgo de varios sustantivos de género femenino en la lengua bereber. Se aplica, en la mayoría de los casos, a objetos inanimados, topónimos, etc., como tasra, tansa, tili, telde, tala, tamda, tuga, targa, tasga, etc., de género femenino.


La ausencia del sufijo –t no cambia en nada la categoría gramatical a la que pertenecen, puesto que es la misma inicial t- la que marca su género femenino.


En esta modalidad todos los sustantivos aparecen con las formas ta- / ti- / te- igual que en la estructura t---v de los topónimos de Lanzarote.


10.5.1. Estructura de los topónimos con t---v:

Ejemplos: Taro, Tamia, Tabaiba, Tao, Tahíche, Tabayesco, Taiga, Tahosín, Tiagua, Tilama, Timanfaya, Tisalaya, Tefío, Tegaso, Temisa, Tegala, Tegoyo, Teguise, Tejia, Tesa, Temeje, Testeina, Tejida.


Todos los topónimos de este grupo llevan el prefijo t- y un signo vocálico en sus terminaciones. Se reparten en tres grupos:


1º Grupo 2º Grupo 3º Grupo
ta---v ti---v: te---v
Taro Tiagua Tefío
Tabaiba Tilama Tegaso
Tao Timanfaya Temisa
Tahíche Tisalaya Tegala
Tabayesco   Tegoyo
Taiga   Teguise
Tahosín   Tejia
    Tesa
    Temeje
    Testeina
    Téjida


En cuanto a los topónimos Chache, Chimia y Chibusque, a nuestro juicio pueden encajar perfectamente en la estructura t---v de acuerdo con sus modalidades ta---v y ti---v, que acabamos de ver. Aunque la forma ortográfica de su inicial chi- se distingue de la forma de su modalidad ta-/ti---v, esta distinción formal, probablemente, no corresponde a la oposición morfemática t/ch, sino a una posible variación fonética que afecta el modo de articulación de la inicial dental explosiva t-, y podría tratarse, simplemente, de una variante de esta dental que suele realizarse en determinadas áreas de la geografía de las islas como una fricativa y que suele ser anotada como ch. Recordamos, a propósito, que el topónimo Timanfaya también se encuentra documentado bajo la forma Chimanfaya.


10.6. El prefijo t---n femenino plural del bereber

Con respecto a los términos Tomaren y Tahosín, podemos ver que presentan unos determinados rasgos comunes: ambos llevan en sus iniciales el prefijo dental t- de la estructura absoluta que marca la categoría del femenino en el bereber, y en sus finales la consonante nasal -n. Esta estructura corresponde a la forma del femenino plural t---n. Pero carecemos de otros ejemplos para arrojar más aclaraciones a las formas lanzaroteñas.


11. EL TOPÓNIMO TIMANFAYA

Hemos de observar que este topónimo experimenta un cambio formal en comparación a los demás topónimos, aunque su inicial dental t- indica que estamos ante un término similar a los que pertenecen a la categoría t---ø.


En realidad, se trata de un topónimo compuesto de tres elementos: tima + n + faya, recogidos bajo una forma aglutinada Timanfaya. Desde un punto de vista morfológico, el prefijo ti- es un segmento diferenciado, pues, apartándolo de la voz Timanfaya, nos quedaríamos con el elemento manfaya. Por otra parte, si nos fijamos detalladamente en la sucesión de estos elementos, salta a la vista la presencia del elemento monoconsonántico nasal -n- en medio de nuestro topónimo: tima (n) faya.


En el bereber, por un lado, esta monoconsonante nasal realiza el encadenamiento de un grupo de palabras: «sustantivo + n + sustantivo», como en el topónimo «imi n tanut», y por otro, caracteriza los pronombres afijos del nombre que expresan la posesión, estableciendo una relación de pertenencia entre las personas gramaticales y el objeto de su posesión. Estos constan del morfema ta-/te-/ti- para el femenino y ua-/ui- para el masculino + el nexo n + las personas gramaticales u, k, m, etc. Corresponden a los adjetivos posesivos tónicos del castellano mío, tuyo, suyo. El nexo -n- corresponde a la preposición «de» del castellano.


Si aislamos en manfaya los elementos que rodean la nasal n, obtendremos la forma m- + n + faya, a la que restituimos el prefijo ti-: Tima n faya. El prefijo ti- depende morfológicamente del radical monoconsonántico «m»: tima; por tanto, remite formalmente a la modalidad del femenino singular t---v.


Por otra parte, el núcleo básico del afijo posesivo en el bereber consta de dos constituyentes: ti- (fem.) o ui- (masc.) + el nexo n + las personas gramaticales u, k, m, s, aã, nun, nunt, sen, sent.


Presentamos en los cuadros siguientes la segmentación del bereber y el equivalente del castellano:


La forma con ti-
Bereber Español
Prefijo genérico nexo poseedor sing. plur.
ti n u la mía las mías
    k la tuya las tuyas (macho)
    m la tuya las tuyas (hembra)
    s la suya las suyas
    agh la nuestra las nuestras
    nun la vuestra las vuestras (macho)
    sen la suya las suyas (macho)
    sent la suya las suyas (hembra)


La forma con ui-
Bereber Español
Prefijo genérico nexo poseedor sing. plur.
ti n u el mío los míos
    k el tuya los tuyos (macho)
    m el tuya los tuyos (hembra)
    s el suya los suyos
    agh el nuestro los nuestros
    nun el vuestro los vuestros (macho)
    sen el suyo los suyos (macho)
    sent el suyo los suyos (hembra)


La forma con ti expresa el género femenino del objeto que está en posesión de la persona gramatical, mientras que la forma ui expresa el género masculino.


El pronombre afijo del nombre queda invariable en número. O sea, la serie con tin puede expresar la posesión de un solo objeto o de varios objetos, y es lo mismo para la serie con uin. Por ejemplo, tinu puede expresar la idea del singular o del plural, independientemente del número del objeto poseído.


12. TOPÓNIMOS CON EL PREFIJO TIN (VARIANTE TEN)

Ejemplos: Tinajo, Tinasoria, Tinga, Timbaiba, Tinache, Tinaguache, Tingafa, Tinguatón, Tinamala, Tinocho, Tenegüime, Tenesia, Tenésera.


En este apartado vemos obviamente que todos los topónimos vienen con una inicial constante ti-n y su variante te-n por el cambio vocálico i/e. Por tanto, la operación de aislar el segmento tin no es tan difícil de observar: se compone del prefijo femenino ti- y del nexo prepositivo n que acabamos de ver.


En las formas arriba estudiadas, hemos podido observar que después de los prefijos ta-/te-/ti- ningún elemento aparece con alguna especificación morfológica. Probablemente porque los elementos que siguen estos prefijos son elementos lexicales variables.


Subrayamos que en los topónimos Teguise, Tegoyo, Tegala, Tegaso y Teguereste la repetición de la consonante g no constituye ningún rasgo morfológico o específico como para considerarlo un segmento aislable o diferenciado, por lo cual no hay que asociarlo al prefijo que le precede.


Sin embargo, en los casos en que el prefijo dental t-, asociado tanto a la vocal i como a la vocal e, aparece con frecuencia la nasal n con una especificación aparentemente morfológica. Por esas razones, nos inclinamos a pensar que la nasal n es por sí sola un elemento diferenciado y al estar en contacto con los elementos ti/te el conjunto constituye un segmento independiente, pero con una función distinta de la que ha venido desarrollando en el ejemplo de Timanfaya. La aglutinación de los dos elementos en un solo segmento tiene el valor semántico de «la de».


Los elementos que aparecen a continuación de este segmento constituyen las formas lexicales portadoras del significado del topónimo. Así, al aislar el prefijo tin/ten en los registros Timbaiba, Tinajo, Tinamala, Tinache, Tinasoria, Tinga, Tinaguache, Tingafa, Tinguatón, Tinocho, Tenésara, Tenesia y Tenegüime nos encontramos ante los siguientes elementos variables: -baiba, -ajo, -mala, -ache, -asoria, -ga, -aguache, -gafa, -guatón, -ocho, -ésara, -esia y -(e)güime, constituyendo un paradigma abierto a todas las combinaciones posibles.


Subrayamos de paso que algunos de los elementos con que se combina el prefijo tin-/ten- se localizan en la isla de Lanzarote como términos toponímicos independientes, los casos de Mala, Güime y Tabaiba. Otros se encuentran recogidos en las diferentes obras sobre la lengua antigua de los majos de Lanzarote: la forma ache es bastante similar a la voz Asche (antropónimo antiguo de Lanzarote), tabaiba (nombre aún vivo de una planta) y ajo o aho (nombre con que se denominaba la leche en el guanche).


Aunque tengan una base léxica común, los topónimos en cuestión, desde el punto de vista geográfico, tienen referencias espaciales distintas. Así, el topónimo Tinamala se aplica a una montaña que está ubicada a la entrada sur del pueblo de Guatisa, mientras que Mala remite al nombre de un pueblo limítrofe del mismo pueblo en dirección del norte. Tenegüime es un barranco en el municipio norteño de Haría, mientras que Güime remite a un pueblo del municipio de San Bartolomé en la zona centro este de la isla. Asimismo, los topónimos Tabaibas (que lleva la marca del plural del castellano) y Timbaiba constituyen dos referencias toponímicas distantes.


Cabe señalar, por un lado, que la contracción Timbaiba debe de ser reconstruida como Ti-n + baiba, ya que el contacto de las consonantes «n» y «b» hace que la ortografía del segmento tin pase a escribirse tim según impone la norma ortográfica del castellano; y, por otro, debe subrayarse la elisión interna del prefijo ta- procedente de la forma original ta-baiba: > *ti-n (ta) baiba > Timbaiba.


En los términos toponímicos del bereber el segmento tin- expresa la relación existente entre el topos, el lugar por excelencia en el sentido griego de la palabra, y el elemento o los elementos lexicales expresados en la continuación del topónimo; se trata de una estructura prefijo ti + n + lexema; por ejemplo, Ti + n + duf (Tinduf); Ti + n + mansor, Ti + n + baraden, etc.


El nexo n constituye el eje central de esta relación; establece la idea de pertenencia entre el prefijo ti- (lugar designado como objeto de posesión, real o metafórico) y el ocupante o el poseedor. En esta dialéctica, el segmento tin- aparece como el elemento que sustituye al referente. En términos más concretos, el referente como un elemento apelativo es sustituido por el prefijo ti- asociado al nexo prepositivo n. El segmento tin-, entonces, puede expresar las diversas nociones universales que encontramos habitualmente en los procesos de la formación de los topónimos, tales como 'lugar de', 'tierra de', 'pueblo de', 'valle de', 'fortaleza de', 'montaña de', etc.


Por ejemplo, el topónimo sahariano Tenere, que descomponemos en ten + ere, significa literalmente 'la del cuello'; es decir, lugar que tiene la forma de un cuello, equivalente al término «la degollada» en la toponimia canaria. Pero también en esta clase de topónimos nos podemos encontrar con términos que encierran la idea de la propiedad de un terreno por una persona o por un grupo de personas: tin- + antropónimo o etnónimo. El contenido de un terreno (las plantas, el cultivo, el clima, los animales, etc.) también puede expresarse en el topónimo como propietario del lugar, como, por ejemplo, en el caso lanzaroteño Timbaiba.


13. TOPÓNIMOS CON EL PREFIJO GUA/GUI

Ejemplos: Guardilama, Guatisa, Guatisea, Guasimeta, Guanapay, Guantesibe, Guatifay, Guasia, Guinate, Guinios, Guiguan, Güime, Guenia.


En esta serie nos encontramos ante un nuevo grupo de topónimos que llama bastante la atención. Una vez más podemos ver que la parte inicial es idéntica entre varios términos y por tanto nos encontramos ante una nueva inicial constante gua/gui.


Álvarez Delgado lo vincula con la voz árabe guad 'río', tal como en Guadalquivir o en Guadalajara. Para nosotros es simplemente un caso de casualidad formal. La forma árabe guad de varios topónimos, tanto de Canarias como de la Península Ibérica, no constituye ningún rasgo morfológico para poder compararlo con el segmento guanche gua/gui ya que los dos elementos pertenecen a dos referencias distintas; por tanto, el elemento guad en Guadalquivir 'río grande' y Guadalajara 'río de las piedras' es una deformación del hidrónimo árabe al wad con el significado de río o cauce de agua.


En las islas se registran abundantes ejemplos que empiezan por la forma gua-, derivado del segmento ua o wa, común al guanche y al bereber, en que el elemento inicial g- constituye una aféresis delante del diptongo ua o ui.


Las formas similares del bereber que contienen este elemento corresponden en la mayoría de los casos a un vocabulario arcaico que remite, casi en su totalidad, a los nombres de plantas, animales, topónimos, insectos, etc., tales como uabiba (el mosquito), uirkis y uijjan (nombres de planta), uagerzam (pantera macho), uarzazat y uargla (topónimos). Por ello, no parece que tenga mucho fundamento en este caso el criterio de Álvarez Delgado.


14. TOPÓNIMOS CON EL PREFIJO M-

Ejemplos: Manguia, Majo, Maso, Máguez, Majaraste, Mala, Maneje, Mácher, Masdache, Mosaga, Muñique.


Nos encontramos aquí ante otra clase de topónimos en los que se da una clara identidad formal que opera una vez más en la parte inicial del topónimo, por lo que no sería extraño que estemos ante un nuevo segmento m-.


La forma de estos topónimos permite hacer un acercamiento con la estructura de un determinado vocabulario que empieza por am- en el bereber. Corresponde a la categoría de los sustantivos de género masculino singular que derivan de los verbos que expresan la acción:


Verbo sustantivo
ari (sustituir)amaray (sustituyente)
asi (llevar)amasay (portador)
irir (cantar)amarir (cantante)
aws (ayudar)amawas (ayudante)
iks (pastorear)ameksa (pastor)


Los ejemplos lanzaroteños carecen del prefijo a- de la categoría correspondiente, quizás por elisión de la misma o por desgaste fonético.


15. PROBLEMÁTICA DEL ELEMENTO LÉXICO DE LOS GUANCHISMOS

El patrimonio toponímico constituye uno de los referentes más emblemáticos y simbólicos de la civilización canaria, una civilización que, en su pasado, ha sido profundamente insularizada y ahora en el pleno proceso de «europeización» en el ámbito cultural de la Unión Europea, dados sus lazos políticos y lingüísticos con España. El interés por el conocimiento de las culturas antiguas tiene, en la filosofía educativa de Europa, un papel muy importante en la conservación y la transmisión de la memoria colectiva, en la concienciación a favor de la paz entre las culturas y en el logro de una sociedad multicultural respetuosa a sí misma y a las demás sociedades, no solamente en la escala local sino también universal. Este interés cobró más importancia después de las dos guerras mundiales que han dividido el continente europeo.


Para recordar este interés, basta con citar las inmensas labores arqueológica, lingüística, histórica, etc. realizadas en Egipto por los investigadores europeos y el impacto que han tenido estas investigaciones en la formación cultural y psicosocial del alumnado europeo. La visión universalista que despejaban las antiguas culturas en las aulas europeas fue, en todo momento en Canarias, una de las características más relevantes de las investigaciones llevadas sobre el mundo guanche. Pero, es que en Canarias estas investigaciones no llegaron a difundirse ni entre el alumnado, ni entre la ciudadanía en general.


De hecho no nos sorprende saber que en la España peninsular es un dato de cultura general el saber que los egipcios momificaran a sus reyes y grandes dirigentes, mientras se desconoce por completo el fenómeno de la momificación entre los guanches de Canarias.


Esta cultura, llámese de silencio o de ocultación, genera entre los ciudadanos una curiosidad que interpela cada vez más a las instituciones y la investigación en torno a los temas del pasado de las Islas Canarias. Las preguntas acerca de la significación de los nombres de lugar heredados del guanche son muy frecuentes, y no conciernen únicamente al problema de la toponimia, sino también a varios sectores del conocimiento relacionados con la historia, la antroponimia, la antropología, etc. La canariología moderna, sobre todo en el dominio de la lingüística, que es el que nos concierne en este trabajo, trata de encontrar las respuestas a estas cuestiones y a otras tantas incógnitas del pasado lingüístico de las islas.


La nomenclatura toponímica de Lanzarote, especialmente la procedente del guanche, nos ofrece un importante vocabulario relacionado con la morfología de la isla: barrancos, montañas, valles, jameos, lomos, volcanes, etc. Su función semántica es, de la misma manera que en cualquier otro dominio lingüístico, la de localizar e identificar un lugar. Con topónimos simples se designan lugares concretos y distinguidos: Teguise, Tabayesco, Tegoyo, etc. y con los mixtos, hispanoguanches, se designan lugares que requieren más precisión en el procedimiento de su denominación, Barranco de Tenegüime, por ejemplo. A través de este topónimo, podemos perfectamente constatar, sin dificultad ninguna, que sus componentes, Barranco y Tenegüime, dirigen sus respectivas designaciones al mismo accidente geográfico, un barranco. Esta coexistencia léxica no implica, necesariamente, una equivalencia semántica entre los miembros del topónimo: Barranco = Tenegüime o Barranco + Tenegüime = barranco, sino que, cada uno de ellos participa con una designación propia.


Uno de los aspectos sobresalientes del topónimo estriba en que, el primer elemento, procedente del español, cumple una función primaria y el segundo, procedente del guanche, una función complementaria. La función primaria consiste en una apelación exclusivamente toponímica, y se aplica a los términos que designan una forma geográfica (barranco, montaña, valle, etc.), mientras que la del complementario guanche consiste en establecer la distinción semántica entre todos aquellos topónimos en los que aparece el elemento primario español. Así, por ejemplo, en la serie de los topónimos que empiezan por el primario español Barranco, Barranco de Tenegüime se opone a Barranco de Teguereste y éste a su vez se opone a Barranco de Temisa, etc.


A través de este modelo de composición léxica, se percibe, de manera inmediata, la forma bilingüe del topónimo, la cual a su vez deja traspasar su diferenciación superficial y su transparencia semántica.


Esta composición bilingüe debe de corresponder en el momento de la formación del topónimo a una sociedad multilingüe que ha de caracterizar a la isla de Lanzarote, y también a las demás islas.


Antes de su conquista y colonización por los europeos (siglo XV), se hablaba en todas las islas del archipiélago canario un lenguaje emparentado con el líbico-bereber, llamado guanche. Pero después de las colonizaciones el sustrato guanche fue dejando, poco a poco, mucho terreno a favor del lenguaje de las nuevas poblaciones hasta su extinción final, aunque, como bien se refleja en la toponimia, cierto bilingüismo hispanoguanche debió de existir en Canarias durante y después de la conquista final.


Ahora bien, el término barranco que contiene nuestro topónimo procede del fondo lexical común del español; su significado, como era de esperar, es conocido por las masas y figura en el diccionario de la lengua española. En cambio, el del guanche se desconoce su fondo común, si bien contamos con registros lexicográficos donde figuran algunos términos geográficos guanches. Refiriéndose a la significación de los topónimos, dice Stéphane Gendron: “Ce qui inquiète, c´est la perte de sens, l´incapacité de donner une significación aux noms qui nous entourent, de les déchiffrer, de comprendre leurs messages” (2003: 54-55. “Lo que inquieta es la pérdida del significado, la incapacidad de dar una significación a los nombres que nos rodean, de descifrarlos para comprender sus mensajes”).


Esta pérdida de la significación en los topónimos inquieta también en Canarias, sabiendo que el significado de la mayor parte de su vocabulario toponímico, procedente del guanche, es totalmente desconocido por los actuales hablantes de las islas, aunque existen algunas voces muy determinadas que todavía significan algo en su memoria colectiva. Citamos para ilustrar esta excepción los topónimos cuya base se construyó sobre nombres de plantas, por ejemplo: Tabaiba y sus derivados Tabaibas, Tabaibita, Tabaibitas, etc., topónimos cuya significación es una transmisión traducida del topónimo original, en este caso en la isla que nos ocupa, Timanfaya por Montañas del Fuego y finalmente topónimos apelativos como Tegala, Jameo y tal vez Dise, cuyas significaciones aún permanecen en el recuerdo de algunos de los campesinos de la isla, como en el ejemplo de Tegala: «Si era de día, colocaba un pañuelo en alto para que su marido la recogiera, y si era de noche, encendía una hoguera, a la que se llamaba tegalas y Feliciano ya sabía quién era ella por el sitio en que ardía» (relato de un lanzaroteño recogido en el periódico La Provincia, de Las Palmas de Gran Canaria, el 26 de marzo de 2003, pág. 31).


16. LAS COMPARACIONES CON EL BEREBER

Los estudiosos que se han acercado al problema de la toponimia guanche de Canarias, todos con muy buena fe pero pocos con las armas científicas que se requieren, intentaron encontrar en el bereber lo que el guanche no les pudo dar, sobre todo, en el dominio de la significación de las palabras guanches. Aunque no nos expliquemos el interés de tales iniciativas o sí, cuando llegamos a explicarlo, sentimos decir que este tipo de investigación, por el valor acientífico que se desprende de ella, ha acarreado más perjuicios que lo que ha podido remediar para las cuestiones de la lingüística guanche. Pero como ocurre en otros tantos casos similares, sea donde sea, ahí está el «caballo de batalla» de la investigación científica.


El empleo de las comparaciones con el bereber para indagar la significación de las palabras guanches se ha sentado como vía de investigación desde el siglo XVIII (empezando por Glas). Y hasta finales del siglo XX estas comparaciones han seguido empleándose con las mismas premisas (Abercromby, Zhylarz, Giese, Rohlfs, Wölfel, Marcy, Álvarez Delgado, Stumfohl, Vycichel, Mukarowsky, Militarev, Sabir, Allati, etc.). De estas comparaciones, la investigación, aunque efectuada de forma muy esporádica y sin emplear metodologías adecuadas (Allati 1998), se ha beneficiado de unos resultados muy alentadores según decía Wölfel: «Constatamos que los resultados de los estudios comparativos han sido positivos y que se ha comprobado un considerable parentesco, tanto en el plano léxico como en el morfológico, especialmente con el bereber y, sólo colateralmente, con la lengua aborigen canaria» (1965: 47).


Maximiano Trapero, por su parte, tiene razón cuando comenta las declaraciones de Wölfel: «Cierto que la comparación llevada a cabo con el bereber ha sido positiva, pero no tan fructífera como asegura Wölfel, y esto es así, porque desentrañar los problemas que plantean los materiales lingüísticos guanches exige al estudioso una triple condición muy difícil de reunir: por una parte, conocer a fondo (...) los propios materiales guanches, tanto los contenidos en las fuentes históricas guanches como, sobre todo, los que viven en la oralidad en todas las Islas; por otra, conocer las lenguas bereberes primitivas de las que previsiblemente derivó/derivaron la(s) lengua(s) guanche(s); y, por otra, conocer bien el español que se habla en las Islas, pues también los materiales guanches están intensamente «españolizados», no sólo desde el punto de vista fonético, sino también morfológico y léxico» (1998: 128). Como se ve en este comentario, el profesor Trapero mete, de manera muy clara, el dedo sobre el perfil ideal del estudioso de los guanchismos, y es, efectivamente, este perfil el que caracteriza el grupo de investigación dentro del que llevamos este mismo trabajo.


Los topónimos tienen sus raíces lexicales en las lenguas de las que provienen, y de hecho son éstas las que abastecen y nutren los lugares con sus nombres. Por ejemplo sabemos que la palabra tabaiba es, por un lado, un nombre guanche común, perteneciente a la nomenclatura de los nombres de planta, aún vivo en el archipiélago canario y, por otro, un término toponímico: Tabaiba. La transparencia semántica de este preciso ejemplo contrasta de manera muy clara la motivación léxica del término. Pero, en varios y otros muchísimos casos no ocurre lo mismo. Por ejemplo, las posibilidades de las que se dispone para lograr la transparencia semántica de los topónimos Teguereste, Teseguite, Teguise, etc. se reducen bastante en comparación a las que ofrece la nomenclatura anterior, a no ser que se recurra a las comparaciones con el dominio bereber o a los factores extralingüísticos para intentar su establecimiento, como por ejemplo recurrir a las características físicas del lugar que, en muchas ocasiones, informan sobre el verdadero significado de los topónimos.


Una etapa de suma importancia en el estudio de la toponimia guanche estriba en comprobar las formas resultantes que han prevalecido dentro de la toponimia del ámbito de las hablas del bereber. Entre el material toponímico de estas hablas encontramos formas similares o próximas a las del guanche, que por su fisonomía y su valor toponímico pueden adscribirse al mismo étimo, citamos a modo de ejemplo, Tamaraceite (Gran Canaria)/Tamarset (bereber), Famara (Lanzarote)/Tamara (bereber), Anaga (Tenerife)/Anaga (bereber), etc. Un análisis global y profundo de estas formas resultantes ha de realizarse con el fin de esclarecer sus componentes morfológicos y lexicales, y luego determinar una posible significación de estos componentes de acuerdo con las formas geográficas a las que remiten.


Aparte la documentación primaria coetánea a la conquista europea de las islas, ciertamente muy rica en las informaciones que nos proporcionan, es imprescindible, también para el estudio de la toponimia guanche, el examen de toda la documentación relacionada con la etnografía, diccionarios geográficos, la geografía histórica, recopiladores de topónimos (mapas, catastros etc.), relatos de viajes, datos arqueológicos y antropológicos, observaciones del terreno, etc.


Los topónimos, de modo general, contienen una serie de bases que aluden a determinados accidentes geográficos (hidrónimos, orónimos etc.). Por ejemplo, para que haya una probabilidad de explicar una base hidronímica por otra similar o casi similar dentro del marco lingüístico guanche-bereber, incluso dentro de la misma nómina guanche, hace falta tener en cuenta dos puntos esenciales. Primero, definir la morfología de la base en cuestión y determinar el conjunto de las secuencias en que aparece, y segundo, asegurarse de que el lugar designado tenga una morfología de un hidrónimo, tanto en el área geográfica del bereber como en la del guanche, aunque esa geografía haya sufrido cambios ya sea por los efectos climáticos, por las imprudencias del hombre o por cualquier otra circunstancia.


El topónimo Tinamala es nombre de una montaña en el pueblo de Guatisa en la isla de Lanzarote. Uno de los componentes de este topónimo concierne la base lexical ml, vocalizada mala. Esta base se recoge como base toponímica en varios nombres de montaña en el dominio bereber, uno de estos nombres corresponde al topónimo Tinmal con que se designa una de las vertientes más sombreada y más propicia al cultivo en la cordillera del Atlas Mayor. Tanto la base como su significado, en el topónimo, están atestiguados en la forma del bereber moderno, amalu 'sombra'. El conjunto toponímico significa 'la (vertiente de montaña) de la sombra'.


Pero, en otros casos el parentesco no parece igual de evidente. Así, la base monoconsonántica -l- que en el bereber se refleja en varios hidropónimos tales como Tala, Tahala, Telwat, etc., puede emparentarse con topónimos guanches cuya forma es parecida a los del bereber. Por ejemplo, el término atalaya en el topónimo Atalaya de Femés, formalmente se asemeja a los aludidos hidrónimos; por ello, el toponomista «amateur» podría fácilmente dejarse llevar por estas semejanzas formales para apoyar su teoría acerca del parentesco de la base -l- entre el guanche y el bereber. No obstante, basándonos en su aplicación toponímica en la geografía española, la denominación atalaya ni es guanche ni hace referencia a un hidrónimo, sino que se trata de un arabismo presente en todos los registros toponímicos españoles con el significado de 'lugar elevado desde donde puede divisarse un amplio panorama'.


17. ¿EXISTEN FORMACIONES TOPONÍMICAS PRE-GUANCHES?

La información existente en torno a la historia antigua del archipiélago canario es incompleta y está plagada de errores e imprecisiones. Esas imprecisiones, a pesar de las revisiones historiográficas de las últimas décadas, aun siguen nutriendo los distintos debates y polémicas en torno a varios y diferentes aspectos de la civilización canaria, y muy especialmente en lo referido al origen y naturaleza de sus primeros pobladores.


Toda la información de que se dispone procede de la documentación de la época descubridora de las islas. La sintetizamos en dos grupos principales: el primero lo conforman las fuentes documentales elaboradas durante y después de los descubrimientos, y el segundo, la documentación relacionada con las distintas disciplinas de la investigación científica, tales como la antropología, la arqueología, la lingüística, etc. realizadas en la época más moderna.


Antiguamente, debido a su emplazamiento en el Océano, llamado el Océano de las Tinieblas (así se le llamaba al Océano Atlántico en la documentación antigua), las Islas Canarias fueron desconocidas por los europeos hasta su redescubrimiento, a finales del XIII y principios del XIV. Sin embargo, desde el siglo II, figuraban en la Geografía de Claudio Ptolomeo, quien había fijado en ellas los límites del entonces mundo conocido y el meridiano de su sistema de cálculos geográficos. En realidad, el relato de la expedición de Juba (año 25 de la era cristiana), rey bereber de la Mauritania occidental, revelado por Plinio el Viejo, constituye el único documento antiguo que nos informa sobre la realidad geográfica de las Islas Canarias.


Varios desplazamientos humanos producidos en la antigüedad llegaron a establecerse en lo más profundo de los rincones del Continente europeo, afectando considerablemente la composición étnica de sus poblaciones antiguas. Así, oleadas de grupos de indoeuropeos, provenientes del continente asiático, se instalaron en la Península Ibérica, llegando a mezclarse con sus habitantes primitivos; mientras que a las Islas Canarias, llegarían grupos bereberes, procedentes del vecino continente africano. Según los exámenes antropológicos realizados sobre los restos humanos de esta población, en las Islas Canarias, destacarían dos tipos humanos principales: un tipo protomediterráneo y otro cromañonoide emparentado directamente con el de Mechta Afalou, ambos tipos siendo originarios del África septentrional.


Tanto la geografía insular como la peninsular participaron, con sus respectivos efectos sobre sus poblaciones, en configurar, en el imaginario de sus gentes, un espacio sentido como un espacio aislador y frágil. Estos sentimientos emanados de la naturaleza de las cosas condenaron a los primeros pobladores de las islas a quedarse apartados de todo tipo de contacto humano durante muchos siglos, lo que puede explicar en cierta medida, por una parte, la creación de una sociedad estimada como una sociedad de carácter neolítico, dado el estado muy rudimentario de sus técnicas industriales, y por otro, la diferenciación cultural, social, étnica, lingüística, etc. acarreada, en su posteridad histórica, entre las islas y las mismas para con el continente africano.


En cambio, en la Península Ibérica, las mismas circunstancias condujeron a los ibéricos a construirse con otros movimientos humanos y a nutrirse de sus nuevas experiencias culturales, industriales, política, etc.


La Península Ibérica fue, sucesivamente, invadida y ocupada por varios pueblos de culturas diferentes (iberos, celtas, griegos, fenicios, púnicos, romanos, godos, visigodos, bereberes, árabes, etc.), los cuales dejaron sus avatares en la toponimia peninsular. En cambio, el archipiélago canario no ha tenido en su historia más que dos «momentos» poblacionales: la primitiva, compuesta por unas gentes a las que genéricamente llamamos guanches, y la que dura hasta hoy, de procedencia europea y de mayoría española. La configuración de su toponimia refleja, del mismo modo, la diversidad lingüística de estos poblamientos. Sus materiales, por lo general, son bastante homogéneos y se presentan claramente estratificados: de un lado, un importante número de voces geográficas procedentes del sustrato guanche-bereber, y de otro, un nutrido vocabulario toponímico correspondiente al superstrato hispánico.


Como colofón, queremos señalar que en este primer acercamiento a la toponimia guanche de la isla de Lanzarote, hemos preferido no tratar aquellos topónimos cuyas estructuras de segmentación morfológica nos parecen poco definidas. Pensamos que en el estado actual de nuestra investigación aún es prematuro incluirlos en nuestra clasificación. Un estudio posterior, más minucioso y profundo, permitirá quizás volver a considerar su organización en lo estudiado.




 

COMENTARIOS

Acuche:

Voz de origen guanche, de significado desconocido. Pequeña zona situada en la parte lateral próxima a Famara de la gran llanura de El Jable, en las cercanías de La Caleta de Famara. En ella se ha construido una urbanización turística a la que han puesto el nombre de Vista Graciosa, por ser la isla de La Graciosa justamente la vista que se tiene enfrente. En este lugar se encontraban Los Corrales de Acuche, ya desaparecidos.



Afe:

Nombre de una playa del sur de la isla, en la zona de Las Coloradas, en la que modernamente se está desarrollando unas importantes urbanizaciones turísticas. El nombre de Afe, es indudablemente guanche, y alterna en la denominación popular local con el de Áfite, siéndonos totalmente desconocido su significado. Este segundo nombre de Áfite es el más cercano al que aparece en la documentación antigua: Azife, Asifee y Aeifé. Si la tradición oral es sin duda el registro más verdadero de la toponimia de cualquier lugar, habría que decir que los registros antiguos estuvieron muy lejos de reflejar el nombre de este lugar lanzaroteño, aunque bien pudiera ser que la segunda letra de esas escrituras (z, s y e), que es donde radica la diversidad, no fuera otra cosa que la interpretación de una mala grafía tomada de otra escritura anterior, no de la oralidad.



Aganada:

Con este término se da nombre a una zona de la parte alta del macizo de Famara, que no tiene forma de «montaña», a pesar de tener también como variante el de Montaña Agana. La proximidad de este nombre al español ganada ha hecho que en algunos registros poco cuidadosos aparezca como Montaña Ganada, y que incluso esta denominación empiece a oírse en la tradición oral, pero no de los lugareños, sino de los foráneos.


El nombre es de origen guanche, sin significación conocida. En cuanto a las tres variantes con que hemos recogido el topónimo, es posible que la variante Agana sea la más cercana al nombre aborigen, y que Aganá sea la variante evolucionada con cambio de acentuación hasta desembocar en la forma epentética Aganada, más cercana a una interpretación del español. De hecho, en muchos mapas modernos, entre ellos en el mapa militar, aparece el topónimo como Ganada, lo que implica un último paso en la evolución del topónimo hasta llegar a una forma ya plenamente interpretable desde el español, pero ésta no la hemos recogido nosotros en la tradición oral.



Ajaches :

Los Ajaches, que es el nombre general del macizo del sur de la isla (mun. Yaisa), y Piedras del Chache, que es el nombre del punto más alto de la isla, al norte (mun. Haría), puede que tengan en su origen la referencia al personaje aborigen Ache (escrito como Ache, Afche, Affche, Asche, etc.), que quiso suplantar a su hermano el rey Guardafría. ¿Será que las transcripciones antiguas de Hacha y Hache para las elevaciones mayores del macizo de Los Ajaches no son sino transmutaciones inmediatas del nombre del personaje y que, por el contrario, el nombre de Ajaches no es sino el resultado de la «españolización» del guanchismo, tras una prótesis y una aspiración?



Ajey:

Algunos autores vienen a decir que el actual San Bartolomé de Lanzarote se llamaba en la época de los guanches Ajey, pero esto no parece ser del todo cierto. Entre la desaparición de Ajey (si es que, en efecto, fue poblado guanche) y el nacimiento de San Bartolomé debieron de pasar, al menos, dos siglos. Puede que el actual poblado se asentara en suelos del antiguo Ajey y que la actual denominación surgiera a partir de una ermita dedicada a San Bartolomé, pero no hubo, por tanto, sustitución toponímica. Prácticamente, el nombre de Ajey desapareció de la toponimia. En realidad, el nombre de Ajey nunca aparece escrito como topónimo en ninguna documentación antigua ni cartográfica, salvo en la relación de topónimos de Lanzarote de origen guanche que cita Bethencourt Alfonso (1991: 384). Y con la excepción del mapa de Torriani, aunque aquí sólo con la condición de que identifiquemos como Ajey la escritura que allí aparece como Teguei, estando incluso muy desplazado de su verdadera ubicación. Y sin embargo, esta es la interpretación que hace Pallarés, publicada en el semanario local Lancelot. De la misma manera que lo hizo Wölfel (1996: 761) a partir de la interpretación de Álvarez Rixo, quien dijo: «Algunos nombres de los aborígenes se van perdiendo, sustituyéndoles otros castellanos por distintas casualidades... Al de Agéy, pueblo de la isla de Lanzarote, San Bartolomé, por haberse edificado allí una ermita a la advocación de dicho santo» (1991: 32). La pervivencia de Ajey, como nombre, se debe más bien a que una agrupación folclórica de San Bartolomé lo adoptó para sí, aunque si fue así, sería porque el nombre debió quedar «sonando» en la tradición. El hecho es que en los últimos años se ha querido reconstruir el pasado, proponiendo para el pueblo el nombre de San Bartolomé de Ajey, y que tal propuesta se sometió a una especie de referéndum popular, sin que fuera aceptada.



Alegranza :

La isla de Alegranza es la más septentrional de todo el archipiélago canario y la primera que divisaban los barcos que procedían de España. Su distancia de La Graciosa es de 10 km.; tiene 11'72 km² y una altura máxima de 295 m. en La Caldera.


Dicen Torriani y Abréu Galindo (éste por más extenso) que el nombre de Alegranza se lo dieron los franceses de la expedición bethencouriana cuando, al avistarla en su viaje de conquista, empezaron a dar voces «por dar contento a los castellanos, que venían mareados», diciendo en lengua francesa «¡alegranze, alegranze!», y que por repetir muchas veces este nombre con él se quedó. Puede ser; nada hay, que sepamos, que se oponga en coherencia con las leyes de la toponomástica a esta anécdota nominadora; más aún, varias de las islas de Canarias tienen el nombre que tienen por el aspecto primero que ofrecieron a quienes las bautizaron: así Graciosa, Hierro, Montaña Clara o Fuerteventura. Pero existe otra posible explicación, aportada y comentada por Agustín Pallarés: Se sabe que los Hermanos Vivaldi, genoveses de nacimiento, visitaron las islas a finales del siglo XIII, y que estuvieron en Lanzarote; no dejaron testimonios escritos de su viaje, pues se perdieron sin saber su paradero, mas se sabe que una de las dos galeras en que salieron de Génova en 1291 se llamaba Allegranza. ¿No será este el origen del nombre del islote? Tendría, en este caso, un origen paralelo al nombre que le asignaron al islote de Santa Clara.


La denominación que siempre ha tenido es la que ha llegado hasta hoy, Alegranza, sin artículo, aunque escrita en los tiempos antiguos con algún signo indicativo del seseo con que se pronuncia en Canarias: Alegrança se escribe en los mapas de Briçuela/Casola y de P.A. del Castillo.


La describe Torriani de la manera siguiente: «Tiene forma triangular, con dos lados iguales y el tercero más corto. Hacia Poniente se eleva una alta montaña, que en otro tiempo fue volcán; el cual en la parte del Levante derrama por grandísima vorágine torrentes de piedras, que en otros tiempos, todavía líquidas, corrieron hacia abajo, en dirección del mar» (1978: 32).


En la detenida visita que a comienzos del siglo XX hizo a ella el geólogo Hernández-Pacheco (2002: 292) dice que en los años lluviosos la única familia que habitaba la isla como «colono», además del torrero, cultivaba cereales, aparte el sostenimiento de un rebaño de cabras, pero que el principal «negocio» era para él la caza de pardelas, de la que en algunos años llegaba a recoger más de 12.000. Una descripción hace Hernández-Pacheco del panorama que desde el punto más alto del islote (La Caldera) se divisa, y que por su belleza merece reproducirse aquí. Dice:


La impresión que produce este gran cráter, de aspecto tan regular, de color ceniciento y de dimensiones tan grandes, es de augusta tranquilidad. La tranquilidad serena de las cosas muertas, contribuyendo a ello el ingente acantilado frente al mar desierto y cuyo oleaje, desde esta gran altura, no se percibe. No es la impresión de los cráteres de escorias y lavas que llevan a la imaginación la idea de erupciones, paroxismos y agitación. Aquí todo respira silencio, tranquilidad, melancolía y tristeza desde este monte pelado, desde el que se domina la isla solitaria, sin árboles, matorrales, ni vegetación apreciable, sin arroyos ni nada que suponga movimiento y vida, extendiéndose la vista sobre el dilatado azul del mar que, desde lo alto, aparece sin olas ni movimiento, no animado por ningún penacho de humo, ni ninguna blanca vela. Alejado de mis compañeros y solo en el borde del gran volcán muerto y ante el sereno mar, sentí la augusta calma de la naturaleza con una intensidad como nunca espero volver a sentir« (Hernández-Pacheco 2002: 289).



Almusia:

Con el nombre de Almusia hemos oído llamar a un pequeña montaña de Lanzarote, situada en las inmediaciones del pueblo de Yaisa en su parte norte, y además con las variantes Almursia y Armusia. Y cerca de la montaña, existe una Peña llamada la Almusia o de la Musia; todas estas variantes fácilmente explicables. La que ya no es explicable, además de ser espuria, es la forma Almurcia con que aparece en algunos mapas actuales, sin duda atraída por el nombre de la provincia española, ni siquiera la forma Armucia en los registros bibliográficos de Olive, Chil y Naranjo y Bethencourt Alfonso, con una consonante interdental que los lanzaroteños nunca han pronunciado. Y sin embargo, esta es la única forma que aparece en los Monumenta de Wölfel, sin que éste pueda ofrecer interpretación alguna desde el bereber.



Argana:

Argana es hoy una populosa barriada de Arrecife en su extensión hacia el noroeste, en los márgenes de la carretera que une la capital de la isla con San Bartolomé, dividida en dos núcleos que reciben los nombres de Argana Baja y Argana Alta. La primera cita que encontramos de este topónimo, ya como pequeño poblado, es de 1618, en las escribanías de Salvador de Quintana Castrillo (2003: doc. 69), allí citado como Argaña. Y un siglo más tarde, ya de continuo, en el informe del Obispo Dávila (1737), tras las erupciones del Timanfaya, citado como caserío de 5 vecinos; y vuelven a citarlo todos los autores del XIX, empezando por Berthelot, aunque éste escribió una forma errónea Argona que después ha venido repitiéndose.


El nombre es de indudable origen guanche, pero de difícil interpretación. De las varias explicaciones que se le han dado, la más verosímil es la que lo relaciona con la voz argán, berberismo que designa un tipo de árbol oleaginoso muy común en las zonas costeras del sur de Marruecos del que se extrae el famoso aceite de argán. Esta interpretación choca con la inexistencia del árbol en este lugar de Lanzarote y en el resto de la isla. Eso es ahora, mas no es imposible que no los hubiera en tiempos pasados, y de hecho puede oírse de algunas personas viejas que sí los hubo por esta parte de la isla, y con el mismo nombre de argán, además.



Arrecife :

Arrecife es hoy la capital de la isla. El nombre de Arrecife es antiguo, pues figura desde los primeros textos sobre la isla, desde Le canarien, aunque con múltiples grafías (Arracife escribe Torriani, Arecife Briçuela/Cosala, Arresiffe P.A. del Castillo, y ya la forma actual Arrecife desde mitad del siglo XVIII), pero no como poblado, sino sólo como lugar geográfico caracterizado por lo que su nombre designa, una gran y muy irregular plataforma rocosa que se adentra en el mar y que, por tanto, sirvió de puerto: «Es el puerto más apacible y seguro de estas islas», escribió Fr. José de Sosa en el siglo XVII, mientras que un siglo más tarde Viera dijo de él que era «la mejor bahía de Canarias» . Justamente por esa configuración de la costa, el lugar sirvió como puerto de arribo a la isla (y, a la vez, como obstáculo para llegar a tierra, debido a «tantos bancos y escollos que ninguna nave enemiga puede acercársele para hacerle daño», como expresamente advirtió Torriani 1978: 289). Y así aparece una y otra vez en la cartografía antigua y en la documentación histórica, como el arrecife o como el puerto del arrecife. El tránsito de aquella realidad geográfica hasta la actual designación del topónimo fue un proceso lento: primero un puerto, después una pequeña población que se fue asentado en el lugar (ya citado como tal por Viera, a mitad del siglo XVIII) y finalmente como la capital en que se ha convertido de la isla es un hecho del siglo XIX.


Y siendo a nuestro entender tan clara la etimología de arrecife y tan ajustado el nombre al lugar al que se aplica, por parte de Pallarés (2002) se pretende explicar el nombre a partir de una acepción etimológica de esta voz citada por Corominas y Pascual en su DHELC como 'calzada o camino empedrado'. Y lo mismo dice Sosa Barroso (2001), que así se llamó por ser la primera 'calzada' que tuvieron que hacer para andar por aquellos arrecifes.



Arrieta :

Arrieta es hoy un pueblo que vive un proceso de desarrollo turístico acelerado, pero tradicionalmente no ha sido un pequeño pueblo de pescadores, y antes un fondeadero de la costa este del norte de la isla. Su nombre procede del «señor Aristo Preud'homme (que nosotros llamamos Arrieta Perdomo), hidalgo francés y gobernador de Lanzarote y Fuerteventura» (Viera y Clavijo 1982a: I, 282), que se casó con Margarita de Bethencourt, hija de Maciot y de la princesa guanche Teguise .



Atalaya de Femés:

Son varias las atalayas que se registran en la toponimia de Lanzarote, aunque incomparablemente menos de las naturales atalayas que la isla tiene, pues cualquier montaña se convierte en un mirador desde el que se divisa un amplio espacio. Pero la mayor y más famosa atalaya de Lanzarote es, sin duda, la que se alza sobre el pueblo de Femés, a una altura de 608 m, el tercer punto más alto de la isla, después de Las Peñas del Chache y La Corona, y desde el que se divisa prácticamente toda la isla, pero sobre todo el panorama sobre el que domina: la región del Rubicón, extendiéndose a la isla de Lobos y todo el noroeste de Fuerteventura.


El nombre le viene de haber servido en tiempos pasados de verdadera atalaya desde la que divisar los barcos sospechosos de piratería, a la que estuvo sometida con tanta frecuencia la isla durante los siglos XVII y XVIII. Modernamente esta cima ha servido para la instalación de múltiples antenas de comunicaciones. Y en ella sirvió como técnico durante años el novelista canario Rafael Arozarena, quien en la soledad prolongada de su oficio y ante el panorama alucinado que se le presentaba de continuo ideó la no menos alucinante novela Mararía, según él mismo confesaba.



Barranco de la Horca:

El interés del topónimo Barranco de la Horca no lo tiene por el barranco, que bien pequeño es, sino por el complemento de la Horca que sin duda debe remitir a un hecho histórico trágico. Y en efecto, así fue. En 1475, el Señor de la isla, Diego García de Herrera, ajustició allí a seis vecinos de la isla que se habían rebelado contra su autoridad pretendiendo depender directamente de la Corona de Castilla. Así lo cuenta Bonnet y Reverón: «Cuando los habitantes de Lanzarote pretendieron sacudir el yugo de sus Señores y proclamaron a los Reyes Católicos, seis de los vecinos más notables fueron trasladados a la montaña Chimida donde se les dio garrote, siendo arrojados sus cuerpos desde allí a una profunda sima que hoy se llama el Barranco de la Horca» (Revista de Historia de Canarias, 1942).



Berbería:

Hay un lugar de la costa noreste de la isla, cercano al pueblo de Órsola, que en marea baja queda convertido en una gran sucesión de charcos. El nombre de Berbería puede deberse a ser este punto el más cercano a la costa africana, conocido popularmente como Berbería, o quizás también por ser el punto desde el que primeramente se divisaba la llegada de los barcos piráticos berberiscos.



Berrugo:

Hay dos lugares en la isla de Lanzarote que llevan el nombre específico de Berrugo: el primero es un lugar de costa del sureste, entre el pueblo de Playa Blanca y la Punta del Águila, en el mun. de Yaisa, que a su vez ha generado varios topónimos menores, entre ellos unas famosas Salinas de Berrugo; el segundo está en el mun. de Teguise, y nombra una montaña al noreste del pueblo de Tiagua. No sabemos bien la motivación del nombre de Berrugo, aunque tiene todos los visos de ser un antropónimo por como se comporta sintácticamente en todos los topónimos que lo llevan. Es además un nombre antiguo, pues ya se menciona en la primera mitad del siglo XVI en una donación que el Señor de la isla Sancho de Herrera hizo a su sobrino Juan de Saavedra, referido al lugar de costa. La importancia de las salinas de este lugar es lo que hizo que el topónimo de Berrugo apareciera en prácticamente todos los registros históricos de la isla. El Diccionario de Olive, de mitad del siglo XIX, dice que «en el lugar de Berrugo» había varias chozas habitadas por unas catorce personas. Hernández-Pacheco, en su visita a la isla a principios del siglo XX dice que sus habitantes eran pescadores. En la actualidad es una zona intermedia entre las multitudinarias urbanizaciones turísticas que están transformando radicalmente la línea de costa del sureste de la isla.



Castillo del Águila:

En la zona de Las Coloradas, en la costa del sureste de la isla hay un gran saliente acantilado que recibe el nombre de Punta del Águila, y en lo alto del acantilado se levanta un fuerte defensivo, que es más torre que castillo, a pesar de recibir en la toponimia el nombre de Castillo del Águila. Se construyó en la mitad del siglo XVIII, dentro de los planes defensivos de la isla frente a los ataques piráticos berberiscos. Sin embargo, hubo un tiempo que se le llamó Torre de San Marcial y se le confundió con el «castillo» de San Marcial que los normandos construyeron nada más arribar a la isla a comienzos del siglo XV. Así lo interpretó Viera y Clavijo en su Historia de Canarias (1982: I, 793), y tras él el historiador y arqueólogo de la Universidad de La Laguna Elías Serra, por haber desaparecido todo resto de aquél. Hasta que se confirmó que no, con la siguiente inscripción en la puerta de entrada de la torre:


Reinando el Sr. D. Carlos III
Mandando estas islas el Excmo.
Sr. D. Miguel Lopez Fernandes
de Heredia Mariscal de Campo se
redificó esta Torre de San Marcial.
Puerto de las Coloradas. Punta
del Águila. Año de
1769



Charco de los Clicos:

Dentro del cráter semihundido que representa la Montaña del Golfo en su dirección oeste se ha formado una laguna de medianas dimensiones que ha quedado aislada del resto de la playa por una ancha franja de arena, pero que sin embargo se alimenta del agua del mar por las filtraciones subterráneas, presentando un atractivo de indudable interés paisajístico y natural. El color intensamente verdoso que tiene la laguna se debe a la presencia en ella de unas algas, razón por la cual, modernamente y desde las instancias de las Agencias de Turismo ha empezado a denominarse la Laguna Verde. Sin embargo, el topónimo antiguo y tradicional de este lugar es el de Charco de los Clicos, y este segundo nombre se debe a la existencia que antes había en el charco de una especie de bivalvos que recibían el nombre local de clicos, con fama de ser muy sabrosos.



Charco de San Ginés:

El llamado Charco de San Ginés es una amplia laguna (de unos 500 m de largo y 250 de ancho) formada en la costa norte de Arrecife, como consecuencia de la plataforma rocosa característica del subsuelo de esta costa, llena de arrecifes, bajas e islotes, y que sometida a los movimientos de mareas se ha convertido en uno de los atractivos naturales más interesantes de la capital de la isla. La atribución a San Ginés que le atribuye el topónimo se debe a ser este santo francés el patrono de la ciudad y por haberse levantado una ermita a él dedicada a la vera del charco.



Chifletera:

Con el nombre de La Chifletera se conoce un lugar de costa del municipio de Yaisa, en su parte occidental, un poco al norte del caserío del Golfo. En él hay una cueva famosa por haberse encontrado en ella el cuerpo de un guanche, junto a otros enseres de la cultura aborigen, lo que demuestra que fue en su tiempo o lugar habitacional o de enterramiento.


El nombre de Chifletera se debe a que en ese lugar de costa abundan las bocas y cuevas que al llenarse violentamente con las olas y tener algún respiradero por su parte alta producen el sonido que en otros lugares se llaman bufaderos.



Chimía / Chimida:

Con la palabra Chimía se designa una zona de Lanzarote situada al norte y cercana al pueblo de Teguise que tiene como accidentes singulares una montañeta (en realidad una altura muy redondeada que ha perdido ya las características cónicas de las verdaderas «montañas» de Lanzarote) y un morro. Y con la palabra Chimida otros varios lugar de los municipios de San Bartolomé y de Tinajo, este último en territorio que está dentro de los límites del Parque Nacional Timanfaya y en terreno cubierto totalmente por las lavas de las erupciones de 1730-36. El topónimo más conocido de todos ellos es el de Teguise, y el único que aparece en el Diccionario de Madoz (1986: 107) y justamente con dos entradas, una como «término» y otra como «cráter» de Teguise. Y según consta en la historia, en este lugar ocurrió en 1475 un hecho trágico, según cuenta Bonnet y Reverón, y es que cuando determinados habitantes de Lanzarote quisieron sacudirse del yugo de los Señores de la isla, proclamando su dependencia de los Reyes Católicos, «seis de los vecinos más notables fueron trasladados a la montaña Chimida donde se les dio garrote, siendo arrojados sus cuerpos desde allí a una profunda sima que hoy se llama el Barranco de la Horca».


No sabríamos decir si la realización actual Chimía es forma apocopada de un original Chimida o si ésta es realización epentética española del original guanche Chimía.


El nombre Chemida, Chimida o Chemita fue también antropónimo de Canarias, tanto de época prehispánica como de época ya hispánica. Lo encontramos bien documentado en registros del siglo XVII (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: índice) y pervive hasta la actualidad. Pero no dudamos en considerar que el término fue en su origen toponímico, y de ahí esa triple pervivencia en tres lugares bien diferenciados de la isla.



Conil:

Conil es un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Tías. La primera documentación que tenemos de él es de 1618, por parte del escribano de Teguise Salvador de Quintana, que lo cita como «término que dicen Conil, que son tierras de pan sembrar, todas ellas que serán treinta fanegas poco más o menos». Y aparece después en todos los documentos que dan cuenta de los lugares afectados por las erupciones del Timanfaya de 1730, a partir de las Sinodales del obispo Dávila; en ellos se cita a Conil entre «los lugares perdidos por la arena y el cascajo que los ha tullido», y se dice que tenía entonces 17 vecinos.


Además del pueblo, el nombre lo recibe una montaña que existe en su parte noroeste y que por sus pequeñas dimensiones se denomina Morro de Conil. Como el poblado está muy extendido, una parte de él se denomina Vereda Conil, y aparte hay otra Vereda de Conil que une este pueblo con el pueblo de Tías.


No podemos asegurar la procedencia guanche de este topónimo, pero es lo más probable, a pesar de que existe un Conil de la Frontera en la provincia de Cádiz y que conil fue palabra del francés medieval con el significado de 'conejo', por lo que de inmediato viene a colación el gentilicio que llevan hoy los naturales de la isla de Lanzarote de conejeros. Se tiene por cierto que fue el segundo Adelantado de Canarias don Pedro de Lugo quien introdujo los conejos en la isla para disponer de caza, y que «se apoderaron del país de tal manera que se ha solido dar a los naturales el nombre de conejeros» (Viera 1982b: 133). ¿Hará referencia el topónimo Conil a este hecho? Pero habría que descartar el origen francés del término, pues la introducción de los conejos en la isla fue muy posterior a la expedición normanda.



Corona:

Hay varios lugares de la isla de Lanzarote que tienen el nombre de Corona aplicado a diversos accidentes, en los municipios de Haría y de Yaisa. Los más nombrados por ser los accidentes más sobresalientes son los del municipio de Haría, y todos ellos están vinculados a la formidable montaña que se levanta entre los poblados de Guinate y Ye, con 609 m de altura, la segunda altura de la isla, después de las Peñas del Chache, y que derramó sus materiales volcánicos hacia el lado del este, cubriendo toda esta parte del noreste de la isla con el no menos famoso Malpaís de la Corona, dentro del cual se encuentran dos de las atracciones geológicas y turísticas más importantes de Lanzarote: la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua. A la montaña se le conoce como la Montaña la Corona o simplemente La Corona. Su nombre está documentado desde los testimonios cartográficos más antiguos, pues aparece ya en el libro de Torriani, y desde él en todos los registros posteriores. Sobre el porqué del nombre se han dicho cosas varias, por ejemplo la inglesa Olivia Stone cree que es porque «corona» la isla, es decir, porque está en el punto norte de Lanzarote: «hasta llegar a una montaña, La Corona, que en verdad lo corona en el extremo lejano» (1995: 305); y lo mismo piensa Hernández-Pacheco: porque «corona la isla» (2002: 251). Nosotros creemos, sin embargo, que su nombre se debe a la forma perfectamente redonda del volcán, como metáfora geomorfológica.



Cuchara / Cucharas:

En tres lugares bien distintos de Lanzarote hay topónimos marcados por el término Cuchara o Cucharas: un morro y una peña en el territorio de El Jable, cerca de Soo, municipio de Teguise; una playa en el territorio de Costa Teguise y otra playa en la isla de La Graciosa. De todos ellos, el lugar más nombrado es la Playa de las Cucharas, situada en la parte norte de Costa Teguise y convertida en la principal playa de todo ese territorio, por la extensión que tiene, por su configuración en forma de concha y por las intervenciones que se han hecho en ella para protegerla de oleajes y vientos.


Los nombres de estos topónimos son antiguos, y en todos el nombre de cuchara o cucharas debe estar relacionado con las conchas de lapas que se usaron en tiempos remotos como cucharas; aún queda en Lanzarote, según los diccionarios dialectales, la expresión cucharas de lapa tanto para la función de comer como para un improvisado instrumento de percusión formado por dos conchas de lapas, usado en el folclore marinero y en las parrandas, de sonido similar al de las castañuelas.



Cueva de Ana Viciosa:

La Cueva de Ana Viciosa (convertida en la toponimia en Cueva la Viciosa) es famosa en esta región de la costa occidental de los municipios de Tinajo y de Yaisa, por haber vivido en ella o por haber sido propiedad de Ana Viciosa, quien fuera hija de Juan Saavedra, hermano natural del Conde de la isla. A esta cueva, de muy difícil acceso, ascendió René Verneau a finales del siglo XIX sirviéndose de cuatro escaleras enlazadas y de increíbles peripecias para poder llegar a ella. Él mismo narra su estructura y contenido (Verneau 1981: 126-128):


Después de una marcha de casi dos horas [desde Tinajo] a través de una región que sólo contiene lava y rocas completamente desnudas, llegamos al borde del mar. El acantilado, cortado a pico, mide en ese sitio alrededor de 80 metros de altura. La entrada de la cueva mira hacia el mar y se encuentra sólo a 15 metros por encima de los guijarros situados al pie del acantilado... No describiré todas las tentativas infructuosas que hicimos para izar, a lo largo de los peñones , esta escalera de más de 16 metros de largo... La mayoría pensaba que para llegar hasta lo alto hacía falta tener un poderío sobrenatural. Sin embargo, llegué hasta la cima. Una vez en el último peldaño me fue fácil penetrar en el interior. Un pasillo estrecho daba acceso, después de varias vueltas, a una cueva amplia, baja y oscura... Contenía gruesos guijarros amontonados en varios sitios, tablas y círculos procedentes de toneles pequeños. Había estado, pues, habitada en época reciente. Por otro lado, la construcción del muro de la fachada, que se compone de piedras cimentadas con cal, y las especies de troneras que allí existen, demuestran claramente que esta pared no es obra de los antiguos insulares. ¿Qué gente pudo haber sido la que vivió en este retiro bien fortificado? ¿Fueron contrabandistas, como se dijeron más tarde? ¿Fueron insulares que en el siglo XVI buscaron allí refugio contra los moros? Es difícil decirlo. Lo que sí es cierto es que los que la habitaron necesitaban defenderse.



Cueva de los Verdes :

El topónimo Cueva de los Verdes hace referencia no a los colores del interior de la cueva, como generalmente se cree (que no son precisamente de ese color), sino al apellido familiar de los dueños de aquellos malpaíses. Hoy la Cueva de los Verdes es lugar de visita turística obligada, por su excepcional atractivo, pero antes, durante los siglos XVI, XVII y XVIII fue el lugar de refugio que los lanzaroteños tenían antes los frecuentes ataques piráticos berberiscos, hecho que ya fue conocido y relatado por Torriani a fines del siglo XVI:


En tiempos de invasiones, aquí se retira la gente principal, con el marqués [en el castillo de Guanapay]; los demás se ocultan en las cuevas de los montes, entre las cuales se halla una, llamada de los Verdes, muy grande y segura, hacia noroeste, a seis millas de distancia de la villa. Tiene la entrada tan baja y tan estrecha, que sólo una persona que se arrastra pegada a la tierra puede entrar en ella; y en su interior tiene antros de maravilloso artificio, que parecen hechos por mano maestra, y con pasajes ásperos y difíciles, que no se pueden franquear sin luz. Algunos conocedores dicen que dentro tiene un río secreto, que corre con gran ímpetu, y que muy pocos conocen. Tiene también otra salida, que responde al mar, por la cual los hombres y las mujeres que se amparan allí, pueden salir y embarcar (1978: 49-50) .



Diama:

El nombre de Diama lo llevan inequívocamente y sin variación alguna varios topónimos de Lanzarote dependientes todos entre sí y ubicados en pleno territorio de La Geria, municipio de Yaisa, que lo cierra por su lado norte. El accidente principal y del que lo toman los demás es la Montaña Diama, un imponente edificio volcánico de 432 m de altura, que tiene en su interior y bien marcada la correspondiente Caldera de la Montaña Diama y adosada a su parte norte un Montañeta Diama. Además, en sus cercanías, existe una Fuente Diama y unas modernas bodegas que han tomado también su nombre.


El término es de indudable origen guanche, y así lo considera también Wölfel, pero ni él ni nosotros hemos podido encontrar una explicación del significado que tuvo en la lengua de los aborígenes de la isla.



Dise / Disadero:

Dise es término exclusivo de la toponimia de Lanzarote y de significación problemática, ya que se ha perdido totalmente el sentido que debió tener en el habla común de la isla. Quizás por esa pérdida como apelativo es por lo que no aparece en ningún diccionario ni vocabulario dialectal canario. Tampoco aparece en el DRAE ni en ningún diccionario del español general, ni es tampoco portuguesismo (como podría, por la gran influencia portuguesa en las Islas), aunque nada hay en su configuración fónica que sea extraño a una posible etimología románica. Todo parece indicar, pues, que se trata de un guanchismo, aunque tampoco aparece en ningún catálogo de voces prehispánicas, ni siquiera en los Monumenta de Wölfel (1996).


El único que ha tratado sobre esta palabra, y justamente como guanchismo inédito para la investigación, ha sido Agustín Pallarés (1990: 396-399). Hasta 17 lugares contabiliza Pallarés en la toponimia de Lanzarote que contengan ese nombre, bien en singular, Dise, bien en plural, Dises, bien como derivado, Disadero (y hasta es posible que también Los Sisitos, como diminutivo evolucionado), aplicado a accidentes geográficos muy variados: un morro, un lomo, un valle, un llano, una playa, una peña, una hoya, un barranco, etc., y no localizados en un único punto o zona de la isla, sino distribuidos por toda ella, en los municipios de Teguise, de Haría, de Tinajo, de Yaisa y de Tías, incluso en la isla de La Graciosa. Qué haya podido significar esta enigmática palabra -se pregunta Pallarés- es algo que no ha podido averiguar, a pesar de haber puesto todo el empeño en averiguarlo, preguntando a sus informantes. Igual nos ha pasado a nosotros; sólo uno, Francisco Cabrera Robayna, de Teseguite, nos dijo, vagamente, que los dises «venían a ser como los bebederos». Por nuestra parte, intuimos que un dise viene a ser en Lanzarote lo que un eres en las provincias de El Hierro y Tenerife; es decir, unos hoyos que recogían el agua de lluvia y la conservaban después al taparse con arena, de tal forma que al retirar la arena fluía el agua y podía ser aprovechada. Este tipo de aprovechamiento del agua debió de ser de gran importancia en épocas antiguas, sobre todo por los pastores, que podían hallar remedio momentáneo en los tiempos de sequía y en lugares en que no había otro tipo de acuífero. Tan importante que los arqueólogos hablan de un «sistema de eres» que debieron conocer y usar los aborígenes de varias islas, entre ellos los de Lanzarote.



Echadero de los Camellos:

En Arrecife hay una zona que sigue conservando el antiguo nombre de Echadero de los Camellos y que era el lugar en que se congregaban los camellos que traían a la capital todos los campesinos del interior de la isla cuando venían a ella para hacer sus negocios y obligaciones, ya que era su medio de transporte tradicional; aquello era una especie de "estación central", como la calificó el periodista lanzaroteño Leandro Perdomo en una deliciosa estampa costumbrista.



El Chafarís:

Dos topónimos encontramos en Lanzarote con este nombre, los dos en el mun. de Haría, al norte de la isla: el de Barranco del Chafarís, como variante de Barranco de Temisa, y el de Fuente el Chafarís, dentro del mismo barranco anterior, y al que da nombre por la importancia que tiene la existencia de una fuente en un territorio tan escasa en nacientes como lo es la isla entera.


El término ha dejado de usarse en el habla común de la isla, pero sin duda que fue común en tiempos pasados. En la actualidad lo único que hace popular tal topónimo es la creación de una industria de agua embotellada insular que ha tomado ese nombre como marca comercial, sin duda por saber de la importancia que tuvo la fuente en tiempos antiguos.


Como tal término común lo hallamos recogido en el DDEC, aunque escrito chafariz, como 'naciente de agua', aunque a veces, por extensión, designa también al 'charco de agua que se encuentra en los barrancos'. Y como topónimo, lo hallamos también en Tenerife, también por dos veces: Montaña Negra de Chafarí y Valle de Chafarí, las dos dentro del espacio geográfico del Parque Nacional del Teide. Y como clara voz de origen portugués lo declara el DDEC.


Una prueba de los disparates que suelen decirse en asuntos de etimologías cuando se desconoce el léxico dialectal es lo que dice Sosa Barroso (2001: 73) sobre este término: dice que el Chafariz debe ser el nombre de algún pirata mahometano que arribó a Lanzarote, como Arráiz.



El Gentilicio de los de Lanzarote:

Dice Torriani (1978: 37) que los antiguos llamaron a la isla Maoh, de donde los naturales se dijeron mahoreros; y, un poco más adelante (pág. 41), que por zapatos llevaban un pedazo de cuero de cabra que llamaban maohs; y lo mismo atestigua Abréu. De ahí el nombre actual que desde la investigación histórica se da a los guanches de Lanzarote sea el de majos (por ejemplo, Cabrera Pérez et alii 1999, que lo ponen en el título de su obra). Pero esa denominación no es en absoluto popular: el gentilicio de los de Lanzarote es en la actualidad el de lanzaroteños o (dentro de las islas) el de conejeros , reservándose el de majoreros sólo para los de Fuerteventura. El término majo, siendo de origen guanche, ha pervivido, sí, en el habla popular de Canarias, pero sólo en la isla de El Hierro, y allí, justamente, con la significación que ya le asignaba Torriani: majos llaman los pastores herreños al rústico calzado (especie de abarcas) que ellos mismos usaron hasta tiempos recientes, siendo primero de cuero de ovejas o cabras y después de gomas de camiones (ver Trapero 1999: 123-124). Por el contrario, desde la «erudición» escrita, al término majo se le han buscado y atribuido las más dispares (y caprichosas) etimologías: Álvarez Delgado lo transcribe como masos, masyos, mazos y mahyos y lo interpreta como 'gentes de tiempos antiguos', a la vez que lo emparenta con la denominación del sol que los guanches de Tenerife llamaban Magec; Marcy emparenta a los majos de Lanzarote y de Fuerteventura con alguna tribu mahor magrebí, de donde procedería también el término mauro; y Cabrera Pérez, Perera Betancor y Tejera Gaspar explican el término majo como un etnónimo de origen y desde una óptica mítica: «Los majos o 'encantados' -dicen- acuden en forma de nubes sobre el mar desde el este, por acompañar al sol en su ciclo diario... ¿Es casual el hecho de que los aborígenes de Lanzarote y Fuerteventura adorasen al sol naciente en relación al culto de los antepasados?» (todo ello en Cabrera Pérez et alii 1999: 72-74). Finalmente, Gaspar Frutuoso (1964: 97), el clérigo açoriniano que escribió sobre las «islas de Canaria» a finales del siglo XVI, dice que el término majorero se aplicaba tanto a los de Fuerteventura como a los de Lanzarote, y que dicho término quería decir 'criadores de ganado'; claro que las informaciones que Frutuoso tiene sobre las islas, y sobre todo de estas dos, son tan confusas y erróneas que nos merecen tanto crédito como las otras interpretaciones.


Repetimos que el término majo no es en absoluto de uso común en Lanzarote, y que popularmente se desconoce la asociación de los naturales aborígenes con esa palabra; al contrario, a los aborígenes de Lanzarote, como a los de todas las islas (y no sólo a los de Tenerife), se les llamó guanches, y así sigue reconociéndose en la tradición oral.



El Golfo :

El interés del topónimo El Golfo en Lanzarote lo es más desde el punto de vista geológico y paisajístico que desde el punto de vista lingüístico. Desde éste, el topónimo lanzaroteño nada tiene de particular, siendo el mismo accidente geográfico que se le atribuye al término golfo en el español general: gran entrante de mar en tierra y que queda entre dos cabos. Los geólogos lo explican como la acción constante del mar en el desmantelamiento de la costa. Y en el caso concreto de El Golfo de Lanzarote, por la acción del mar sobre un edificio volcánico semisubmarino, de tal forma que ha dejado al descubierto las paredes internas de la otra mitad de su cráter, con las espectaculares estructuras de sus materiales. Casi en el centro del semicírculo queda en pie un potente roque que resiste el embate constante del mar, mientras que en el fondo del cráter se ha formado un charco, llamado de los Clicos, separado del mar por un estrecho cordón de arena volcánica, y cuyas aguas tienen un intenso color verde debido a la abundancia de fitoplancton. Todo ello hace de este lugar uno de los paisajes más atractivos de la isla y punto obligado de visitar.



El Jable :

Más de 30 lugares de Lanzarote son designados por el término Jable, pero hay uno que se constituye en una «parte» característica en que los geógrafos suelen dividir la isla, la parte central, que se inicia en la playa de Famara, en el noroeste, y que, como un cinturón de varios kms de ancho (en ciertos lugares supera los 5 km), atraviesa la isla de parte a parte hasta desembocar en la costa del sureste, en la playa de Guasimeta. En él se fijó Viera y Clavijo para definir en su Diccionario de Historia Natural la entrada «Río del Jable»:


Famoso arenal de una arena blanca, calcárea, menuda y movediza que desde Hamara [sic] corre de mar a mar, y atraviesa toda la isla de Lanzarote, como un brazo, en partes bastante anchuroso. Impelida casi continuamente esta arena de los vientos, que allí son recios y constantes, se echa a veces sobre tierras cultivadas y las arruina; y a veces cayendo la nube pulverulenta en las rubiales, arcillosas y estériles, las fertiliza (1982b: Río de Jable).


Jable es un canarismo procedente del francés sable con el significado inequívoco en Lanzarote de 'arena volandera'. Algunos autores le han propuesto una procedencia del gallego xabre o del port. saibro. Nosotros creemos que es más verosímil y más fácil de explicar la etimología desde el francés, y que fueron los normandos de Jean de Bethencourt, los primeros europeos que llegaron a la isla con intención de conquista, quienes trajeron el vocablo y los primeros que denominaron sable a tantas arenas como se encontraron en las playas y en el interior de Lanzarote (y Fuerteventura después). El castellano que se implantó después en las islas fue quien se encargó de la eufonización de la consonante inicial hasta convertirse en jable. Para testimonio del origen francés todavía quedan en la toponimia de Lanzarote un Risco de los Sables (HA 4.95) y un Bajo de los Sables (HA 4.78), en una zona de la costa de Órsola caracterizada por la entrada constante de arenas procedentes del mar.


El jable de Lanzarote y de Fuerteventura no es la simple arena de la playa, o, mejor dicho, no es la arena de cualquier playa, ni sólo la arena de esas playas, razón por la que los topónimos que llevan ese nombre tanto pueden ser de costa como de interior, incluso más de interior que de costa. La arena del jable, según análisis de los naturalistas, no es de origen mineral, sino animal. Dice Hernández-Pacheco (2002: 59) que lo que se llama jable en Lanzarote es el resultado de la trituración de infinidad de conchas marinas y que al llegar a tierra se hacen volanderas. Y sigue el famoso vulcanólogo en su observación a los jables de Lanzarote:


No se ve entre los granos ni uno que presente el brillo vítreo del cuarzo, es una arena uniforme, fina, blanca mate, blanda, los granos mayores se parten fácilmente con la uña, sólo se distinguen entre los granillos blancos, algunos, en escaso número, de color negro, que sensiblemente son partículas de lava o de basalto del suelo de la isla (Hernández-Pacheco (2002: 59).


El propio Hernández-Pacheco presenció en un día de fuerte viento, en que la arena formaba una «espesa nube baja que cierra el horizonte», cómo el jable «atraviesa la isla hasta penetrar en el mar y deshacerse a corta distancia de la orilla» (2002: 73). Naturalmente, esa zona no podría sino llamarse El Jable. Y hasta se dice que pueblos asentados desde antiguo en esta zona, como Fiquinineo (hoy queda el topónimo Fiquineo), fueron paulatinamente abandonados por causa de las tormentas de arena hasta desaparecer del todo.


Quien hace móviles las arenas de Lanzarote no es sólo el viento, sino también las corrientes marinas, y no sólo en Lanzarote, sino de todas las islas orientales. Aparecen en todos aquellos sitios en donde existen costas bajas opuestas a la corriente que viene del Norte: salen del mar, siempre en situación de barlovento, y se depositan en sus costas o atraviesan el territorio hasta volver a desaparecer por las costas de sotavento.


Cuatro bandas de las islas orientales identifica Hernández-Pacheco afectadas por este fenómeno:


1. La que invade La Graciosa y el estrecho de El Río, penetra por la Boca de Famara, atraviesa toda la isla y desaparece por Guasimeta, entre Arrecife y Puerto del Carmen, formando una especie de delta submarino en la costa;

2. La del estrecho de La Bocaina, entre Lanzarote y Fuerteventura, que invade las costas de Papagayo, traspasa la isla de Lobos y se introduce en la costa oriental del norte de Fuerteventura en la zona denominada precisamente El Jable;

3. La que constituye el ancho y bajo istmo de la península de Jandía, en el sur de Fuerteventura, que lo atraviesa de parte a parte; y

4. La que existe en Las Palmas de Gran Canaria, formando el istmo de La Isleta, entre la Playa del Confital y el Puerto de la Luz (zona que ahora está totalmente construida y, por tanto, impedida del movimiento de las arenas) (Hernández-Pacheco 2002: 305).


Mas el jable que se forma en el interior no es totalmente improductivo; los lanzaroteños han aprendido a cultivar en él melones, sandías, boniatos, calabazas, etc. con excelentes resultados.



El Río :

El estrecho canal de mar que separa la isla de Lanzarote de la isla de La Graciosa se llama El Río. Y ha sido desde muy antiguo, desde finales del siglo XVI, al menos, tal cual refleja el mapa que Torriani dibujó de la isla, y como sin alteración han señalado todos los cartógrafos desde entonces: Brihuela/Cosala (1635), P.A. del Castillo (1686), Riviere (1741), etc. Ese topónimo se ha hecho famoso, modernamente, a partir de que en lo alto del risco de Famara se instalara un precioso «mirador», con la típica arquitectura de César Manrique, y recibiera el nombre de Mirador del Río. Pero esa denominación es un poco impropia: la panorámica a la que se dirige el mirador es a La Graciosa y al conjunto de los Islotes, eso sí, teniendo en primer plano «El Río». Merece la pena leer la impresión que aquella vista de los Islotes causó a una famosa viajera que recorrió las islas a finales del siglo XIX, la inglesa Olivia Stone, cuando todavía no había en Lanzarote «miradores», pero sí la misma panorámica que ahora se puede contemplar:


Rara vez he visto algo más bello que estas escarpadas rocas de color gris, rojo y pardo, rodeadas de azul. Si se las observa por separado, no hay nada en estas islas, desnudas y sin árboles, que suscite admiración, pero lo que les da su belleza hay que verlo para admirarlo. Es el maravilloso colorido, el cielo azul con nubes aborregadas, y estos islotes escarpados, de vivos colores y desiertos, engarzados como piedras preciosas en un mar turquesa (1995: 315).


Mas no es el único Río de la toponimia de Lanzarote. También se llaman así los brazos de mar que separan el islote de Alegranza y Montaña Clara y el de ésta y La Graciosa. Y además, el canal que separa la costa de La Santa (mun. Tinajo) del pequeño «islote» que está enfrente.


Muy posiblemente tal denominación sea metafórica, por semejar una corriente de agua en movimiento por el flujo de las mareas, muy perceptible en todos estos lugares.



Ermita de la Magdalena:

Nada tiene de particular la Ermita de la Magdalena como topónimo, que es igual a los otros muchos que hay en la isla como lugares de culto, y cuya relación ofrecemos en el apartado 9.10.2 de nuestro estudio. La de la Magdalena está aislada, en la demarcación de Conil, municipio de Tías, entre varias montañas y dominando un territorio totalmente cubierto por lavas y arenas volcánicas de un color negro intenso dominante. Pero lo más característico de ella es su arquitectura, que en nada sigue la línea del resto de ermitas de la isla. Su estilo es ciertamente acorde a la arquitectura tradicional de la isla, pero no de los edificios religiosos, que suelen ser de un blanco total y con cubierta a dos aguas. Esta de la Magdalena tiene estructura cuadrangular y techo de azotea, esquinas de cantos, una claraboya redonda encima en la parte alta de la fachada y carece de campanario y de campana. Y sin embargo, es muy hermosa.



Ermita de los Dolores :

La Virgen de los Dolores o de los Volcanes, que las dos advocaciones se alternan, es la patrona de Lanzarote, pero lo es desde tiempos bastante recientes. La tradición dice que fue así:


Al comenzar la década de los treinta del siglo XVIII, la isla de Lanzarote se vio estremecida por una gran erupción volcánica, que cubrió de lavas incandescentes una gran parte de la isla y que la sacudió durante seis años, hasta 1736. Fue la erupción del Timanfaya. Hasta esas fechas, la devoción popular recurría a diversas advocaciones marianas en sus necesidades. Pero en aquellos momentos angustiosos sus ojos se volvieron hacia quien podía comprender los sufrimientos que asolaban a los lanzaroteños: la Virgen de los Dolores. En 1824 volvió a temblar la tierra y volvieron a abrirse nuevos volcanes alrededor de la Montaña de Tinguatón, en la zona de Tinajo. La población se aferró entonces a sus creencias y rogó a la Virgen de los Dolores su intervención para calmar la ira de los volcanes. Ante la amenaza de un río incandescente de lava que se dirigía hacia Tajaste, el padre guardián del convento franciscano de Teguise, que se encontraba a la sazón en Tinajo, organizó una procesión encabezada por un cuadro de la Virgen de los Dolores que estaba en la entonces ermita de San Roque. Llegada la comitiva a Guiguán, prometen levantar un templo a la Virgen si Tinajo se salvaba de la desgracia ardiente. Un penitente se adelanta y planta una cruz en el suelo, y al llegar a aquel punto, la lava se detiene y cambia su curso. Cesado el volcán, los lanzaroteños levantan allí una ermita, para testimoniar así su agradecimiento a la Virgen y mostrarle su devoción.


Se hizo primero una ermita que se abrió al culto en 1800, pero su endeble construcción cedió pronto y hubo de ser reparada, con construcción más sólida hasta culminarse en el año 1861. El Santuario es blanco y discreto, simple y austero en su trazo; lugar adecuado para el recogimiento a la hora de expresar las fatigas padecidas en el campo y en la cercana mar de la costa de África. Una adecuada integración en el paisaje es la nota predominante que sobresale de la ermita de Mancha Blanca, conforme lo hace la arquitectura popular de Lanzarote, simple, original, armoniosa y bella.


El santuario está ubicado en el caserío de Mancha Blanca, en el municipio de Tinajo, celebrándose cada 15 de septiembre la fiesta patronal con una romería que reéne a todos los municipios y pueblos de la isla. Isaac Viera nos ha dejado una deliciosa descripción de las romerías que se organizaban en los comienzos de este siglo, donde no faltaban sillas de mano para las familias acomodadas, ni el tradicional camello. En la actualidad han cambiado los medios de transporte que se utilizan para llegar al santuario; pero no la devoción de los que acuden en peregrinación ni el alegre bullicio de los ventorrillos. Tampoco el camello falta, dando una pincelada de tipismo a la fiesta grande la Isla de los Volcanes.



Faja:

Faja es el nombre de una montaña de Lanzarote que cierra la parte sureste del valle de Haría, situada a la derecha de la carretera que baja desde Malpaso al pueblo de Haría. En la actualidad, debido a la erosión sufrida durante millones de años, ha perdido la configuración cónica prototípica de las «montañas» de Lanzarote de formación más joven y se muestra como una gran elevación de cima alargada y bastante plana. Además, nombra otros dos accidentes vinculados a esta montaña, un cerro y una ladera.


En varios registros cartográficos aparece como Montaña Fajá (acentuado), pero nosotros no la hemos registrado en la tradición oral más que como Montaña Faja (con pronunciación llana).


Aunque no tenemos argumentos que lo justifiquen, creemos que el término es de origen guanche.



Famara :

Famara es topónimo característico de Lanzarote, bien conocido por todos y registrado desde siempre prácticamente de la misma única manera en que hoy se escribe, primero en los mapas de Torriani (1590), Brihuela/Cosala (1635), P.A. del Castillo (1686), Riviere (1741), etc. y luego en los registros históricos de la isla que se nos han conservado, desde el siglo XVII. Sólo en el mapa de Riviere lo encontramos escrito con un acento grave, Famàra, que nada representa fonéticamente, y en una escritura antigua como Tamara, que más que variante parece simple error de transcripción.


En la actualidad el topónimo Famara designa un «macizo» entero, el que tiene la isla de Lanzarote en su parten NO, desde la Caleta de la Villa hasta la punta extrema de Los Fariones, formando el mayor acantilado de la isla, que recibe el nombre de Risco de Famara. Y justamente en la parte más alta del risco se registra la mayor altura de la isla, en las Peñas del Chache, con 670 m. Sin embargo, parece que en un principio el topónimo Famara designaba sólo para la parte baja del risco, en su comienzo, en el Rincón de la Caleta (de la Villa o de Famara). Fueron tierras que se reservó el Marqués de Lanzarote para sí, por cuanto allí desembocaban las aguas que bajaban por todo el barranco, y dentro de él se formaban charcos de gran provecho, y existía además una fuente, «la más caudalosa de la isla» según se dice en algún escrito, que servía para el riego de las huertas allí cultivadas. Igualmente, se formó un pequeño poblado, como consta en los informes del siglo XVII, que llegó a tener su propia ermita, dedicada a N.S. de las Mercedes. A esta ermita hace referencia Argote de Molina a finales del s. XVI, desaconsejando se construyera allí el convento que Sancho de Herrera había ordenado en su testamento de 1534 por la amenaza constante de los piratas a que el lugar estaba expuesto.


Por su parte, en tiempos de los guanches este espacio debió estar habitado y dedicado a las prácticas pastoriles, tal como demuestran los restos encontrados.


En la actualidad nada queda de las huertas y menos de la fuente. Existen unas Casas de Famara que acogen a unos pocos habitantes ocasionales, una vez que se han abandonado las prácticas pastoriles que les dieron vida, y no quedan sino unos mínimos restos de la ermita. Sin embargo, en el mismo lugar de El Rincón se ha levantado una moderna urbanización turística y el propio pueblo de La Caleta está adquiriendo un paulatino pero constante crecimiento por el atractivo de su hermosa playa.



Femés :

El topónimo Femés es de origen guanche, pero de registro bastante tardío. No lo hallamos citado en ningún documento anterior a las erupciones del Timanfaya (1730 a 1736), y es sólo a partir de los informes que el Obispo Dávila manda hacen de los lugares afectados por estas erupciones que aparece el nombre (como Femés, y como Femez) como lugar habitado, sin especificar el número de vecinos, e igualmente otro pequeño núcleo con él relacionado denominado Casitas (de Femés). Unos años más tarde, Antonio Riviere (1741) cita a Femés en varios contextos y por varios motivos: como «lugar de Jaisa» y como lugar en que cada día se situaba una de los varios «atalayas» que distribuidos por toda la isla servían para dar la alarma ante el avistamiento de barcos sospechosos de piratería: el «atalaya» de Femés -dice Riviere- se situaba en su montaña, «la más alta» de la isla, que dominaba «la costa de Janubio, Montaña Roja y el puerto de arrecife». Y, en efecto, la hoy llamada Atalaya de Femés es el punto más alto de toda la zona sur y el segundo de toda la isla, con 608 m.


Son referencias sin duda muy tardías, pues el lugar debió ser de los primeramente poblados tras la conquista, como demuestra el hecho de que disponga de la iglesia más antigua de la isla y que ésta bajo la advocación de San Marcial, el mismo a quien los normandos dedicaron el castillo, la ermita y el poblado que levantaron recién llegados en la costa de Las Coloradas.


Femés fue cabecera de municipio hasta 1950, en que éste pasó a Yaisa. De ahí que en la cartografía militar utilizada por Alvar en su recolección toponímica de 1970 se asignen al «municipio de Femés» multitud de topónimos registrados.


Un hecho literario moderno ha sido, sin embargo, el causante de que el nombre de Femés haya traspasado el conocimiento local e insular, y éste fue la novela Mararía de Rafael Arozarena, publicada en 1973, que ubica en Femés la acción principal de su fábula. Como la novela es una de las mejores que se han escrito en Canarias en la segunda mitad del siglo XX, ha tenido una enorme divulgación, y con ella el nombre de Femés. Y más cuando la novela ha pasado al cine y ha llegado a conocimiento de muchas más gentes.


Por lo demás, el lugar de Femés ha estado siempre «apartado» de todo, en el extremo de un valle cuyas comunicaciones terminaban justamente en él, de ahí el aislamiento extremo en que siempre ha vivido. Ello se ha acabado muy recientemente, con la apertura de una carretera que enlaza el resto de la isla con la zona del Rubicón y de la costa de Las Coloradas y que pasa justamente por Femés atravesando la degollada del lugar.


Sobre el topónimo Femés, de indudable origen guanche, poco se ha podido decir, resumiendo Wölfel (1996: V, 532) que no encuentra para él paralelos en el dominio del bereber. Pero Sosa Barroso (2001: 141), en una interpretación disparatada, dice que procede de la expresión latina Fides mihi est > fede me est > fe me es > Femés, que fue lo que dijeron los 80 aborígenes de Lanzarote al tiempo de ser bautizados por los capellanes de Bethencourt.



Fiquinineo:

Hoy queda en la toponimia de Lanzarote un término llamado Fiquineo que debe corresponder con el que en documentación antigua se denominaba Fiquinineo (y otras variantes, en Madoz aparece como Tiguineo), y que debió ser un lugar de cierta importancia en la época guanche. Hay quienes emparentan este término con los efequenes, citados por Abréu y Torriani como 'lugares de culto', lo mismo el término grancanario faicán designaba al 'sacerdote' (Cabrera Pérez et alii 1999: 247-248).



Fundación César Manrique :

De todos los personajes relevantes que Lanzarote ha tenido en los tiempos modernos, el más popular de todos y el que mayor trascendencia ha tenido para la isla ha sido, sin duda, César Manrique. Incluso en el campo de la toponimia. Gracias a su genio, a su capacidad creativa y a la intervención que César tuvo en varios puntos de la isla, nuevos y viejos topónimos lanzaroteños se han convertido en puntos ineludibles de visita para todos los millones de turistas que llegan a ella: el Mirador del Río, la Cueva de los Verdes, los Jameos del Agua, el Jardín de Cactus y las Montañas del Fuego son nombres que quedarán para siempre en la memoria de quienes los visiten, tanto por lo que la naturaleza de Lanzarote puso en ellos como por el arte con que César Manrique los acondicionó y adornó. Y a ellos ha de sumarse un nuevo lugar, la Fundación César Manrique, con tantos atractivos para visitar como los anteriores, un nuevo nombre que se ha convertido ya en verdadero topónimo, tan topónimo como el lugar en que está ubicada, el Taro de Tahíche, que primero fue su propia casa, la más original casa que nadie pudiera imaginar, y hoy se ha convertido en la sede de la modélica Fundación que lleva su nombre.



Gaida:

Nombre toponímico aplicado a una montaña de Lanzarote perteneciente al municipio de Tías y cercana al caserío de La Asomada. El topónimo es Caldera Gaida, pero el accidente es propiamente una montaña, solo que, como ocurre en otras varias de Lanzarote, la boca del volcán formó una caldera de tal manera perfecta y llamativa que, por metonimia, se llama «caldera» a toda la montaña.


Para nosotros es término de origen guanche, aunque no tenemos argumentos filológicos que lo avalen ni aparezca en los Monumenta de Wölfel ni en ninguna otra lista de guanchismos.



Gayo:

Gayo, sin artículo ni complemento alguno, es topónimo que denomina una zona relativamente extensa y llana en la parte más alta de la cordillera de Famara, a la altura de Magues y dedicada al cultivo, en el municipio de Haría. Además, el término Gayo da nombre a otros topónimos menores de la zona.


Aparece escrito generalmente como Gallo, casi seguro que por ultracorrección, creyendo que se trata de una voz española. Pero los registros que proceden de la tradición oral lo transcriben como los naturales de Lanzarote lo pronuncian: Gayo. Y así aparece, por ejemplo, en el Diccionario de Madoz (1986: 116), pero con un añadido extraño: Gayo de Termeris, que no sabemos de dónde lo saca, y del que dice que se encuentra al final «de la cordillera de Jamara» [quiere decirse Famara].


Berthelot y Chil lo escribieron como Gaya, y así lo recoge Wölfel (1996: 1012), quien ofrece para él el paralelo bereber del chelja agayu (pl. iguya) 'cabeza'.



Goires:

Los Goires se llama una pequeña zona de Lanzarote, situada al sureste del pueblo de San Bartolomé, entre la Montaña Mina y la Vega Yágamo, y perteneciente a la región de El Jable. En la tradición oral se nombra también con la variante Los Goises.


Esta voz, considerada aisladamente, podría plantear alguna duda sobre su origen guanche; la presencia del artículo y del plural hace pensar en una voz española o españolizada; incluso en internet aparece este nombre como apellido frecuente. Pero queda despejada del todo esa duda ante la siguiente cita de Bethencourt Alfonso, autor al que hemos de dar mucho crédito por haber vivido en un época en que todavía seguían implantados los modos ancestrales del pastoreo en Canarias, y procuró su conocimiento directamente. Dice Bethencourt en su Historia del pueblo guanche que en Fuerteventura llamaban mísgan (sic) a «la gatera que pone en comunicación el góiry con el góuro»; y un poco antes había dicho que el góiry era «el corral de encierro del rebaño», y el góuro «el corralito para encerrar baifitos» (1991: 252). Es decir, que los guanches distinguían entre el corral grande general para todo el rebaño, llamado góiry, y el pequeño reservado para las crías, llamado góuro, y que ambos se comunicaban con un pequeño pasadizo. Por su parte, Agustín Pallarés ha logrado constatar que en los ambientes pastoriles más conservadores aún seguía vigente a fines del siglo XX el término goire para designar a un corral, por lo general de pequeño tamaño, dedicado a diversos fines, como por ejemplo meter en ellos a los baifos o cabritillos.



Grifo, El:

Entre las varias e importantes bodegas que existen en Lanzarote, hay una (posiblemente la más importante, por la cantidad de su producción y por la fama de sus vinos) que recibe el nombre de El Grifo, que lo tomó del lugar en que se instaló, en el municipio de San Bartolomé. Son tierras cubiertas de lavas y arenas volcánicas, procedentes de las erupciones de 1730, en las que crecen los viñedos en el sistema que ha dado fama mundial a La Geria de Lanzarote. Ninguna explicación convincente del todo hay del porqué de ese nombre. Hay quien lo ha atribuido al animal mitológico, cosa del todo fantasiosa, y a pesar de ello la citada bodega lo ha tomado como imagen de sus marcas. Otros dicen que depende de algún grifo de agua que hubiera en el lugar, pero ésa sería poca motivación para un topónimo zonal. Una tercera explicación hay más convincente, que nos ha comunicado nuestro amigo Agustín Pallarés, y que a su vez recogió de sus informantes locales más viejos, y es que en ese región se llamaba grifos a las figuras retorcidas y enroscadas que dejaban las lavas más fluidas sobre las superficies más planas.



Gritana:

Dos topónimos de Lanzarote llevan este nombre: la Caldera Gritana, en realidad una montaña cuyo elemento más destacado es precisamente la perfecta caldera que en ella se desarrolló, siendo ésta el elemento más destacado de todo el edificio volcánico, y el pequeño Barranco Gritana, situados ambos en la margen derecha de la entrada al Valle de Femés, en el municipio de Yaisa. La caldera la hemos recogido nombrada también con la variante Jitana.


El término lo consideramos de origen guanche, y es posible que sea una solución sincopada de *Guiritana (paralelo a Gretime y Gueretime en la isla de El Hierro: Trapero 1999: 218).



Guanapay:

Un lugar hay en Lanzarote que lleva este nombre, aplicado a dos referencias, el primero y original es la Montaña Guanapay, que se eleva al noreste del pueblo de Teguise, y el segundo y derivado de aquél, el Castillo Guanapay, castillo que se levanta en la parte más alta de la montaña, en su borde del oeste, que da sobre la localidad.


La montaña es un cono volcánico, de 452 m de altura, de formación muy antigua, y que por tanto aparece muy erosionado en sus laderas. Por su parte, el castillo que se levantó en la cima de la montaña lo fue para defender la que fue capital de la isla en los primeros siglos tras su conquista de los frecuentes ataques piráticos berberiscos. Su construcción se remonta a las primeras décadas del siglo XVI, siendo Señor de la isla Sancho de Herrera, sirviendo en un principio como atalaya desde la que advertir de la llegada de barcos sospechosos y de refugio más seguro que el que podía ofrecer La Villa. Mas las constantes incursiones y ataques piráticos hizo necesario su reforzamiento, a la vez que se construyeron nuevos elementos añadidos hasta convertirse en la fortaleza final que hoy puede verse desde muchos kilómetros de distancia y que se ha convertido en una de las señas de identidad de Teguise, pues al castillo se le conoce también como Castillo de Teguise, a la vez que Castillo de Santa Bárbara, por ser esta santa la patrona de la artillería. Finalmente, perdido su valor defensivo, y tras la conveniente restauración, desde 1991 el castillo se ha convertido en Museo del Emigrante.


El nombre de Guanapay es de indudable origen guanche, aunque nada sepamos sobre su posible significado. Aparece en todos los registros escriturales y cartográficos de la isla, aunque su exótico nombre es escrito con formas muy variantes. Así, Torriani en 1590 lo escribe simplemente Guanapay; el cartógrafo Próspero Casola en 1635 lo escribe como Castillo de Guanapaio y Guanapai; Antonio Riviere en 1741 lo nombra por sus denominaciones hispanas: Castillo de la Villa y Castillo de Santa Bárbara; finalmente, Viera y Clavijo, en 1772, lo nombra de la manera más compleja: Castillo de Santa Bárbara Guanapaya.



Guanche:

Voz que aparece en la toponimia de Lanzarote (como en el resto de las Islas) desde antiguo en relación con los aborígenes (de cada una de ellas), bien para designar determinados lugares en los que se han encontrado restos habitacionales, bien en los que hubieran ocurrido episodios dignos de recordar. Siete han sido los lugares que en la actualidad hemos podido recoger con ese nombre:


TopónimoMunicipioMapa
Casas de los GuanchesHaría10.26
Casas de los GuanchesHaría10.8
Cueva del GuancheHaría4.109
Cueva de los GuanchesHaría10.26
El GuancheYaisa13.44
Lajío de los GuanchesHaría10.27
Peña del GuancheYaisa13.27
Pico el GuancheYaisa13.43

Esta presencia de la palabra Guanche en la toponimia lanzaroteña (como en el resto del Archipiélago), demuestra la pertenencia de la voz a todas las Islas, y no sólo a Tenerife (ver Trapero y Llamas 1998: especialmente 140-147).



Guantebés:

Guantebés es topónimo que da nombre a una peña de la zona alta del Risco de las Nieves, al norte del municipio de Teguise. En el Gran Atlas de Canarias aparece cartografiada como Peña de Juan Estévez, forma que también nosotros hemos recogido en nuestras encuestas de campo, pero como tercera variante. Antes de ella, recogimos otras dos denominaciones: las de Peña Guantebén y Peña Buentebés. En cualquier caso estas tres denominaciones manifiestan la inseguridad en la que vive el topónimo en la actualidad y reflejan las tres fases del proceso evolutivo en que están inmersas, guiadas por la etimología popular, que es fuerza tan poderosa en la toponomástica. El primer término Guantebés es el más cercano a la previsible voz guanche; el segundo Buentebés manifiesta ya un elemento inicial aparentemente influenciado por el español buen; y el tercero Juan Estévez es ya claramente una solución totalmente española.


En el análisis de la voz Guantebés debemos tener en cuenta otras dos voces toponímicas lanzaroteñas indudablemente emparentadas entre sí: Guatesía (var. Guantesibia) y Guantesibe. De todas ellas, la única que aparece en Wölfel (1996: 1068) es Guantecira, y no sabemos a ciencia cierta a cual de los tres topónimos descritos antes puede corresponder. Wölfel lo explica desde el bereber como wa-n-te-sira, siendo wan prefijo formado por el artículo demostrativo masculino + n partícula de relación, equivalente al español 'el de' o 'este es de'; el te siguiente lo interpreta también como prefijo te y el elemento léxico del topónimo con la raíz léxica SR del bereber que estaría detrás del topónimo herreño Tesera (en realidad, Tésera) y que tendrían como paralelo bereber la voz tesera que Foucauld traduce como 'grupo de animales', que en español podríamos identificar con 'rebaño'.



Guantesibe:

Guantesibe es término que designa un lugar del municipio de Teguise situado al sureste del pueblo de Los Valles y la ladera sur de un lomo bien marcado que atraviesa el territorio en sentido norte-sur con el nombre específico de Lomo de Guantesibe. El lugar de Guantesibe es conocido también como Guantebise, por una clara metátesis.


El parentesco y la relación que existe entre este Guantesibe y los otros dos topónimos lanzaroteños Guantebés y Guatesía (var. Guantesibia), tal como dijimos en la entrada Guantebés, se pone de manifiesto en la denominación del Lomo de Guantesibe, también conocido según nuestras encuestas de campo como Lomo Guantesía, con lo cual se ponen aquí en relación dos voces que se corresponden con dos lugares distintos.


De estos tres términos solo uno aparece en las fuentes históricas tardías de finales del XIX, y es este de Guantesibe, aunque escrito por Chil (2006: 67) como Guantecira y tomado de las listas que le facilitó Maximiano Aguilar como «localidad» de Teguise. Ninguna localidad hay ahora allí, ni rastro de que la hubiera, aunque no es descartable, de manera paralela a lo ocurrido con su cercano lugar de Taiga. En definitiva, que solo Guantecira aparece en los Monumenta de Wölfel ofreciendo para esta voz la explicación que hemos expuesto en la entrada Guantebés.



Guardilama:

Guardilama es el nombre de una de las montañas más imponentes de Lanzarote, sobre todo vista por su lado sur, que hace límite entre los municipios de Tías y Yaisa, al lado del caserío de La Asomada. A su vez, la montaña tiene su propia Caldera de la Montaña Guardilama, una fuente y un pequeño barranco.


Madoz describe la Montaña de Guardilama como un cráter al que se calcula más de 1000 años de formación, cuyas paredes cubiertas de arena volcánica producen vino, legumbres y cereales, y el fondo de su cráter, «que en el país se llama caldera» -especifica correctamente-, se considera terreno de primera calidad (1986: 118). En efecto, el cráter o boca del volcán recibe en Canarias (en todas las islas del archipiélago) el nombre de caldera, pero solo en las montañas en que ésta se ha configurado de manera honda y redondeada, y se mantiene como tal, se ha convertido en topónimo, como ocurre en la de Guardilama. Y tiene también razón Madoz al decir que las calderas tienen terrenos de primera calidad, y por tanto son cultivadas, pero solo cuando son fruto de erupciones viejas y tienen fácil acceso, como es el caso también de la Montaña Guardilama.


Wölfel recoge el término como guanchismo en sus Monumenta (1996: 1006), justamente a partir de la cita de Madoz, pero no ofrece para él interpretación alguna.



Guasia:

Guasia es un lugar de Lanzarote situado al norte de la Montaña Téjida, en el municipio de Teguise, en cuyo lugar hubo una casa-cortijo hoy abandonada y en ruinas. Generalmente aparece escrito como Guazia, por una falsa interpretación del seseo canario, pero debe escribirse con s, tal como lo hacemos aquí, que es la única manera en que se ha pronunciado siempre.


Tiene todo el aspecto de ser un guanchismo, aunque no aparece en las listas de voces aborígenes conocidas. Es posible que esté en relación con gasia (en los diccionarios dialectales escrito erróneamente como gacia), que es el nombre que en Canarias recibe un arbusto que se cultiva como planta forrajera.



Guasimeta:

La primera escritura del topónimo, que lo es en el mapa que Torriani hizo de Lanzarote a fines del siglo XVI, ofrece una lectura dudosa, entre Guarimeta y Guasimeta, con el añadido del complemento «plaia», siendo, por tanto, un topónimo costero.


Con respecto a su escritura, la forma actual y única de Guasimeta encierra el falso problema de la «s», interpretada a veces en los mapas, y desde antiguo, como «c», es decir, como si fuera un caso de seseo en la pronunciación isleña. Así ocurre, por ejemplo, en la cartografía de Brihuela/Cosala (de 1635), que escribe Guacimeta; sin embargo, P.A. del Castillo, unos años más tarde (1686) deja constancia del sonido /s/ escribiendo Guaçimeta.


TorrianiCosalaCastilloRiviereVieraActual
GuarimetaGuacimetaGuaçimeta--Guasimeta


En la actualidad el topónimo ha alcanzado una resonancia mucho mayor que la que nunca tuvo, por cuanto en su demarcación se ha construido el aeropuerto de la isla, al que se le ha dado como segundo nombre justamente el de
Guasimeta, y además se ha construido en sus terrenos una importante urbanización turística, al reclamo de la playa del lugar, también con el nombre de Guasimeta, aunque en algunas registros, tanto del aeropuerto como de la urbanización, se escriba con una falsa «c».


Pero antes de que existieran aeropuerto y urbanización, el nombre de Guasimeta designaba un simple lugar costero de suelos arenosos. Estas arenas de Guasimeta son el final del gran «río» de jable que se inicia en la Caleta de Famara y atraviesa la isla de parte a parte, a veces con una anchura superior a los 5 km, hasta perderse en el mar justamente por la costa de Guasimeta.



Guatesía:

Guatesía es un lugar de Lanzarote que no tiene otra característica destacable que la de ser un territorio de cultivo del término municipal de Teguise. Más interesante es el nombre que el lugar designado, pues a su primera y principal designación de Guatesía le siguen otras dos: Guantesibia y Juan Tesía que, al igual que ocurre con su paralelo Guantebés, estas tres denominaciones manifiestan la inseguridad en la que vive el topónimo y reflejan las fases de un proceso evolutivo guiado por la etimología popular: el primer término Guatesía (posiblemente también Guantesía) es el primero y más cercano a la previsible voz guanche; el segundo Guantesibia parece contener ya una derivación española que dará lugar al tercero Juan Tesía. Y como el segundo elemento de esta variante es aun no plenamente identificable desde el español cabría esperar una cuarta fase del proceso hasta un posible *Juan Díaz o algo por el estilo.



Guatifay:

El topónimo Guatifay designa una amplia meseta en la parte alta del macizo de Famara, dedicada al cultivo, situada junto al poblado de Guinate, municipio de Haría. Podría confundirse este topónimo con un lugar perjudicado por las erupciones del Timanfaya y transcrito por el Obispo Dávila como Guatifea, pero éste es un error de escritura por Guatisea; por lo demás, al lugar donde está Guatifay no llegaron ni las lavas ni las cenizas de aquella erupción histórica.


El término aparece bien escrito en las relaciones de guanchismos de Berthelot y de Chil, pero mal en la de Millares, como Guartajay y Guartijay. Todo ello lo recoge Wölfel en sus Monumenta (1996: 1010), proponiendo como paralelo bereber la voz chelja tutfit con el significado de 'hormiga'.


Nuestro colaborador Abraham Loutf propone interpretarlo como gua-t-ifay, siendo los dos segmentos primeros de carácter morfológico y el prefijo determinado masculino y el tercero el elemento léxico seguramente derivado de efei, diminutivo femenino de tefeit, que en el dominio del ahagar tiene el significado 'lugar bastante alargado y poblado por grandes árboles' (Foucauld 1951: 299).



Guatisa :

Sobre este topónimo pesa la frecuente mala escritura de Guatiza, por interpretar que en la realización oral dialectal existe un caso de seseo. Pero esa es una interpretación falsa, pues el término es de origen guanche, y nadie puede decir que en su etimología existiera una /θ/. Nunca nadie oriundo de Lanzarote o del resto del archipiélago ha pronunciado la forma /watíθa/, sino sólo y siempre /watísa/. Por ello debe escribirse como suena, Guatisa, en respeto escrupuloso a su verdadero nombre.


Pero es que, además, esta falsa escritura es de implantación moderna, pues en todas las escrituras antiguas del topónimo, desde las Actas del Cabildo del siglo XVI, pasando por las citas que del lugar se hacen en el siglo XVIII, tanto en la cartografía (por ejemplo, Riviere, en 1741) como en los libros históricos (por ejemplo, Viera, en 1772), hasta llegar a la documentación de finales del XIX y principios del XX (por ejemplo, en Bethencourt Alfonso), aparece escrito como Guatisa.


Hoy es una localidad próspera del mun. de Teguise, que conserva una actividad económica antigua que la distingue, cual es el cultivo de la cochinilla, implantado en el siglo XIX, y que cuenta desde hace unos años con uno de los mejores atractivos turísticos de la isla, cual es el Jardín de Cactus, diseñado por César Manrique en el solar de una antigua piconera (o rofero en denominación local).



Guatisea:

Guatisea es el nombre de una de las grandes montañas de Lanzarote, situada en la parte suroeste del pueblo de San Bartolomé, además de otros topónimos menores a ella asociados.


Madoz (1986: 119) le concede dos entradas a este topónimo, escrito como Guatizea: como «alquería» que se halla al N de la montaña de su nombre y como «montaña» de unos 2000 años cercana a San Bartolomé y cuyas laderas cubiertas de arenas volcánicas son muy productivas «con pocas lluvias» -dice-.


Hoy Guatisea no es más que una montaña, pero fue antes también aldea, según se desprende de los testimonios de Antonio Riviere y de Viera y Clavijo, pocos años posteriores a las erupciones del Timanfaya de 1730-1736. En la relación que Riviere (1997: 194) ofrece de los lugares «perdidos», no por el fuego, sino «por la arena y cascajo que los ha tupido» aparece Guatisea, entonces con un solo vecino.


Es voz de indudable origen guanche. En su interpretación, Wölfel (1996: 761) lo confunde con otro topónimo de Lanzarote, Guatisa, creyendo erróneamente que se trata del mismo topónimo y proponiendo «buenos paralelos en el bereber» -dice-: tizi/tiza que tiene el significado 'paso de montaña', fácilmente aplicable a la orografía, y tissi de significado «couche, assise, rangée» extraña a la toponimia. Guatisea no es el mismo topónimo que Guatisa, pues están bien diferenciados en la geografía de Lanzarote, pero sí debieron ser una única palabra en origen, y estar muy emparentada con Guatesía, otro topónimo de Lanzarote.



Guenia:

Guenia se llama una zona de Lanzarote, perteneciente al municipio de Teguise, intermedia entre Guatisa y El Mojón, y que tiene como accidente principal una importante montaña llamada específicamente Montaña de Guenia, la cual, a su vez, tiene una caldera perfectamente desarrollada y conocida como la Caldera de Guenia, además de un Cortijo y de unas Veguetas de Guenia. No sabríamos decir a ciencia cierta cuál de esos accidentes tuvo primero el nombre originario de Guenia, aunque es lo más verosímil que fuera la montaña, por su relevancia orográfica y porque, según se ha demostrado recientemente, debió ser lugar de prácticas religiosas o rituales de los aborígenes.


Madoz (1986: 119) dice de Guenia que a mitad del siglo XIX era una aldea casi despoblada «a consecuencia de la aridez del suelo que casi nada produce por la escasez de lluvias». Sin embargo, un siglo antes, a mitad del XVIII, Antonio Rivere (1997: 94) le concede una población de 12 vecinos, al no verse afectada por las lavas y cenizas volcánicas del Timanfaya.


El término es de origen guanche indudable, aunque no tengamos nosotros ningún argumento sobre su interpretación, como tampoco lo tuvo Wölfel (1996: 1001). El primer registro que conocemos del término es de 1618, en un documento de compraventa de un esclavo indio por el que se pone como hipoteca unas tierras y casas en el término de Guenia (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: doc. 224).



Güestajay:

Güestajay se llama una pequeña zona situada en la ladera que se desarrolla al sur del pueblo de Teguise, por debajo de su actual cementerio. En la tradición oral lo recogimos pronunciado de tres maneras distintas: mayoritariamente como Güestajay, pero también como Cuesta Jay y como Vuelta Jay. Si escribimos separado las dos últimas variantes es porque interpretamos que son el resultado de ambas etimologías populares desde el español cuesta la primera, por ser una zona que efectivamente está en una ladera, y con vuelta la segunda; pero la uniformidad en todos los casos del segmento final Jay, inexplicable desde el español, hace pensar en que la forma originaria es Güestajay, forma nada extraña, por otra parte, a otras varias de la toponimia guanche de Lanzarote, como Guanapay y Guatifay.


Tan raro era el topónimo Güestajay para los oídos de un español que al tratar de escribirlo lo hicieron de múltiples formas, desde las escribanías del siglo XVII, que es donde primero lo hemos documentado, hasta la actualidad. Wölfel ofrece en sus Monumenta (1996: 1010) la siguiente relación: Guestayada, Guestayade, Guestayáde, Guntayada, Guestajay, Guestejay, Guastajay, Guartajay, Guartifay y Guatifay, ninguna de ellas, como se ve, coincidente con la forma con que hoy se pronuncia el topónimo. Nada podemos decir, sin embargo, sobre su significado.



Guiguan:

Hay un pequeño caserío del municipio de Tinajo, situado al sur del barrio de Tajaste de Tinajo, que tiene una muy variante denominación. Unos los llaman Guiguan, otros Guigua y algunos Niguan. Pero el accidente de quien el caserío tomó el nombre es el de la montaña que se levanta a sus pies. Sin embargo, en este caso el topónimo no es el de Montaña, sino el de Caldera Guigua, y eso porque, como en otros varios casos de Lanzarote, se nombra paronomásticamente a la parte por el todo, es decir, a la caldera como el elemento más relevante de todo el edificio, siendo perfectamente circular y teniendo una mayor profundidad que la propia base de la montaña. A este edificio volcánico se le conoce también como Montaña de los Dolores, y eso porque a muy poca distancia se levanta la Ermita de Los Dolores, que tiene la imagen de la patrona de la isla.


Nombre de indudable origen guanche, aunque no figura en las listas de guanchismos conocidas.



Güime:

Güime es el nombre de un pueblo de Lanzarote, situado a unos dos km al sur de la cabecera de su municipio de San Bartolomé. En la tradición oral actual se oye siempre la realización representada por la escritura Güime o bien, con frecuencia, la variante Goíme, sin que sea posible decir cuál de las dos formas es la primitiva y, por tanto, la más auténtica.


Peor es la representación escrita con que aparece este topónimo en las fuentes bibliográficas principales, que no refleja su verdadera pronunciación, y tanto en las fuentes históricas como en muchas de las actuales. De las citas reunidas por Wölfel (1996: 760), desde Torriani hasta Olive, solo la de Álvarez Rixo escrita correctamente como Güime representa el sonido [wi]. En la actualidad aparece mucho como Guime, igual que habían escrito Torriani, Viera, Berthelot, Chil y Naranjo y otros. Como Gorime aparece en los mapas de Briçuela y de P.A. del Castillo, ambos de finales del siglo XVII. Finalmente, en el Diccionario de Madoz (1986: 122), de mitad del siglo XIX se escribe como Guimes y se dice que es una «aldea agregada a San Bartolomé... Consta de 20 vecinos, 116 almas, todos labradores y tan aplicados que a un suelo infértil y pedregoso le hacen producir, con el auxilio de las lluvias, cosechas mucho mayores que en tierras de miga y de buena calidad».


La cercanía de esta topónimo a Güímar de Tenerife y sobre todo a Agüimes de Gran Canaria es más que evidente, pero también a Tenegüime del mismo Lanzarote, como en este último caso apuntó Wölfel. Es posible que en el caso de Güímar se trate de una raíz léxica distinta, pero es casi seguro que Agüimes, Güime y Tenegüime tienen una misma raíz léxica, sin duda de origen guanche.



Guinate:

Guinate se llama una zona relativamente amplia de Lanzarote, perteneciente al municipio de Haría, situada en la parte más alta de la cordillera de Famara, cerca ya del Mirador del Río, con varios topónimos secundarios, entre ellos un pequeño caserío y un valle muy fértil, con su Rincón de Guinate, el Mirador de Guinate (que ofrece unas espléndidas vistas de los Islotes de Lanzarote), y la Vereda de Guinate, uno de los caminos para bajar desde lo alto del risco de Famara hasta las playas de Bajo el Risco y que fue utilizado en la antigüedad para la comunicación con La Graciosa.


Es necesario resaltar la correcta escritura de Guinate, con u, pero sin diéresis, que ofrece una pronunciación bien distinta del Ginate que escribió Berthelot y tras él otros varios autores hasta llegar a Wölfel (1996: 1004), quien, no obstante, las da por dos variantes perfectamente compatibles. Y bien escrito como Guinate aparece en los Diccionarios de Olive y de Madoz, de mitad del siglo XIX. En el de este último se dice que es poblado que «se halla situada al No y parte baja del término de Gaya al pie de la cordillera de Tamara» (1986: 122); todo ello es verdad, salvo la escritura de Tamara por Famara.



Gusa:

El simple término de Gusa es un topónimo de Lanzarote, perteneciente al municipio de Haría y situado casi en el extremo norte del Risco de Famara, cercano ya a la Punta de los Fariones. Nombra a un pequeña zona, pero también a un morro y una fuente, siendo ésta el más famoso accidente, la Fuente de Gusa, que en la actualidad no ofrece ya ningún aprovechamiento, pero que en épocas pasadas sirvió para alivio de los habitantes de las zonas cercanas e incluso para el abastecimiento de los barcos que pasaban por el norte de la isla.


Los registros de este término se han decantado por escribirlo preferentemente como Guza, con z, por una falsa interpretación del seseo canario, pero no hay tal, pues es voz de origen guanche. Y en las fuentes históricas predomina la forma Aguza, que, salvando la falsa escritura con z, bien podría ser la forma originaria, cuya vocal inicial es marca del masculino singular en bereber y que se habría perdido por aféresis en la tradición oral moderna. Como transcripción más fidedigna del término tenemos la que hizo Antonio Riviere (1997: 200) en su mapa de Lanzarote en la primera mitad del siglo XVIII: Fuente de Agusa.


De los tres topónimos señalados con el término de Gusa, el más destacado es, como dijimos, es el referido a la fuente: el único que figura en el Diccionario de Madoz con una muy precisa descripción: «Aguza (Fuente de Aguza): riachuelo de la isla de Lanzarote, p.j. Teguise. Tiene su origen en la ladera del O. de las montañas de Tamara (sic) en lo alto del valle de Temisa, al pie de unas grandes escarpaduras, subiendo hacia el pico llamado Farión: su posición y el poco caudal de aguas que lleva le hacen inservible para el riego» (1986: 40).


Nada sabemos sobre su significado, pero hay que relacionarla con el topónimo Agusada de Tenerife.



Haría :

El topónimo Haría da nombre al municipio más septentrional de la isla de Lanzarote, y por ello también a una población capital del municipio y a otros muchos accidentes encuadrados en su demarcación. El origen guanche del término lo han dado por descontado todos los que se han preocupado de estas cuestiones, sin excepción. Sin embargo, debemos preguntarnos por su escritura, pues si, en efecto, es de origen guanche, no tiene por qué la h- con que se escribe ahora y con que se ha escrito casi siempre. En cuanto a la cartografía, desde el primer mapa en que aparece recogido, el de Torriani (1590), así está escrito, tanto por la referencia al pueblo (Haria) como a la Cala de Haria en la costa próxima, en los dos casos sin acento. Y así en todos los demás: Brihuela/Cosala (de 1635), con acento, P.A. del Castillo (1686), sin acento, Riviere (1741), con acento, etc. Sólo en la obra cartográfica de este último lo encontramos escrito también Aría, sin h. Y también con una y griega: Arya.


Esta diversidad en la escritura del topónimo por parte de Antonio Riviere no es extraña, pues es norma en este cartógrafo que escriba los nombres de manera muy cercana a como los ha oído. No es descabellada la escritura de Riviere, pues si el topónimo es guanche no tiene por qué escribirse con h-, siendo ésta muda en el español. Otra cosa es que en la pronunciación original del topónimo existiera una velar inicial o una aspiración. Y sobre esto sí existe algún indicio. A los oriundos de Haría se les llama jarianos, e incluso hay un accidente en la costa de Órsola denominado hasta la actualidad como Baja de Jaría. Esto sí puede explicar -y justificar- la h- del topónimo Haría, pero no por lo que dice Sosa Barroso (2001: 52), de que Haría proceda del latín farina, evolucionado al español harina, y de él al Haría de Lanzarote, lo que es una interpretación disparatada, sino porque en la lengua de los aborígenes que se traspasó al castellano hubiera un sonido que quiso con una h-, que si ahora es muda del todo, puede que no lo fuera en tiempos pasados. Casos parecidos a éste, serían los topónimos también lanzaroteños de Tahíche y Tahoyo que pueden tener su explicación particular por causas similares a las de Haría.


Históricamente, Haría ha sido una de las tres principales demarcaciones en que se dividió la isla, junto a la Villa de Teguise y Yaisa, pues de hecho son ellas las tres únicas poblaciones que tenían iglesia y curato en el siglo XVIII, como consta en los informes que de la isla se hacen después de las erupciones de Timanfaya.


Hasta hoy, no se han desarrollado en el mun. de Haría las urbanizaciones turísticas multitudinarias con que cuentan otros municipios de la isla, como Teguise, Tías y Yaisa. Pero su riqueza natural y paisajística hizo que César Manrique desarrollara dentro de su demarcación varios de los más atractivos puntos de visita para el turista, como son el Mirador del Río, desde el que se divisa La Graciosa y el resto de los Islotes, la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua.



Iguadén:

El nombre de Iguadén lo lleva hoy un amplio campo de lavas y de malpaíses perteneciente al municipio de Tinajo, situado al oeste de la Montaña Tisalaya y al norte del territorio de La Geria, y además, como variante secundaria, una pequeña montaña del lugar que tiene por nombre principal el de Montaña Quemada. Pero antes Iguadén fue una localidad que en el momento de las erupciones del Timanfaya de 1730-1736 tenía 7 vecinos y que quedó perdida por la arena, las lavas y cascajos que la tupieron, según expresión de Antonio Riviere (1997: 194).


Madoz (1986: 126) ofrece en el comentario de este topónimo una noticia lingüística, de las pocas que aparecen en su Diccionario geográfico, diciendo que la parte de la isla de Lanzarote donde está Iguadén «se llamó Iniguadén por los aborígenes». Y sigue diciendo que entre los términos de Tisalaya y Tinguatón «se encuentra un mar de lava vomitada por los cráteres de 1730, que cubrió el mejor terreno y las mejores vegas; sin embargo, el que escapó a la inundación, quedó cubierto de arena, por cuyo motivo y por ser de escelente (sic) miga, constituye parte del terreno de primera calidad que hay en la isla».


En efecto, a juzgar por las muchas y muy variadas formas con que se ha registrado desde antiguo, el término actual de Iguadén debe ser una forma simplificada de otra u otras anteriores más complejas. Ponemos en orden cronológico todas las citas reunidas por nosotros: Hainaguaden lo escribió Torriani en su mapa de Lanzarote (1978: 45), el primero de todos, a finales del XVI; después, en el XVII, en sus respectivos mapas, Briçuela y Casola (2000) escribieron Hasnaguaden y P.A. del Castillo (1994) Haznaguaden, y en unas escribanías de Teguise de 1618 aparece escrito como Ynaguaden e Ynaguadera (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: doc. 24 y 207, respectivamente); en el siglo XVIII, tras las erupciones del Timanfaya, entre los lugares «perdidos por la arena y cascajo que los ha tupido» cita Riviere (1997: 194) a Iguaden, sin acento, que tenía entonces 7 vecinos, mientras que Viera y Clavijo escribe para este mismo contexto Iñaguadén (1982a: I, 788) pero en otro contexto posterior escribe Iniguadén (ibid.: 794). De todos ellos, el que más garantía nos ofrece es el de Riviere (salvado el olvido del acento), pues fue el único que recogió la toponimia personalmente de la tradición oral de la isla, y quien la manuscribió sobre el mapa que él mismo dibujó con las grafías más cercanas a lo que había oído. A partir de aquí, las citas de este topónimo van a copiarse las unas a las otras, como puede comprobarse en el acopio que de todo ello hace Wölfel en sus Monumenta (1996: 759).


Pero tras la aparente diversidad formal de todas esas escrituras no hay sino una única raíz léxica, que Wölfel interpreta como wad(a), precedida y continuada por elementos morfemáticos signos del plural, y que vendría a significar algo así como 'canales de riego' o 'las fuentes', lo que es difícil de suponer en el campo de lavas que hoy constituyen aquel territorio, tras las erupciones del Timanfaya, pero no en el tiempo en que se le puso el nombre, que al decir de todos estaba en el lugar mejor y más fértil de toda la isla y en donde no eran raras las fuentes.



Infierno:

En todas las toponimias insulares de Canarias pueden encontrarse uno o varios topónimos que tienen en su configuración el nombre del Infierno. Puede decirse que detrás de esa denominación hay una geografía escabrosa, de tintes negros y de límites no bien conocidos que provocan temor. En Lanzarote son tres los topónimos calificados de Infierno: la boca de una sima en el municipio de Yaisa, una cueva en la isla de Alegranza y el Roque del Oeste, que todo él es denominado como segunda denominación como Roque del Infierno.


El topónimo más famoso y llamativo de los tres es la Boca del Infierno, que es una profunda sima que se abre dentro del cráter de una de las montañas surgidas de las erupciones del Timanfaya de entre 1730 y 1736. El nombre es moderno, pues ni siquiera nació a raíz de aquellas erupciones, sino con la necesidad de «bautizar» cada uno de los accidentes más llamativos que hay en el Parque Nacional Timanfaya una vez que se abrió al público en visitas reguladas y guiadas. Agustín Pallarés la ha descrito como una chimenea volcánica que se hunde en el suelo a manera de pozo, con una boca de entre 4 y 5 m de diámetro y una profundidad indeterminada, pero considerable. Al lado de esta Boca está la llamada Caldera de Boca del Infierno, de impresionante y terrible aspecto que indefectiblemente produce exclamaciones en todos los que giran la visita al Parque Nacional.



Islote de Hilario :

El término islote tiene en la toponimia de Lanzarote (y en su habla popular) dos referencias bien distintas: primero, la común de 'isla pequeña', que se da a las islas del archipiélago «chinijo» del norte, en su conjunto (y específicamente a Montaña Clara y Alegranza, y a las otras «isletas» de la costa de Arrecife (Islote de las Aves, I. de San Gabriel, El Islote) o de la costa de Tinajo (Islotito el Mariscadero y El Islotito); y segundo, la particular de Lanzarote, con referencia a un accidente del interior, de 'pequeño espacio de tierra cultivable rodeado totalmente de lavas volcánicas', como aplicación metafórica del sentido general primero a ese mínimo espacio de tierra útil (Trapero 1999: s.v.).


Los topónimos con esta segunda referencia, que son muchos (25 exactamente), aparecen sólo en los municipios de Tinajo y Yaisa, y en las zonas cubiertas por las lavas del Timanfaya, por lo que hay que suponerlos (a ambos, a los accidentes como tales y a sus correspondientes topónimos) de creación moderna, posteriores a las erupciones de 1730-36. El complemento con que suelen designarse estos Islotes, constituido generalmente por antropónimos (Islote Cho Gregorio, I. Cho Capote, etc.), denotan la vinculación a una propiedad. El más famoso de ellos es el Islote Hilario, en el mismo centro del Parque Nacional de Timanfaya, sobre el que se cuenta la leyenda que en él existía una higuera frondosa pero sin fruto, «porque nunca puede salir fruto del fuego». El término Islote con este segundo sentido ha sobrepasado los límites de Lanzarote y se ha instalado también como topónimo en la isla vecina de Lobos (Islote de Barreto e Islote de la Cárcel), y hasta en la parte más cercana de Fuerteventura, en el mun. de La Oliva (Islote Rodrigo, Islote Redondo, etc.).



Islote del Amor:

Es uno de los pequeños islotes que forman la costa de Arrecife, constituida justamente por una serie de arrecifes, algunos de los cuales afloran solo en las mareas bajas, mientras otros constituyen verdaderas islotes. Éste del Amor se llamó primeramente Islote del Quebrado y posteriormente Islote de Fermina. El actual nombre de Islote del Amor lo recibió a mediados del siglo XX, según tradición popular, por ser aquel lugar un refugio nocturno de los enamorados.



Islote del Castillo:

El islote más alejado de la costa de Arrecife recibió en los primeros tiempos el nombre de Islote de Fuera, para oponerlo al más cercano a tierra firme, que era el Islote de Tierra. Hoy a éste segundo se le llama Islote del Puente de las Bolas, por el puente que se ha construido para salvar el estrecho de mar, mientras que al primero que nos ocupa se le llama Islote del Castillo o de San Gabriel, por haberse construido en él un castillo para defensa de la capital y de la isla. Se le tiene por la primera fortaleza que se construyó en la isla que se mantiene en pie, pues de la fortaleza o «castillo» de San Marcial, construido por los franceses de Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle en la zona del Rubicón, no quedan ni los restos. El de San Gabriel se inició en la segunda mitad del siglo XVI, a base de cantería y mampostería, pero bien pronto resultó ser insuficiente ante los ataques piráticos llegados desde Berbería, por lo que fue agrandado y reforzado en sucesivas etapas hasta llegar al estado actual que presenta. En la actualidad, perdido ya del todo su carácter defensivo, se ha convertido en sede del Museo Arqueológico de la isla.



Islote del Francés:

Este Islote del Francés es el mayor de los islotes y arrecifes de que está constituida la costa de la capital de la isla de Lanzarote. Está situado frente al Charco de San Ginés y está separado de tierra firme por un pequeño canal que se salvó primero con un puente y modernamente con una autovía. El nombre de El Francés se le atribuye a un ciudadano de esta nacionalidad que arrendó el islote para sus negocios de pesca. El islote ha pasado a lo largo de la historia por sucesivas manos de propiedad, pero siempre vinculado a los negocios de la pesca, entre ellos importantes fábricas de envases y salazones de pescado procedente de Banco de Pesca Canario-Sahariano, hasta que en las últimas décadas del siglo XX fueron decayendo hasta abandonar definitivamente esa actividad.



Islote del Puente de las Bolas:

Es otro de los pequeños islotes de que está formada la costa de Arrecife, separado de tierra firme por un estrecho canal que ahora salva un puente de cantería rematado por una estructura aérea de cuatro pilares rematados por cuatro bolas, y de ahí el nombre que recibe el islote. Este Puente de las Bolas fue construido en la segunda mitad del siglo XVIII. Antes de ello al islote se le llamó Islote de Tierra, por ser el más cercano a la costa firme.



Jameos del Agua :

Es este un topónimo que ha adquirido modernamente gran relieve a causa del turismo, por ser una de las atracciones más interesantes que puedan verse en la isla. Su nombre específico se debe al agua que por filtración del mar cubre el fondo de la cueva. En ella vive una especie de cangrejillos blancos y ciegos a los que, desde los folletos turísticos, se les llama jameítos. Y desde esa asociación, esos propios folletos dicen, con error manifiesto, que el nombre de Jameos que recibe la cueva se debe a los cangrejos que en ella viven. Tenemos que denunciarlo: es totalmente inexacto e inventado: los cangrejillos no tienen nombre conocido, si se les da el de jameos lo es por metonimia, y es, en todo caso, denominación moderna, no tradicional.


El término jameo es un guanchismo exclusivo de Lanzarote, vivo en el habla popular y con presencia abundante en su toponimia, incluso en el islote de Alegranza. Justamente por su uso como apelativo, su significado es bien conocido. Tres acepciones le atribuye Torres Stinga (1995: 281) sobre el habla popular de Lanzarote: «cueva volcánica hundida», «tubo volcánico» y «hoyo hecho en la lava para plantar un árbol frutal», pero el verdadero significado es el de 'agujero que se produce como consecuencia del hundimiento del techo de un tubo volcánico', siendo indiferentes el tamaño y el aprovechamiento que de él se haga.


Una interpretación caprichosa y disparata da Sosa Barroso (2001: 74) al término jameo, diciendo que se llama así por el jemío que hace el viento en la cuevas.


Jameo se relaciona con cueva, pero un jameo, en todo caso, es sólo la parte de la cueva de la que se ha desprendido el techo, no el resto del tubo volcánico o cueva. Se diferencia de la cueva, porque el jameo siempre está descubierto. Y por ello puede ser lugar apropiado para plantar en él o higueras o parras. «Todo se esconde en Lanzarote -observó Verneau 1981: 116)-: los habitantes en sus casas, los coches en sus cocheras y los árboles en grandes agujeros». (Hay una estupenda y larga descripción de tan particular accidente en Hernández Pacheco 2002: 263-281).


Según descripción de Agustín Pallarés, 21 son los topónimos de Lanzarote que llevan el nombre de Jameo (aparte otros 3 que están en el islote de la Alegranza), todos ellos pertenecientes al tubo volcánico que baja del volcán de La Corona y se adentra en el mar . Cada uno de ellos tiene su propio nombre, siendo los más nombrados la Cueva de los Verdes, a la que se entra precisamente por un jameo, y los Jameos del Agua; pero también el Jameo de Puerta Falsa, en el extremo norte de la Cueva de los Verdes, porque por ella entraban y salían los lanzaroteños huyendo de los ataques piráticos y berberiscos en los siglos XVI XVII y XVIII; Jameo Tacho, por metátesis de chato: 'más bajo que ancho'; Jameo Cumplido, por ser el más largo de todos; etc. Característica morfológica peculiar de este nombre es que en la toponimia aparece siempre en singular, Jameo, por ser precisamente accidente individual, excepto el nombrado Jameos del Agua, y eso porque éste está formado por tres jameos particulares: el Jameo Redondo, el Jameo Grande (o Jameo del Agua, propiamente dicho) y el Jameo Chico.



Janubio :

Janubio es un topónimo que designa una zona del SO de la isla de Lanzarote y, dentro de ella, a otros accidentes secundarios, como a una playa, a una laguna interna separada de la playa con una franja de tierra y a unas salinas que allí se implantaron desde tiempos antiguos. Quizás sean estas salinas las que más notoriedad han dado al topónimo de Janubio, pero eso no justifica de ninguna forma que sean ellas las que expliquen su etimología, tal cual propone, disparatadamente, Sosa Barroso (2001: 154): Janubio -dice- procede de sal nuveo 'sal nublada, enturbiada', que evolucionó a jal nuveo y de ahí a janubio. Por el contrario, el topónimo parace de origen guanche, pero nadie, sin siquiera Wölfel (1996: V, 53), ha podido ni sabido darle una explicación desde el punto de vista de su significado.


En cuanto a la escritura, en la actualidad sólo una forma. Janubio, pero no así en tiempos anteriores. La primera vez en que se registra es en el mapa de Torriani, en 1590, y lo hace como Anuvio, y lo mismo en la cartografía de Brihuela/Cosala, en 1635; y lo mismo, pero con b, en la de P.A. del Castillo, en 1686; sólo a partir de Riviere (1741) y de Viera (1772) se fija en la forma en que ha llegado hasta hoy. Otras formas, como la de Xanubio de Berthelot, es pura solución individual.



Jardín de Cactus:

Topónimo moderno por ser también un lugar moderno, construido por César Manrique para ser lo que su nombre dice, un jardín de cactus, habiéndose convertido desde el momento mismo de su construcción en una de las atracciones turísticas más visitadas de la isla, situada al norte del pueblo de Guatisa. Se aprovechó para su ubicación un antiguo rofero del que se había extraído el rofe para enarenar los tunerales de la Vega de Guatisa en los que se criaba la cochinilla. Ni jardín ni menos cactus son términos propios de la toponimia local, sino exóticos, razón por la cual ha empezado un proceso de reemplazamiento en la tradición oral, que si no llega a prosperar es solo por la fuerza de la escritura en letreros de carretera y en los folletos turísticos. Pero nosotros oímos en nuestras encuestas a dos pastores de la zona denominarlo como Jardín de Castro.



La Geria :

En la actualidad, La Geria es topónimo exclusivo de Lanzarote que nombra una zona muy característica de la isla por el sistema de cultivo que allí se da, la vid, y una pequeña localidad en ella enclavada. Pero en épocas antiguas (en documentación de los siglos XVII y XVIII) se nombraba como Las Gerias, en plural, y de manera particular La Jeria Alta y La Jeria Baja, razón por la que pudo ser en ese tiempo un simple apelativo. De su significado nada podemos decir, porque no lo tiene en la actualidad ni sabemos cuál pudo ser en caso de que, en efecto, fuera apelativo. Y de su etimología, tenemos dudas. Es voz que no aparece en ningún diccionario del español, ni general ni dialectal canario. Se le tiene por guanchismo, y así aparece en Wölfel (1996: 238), apoyado en las documentaciones de Berthelot, Madoz, Millares y Chil. En su apoyo puede citarse la forma próxima de Gerián, topónimo de La Gomera, pero en contra puede citarse, a su vez, el topónimo Geria, un pequeño pueblo de la provincia de Valladolid, al lado de Simancas, y Jérica, de Castellón.


Sosa Barroso (2001: 153), caprichosamente y sin explicación alguna, hace derivar Geria de un hipotético castellanismo heria, evolucionado a feria, con el sentido de 'bulla, alboroto'.


El entorno paisajístico de La Geria constituye uno de los hitos más llamativos de Lanzarote y ejemplo paradigmático del trabajo y del ingenio del agricultor isleño para superar las dificultades del terreno. Su origen se encuentra en las erupciones históricas del Timanfaya, entre 1730 y 1736, que cubrió toda esta zona de La Geria, entre los mun. de Yaisa y Tías, con coladas y un espeso manto piroclástico, llamado popularmente picón o rofe. Aprovechando las propiedades de este material eruptivo, que retiene la humedad atmosférica y evita la evaporación, los campesinos excavaron hoyos de hasta 2,5 m hasta encontrar la tierra fértil y plantaron en cada uno de ellos una cepa de vid, y a su vez levantaron una semicerca de piedra en el borde superior de cada hoyo para evitar el viento, configurando un paisaje extraño y hermoso, uno de los más característicos de Lanzarote, y la zona mejor de la isla en la producción de sus famosos vinos de malvasía.



La Graciosa :

La Graciosa está separada de Lanzarote por un estrecho de un kilómetro de ancho y de escasos metros de profundidad, denominado El Río. La isla tiene 27'24 km² y una altura máxima de 266 m en Las Agujas Grandes. En descripción de Torriani, La Graciosa «en la parte de Levante tiene tres montañas muy hermosas, iguales y muy parecidas [Montaña Bermeja, Montaña del Mojón y Montaña de las Agujas], y en la parte del Poniente hay otra no menos hermosa y agradable [Montaña Amarilla]» (1978: 33-34). A estos cuatro accidentes geográficos principales de la isla, hay que añadir una playa de las Conchas, así llamada por estar constituida de una acumulación de cáscaras de moluscos Helix, que al caminar sobre ellas producen un crujido especial al romperse.


La isla de La Graciosa aparece citada en todos los textos históricos, desde Le canarien, y en muchos de los cartulanos primitivos, desde el del mallorquín Abraham Cresques, en 1375. En Le canarien se cita de continuo, pues los normandos la utilizaron como desembarcadero. La aparición del topónimo con artículo o sin él es bastante aleatorio, lo mismo que su escritura, afectada en muchas ocasiones por el fenómeno del seseo: así, Briçuela y Próspero Casola escriben Grasiosa, mientras que P.A. del Castillo lo hace Grasioça. En la actualidad, se escribe y se nombra siempre con el artículo, y se escribe siempre conforme a la etimología del castellano, aunque en Canarias se pronuncie con /s/, según la norma isleña.


En impresión de Torriani, que además la dibuja desde la playa de Famara, La Graciosa «aparece graciosísima a la vista, tanto por la forma como por el sitio en que está, y por esto fue nombrada así por Letancurt» (1978: 33). Nada encontramos en las crónicas de la conquista bethencouriana que justifique esta etimología (mejor «motivación designativa») del ingeniero italiano, pero nada obsta de que así fuera, pues, efectivamente, el aspecto con que aparece La Graciosa, desde cualquier lugar que se la mire, pero más desde Lanzarote, es siempre agradable y amable, amarilla y dorada, fácil y hermosa, graciosa, al fin: una isla «bien bautizada». Y se extiende Torriani en su descripción y en el uso que de la isla hacen tanto los de Lanzarote como los piratas que allegan a ella, por su fácil arribo y quieta navegación. «Este islote -dice- no tiene ni agua, ni árboles, ni animales salvajes (como escribió Plinio), sino solamente conejos que pusieron en ella los cristianos, como también en las otras dos [Alegranza y Montaña Clara]. Algunas veces los lanzaroteños dejan en ella las cabras y las ovejas, y, cuando se multiplican, las vuelven a recoger y las venden en Tenerife o Gran Canaria» (ibid.: 35). Y sigue después con dos párrafos dedicados a las pardelas, aves de las que los lanzaroteños se sirven para múltiples fines. Finalmente, teniendo La Graciosa tan agradable espacio, identifica Torriani que es allí donde Torcuato Tasso ubicó el lugar en que Rinaldo aparece encantado por Armida.


La isla no se pobló, de manera estable y fija, hasta finales del XIX o principios del XX, con gentes lanzaroteñas procedentes fundamentalmente de la costa de Teguise o de Haría, según la tradición, con el proyecto de instalar en ella una factoría de salazón y derivados vinculados al banco pesquero canario-sahariano . Aquel proyecto nunca llegó a ejecutarse del todo, pero los primeros pobladores que se quedaron en la isla trajeron a sus familias y formaron un poblado en la caleta más próxima a la isla de Lanzarote, Caleta del Sebo, el único núcleo de población que ha tenido La Graciosa, aunque modernamente empieza un segundo núcleo en Pedro Barba, éste constituido por residencias turísticas o familiares más temporales que permanentes. La actividad única de los gracioseros es la pesca. Y su población total no sobrepasa los 500 habitantes. Sin embargo, tal como se desprende del informe de Torriani, la isla de La Graciosa ha sido un territorio usado y explotado desde siempre, razón por la que es tan rica su toponimia, pudiéndose decir que la isla está tan «toponomizada» como cualquier otro espacio de Lanzarote.



La Santa :

En la costa de Tinajo hay un pequeño lugar llamado La Santa sobre el que no existe documentación antigua alguna, quiere decirse anterior al siglo XVIII. La leyenda popular dice que el nombre procede de una santera (curandera) que vivía allí, en unas casitas cercanas a la orilla del mar. Sosa Barroso 2001: 133), por su parte, dice de deriva de la exclamación ¡salta!, por una piedra que hay cerca de la costa desde donde los marineros saltaban a tierra.



Lanzarote :

El nombre de la isla, Lanzarote, procede, según todos los más prudentes autores, de un antropónimo, de Lancilotto (o Lancelotto o Lancelot) Malocello (o Malucello o Malosiel), traficante genovés que habría llegado a la isla entre 1320 y 1340 (otros creen que entre 1312 y 1332) con propósitos comerciales; que permaneció en la isla unos 20 años, que levantó una torre de piedra que aún subsistía en los años de la conquista bethencouriana (Cabrera Pérez et alii 1999: 291-295) y que finalmente sería expulsado o muerto por los aborígenes . De ello se hacen cuenta los capellanes autores de Le canarien, quienes al llegar a la isla en 1402 se encontraron «un viejo castillo que, según dicen, había hecho Lancelot Maloisel, cuando conquistó el país» (2003: texto G, 57). Las aventuras del genovés serían difundidas entre los navegantes que por aquellos años arribaban a las islas, y así empezaron a llamar a Titerroygatra, o como se dijera en lengua guanche, «la isla de Lanzeloto». Eso explica, por ejemplo, que en el mapa de Angelino Dulcert (de 1339), uno de los primeros portulanos en que se dibujan las Islas Canarias en su posición geográfica más o menos real, la de Lanzarote lleve el nombre del genovés: insula de Lanzarotus Marocolus (sic). Y ese fue el nombre que, con múltiples variantes, se impuso en toda la cartografía posterior: Lancelot, Lancelotto, Lancilotto, Lançarote, hasta el Lanzarote inequívoco actual (pronunciado por los isleños, eso sí, /lansaróte/, y de ello dejan constancia varios autores que arribaron a la isla en muy distintos tiempos y escribieron sus nombres principales: Lançarote es como aparece en las cartografías de Íñigo de Briçuela/Cosala y de P.A. del Castillo, por ejemplo).


Y sin embargo, otras varias etimologías disparatadas se le han asignado al nombre actual de la isla, asociadas a su conquista franconormanda. La primera de ellas se debe al gran humanista Antonio de Nebrija, quien se ocupó de no pocas cuestiones relacionadas con las Canarias en su famosa obra Décadas. Pues en un pasaje del cap. II explica que el nombre de Lanzarote procede de Lanza-rota por habérsele roto la lanza a Jean de Bethencourt en el momento de saltar a tierra para su conquista. Y así se repite en autores como Torriani, Abréu..., hasta Viera. Y son estos mismos historiadores quienes consideran otra etimología no menos disparatada, la de que Lanzarote deriva de la expresión lance l'eau, que significa 'echa el agua', y que sería la gozosa expresión que los franceses dijeron cuando avistaron sus tierras. Finalmente, una tercera explicación se ha querido dar, tan absurda como las dos anteriores, pero ésta moderna, y venida de alguien que era filólogo de profesión, lo que agrava más aún el disparate: dice Sebastián Sosa Barroso (2001: 17) que el nombre de Lanzarote no deriva ni del Lancellotto genovés ni de la Lanza-rota de Nebrija, sino de Isla Cerote > La cerote, siendo el cerote el jugo de la tabaiba. Tal cúmulo de entuertos encadenados no merita ni que se deshagan, sólo contarlos como cosa ingeniosa e ignorarlos.


¿Pero cuál fue el nombre que la isla tenía en la época guanche? Si hemos de hacer caso a Le canarien, que es el primer texto que se detiene por extenso en ella, los aborígenes la llamaban en su lengua Tyterogaka (texto G, 142) o Tytheroygatra (texto B, 348). La explicación que se ha querido dar a esas dos formas por parte de quienes se han ocupado de traducir la lengua guanche son tan dispares como disparatadas, a base de descomponer la palabras en cuantos elementos o formantes convenía para sus caprichosas hipótesis. Como Gómez Escudero dice que a Lanzarote la llamaban Tite, Marín y Cubas asentó que tite era el nombre de una tribu africana entre Mazagán y Mármora, en el cabo de Cantín (1993: 251), lo que explicaría el origen de los de Lanzarote; Viera y Clavijo descompuso el nombre en tres segmentos: Tite-roy-gatra (1982: I, 67), sin ofrecer nunca su significado; Marcy le propuso un origen del tuareg tatergaget con el significado de 'la que está quemada' o 'la ardiente', lo que visto desde hoy parece muy convincente, pero no en la época en que fue habitada por los «majos», en que faltaban 18 siglos para que surgieran las montañas «del fuego»; Vycichl cree que la voz Lanzarote es una españolización de la voz aborigen (procedente del bereber) anzar, que significa 'lluvia', nombre que sería no sólo inmotivado sino totalmente contrario a la condición de la isla; Wölfel lo pone en relación con la expresión beréber atte regga, que significa 'hombre, buen corredor', en nada aplicable a Lanzarote; y Álvarez Delgado propone descomponer el vocablo en ti-terog-akaet, que significaría 'montaña colorada', en referencia expresa al topónimo actual de Las Coloradas, lugar en que desembarcaron los normandos y que llamaron Rubicón. El caso es que de aquel extraño nombre guanche nada queda en la toponimia de Lanzarote. Bueno, sí: a un barrio de Arrecife llamado desde el comienzo Santa Coloma se le ha puesto modernamente el nombre de Titerroy, en recuerdo del supuesto nombre primitivo de la isla; pero eso es un neologismo nada tradicional.


Otro nombre guanche se ha asignado a Lanzarote, el de Toicusa o Torcusa, que según parece era el que le daban los «majos» de Fuerteventura. Pero este supuesto nombre no tiene fuente fiable: Berthelot, como tantas otras veces, lo atribuye erróneamente en esta ocasión a Abréu Galindo. Wölfel cree que se trata una mala lectura de Teguise, y sin embargo, Marcy lo traduce como 'la ardiente, la que está caliente', lo mismo que había traducido antes Titeroygatra.


¿Y cómo se llamó a Lanzarote en la época romana y en latín? Aquí la confusión es tanta o mayor que en lo anterior. Torriani cree que debe corresponder con la Planaria de Plinio, por la falta de alturas que tiene, o con la Pluvialia, por la ausencia de otras aguas que las de lluvia, mientras que Abréu Galindo cree que Lanzarote y Fuerteventura eran en la antigüedad una sola y que se llamaba Capraria, no porque en ellas hubiera cabras, sino porque significando la voz caprea 'lince', estas dos islas unidas tenían mucha largura, tanta como la vista de los linces . También se le ha asociado a Lanzarote y sus islotes, junto a Fuerteventura, con el nombre de Purpurarias, por el tinte de color púrpura que de ellas se extraía.


Otras denominaciones tiene en la actualidad Lanzarote, vinculadas sobre todo a la promoción turística de la isla en el exterior, tales como Isla de los Volcanes, Isla del Fuego o Isla Mítica, tres nombres que bien se ajustan a su geografía y a su historia.



Los «islotes» de Lanzarote (Archipiélago Chinijo) :

A la demarcación de Lanzarote se le ha asignado desde siempre el conjunto de islas, islotes y roques que se sitúan en su parte norte. Así los denomina Viera y Clavijo (1982a: I, 17-19), estando constituido, según él, por una «isla»: La Graciosa, dos «islotes»: Alegranza y Montaña Clara, y dos «roques»: Roque del Este y Roque del Oeste. Excepto La Graciosa, que tiene una población estable desde principios del siglo XX, son «tierras todas -dice Viera (1982b: islote)- montuosas, áridas y desiertas». Y especifica a continuación: «En la Alegranza se coge orchilla; en la Graciosa pastan los ganados durante el invierno; en Montaña Clara se buscan los mejores pájaros canarios; en la isla de Lobos se hacía antiguamente la pesca de las bestias marinas de este nombre; y en todas se encuentran huevos de tortugas, mariscos, conchas, etc.». Debe decirse que, en la actualidad, la isla de Lobos, también despoblada, se incluye en la demarcación de Fuerteventura.


No ha habido nunca una denominación específica para este conjunto de uso general. Quizás la más usada haya sido la de Los Islotes . Sólo modernamente se le ha empezado a llamar Archipiélago Chinijo, desde aproximadamente la década de los 80 del siglo XX, y así empieza a usarse en geografías locales, mapas turísticos, ensayos periodísticos divulgativos y otras publicaciones. Pero tal denominación fue implantada desde el exterior de la isla y desde la «erudición», sin que hasta la actualidad se haya hecho popular entre los naturales lanzaroteños y ni siquiera se haya aceptado. Y sin embargo, la palabra chinijo pertenece por entero y en exclusiva al léxico popular de Lanzarote, significa 'pequeño' (derivado probablemente, por síncopa, de chiquinajo) y se aplica casi con exclusividad a los niños, con un sentido muy cariñoso. De ahí que, metafóricamente, el término haya pasado a la geografía para nombrar al «archipiélago pequeño» del norte de Lanzarote.


De la presencia de estas islas «menores» en la historiografía y cartografía primitiva, cabe decir que La Graciosa aparece, por lo general, en todos los registros, desde Le canarien (que es a la única que cita, junto a Lobos); Alegranza y Montaña Clara aparecen también de continuo, desde Torriani y Abréu Galindo, en todos los registros del siglo XVI y siguientes; Roque del Este aparece por vez primera en los mapas de Íñigo de Briçuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1686); y Roque del Oeste sólo desde la cartografía de Antonio Riviere (1741), allí con el nombre de Roquete. No obstante, salvo La Graciosa, constituyen el territorio menos conocido de las Islas Canarias, no sólo por los visitantes foráneos, sino por los propios canarios.


Sobre la soledad y el silencio en que viven estos islotes, y sobre el desconocimiento general que de ellos se tiene, escribió Dulce María Loynaz unas bellísimas líneas:


Sólo el viento las ronda día y noche. Sólo el viento se acerca a ellas, pasa por ellas, penetra en su quemada soledad. El viento es, en verdad, el único habitante de su suelo, porque éstas son las islas Desiertas, las Cenicientas del Archipiélago. Cenicientas por la preterición y hasta por la ceniza. Los barcos huyen de sus costas, los niños olvidan pronto sus nombres aprendidos en la escuela, y hasta las plagas de langostas, cuando vienen de África, pasan de largo sobre los manchones que ellas proyectan sobre el agua. Son hermanas de las Afortunadas, pero ellas no lo son: como frutos de oscura bastardía, estas islas carecen de todo cuanto es gracia, ternura y abundancia en las demás... Alegranza, Graciosa, Isla de Lobos, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste son nombres que se ciñen a sus peñas cual coronas de flores a las sienes de las doncellas muertas (1992: 172-173).


Un lugar hay en la isla de Lanzarote que ofrece una soberbia panorámica sobre el conjunto de este archipiélago menor: en la parte noroeste, desde las cumbres de El Risco de Famara. Hoy es posible hacerlo desde el Mirador del Río, un lugar acondicionado por César Manrique, que se ha convertido en una de las visitas turísticas imprescindibles de la isla. Si se le llama «del Río» lo es un poco impropiamente, pues no es ése un atributo del mirador ni es tampoco su objeto: «El Río» a que se refiere es el canal que separa la isla de Lanzarote de La Graciosa, pero la panorámica a la que se dirige el mirador es al conjunto de los islotes, eso sí, enmarcados todos por el mismo mar. Merece la pena leer la impresión que aquella vista de los Islotes causó a una famosa viajera que recorrió las islas a finales del siglo XIX, la inglesa Olivia Stone, cuando todavía no había en Lanzarote «miradores», pero sí la misma panorámica que ahora se puede contemplar:


Rara vez he visto algo más bello que estas escarpadas rocas de color gris, rojo y pardo, rodeadas de azul. Si se las observa por separado, no hay nada en estas islas, desnudas y sin árboles, que suscite admiración, pero lo que les da su belleza hay que verlo para admirarlo. Es el maravilloso colorido, el cielo azul con nubes aborregadas, y estos islotes escarpados, de vivos colores y desiertos, engarzados como piedras preciosas en un mar turquesa (Stone 1995: 315).



Mácher:

Mácher es el nombre de una localidad perteneciente al municipio de Tías, hoy muy extendida en sus edificaciones y situada en territorio totalmente inundado por las lavas y cenizas volcánicas de las erupciones del Timanfaya en el primer tercio del sigo XVIII. De ahí que exista otro topónimo denominado Volcán de Mácher que en el vocabulario de Lanzarote expresa su condición de erupción moderna, frente a los campos cubiertos de lavas antiguas que se llaman malpaíses. Y hay además otros varios topónimos menores subsidiarios con el nombre de Mácher.


Mácher es la única forma como debe escribirse, pues su acento paroxítono es inequívoco (incluso en algunas pronunciaciones locales, que añaden una -e paragógica: Máchere).


Como voz de origen guanche es analizada por Wölfel en sus Monumenta, pero ni él ni nosotros tenemos una propuesta fidedigna del significado que tuvo en la lengua de los aborígenes lanzaroteños.



Maciot :

Maciot (o en pronunciación local Masió o Masión; en el Diccionario de Madoz se escribe Mación o Marción) es un pequeño caserío del mun. de Yaisa, cuyo nombre corresponde al que fuera sobrino de Bethencourt y sucesor de los derechos del señorío. .



Máguez:

Máguez es una localidad del norte de Lanzarote, perteneciente al municipio de Haría, pero el nombre designa además a otros topónimos subsidiarios, como el Malpaís de Máguez y la Quemada de Máguez (en realidad una montaña cuyos materiales tienen el aspecto de quemados), sin que sea posible decir a ciencia cierta cuál de los tres accidentes, el volcán, el malpaís o la localidad, es el que primero recibió el nombre. El pueblo es antiguo, pues aparece citado en las relaciones de localidades que había en la isla con motivo de las erupciones del Timanfaya, en 1730, estuvieran o no afectadas por ellas. Pero mucho antes del pueblo estuvo la montaña, como hito referencial de todo el contorno, por lo que es lo más probable que el nombre de Máguez lo tuviera primeramente el volcán.


La escritura única actual de este topónimo es la de Máguez, pero la única realización oral es la de [máges], que concuerda además con la mayoría de las citas históricas reunidas por Wölfel (1996: 1025-1026): Magués, Magues, Máguez, Magua y Maguez. Como puede comprobarse, las alternancias de la escritura están motivadas por el acento y por la consonante final, que es resultado de una falsa interpretación a partir del seseo dialectal canario, pero que no hay tal, pues es voz de origen guanche. Por lo tanto, habría que restaurar su verdadera escritura, que debería ser Magues, tal como lo hicieron Álvarez Rixo (1991: 76) y Madoz (1986: 145).



Majo:

Dice Torriani (1978: 37) que los antiguos llamaron a la isla Maoh, de donde los naturales se dijeron mahoreros; y, un poco más adelante (pág. 41), que por zapatos llevaban un pedazo de cuero de cabra que llamaban maohs. Lo mismo atestigua Abreu (1977: 54), especificando que el nombre de mahoreros pertenecía por igual a los naturales de Lanzarote y de Fuerteventura. Y de ahí que el nombre actual que desde la investigación histórica se da a los guanches de Lanzarote sea el de majos (por ejemplo, Cabrera Pérez et alii 1999, que lo ponen en el título de su obra). Pero esta denominación no es en absoluto popular: el gentilicio de los de Lanzarote es en la actualidad el de lanzaroteños o (dentro de las islas) el de conejeros, reservándose el de majoreros sólo para los de Fuerteventura. El término majo, siendo de origen guanche, ha pervivido en el habla popular de Canarias, pero sólo en la isla de El Hierro, y allí, justamente, con la significación que ya le asignaban Torriani y Abreu: majos llaman los pastores herreños al rústico calzado (especie de abarcas) que ellos mismos usaron hasta tiempos recientes, siendo primero de cuero de ovejas o cabras y después de gomas de camiones (ver Trapero 1999: 123-124).


No obstante, el término majo pervive en la toponimia de Lanzarote (y en la de Fuerteventura), sin duda con la referencia a los aborígenes, en los siguientes casos:


Topónimo Municipio Mapa
Casita de los MajosHaría10.104
Cortijo el MajoTeguise9.148
Cueva de los MajosTeguise7.75
Cueva de los MajosTeguise7.149
El Guardia de MajoTias12.85
El MajoTeguise13.43
Morro del MajoHaría4.40
Piedra de los MajosTeguise6.117
Playa del MajoTinajo6.138


Y sin embargo, la única vez que aparece el término majorero en la toponimia lanzaroteña (
Morro Majorero, SB 12.7) parece que está en relación con Fuerteventura, no de Lanzarote.



Mala:

Nombre de una población del norte de la isla, de problemática etimología. Más que tener su origen en el adjetivo del español mala, muy impropio en las leyes toponomásticas para sustantivarse y dar nombre a una población, el topónimo debe proceder o estar vinculado a Tinamala, la montaña más alta cercana, éste de origen indudable guanche. Y sin embargo, en el mapa que dibujó P.A. del Castillo de Lanzarote en el siglo XVIII no aparece el pueblo, pero sí una Punta Mala en la costa de su demarcación. Si así hubiera sido, el nombre del pueblo bien podría haber derivado del calificativo de la punta costera, a la que ninguna «ley» toponomástica impediría ese adjetivo, de serlo en verdad. Pero creemos que P.A. del Castillo estuvo errado en su anotación: no se llamaba Punta Mala, sino Punta de Mala, como aparece en el mapa de Torriani, el primero que se hace con cierto detalle de la toponimia de la isla a finales del siglo XVII. Y en la documentación del Archivo de Teguise del siglo XVII se cita un pequeño «lugar» de Temala, perteneciente a la demarcación de Haría (Bruquetas 1997: 321), que podemos identificar con la actual Mala. Por tanto, nos inclinamos por un origen guanche del topónimo.



Mancha Blanca:

Barrio de Tinajo en que está la ermita o iglesia de la Virgen de los Dolores o de los Volcanes, patrona de la isla de Lanzarote. El origen de la devoción a esta imagen está vinculado a las erupciones de Timanfaya del siglo XVIII. Cuenta la tradición que ante el avance de las corrientes de lava que amenazaban el pueblo de Tinajo, el pueblo organizó una procesión con una imagen de la Virgen de los Dolores, prometiendo levantarle un templo si salva a Tinajo de la desgracia ardiente. Al llegar la comitiva a Guiguán, un penitente se adelanta y planta una cruz en el suelo, y la lava se detuvo milagrosamente en este punto, siendo el 16 de abril de 1736. El acontecimiento sigue atestiguado por la cruz y explicado por una placa colocada en el frente del río de lava detenido. Y los lanzaroteños cumplieron su promesa y levantaron a su lado la ermita de Mancha Blanca, que por sus dimensiones más parece una iglesia, a donde acuden en romería desde todos los rincones de la isla cada 15 de septiembre, festividad de la Virgen de los Dolores, para honrar a su patrona. Isaac de Viera escribió una deliciosa crónica de esta romería en los comienzos del siglo XX, en donde el medio de transporte tradicional era el camello.



Maneje:

Se llama Maneje a una amplia zona de Lanzarote, intermedia entre Tahíche y Sonsamas, y en cuyos terrenos se han levantado en la actualidad dos centros comunitarios insulares: la cárcel y una granja experimental agrícola. El accidente principal de la zona es, sin duda, la Montaña de Maneje, en cuya ladera de la vertiente sureste se ha formado un gran cráter producto de la extracción de «rofe» (arenas volcánicas) para los usos agrícolas. Además, no sabemos si por continuidad del anterior o por reiteración del nombre, se llama también Maneje una zona de la parte norte de Arrecife, antes totalmente deshabitada y hoy convertida ya en barrio de la capital de la isla.


Dos entradas aparecen en el Diccionario de Madoz (1986: 145) con el nombre de Maneje: la primera, como pueblo y la segunda como montaña, pertenecientes ambos al término de Teguise. Pero añade un tercer Manique como «pago» también de Teguise, que posiblemente sea un error de escritura no detectado por el geógrafo.


Es voz de indudable origen guanche, y ha sido tratada como tal en toda la bibliografía dedicada a los guanchismos, pero nadie ha sabido darle una interpretación semántica verosímil.



Manguia:

El topónimo Manguia nombra uno de los valles que de manera paralela se suceden en la parte norte de la isla entre las poblaciones de Teguise y de Los Valles y que justamente por esa característica orográfica se denomina genéricamente a toda la región Los Valles. Dentro del valle de Manguia hay otros topónimos secundarios que llevan su nombre: un barranco y un lomo, además de un Cortijo de Manguia.


Como [mángja] lo oímos pronunciar nosotros, con acento paroxítono, y de esta única manera, sin embargo en el mapa de Grafcan 20LZ09 C7 aparece erróneamente acentuado Manguía.


Es voz de origen guanche, tratada por diversos autores, aunque sin ninguna explicación etimológica convincente. Pero es probablemente que el primer componente de este topónimo esté relacionado con el panbereber aman 'agua'.



Maramajo:

Maramajo es el nombre de un corto pero bien marcado barranco de Lanzarote, que corre por el costado de poniente del macizo de Famara al noroeste del pueblo de Los Valles, perteneciente al municipio de Teguise. Este es el principal accidente, pero a lo largo del curso del barranco y en sus inmediaciones aparecen otros topónimos secundarios con el específico de Maramajo, como un cañón, un estanque, una fuente, una majada y una vaguada.


Así se conoce y escribe con exclusividad en la actualidad este término, de indudable origen guanche, pero se le nombró con otras variantes en la antigüedad y se le atribuían otras referencias orográficas. Así, en las escribanías del notario Salvador Quintana de 1618 se cita unas tierras de pan sembrar debajo del «cuchillo de Maramasgo», con la siguiente ubicación: «la Vega de Masguibio..., que lindan por la parte de arriba con el lomo del camino de Haría, y por otra parte, con tierras de la Sangre y por otro lado, con el camino que va (sic) de Teseguite a Famara... a dar al Rincón, sobre el cuchillo de Maramasgo» (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: doc. 87). En las actas del Cabildo de Lanzarote del siglo XVII se habla también de una «fuente de Maramasgo, con su chafariz de ladrillo y cal, grande, y otro más pequeño» (Bruquetas 1997: 165). En la información que P.A. del Castillo (1994: s.p.) da sobre las fuentes de la isla nombra la de Maramazgo. Esta misma forma es la que se repite en la enumeración de fuentes que dan Cabrera Pérez et alii (1999: 114). Pero ya en la relación de guanchismos de Lanzarote de Bethencourt Alfonso aparece como Maramajo y con la descripción de «montaña y cuesta en Teguise» (1991: 387).


Ante la contundencia de la documentación antigua, más parece que la forma actual Maramajo sea evolución atraída por el término majo, etnónimo particular de los aborígenes de Lanzarote y de Fuerteventura y término vivo en la toponimia de ambas islas. Pero no parece conveniente analizar el topónimo a partir del término majo.



Mareta de la Villa :

De entre todas las maretas de la isla de Lanzarote, la mayor y más famosa fue la de la Teguise, llamada Mareta de la Villa, tanto que no hay autor antiguo que hable de Lanzarote y no la cite ponderativamente, o visitante extranjero que no quede asombrado de procedimiento tan simple y a la vez tan eficaz como lo era para conservar el agua necesaria para el abasto. Pero no sólo hubo una en la demarcación de Teguise, sino tres, según la documentación del siglo XVII, las tres ya desaparecidas y ya apenas sin resto alguno: la Mareta de la Villa (o Mareta Grande de la Villa), que estuvo situada detrás de la iglesia (en la toponimia actual queda el Llano de la Mareta para recordarlo), destinada al uso exclusivo del consumo humano, la Mareta Blanca (o Mareta Blanca de las Mares, ubicada en la bajada de Las Nieves, en la parte alta de Teseguite, destinada al abrevadero del ganado: 87, 103) y la Mareta Prieta de las Mares, llamada así por el color de las tierras, que estaba por Manguia, también para los animales. Si hacemos caso a los acuerdos del Cabildo del siglo XVII (Bruquetas 1997), la mayor parte de los asuntos de que trataban y la mayor preocupación de sus regidores afectaba a la recogida de las aguas y al cuidado y buen uso de las maretas, tan importante eran para la vida colectiva. Las tres eran del común y tenían sus correspondientes guardas, estando los vecinos obligados a limpiarlas cada verano. Cuando se acababa el agua de la mareta de La Villa, se reservaba el agua de las otras dos para las personas, llegando en casos extremos a tener que sacrificar los animales o embarcarlos para las otras islas.



Mármoles, Los:

Los Mármoles es el nombre específico del puerto de Arrecife, y el de su muelle principal, que lo es también de toda la isla. El nombre es antiguo, pues ya aparece en la obra de Antonio Riviere, en 1741. En el Diccionario de Madoz (1986: 145), de mitad del siglo XIX, aparece una descripción bastante minuciosa y se apunta un posible motivo del nombre. Dice así: «A tiro de fusil del castillo de San José se encuentra dicha rada. Se sabe por tradición que ant. se llamó Playa de Doña Blanca, y por la misma consta que el motivo de haberse variado su nombre fue el naufragio de un buque español cargado de mármoles, destinado para el rey Luis XIV de Francia. Y sea lo que quiera de dicha tradición, es lo cierto que en el fondo de dicha rada existen todavía enormes cantos cuadrilongos de tercera formación, a pesar de los muchos que se han extraído en estos últimos años: dichos cantos son de diferentes dimensiones, habiéndose averiguado que los de mediano tamaño tienen 5 varas de largo, 11/2 a 2 de ancho y 1 de espesor».



Masdache :

El topónimo Masdache posiblemente debe estar vinculado al nombre de Ache. Sosa Barroso (2001: 54 y 123) así lo cree, aunque lo explica simplistamente juntando el nombre guanche al catalismo mas, resultando 'casa de Ache'. Por su parte, Afonso Pérez (1997: 69) apunta una etimología más disparatada: la de la expresión francesa mas d'ache con el significado de 'apio'.



Maso:

El nombre de Maso está casi olvidado en Lanzarote, pero fue una población que existió desde antiguo en medio del actual Parque Nacional de Timanfaya y que fue totalmente destruida por las grandes erupciones de entre 1730 y 1736. Hoy lo que queda como recuerdo de aquel poblado son topónimos muy secundarios, pues la montaña que como producto de aquellas erupciones se levantó en el lugar se conoce ya como Montaña Negra o Caldera Roja y solo los muy prácticos en la toponimia local siguen reconociendo en tercer lugar el nombre de Montaña de Maso. Y es pertinente aquí la preposición: no es la *Montaña Maso sino la montaña que se levantó en el lugar en que estaba el poblado de Maso. Además, queda un minúsculo accidente conocido como Mojón de Maso, que no es propiamente un «mojón», sino un islote de los de tierra adentro.


Estas tres denominaciones que hoy tiene la montaña representan muy bien la evolución que suele operar en la toponimia a lo largo del tiempo. La denominación que tuvo en primer lugar de Maso se va olvidando poco a poco, al haberse perdido la referencia -la localidad de Maso- que le daba el nombre; hoy queda como tercera variante, en la memoria de unos pocos hablantes de la isla, pero no tardará en perderse del todo. La sustitución toponímica de Montaña Negra le viene por la característica cromática más sobresaliente de sus cenizas, pero también por contraste con otra montaña cercana llamada Caldera Blanca. Y la tercera variante de Caldera Roja lo toma por un fenómeno de metonimia, al ser su caldera elemento principal de la montaña entera y al predominar en ella el color rojo de lavas y cenizas volcánicas.


Está suficientemente acreditado el lugar del Maso lanzaroteño anterior a las erupciones del Timanfaya, por ejemplo en una escribanía de 1618 en que se da cuenta «de un término que la dicha mi madre tenía y poseía en el término de Maso» (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: doc. 152). No aparece, sin embargo, en el mapa que Torriani dibujó de la isla de Lanzarote a fines del siglo XVI, ni en los posteriores del XVII de Briçuela y de P.A. del Castillo, quizás por ser aldea muy pequeña. En el mapa de la isla que dibujó Antonio Riviere (1997: 198-199) en 1741, una década después de que se iniciaran las erupciones del Timanfaya, señaló bien el lugar que ocupaba la localidad y la manuscribió como Maso, añadiendo que pertenecía a la jurisdicción de Jaisa, junto a Chupadero, Femés, Casitas y Vegas, sumando entre todos 210 vecinos. Igual noticia da Viera y Clavijo (1982a: I, 794), pues ambos la toman de las Constitucionales que el Obispo Dávila hizo de su visita a la isla en marzo de 1733, en pleno proceso eruptivo, con la salvedad que en el original del Obispo Dávila se escribe Maso y Viera escribe Mazo. Finalmente, en el Diccionario de Madoz (1986: 146-147) se da cuenta del Mazo lanzaroteño diciendo que es territorio que se compone de la lava volcánica que en 1730 sumergió el pueblo y vega de Santa Catalina. «En aquella época -sigue diciendo Madoz- existía también la población de Mazo y su pingüe vega, que con 6 pueblos más quedaron sepultados por dicha inundación». Y en la entrada Yaiza dice que en su territorio «se halla sumerjido el antiguo pueblo de Mazo» (1986: 228).


Por tanto, Maso es un guanchismo indudable, y como tal debe escribirse como suena. Nada hay que justifique la z con que suele aparecer en multitud de registros y que no se debe más que a una falsa etimología por creerlo término de origen español. Y lo mismo decimos respecto al igual topónimo Maso de La Palma, éste mucho más conocido por constituirse en un municipio de la isla.



Míjara:

Míjara es un lugar de Lanzarote situado entre La Santa y Tinajo, sin más característica geográfica que la de ser una zona en ligera vertiente y estar destinada en la actualidad a cultivos en el sistema de los tradicionales enarenados de esta zona. El lugar es bien conocido localmente, pues además ha desarrollado otros dos topónimos subsidiarios: el Cortijo de Míjara y el Camino de Míjara.


En algunos mapas y otros registros aparece como Mijera, pero es clara su pronunciación tal cual nosotros lo escribimos.


Lo interpretamos como voz de origen guanche y lo ponemos en relación con Mije, topónimo también de Lanzarote.



Mije:

Un solo topónimo aparece en Lanzarote con este nombre, Pared del Mije, en el municipio de Teguise. Hemos tenido dudas en la interpretación de este término, creyendo primero que era un canarismo exclusivo de Lanzarote que designaba una 'hierba silvestre'. Pero ahora, a la luz de la lexicografía dialectal, de otros registros antiguos y de la comparación con otros topónimos canarios, nos inclinamos decididamente por la hipótesis de su origen guanche.


El término mije (y variante mijen) es voz que aparece en el DDEC, si bien solo para Fuerteventura, como «pequeño agujero hecho en la pared del corral por donde pueden entrar y salir los cabritos». Esta definición es exactamente la que Bethencourt Alfonso atribuye a la palabra mísgan (sic), también solo de Fuerteventura, definida como «la gatera que pone en comunicación el góiry con el góuro» (1991: 252). Como Bethencourt vivió en una época en que todavía la cultura pastoril de Canarias seguía en gran parte los modos ancestrales de los guanches, y procuró su conocimiento directamente, debemos darle crédito, de ahí el valor inapreciable que tiene el capítulo por él dedicado al «Vocabulario guanche» dentro de su Historia del pueblo guanche. Y para explicar la definición de la palabra mísgan, antes había dicho que el góiry era «el corral de encierro del rebaño», y el góuro «el corralito para encerrar baifitos»; es decir, que los majos de Fuerteventura y Lanzarote debían distinguir entre el corral grande general para todo el rebaño, llamado góiry, y el pequeño reservado para las crías, llamado góuro.


El caso es que en Fuerteventura no ha quedado misguan como topónimo, pero sí Mije en Lanzarote, lo que de ser cierta la interpretación que aquí le damos, demuestra una vez más la similitud del léxico guanche en las islas de Fuerteventura y Lanzarote.



Montaña Clara :

Montaña Clara está situada al norte de La Graciosa, quedando separadas ambas por un canal de menos de 2 km. de ancho y de menos de 20 m. de profundidad, denominado Río de Montaña Clara. Tiene 1'12 km² y una altura máxima de 256 m. en La Caldera, siendo sus paredes sumamente acantiladas.


El nombre de este islote sí ha tenido variación al cabo de la historia. Todas las referencias antiguas a esta isla, ya sean cartográficas o de textos históricos, hasta el siglo XVIII, se hacen con el nombre de Santa Clara, así los textos en las historias de Torriani, de Abréu y de P.A. del Castillo, y de las cartografías de Valentim Fernandes (1506), de Íñigo de Briçuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1689). Es a partir de la cartografía de Riviere y de la Historia de Viera en que se normaliza su nombre como Montaña Clara. Con más precisión: es Viera y Clavijo quien atestigua el intermedio de las dos denominaciones, pues dice que se llama de las dos maneras: Montaña Clara o Santa Clara (1982a: I, 52). Todavía a fines del siglo XIX, Olivia Stone, en el relato de su viaje a Lanzarote, cita a la isla como «Santa (o Montaña) Clara» (1995: 313), seguramente por utilizar dos fuentes distintas de información: una cartografía antigua, que la nombraría «Santa», y la tradición oral, «Montaña».


Nos podemos preguntar: ¿cuándo y por qué cambió de nombre? Y antes, ¿en efecto cambió de nombre o el primero de ellos, el de Santa, no fue sino una noticia espuria que, por mala lectura, se transmitió en la escritura? En la escritura decimos, y no en la oralidad, pues es difícil de explicar (y, desde luego, va en contra de las «leyes» de la toponomástica) ese cambio de denominación en un territorio meramente referencial, al margen de toda utilización antrópica, al menos en aquellos tiempos. Puede que el nombre de Santa Clara se lo dieran los primeros viajeros europeos (posiblemente italianos) que se acercaron a sus costas en el siglo XIV, bien por advocación a la santa italiana, compañera de San Francisco, fundadora de las clarisas, y cuya popularidad estaba por entonces en el cenit, al haber sido canonizada poco antes, bien porque así se llamara el barco en que viajaban. Y que el cambio de nombre que sufrió se debiera a una motivación geográfica. Desde luego, el nombre de Montaña Clara se ajusta bien a lo que los ojos ven cuando miran aquel islote, que no es sino un puro volcán de 256 m. de altura, eso sí, del color amarillento y claro de sus tobas. Precisamente ese aspecto visual es el que debió estar en el origen de su denominación, que Torriani y Abréu ponen en labios de la expedición de Bethencourt (y que nosotros no encontramos en Le canarien). De nuevo Torriani vuelve a citar unos versos de Torcuato Tasso, esta vez de la Jerusalén liberada, para ilustrar esta visión de la Montaña Clara (1978: 33).



Montaña de la Cinta:

La Montaña de la Cinta es una de las elevaciones que cierran por el oeste el macizo de los Ajaches. Se eleva al suroeste del pueblo de Yaisa y tiene 436 m de altura. Su nombre se debe a una curiosa franja de color (propiamente un dique volcánico) que recorre la montaña horizontalmente en su parte media-alta y que es bien visible desde la distancia. El nombre, por tanto, es un claro ejemplo de metáfora aplicada a la toponimia.



Montaña Mina:

La actual Montaña Mina tuvo en tiempos pasados otras denominaciones, como Montaña Emine o Montaña El Mine o Montaña Emina, que nos llevan a considerar un origen guanche, evolucionado a través del tiempo por un proceso de hispanización hasta llegar al nombre actual. Sin embargo, nada tiene que ver con la voz española mina, que en la toponimia canaria siempre está vinculada a las afloraciones de agua.



Montañas del Fuego :

La denominación con que actualmente se conoce este lugar es la de «Parque Nacional de Timanfaya», pero este es «topónimo» moderno, debido a la declaración que de tal se hizo en 1974, y así ha pasado a los letreros de carretera, a los mapas y a los folletos turísticos que circulan por todo el mundo, porque, efectivamente, atracción mundial es, y única, este paraje de Lanzarote. Pero la denominación con que se conoció hasta esa fecha y la que sigue predominando actualmente en el habla local es la de Montañas del Fuego.


Tal topónimo, no obstante, no es muy antiguo y conocemos exactamente el momento de su nacimiento. Fue a partir de las erupciones de Timanfaya entre 1730 y 1736, cuando «el fuego corrió por los lugares de Tingafa, Mancha Blanca, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Palmas, Testeina y Rodeos, destruyéndolos todos y cubriendo con sus arenas, lava, cenizas y cascajos», según relato de Viera (1982a: I, 788). Los lugares sepultados por los nuevos volcanes eran «las más fértiles tierras de la isla», según atestiguan todos los documentos de la época. El fuego fue el elemento destructor y el que sirvió para la nueva denominación. La primera referencia a ella se la debemos a Leopold von Buch, el vulcanólogo alemán a quien debemos también el conocimiento del célebre relato que el Cura de Yaisa, Lorenzo Curbelo, hizo de la erupción a la vista directa del fenómeno. Pues llegado von Busch a la isla de Lanzarote en 1815 para estudiar de cerca la erupción de Timanfaya, escribió: «En Puerto Naos -dice- me enteré con sorpresa de que la montaña ardía aún y de que por esa razón se la denominaba Montaña del Fuego» (Romero Ruiz 1997: 101).


Y Montaña o Montañas del Fuego sigue llamándose al «edificio» principal surgido de aquellas erupciones, en donde modernamente César Manrique diseñó unas instalaciones turísticas en torno a lo que sigue siendo el elemento principal del lugar: el fuego que hay bajo tierra, y que los cuidadores de dichas instalaciones hacen ver a los miles de turistas que visitan diariamente aquel alucinante territorio. Nadie que llegue a Lanzarote puede marchase sin visitar el lugar. Como no lo hizo la célebre viajera inglesa Olivia Stone a fines del siglo XIX y quien dejó escritas sus impresiones, centradas allí en el silencio y la desolación imponentes que dominan las Montañas del Fuego:


«El silencio es agoviante y terrible. Nada se mueve; no hay siquiera una ramita que nos indique de dónde sopla el viento; sólo aridez y desolación. Dos cuervos negros aparecen repentinamente y, cuando nos sobrevuelan, puedo oír el suave roce de sus alas por encima de nuestras cabezas. Parecen aves de rapiña aguardando a que la muerte les llegue a estos intrusos imprudentes que han penetrado en estos terribles páramos» (1995: 352).


Adviértase que el plural Montañas es totalmente anómalo en el uso toponomástico de Lanzarote y de todas las islas Canarias, por cuanto el término montaña designa siempre un accidente individual, el cono volcánico surgido de un volcán. Si aquí se usa el plural, bien que como variante de Montaña del Fuego y no como denominación única, lo es por ser un topónimo neológico, surgido para referirse no a unas montañas determinadas sino al conjunto entero de las surgidas de la erupción del Timanfaya.



Mosaga:

Mosaga es un pueblo del interior de Lanzarote, que distribuye su territorio entre los municipios de San Bartolomé y Teguise y cuyos terrenos están dedicados por entero a una agricultura de secano, entre la que destaca el cultivo de la vid. Además, el nombre lo reciben como complemento otros topónimos del lugar como la Vega de Mosaga y una Peña de Tajaste o de Mosaga, por estar en territorio intermedio entre ambos lugares.


Mosaga fue uno de los lugares seriamente afectados por las erupciones del Timanfaya entre los años 1730 y 1736, «perdidos por la arena y cascajo que los ha tupido», dice Antonio Riviere (1997: 194), y cubiertos por las «arenas, lavas, cenizas y cascajos», dice Viera (1982a: I, 788). Mosaga tenía entonces 12 vecinos, según testimonio del primero. Pero gracias a aquellas cenizas volcánicas que cubrieron gran parte de su territorio, Mosaga produce ahora vinos excelentes, entre los mejores de la isla y de todo el archipiélago.


Como este término es un guanchismo, reivindicamos la escritura Mosaga, con s, conforme a los criterios ortográficos expuestos para los nombres guanches, en contra de la escritura mayoritaria -casi única en la actualidad- de Mozaga, que lo único que hace es desvirtuar el sonido auténtico de ese topónimo. Por lo demás, escrito con s aparece también en los documentos más antiguos, como en las escribanías del notario Salvador de Quintana de 1618 (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: doc. 41) y en el Diccionario de Madoz (1986: 148). Mas no es solo la escritura Mozaga la más alejada a su verdadera pronunciación, pues en los testimonios anteriormente citados de Riviere y de Viera aparece como Masaga y Mosoga, respectivamente.



Mosegue:

Mosegue es término que queda vivo en la toponimia de tres islas del archipiélago: Lanzarote, Fuerteventura y La Palma. Además, en Lanzarote pervive como apellido con tres variantes: Mosegue, Moséguez y Moseque, siendo en este uso uno de los pocos apellidos de origen guanche casi indudable.


En la toponimia de Lanzarote aparece en tres lugares: el primero, con el simple topónimo de Mosegue, es un llano situado al norte de Puerto del Carmen y los otros dos están en zona de costa al noreste del islote de Alegranza: uno de ellos con el simple nombre de Mosegue aplicado a una punta, a un jameo y a un morro, y el otro con el claro antropónimo de Juan Mosegue aplicado a una punta y a una caletilla.


Que la voz Mosegue es de origen guanche no nos plantea dudas, pero sí su origen bien sea como antropónimo o como topónimo, aunque todo apunta a que del antropónimo pasó a la toponimia. En la documentación histórica de Lanzarote encontramos a un tal Marcos Mosegue con la condición de cautivo, en un documento de 1618 del escribano Salvador de Quintana Castrillo (Bello Jiménez y Sánchez González: 2003, doc. 62); y unos años más tarde, en 1629, en otro documento del Cabildo de Lanzarote, aparece un tal Juan Rodríguez Moseque vecino de Teguise a quien se le adjudica la limpieza de la mareta de la Villa (Bruquetas 1997: doc. 35). En la actualidad, como dijimos, el apellido pervive en Lanzarote bajo las tres variantes Mosegue, Moseque y Moséguez, las dos primeros por alternancia de sonora/sorda y la tercera acomodada ya a la forma prototípica de los patronímicos españoles, en analogía con Rodríguez, González, Domínguez, etc.



Mosta:

Mosta se llama una pequeña montaña situada entre los poblados de Soo y Muñique, en territorio perteneciente al municipio de Teguise, que alterna en la denominación de Montaña Mosta o simplemente Mosta. Y además, en sus inmediaciones hay también una Hoya Mosta.


El topónimo aparece registrado y bien definido en el Diccionario geográfico de Madoz, como montaña y espacio del término de Teguise que -dice- «en años lluviosos y de pocos vientos, su terreno es bastante feraz y produce trigo y cebada en alguna cantidad» (1986: 148).


El término es de dudosa etimología. La conformación del topónimo como Montaña Mosta o simplemente Mosta, sin artículo ni elemento de relación alguno, hace pensar en un término opaco, sin interpretación semántica para los hablantes de la isla, más adecuado, por tanto, al comportamiento de un guanchismo «puro». Pero de entre la bibliografía sobre el guanche solo lo encontramos en las listas de Bethencourt Alfonso, descrito como «caldera en Teguise» (1991: 387), y como mostal, nombre de una planta de Gran Canaria, sin identificación (ibid.: 284). No sabemos si esta última referencia pudiera coincidir con la voz mostacilla registrada en el DDEC como 'planta crucífera' (Hirschfeldia incana) y que tiene como otras denominaciones populares en las Islas las de relinchón y tafertes.



Muñique:

Muñique es un típico pueblo de Lanzarote, con todas las características de los pueblos del interior de la isla, situado en el oeste más extremo del municipio de Teguise y que hoy se ha extendido mucho a lo largo de la carretera que une las localidades de Soo y Tiagua. En la parte este del poblado se extiende una amplia Vega de Muñique dedicada al cultivo de productos de secano.


Hoy es indudable la pronunciación de la palatal africada ñ, pero en la documentación escrita antigua de este topónimo predomina la escritura como Munique. Así aparece en el mapa que Torriani hizo de la isla a finales del siglo XVI, allí abreviado en Muniq. (1978: 45), e igualmente, más tarde, en los mapas del siglo XVII de Briçuela (2000) y de P.A. del Castillo (1994). En las escribanías notariales de Teguise de 1618 (Bello Jiménez y Sánchez González 2003) aparece una vez como Murnique (doc. 89), otras como Manique y Monique (doc. 149) y otras como Munique (doc. 157 y 218). Y como Munique vuelve a aparecer en Viera y Clavijo (1982a: I, 794) y en el Diccionario de Madoz (1986: 149). El primer registro de Muñique, tal cual hoy se pronuncia, lo encontramos en un documento de 1670 perteneciente a las actas del Cabildo de Lanzarote (Bruquetas 1997: doc. 304) y en el mapa que Antonio Riviere (1997: 198-199) dibujó de la isla en 1741; y esta escritura de Riviere nos ofrece mucha credibilidad pues el geógrafo suele escribir los topónimos tal cual los oyó en la tradición oral local.


Es voz de indudable origen guanche, aunque no tengamos una interpretación definitiva sobre el significado que debió tener en la lengua de los aborígenes de Lanzarote.



Nazaret :

Las erupciones del siglo XVIII sepultaron muchos pueblos, asentados en los terrenos que, al parecer, eran entonces los más fértiles de la isla y los más adecuados para la agricultura. Pero, a la vez, para la reubicación de la población desplazada, surgieron otras nuevas poblaciones. Este es el caso, por ejemplo, de Nazaret, que aparece citado por vez primera en el mapa de Antonio Riviere (1741), y que debió surgir como poblado a partir de la ermita dedicada a Nuestra Señora de Nazaret.



Oígue:

Oígue es el nombre de una montaña de Lanzarote situada a la izquierda de la carretera que une Tahíche y Nazaret, en el municipio de Teguise. Y por la montaña se llama también Oígue el espacio que se extiende al este y al sur de la misma.


Es voz de origen guanche. Y la rarera del término desde el español hace que en la tradición oral se oigan al menos tres realizaciones bien diferenciadas: Oígue, Ubigue y Uhígue. Madoz lo presenta en su Diccionario como Uhique, con la descripción siguiente: «Cortijo y montaña perteneciente a Teguise..., de cuya pobl[ación] dista 1/2 leg[ua]... Su montaña es un ant[iguo] cráter descompuesto ya en una marga caliza, de buena calidad, si llueve bastante» (1986: 221).



Órsola:

Órsola se llama el pueblo situado más al norte de Lanzarote, en el municipio de Haría. En la actualidad es lugar muy visitado, tanto por los insulares como por los forasteros por ser el puertito desde el que salen los barcos que enlazan Lanzarote con La Graciosa y está teniendo un rápido desarrollo al convertirse en lugar residencial de muchos lanzaroteños. Además de la localidad, el nombre de Órsola lo llevan otros accidentes con ella relacionados: la Caleta natural que había en el lugar en que se ha construido el actual puerto, y la Quemada de Órsola, un cono volcánico que se encuentra en las cercanías de la localidad de Ye, muy lejos de Órsola, pero que sin duda el nombre le viene por el pueblo costero.


Las escrituras con que suele aparecer este nombre pueden ser equívocas respecto a su verdadera pronunciación, que no es otra que Órsola, con acentuación proparoxítona y con s. Así aparece en el Diccionario geográfico de Madoz (1986: 157), pero es de los pocos registros en que aparece correctamente. En el Libro de nombramientos y títulos del Archivo de Teguise (Bruquetas 2000, inédito), por ejemplo, se escribe Orsola, sin acento; Hernández-Pacheco manuscribió Órsula en el mapa elaborado por él mismo (2002: apéndice) mientras que en el texto le corrigieron los editores -según se confiesa en el prólogo- y escribieron Órzola (ibid.: 285). No aparece el nombre en el mapa de Torriani, pero eso no quiere decir que no existiera ya en esa época, aunque por sus mínimas proporciones no mereciera su atención. Sí aparece en los mapas posteriores de Briçuela y de P.A. del Castillo, aunque con nombres muy perturbados: Tusola y Tozola, respectivamente, que evidencian una copia muy errada. Y posteriormente Viera escribió Ozola, Berthelot Osola, Chil y Naranjo Orzola, Osola y Ozola, etc.


Tantas y tan variadas escrituras tuvo el nombre que hizo pensar a Wölfel, que no conocía el verdadero nombre de la tradición oral, si detrás de ellos no estaría «la palabra española orzuela 'orza, vasija de barro' en la forma de una variante dialectal que no diptongue». Y no se quedó en ello. «Lo más probable -sigue diciendo el investigador austriaco- es que aquí se haya conservado la forma francesa del nombre de la orchilla oursolle. Por último -sigue-, tomamos en consideración, asimismo, el nombre de Úrsula. En cualquier caso -concluye-, lo menos probable es que el vocablo proceda de la lengua aborigen» (1996: 1055). A estas variadas hipótesis de Wölfel, formuladas todas ellas sobre escrituras erradas, habría que responder con la contundencia de los hechos. Primero, sería muy difícil de explicar, si no imposible, la constitución de una forma esdrújula como Órsola tanto fuese desde el español orzuela como desde el francés oursolle; segundo, ninguno de los respectivos significados de esas dos palabras explican ni justifican el topónimo lanzaroteño, una zona de costa de arrecifes que ni tiene tierra para la cerámica ni puede criar orchilla (propia de las partes altas del Risco de Famara); y tercero, la forma Úrsula es una solución de llegada, no de partida, por etimología popular. Por su parte, Álvarez Delgado se inclina por considerarlo un vasquismo. Y, finalmente, Agustín Pallarés cree que el nombre de Órsola (también con s) es de procedencia italiana, impuesto en honor de alguna nave genovesa de ese nombre de tiempos en que los genoveses navegaron por esos mares (siglo XIV), y que el tal nombre sería el equivalente al castellano Úrsula, con referencia a la santa de ese nombre.


Nosotros creemos, sin embargo, que se trata de un guanchismo, como tantos otros esdrújulos de la toponimia canaria de origen guanche. Para nuestro colaborador Abrahan Loutf podría tratarse de un derivado de la raíz bereber SL 'estar liso'.



Papagayo :

Topónimo que nombra una zona costera de la parte sureste de Los Ajaches, en El Rubicón. Como accidentes específicos llevan el nombre de Papagayo una punta (la más meridional de la isla), un pequeño puerto, una playa y un caserío ya en ruinas. La zona es hoy en día muy conocida por las magníficas playas que tiene, a las que acuden multitud de turistas, a pesar de tener un acceso restringido y dificultoso desde Playa Blanca, aunque ha sido hasta ayer mismo un territorio solitario y totalmente aislado. Mas pronto se verá envuelto inexorablemente en la reconversión de toda aquella costa para el turismo de masas y se llenará de hoteles, apartamentos, urbanizaciones y carreteras.


Pero el nombre es antiguo: figura ya en el mapa que Torriani dibujó de la isla a finales del siglo XVI, con la especificación de ser una punta de mar. Y tras él, en toda la cartografía posterior de Cosala, P.A. del Castillo, Riviere, etc. y en archivos locales con las siguientes inscripciones:


Torriani Archivos Cosala Castillo Riviere Actual
PapagaioPapagayoPapagaioPapagayoPapagaioPapagayo


Y la importancia del lugar para la historia de Lanzarote es aun mayor, incluso para toda Canarias, pues su conquista empezó justamente aquí, en 1402, con el desembarco en las playas de Papagayo de las tropas llegadas al mando de los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle.


En cuanto al nombre, el topónimo parece ser un portuguesismo para la denominación de un pez teleóstero perciforme, de cuerpo muy comprimido; los machos son de color verdoso, mientras que las hembras son marrones o rosas. Es exclusivo de los fondos arenosos, cubiertos o no por praderas de plantas marinas, en los cuales se entierra totalmente cuando se alarma (Xyrichthys novacula).



Pasasipuedes:

Con el ocurrente nombre de Pasasipuedes aparece un topónimo en el Risco de Famara, en su vertiente oeste, mirando a La Graciosa. Tal nombre no puede sino referirse a un paso estrecho y dificultoso que hay en el acantilado que forma este risco, que en épocas históricas fue transitado en todas las direcciones por los habitantes de los lugares cercanos (como vía de comunicación con la parte alta del macizo de Famara, como lugar de extracción de la orchilla, como lugar de pastoreo, etc.) y que visto hoy desde la Playa de Famara parece imposible de practicar.


Este topónimo lanzaroteño es una muestra ejemplar de cómo en la constitución de la toponimia puede ponerse en juego sintáctico cualquier elemento de la lengua, siempre que resulte ajustado a la geografía que se quiere representar. Y lo que empezó siendo «una frase» (pasa si puedes) con sentido pleno y denotativo acabó fijado en un topónimo (en una palabra simple, y por tanto escrito todo junto) con sentido metafórico.



Pechiguera:

La Punta de Pechiguera señala el punto más suroccidental de la isla de Lanzarote, en el municipio de Yaisa. Por ello se levanta allí un importante faro de señales marítimas. En realidad son dos los que están en pie, el viejo inaugurado a mitad del siglo XIX, fuera ya de servicio, y el nuevo inaugurado en 1989.


El nombre de Pechiguera que llevan todos los accidentes puntuales del lugar lo reciben del lugar, que es una extensión de tierras llanas, improductivas, dentro del mayor territorio de Costa Roja y aún de la zona sur de toda la isla que se llama El Rubicón. Sin embargo, no sabemos a qué puede deberse el nombre de Pechiguera.



Pedro Barba:

Pedro Barba es hoy el segundo núcleo poblacional de La Graciosa, y antes denominación de toda la parte noreste de aquella isla. Su nombre deviene de Pedro Barba de Campos, sevillano, que fue caballero principal en el traspaso del Señorío de Lanzarote de Maciot de Bethencourt al Conde de Niebla (Viera y Clavijo 1982a: I, 373-376).



Pedro Perico:

Las leyendas locales, que están por lo general entre lo histórico y lo fantasioso, también han dado lugar a muchos topónimos. También en Lanzarote hay muchos casos de este tipo, y uno de ellos es el de Pedro Perico, antropónimo que da nombre a una zona de malpaíses de Timanfaya y a dos accidentes muy notorios de esa zona: una montaña y una cueva. Si hemos de hacer caso a la leyenda, el nombre se le puso primero a la montaña, y desde ella a la cueva y a la zona en que ambos están, en el mun. de Yaisa. La montaña tiene una sima muy profunda, cortada a pico, de forma que para descender a ella se necesita de la ayuda de una larga cuerda.


La leyenda la recogió Juan Bethencourt Alfonso a finales del siglo XIX de la tradición oral de Lanzarote y aparece publicada en sus Costumbres populares canarias..., 274-275) y tiene que ver con apariciones de animales fantásticos encubridores del diablo. Dice la tradición que por el año 1500, poco después de terminada la conquista de las Islas, se apareció en aquellos territorios un corpulento macho cabrío que fue el terror y espanto de los pastores de la zona. Hasta que uno de ellos, llamado Pedro Perico, hombre ágil, corredor y osado, decidió comprobar lo que había de verdad en ello. «Para esto -cuenta Bethencourt Alfonso- se hizo acompañar de dos o tres pastores con el fin de que presenciaran cómo hacía desaparecer lo que tanto aterrorizaba a la gente del Rubicón. Así que llegaron a la entrada del islote, se presentó de repente el tremendo animal, dando espantosos balidos y con el lomo encrespado, tomando actitudes en además de desafiarles. Pedro Perico abandonó a sus aterrados compañeros en el punto conocido con el nombre de Cordón y embistió al corpulento animal; y observaron que el animero pastor, asiéndose de las astas del macho empeñó en él una terrible lucha, hasta que logró ponerse a horcajadas; pero tan pronto lo hubo conseguido emprendió aquél una rápida carrera, cual si fuera un caballo, y se precipitó en la sima arrastrando consigo al jinete, sin que hasta ahora se haya vuelto a saber de ninguno de los dos». Y concluye: «Todos los contemporáneos de Pedro Perico creyeron que a éste se lo había llevado el diablo».



Peña de Andía:

En un campo de lavas geológicamente recientes y cercano al pueblo de Órsola, en el mun. de Haría, existe un gran roque que recibe le nombre de Peña o Peñas de Andía o Peña Jendía. Leoncio Afonso (1997: 175) supone que la denominación «de Andía» es deformación por una mala audición de quien recogió el topónimo de «peñas hendidas», teniendo éste adjetivo el significado de 'hincada'. Nosotros hemos visto esa «peña» y no nos parece que sea ésa su característica más sobresaliente. Por el contrario, esa peña, desde lejos, se aparece como un gran roque, uno de esos que los vulcanólogos llaman «bloques erráticos» que son arrastrados por los ríos de lava hasta consolidarse a grandes distancias de la boca del volcán. Y desde cerca se presenta como hendida, cortada en dos mitades. Éste sí que parece ser el motivo de su nombre.


Su denominación en la tradición oral alterna entre la forma Andía y la forma Jendía, pero nunca Hendida, aunque las dos formas orales pueden proceder de la supuesta culta. Lo que sí puede interpretarse como resultado de una etimología popular es la primera variante de Andía, pues la preposición parece actuar ahí como indicativo de pertenencia a un antropónimo Andía, una forma que resultaría por aféresis de *Jandía y de la que Jendía sería variante.


Peña de Luis Cabrera:

Es una formación rocosa de tipo basalto de considerables dimensiones, situada al sureste de la Montaña Guenia, conocida en el ámbito local con tres nombres variantes, pero fuera de la isla especialmente por el de Peña de Luis Cabrera. Su fama se debe a ser un yacimiento arqueológico de la cultura guanche en el que en uno de sus paneles existen inscripciones líbico-bereberes, además de ser un litófono, esto es, una especie de campana que al golpearla con una piedra en distintas posiciones produce sonidos de distintas tonalidades, y que pudo tener una funcionalidad en la época prehispánica.



Peñas de Áfite:

Con tres variantes, Áfite, Afite y Ajite (que no solo afectan a la consonante interdental, sino sobre todo al acento), se nombra unas peñas de Lanzarote, en las cercanías del Volcán de la Corona y producto sin duda de sus erupciones, en el municipio de Haría. Como la otra voz lanzaroteña Afe, nunca antes se había citado este término en las fuentes históricas y las de carácter toponímico, por lo que no podemos apoyarnos en ninguna explicación filológica precedente. Para nosotros, su inicial a- representa el morfema del presentador masculino singular, mientras que su lexema podemos emparentarla con la forma femenina tafit del bereber de Wargla, con el significado 'botón o brote de la primera floración'. Claro que en este caso no parece que exista ninguna relación en el plano del contenido, pues las Peñas de Áfite, como hemos dicho, pertenecen al Volcán de la Corona, en un campo de malpaíses absolutamente improductivos, a no ser que en ese punto se produzca algún tipo de vegetación espontánea.



Peñas del Chache:

Las llamadas Peñas del Chache se han convertido en el punto más alto de la isla, con 670 m. Puede decirse que es la cima del macizo de Famara, que visto desde éste la zona de El Jable y de la playa de Famara tiene el aspecto de un formidable murallón y que recibe el nombre de La Montaña, aunque propiamente no sea una «montaña», en el sentido particular que este término tiene en Lanzarote y en el resto del archipiélago, sino más bien un cerro rocoso.


Por su altura, y por estar sobre un acantilado, las Peñas del Chache sirvieron en los primeros siglos tras la conquista de atalaya desde la que avizorar la aproximación de barcos sospechosos por toda la costa norte y oeste. En la actualidad las Peñas del Chache se divisan desde lejos no por lo que son, sino por dos enormes esferas que se colocaron para el sistema de control de la aviación.


El nombre de Chache es de indudable origen guanche, aunque nada sepamos del significado que pudo tener en la lengua de los habitantes primeros de la isla, aunque deba tener parentesco con otros topónimos lanzaroteños de fonética próxima, tales como Ajache, Tinache y Tinaguache y muy posiblemente también con el antropónimo Ache, el que fuera hermano del último rey de los majos Guardarfria.


En una parte de este cerro se han descubierto restos arqueológicos que presentan determinadas construcciones que, dada la altura del lugar, se han interpretado como lugares de culto de los aborígenes.



Pico Nao :

Hay una montaña en el extremo noreste de los Ajaches que por su configuración recibe el nombre de Pico Nao, siendo además una de las mayores alturas de este macizo, con 415 m de altura. En pronunciación local nosotros lo hemos oído nombrar como Nao, como Nago y como Nado, por este orden de frecuencia. Sin embargo fue la variante segunda de Pico Nago la que oyó y recogió Eduardo Hernández-Pacheco en su excursión por Lanzarote en 1907 (2002: 217). Y según nos informa Agustín Pallarés este antiguo nombre está siendo sustituido modernamente por el de Montaña de la Peña, debido al morro de rocas que la corona, teniendo un interés añadido, pues en alguna de estas rocas se hallan determinadas inscripciones de indudable origen guanche.


En algunos mapas aparece escrito como Pico Naos, quizás por atracción errónea de otro topónimo insular mucho más nombrado, el Puerto de Naos de Arrecife. Y de hecho, en la misma región del Pico Nao hay un Barranco Naos que posiblemente haya recibido ya la influencia definitiva del nombre del puerto. Pero nada tiene que ver el nombre de esta montaña, que identificamos como un guanchismo, con el nombre del puerto, que es un catalanismo (posiblemente introducido en Canarias por los portugueses) con el significado literal de 'naves' y que quedó como topónimo en varios puntos de las islas, como en Fuerteventura y El Hierro, además de Lanzarote.


El nombre de Nao, Nago o Nado no lo encontramos en ningún listado de guanchismos, pero es posible que detrás de este topónimo esté el nombre de aquel personaje aborigen llamado Anago (citado en Le canarien 2003: 34), el único de los 23 nativos que logró escapar de la encerrona que preparó el traidor Bertín de Berneval para capturar esclavos.



Playa Blanca:

Hay dos lugares en Lanzarote con este mismo nombre, en los mun. de Tías y de Yaisa, cuyas características geomorfológicas son exactamente lo que los dos términos del topónimo dicen. El más importante de los dos en la actualidad es el último, pues se ha convertido en uno de los focos turísticos más importantes de la isla, y el de mayor proyección de futuro, al extenderse a lo largo de toda la costa de sureste y al ser, sin duda, su centro neurálgico. Antes de ello, Playa Blanca no fue otra cosa que un pueblito de pescadores, el más alejado de la capital de la isla, pero el más próximo a la isla de Fuerteventura, por lo que adquirió también la condición de puente de las comunicaciones marítimas con esa isla.



Playa Lamba:

Playa Lamba o Lambra es una playa de la isla de La Graciosa cuyo término específico deriva de ámbar, por fonética sintáctica. Sin duda el nombre lo recibe por los restos de ámbar que pudieron haberse encontrado en ella en alguna época primitiva.


El ámbar gris es una "sustancia ligera, opaca, grasienta, de color de ceniza, sembrada de manchitas blancas, inflamable, olorosa y medicinal, que el mar suele arrojar a las orillas de algunos países privilegiados, y que ha sido uno de los presentes que la naturaleza ha hecho a nuestras islas Canarias en los primeros siglos de su conquista y población". Eso dice Viera y Clavijo en su Diccionario de Historia Natural (1982b: 38-39). Y casualmente lo ejemplifica con el topónimo de La Graciosa. Dice: "En la parte del norte de la isla Graciosa, cercana a Lanzarote, hay una pequeña playa que llaman la Playa del Ambar (sic), a causa de que en ella se solía hallar". Y concluye que el ámbar gris es producido por el cachalote, que lo arroja a modo de excremento.



Pozo de la Caleta de Famara:

Está frente a la Playa de Famara, muy cerca de la costa, por lo que el agua que de él se extrae es salobre.



Pozos de San Marcial:

Como testimonio del lugar de desembarco de la expedición normanda en la isla de Lanzarote en 1402 y como únicos restos de los emplazamientos que allí hicieron (un castillo o torre defensiva, una ermita, unos pozos y otras dependencias menores), quedan los llamados Pozos de San Marcial, en la desembocadura de un pequeño barranco que va a terminar en una playa llamados ambos, barranco y playa, precisamente de los Pozos. El lugar más genérico en que se ubican es el de Papagayo. Pero el lugar específico de los pozos es conocido también por el solo topónimo de San Marcial.


Especial importancia histórica tiene, pues, este lugar. No se ponen de acuerdo, sin embargo, en cuanto al número y nombre de los pozos, ni los documentos escritos ni las excavaciones realizadas ni la tradición oral. Según Tejera y Aznar (1989: 42), que hicieron excavaciones en la zona, los franceses hicieron cuatro pozos: los llamados de San Marcial (al pie del castillo), de la Cruz (por la misma vertical de la cruz en la colina de la iglesia, el que tiene los grabados con la diosa Tanit), de la Pila (por tener una pileta junto al brocal, también llamado Nuevo) y de las Cabras (que es el de uso más continuado, pero que no aparece en el corpus de Alvar). De esos cuatro, sólo los dos primeros han sido excavados modernamente. Según información oral recogida por nosotros hay uno al que se le llama de los Escalones, que debe de ser el primero de ellos, por tener escalones de acceso. Sin embargo, la documentación histórica de Lanzarote del siglo XVII (Bruquetas 2000: 257-258) habla de tres pozos «de San Marcial»: el primero es un pozo grande, «abierto, de bóveda antigua, con su pila»; el segundo otro pozo más arriba de éste, «que también fue pozo abierto»; y el Pozo de Marcos Luzardo, «que es más arriba de estos». Y sigue: «A estos pozos les pertenecen las entradas y salidas y la vaquería y cabronada del pueblo y las demás alimañas que del pueblo antiguamente suelen gozar las dichas aguas».



Pozos del Rubicón:

Los pozos existentes en la zona del Rubicón pueden considerarse como ejemplos de un sistema mixto de almacenamiento y de extracción de las aguas de lluvia, las únicas de la región, pues según el estudio que de ellos han hecho Tejera y Aznar (1989: 42-43), se basan en el sistema de eres que usaron los aborígenes de varias islas, entre ellos los de Lanzarote: primero, la filtración de las aguas se detenía al llegar a la roca base, cuya naturaleza impermeable permitía su depósito; segundo, la extracción se desarrollaba por el sistema de eres, se retiraba la arena de la superficie y entonces fluía el agua. Todos los pozos de San Marcial del Rubicón tienen este sistema, y por eso en la documentación antigua se especifica «con su entrada y su salida», lo que indica que los normandos que los hicieron debieron conocer el sistema de los aborígenes y lo aplicaron a sus pozos.


Especial importancia histórica tienen estos pozos del Rubicón, por cuanto fueron las primeras construcciones europeas realizadas en el archipiélago (con la salvedad del legendario castillo de Lanceloto), alguno de los cuales sigue en funcionamiento. No se ponen de acuerdo, sin embargo, en cuanto al número y nombre de los pozos en El Rubicón, ni los documentos escritos ni las excavaciones realizadas ni la tradición oral. Según Tejera y Aznar (1989: 42), que hicieron excavaciones en la zona, los normandos hicieron cuatro pozos: los llamados de San Marcial (al pie del castillo), de la Cruz (por la misma vertical de la cruz en la colina de la iglesia, el que tiene los grabados con la diosa Tanit), de la Pila (por tener una pileta junto al brocal, también llamado Nuevo) y de las Cabras (que es el de uso más continuado, pero que no aparece en el corpus de Alvar). De esos cuatro, sólo los dos primeros han sido excavados modernamente. Según información oral recogida por nosotros hay uno al que se le llama de los Escalones, que debe ser el primero de ellos, por tener escalones de acceso. Sin embargo, la documentación histórica de Lanzarote del siglo XVIII (Bruquetas 1999: tesis doctoral, inédita, 257-258) habla de tres pozos «de San Marcial»: el primero es un pozo grande, «abierto, de bóveda antigua, con su pila»; el segundo otro pozo más arriba de éste, «que también fue pozo abierto»; y el Pozo de Marcos Luzardo, «que es más arriba de estos». Y sigue: «A estos pozos les pertenece las entradas y salidas y la vaquería y cabronada del pueblo y las demás alimañas que del pueblo antiguamente suelen gozar las dichas aguas». Y, aparte, de otros dos pozos «de El Rubicón»: el Pozo de Benenso, «que fue pozo abierto con la entrada y la salida, de antigüedad usada y guardada», y el Pozo de Asoge, «pozo viejo que fue abierto junto al mar».



Puerto del Carmen / Tiñosa :

El topónimo Puerto del Carmen es de especial interés por cuanto se trata de un reemplazamiento toponímico y no de la creación de un nuevo poblado. El poblado existía desde viejo, al menos desde el siglo XVI, con el nombre de Tiñosa, y así aparece citado en los mapas de Torriani (como Tinosa), de Brihuela/Cosala (como La Tiñosa), de P.A. del Castillo (como La Tiñoça) y de Riviere (como La Tinosa). Fue por un motivo «estético» que se cambió de nombre, como ha ocurrido en otros varios casos y lugares (en Canarias es bien conocido el cambio de Puerto de Cabras por Puerto del Rosario), antes incluso que el actual Puerto del Carmen pensara en convertirse en uno de los principales lugares turísticos (si no el principal) de la isla. En ese reemplazamiento operó una falsa etimología popular. Creyeron que Tiñosa era nombre español, y que su significado era el peyorativo significado que le atribuye el diccionario de la lengua: 'que padece la tiña' o 'escaso, miserable y ruin', y decidieron cambiarlo para no arrastrar nombre tan deshonroso. Pero, como decimos, es una falsa etimología, pues el topónimo Tiñosa muy probablemente no es de origen español, sino guanche, aunque, eso sí, acomodado a la fonética del español. Y además no es una forma única en la toponimia de Canarias, sino con variantes léxicas: Tiñor es un pueblo de El Hierro; Las Tiñosas o La Tiñosa nombran a varios lugares de Fuerteventura; Tiñoa se llama un lomo de Fasnia, en Tenerife, etc. No sabemos cuál pudo ser su significado en lengua guanche, pero seguro que no era el que supusieron los de Lanzarote para cambiar el nombre.



Puerto Naos:

Propiamente, la capital de Lanzarote tiene en la actualidad dos puertos: el de Naos y el de los Mármoles. Pero ninguno de ellos puede considerarse el puerto histórico y «natural» de Arrecife; éste lo constituían los «arrecifes» e «islotes» que conforman su bahía, desde el Islote del Francés en la parte norte hasta la Playa del Reducto en la parte sur. Un capítulo entero de su historia de Canarias dedica Torriani a la «Descripción del puerto de Arrecife y de su fuerza» (1978: 51-52). Todavía el nombre de Arrecife no designaba a ninguna población, pues no existía (la capital estaba en «La Villa», en Teguise), sino al puerto, llamado El Arrecife precisamente por la configuración del subsuelo de su costa. Dice literalmente Torriani: «El Arrecife es el puerto principal de esta isla, hacia noreste. Está rodeado por algunos islotes y por infinitos peñascos y bancos de arena, los cuales, con oponerse a la fuerza del mar, lo hacen tranquila estancia para los navíos...».


Sin embargo, también en el mapa que Torriani dibujó de la isla aparece señalado y escrito el Puerto de Naos, al norte de Arrecife. Lo más interesante de este topónimo es el nombre que toma de Naos, que es un portuguesismo y que también aparece en las respectivas toponimias de El Hierro y La Palma.



Punta Brava:

Los términos brava y bravo, cuando actúan como adjetivos, tienen en las hablas de Canarias un sentido particular, como arcaísmos que son, equivalente a 'furioso, enfadado, colérico'. Aplicados a la toponimia, una Punta Brava es aquel lugar de costa en que el mar azota la tierra de manera violenta y en la que se forman grandes olas. Así en la zona de La Isleta cercana al pueblo de La Santa, en el municipio de Tinajo.



Punta del Bravío:

En Lanzarote y Fuerteventura un bravío es el "fondo marino formado por rocas quebradas y sinuosas", según definición del DDEC. Por tanto, la Punta del Bravío, situada en la costa más suroccidental de la isla, en el municipio de Yaisa, es un lugar de estas características.



Punta Mujeres:

Punta Mujeres es hoy un pueblecito de la costa este del municipio de Haría, al norte de Arrieta, que está tiendo un desarrollo acelerado en los últimos años. El poblado como tal se ha ido configurando paulatinamente desde que a principios del siglo XX se establecieron allí un par de familias que se dedicaron ocasionalmente a cultivar unas parcelas de tierra y a la pesca. En la década de los 30 experimentó un incremento poblacional al construirse en su costa unas salinas que tuvieron su cierta importancia. Finalmente, el atractivo de la costa y del mar es el que ha hecho que lo que fue pueblito haya crecido en la forma que antes dijimos con nuevas familias de los pueblos del interior de la isla y sobre todo de Arrecife.


Eso en cuanto a la población, pero antes de ella el topónimo hacía referencia al accidente de la punta de tierra bien marcada que se adentra en el mar, y como tal aparece en el mapa que Torriani dibujó de la isla hacia finales del siglo XVI, con la singularidad de que esa Punta de Mujeres dibujada por Torriani constituía el punto más al noreste de la isla de Lanzarote, cosa que no es cierta.


No sabemos cuál haya podido ser el motivo del nombre del topónimo, pero deberá haber estar vinculado a algún suceso local, histórico o legendario. Por otra parte, la presencia del término Mujeres es bastante común en las respectivas toponimias insulares canarias. En el mismo Lanzarote hay una Playa Mujeres en la zona de Papagayo, en el municipio de Yaisa.


Agustín Pallarés ha propuesto como motivo del topónimo Punta Mujeres el siguiente suceso histórico: El 14 de enero de 1537 zarparon de San Lúcar de Barrameda unas naves españolas con destino al Nuevo Mundo, pero cuando la flota se encontraba en aguas de Lanzarote fueron abordadas por unos buques de guerra franceses que raptaron a las mujeres y las retuvieron durante unos días, hasta que decidieron abandonarlas completamente desnudas por esta zona litoral de la isla, entonces completamente desierta. La conmoción que este suceso -dice Pallarés- sería motivo suficiente como para que el lugar tomara desde entonces el nombre de las infortunadas mujeres.



Río Tinto:

Río Tinto es la denominación popular local, siempre oral, de la actual Costa Teguise, que es topónimo moderno, oficial y turístico y sólo escrito. Los locales sólo dicen Río Tinto, los de afuera (y oficiales) sólo Costa Teguise, pero no se mezclan ambas denominaciones. Río Tinto porque fue la primera promoción turística de la zona, con el Hotel Las Salinas. Incluso los naturales dicen La Costa a toda la zona de costa del naciente del mun. de Teguise, hasta Guatisa.



Roque del Este:

El Roque del Este es, en efecto, un puro peñasco surgido del mar a unos 11 km. de la parte noreste de Lanzarote (el punto más cercano es Órsola), con apenas 0'07 km² y con dos picachos en sus extremos, el mayor de los cuales, llamado metafóricamente El Campanario, se yergue hasta 84 m. de altura. El topónimo Roque del Este es también antiguo: en el Libro del Conosçimiento, de mediados del siglo XIV, se le denomina Racham, pero ya el autor portugués Valentim Fernández, a comienzos del siglo XVI, le da el nombre que en la actualidad tiene. En la cartografía aparece por vez primera en los mapas de Íñigo de Briçuela y Próspero Casola (1635) y de P.A. del Castillo (1686), y posteriormente en el de Antonio Riviere (1741), siempre con este único nombre.



Roque del Oeste :

El Roque del Oeste es el más pequeño de todos los «islotes», con 0'06 km² y una altura máxima de 41 m. La denominación de Roque del Oeste lo adquiere en relación al otro Roque que queda al este de Lanzarote, pero el nombre con que generalmente aparece en la cartografía antigua es el de Roquete (así en el mapa de Antonio Riviere, 1741), y ese es también el nombre con que popularmente se le denomina desde Lanzarote. Modernamente aparece también en los mapas con el nombre de Roque del Infierno, sin duda, por su aspecto inhóspito y de color negro, pero este no es nombre popular tradicional.



Rubicón :

El término Rubicón es uno de los primeros topónimos, si no el primero, que tuvo la isla tras la llegada de los europeos a la isla de Lanzarote a principios del siglo XV. Se lo pusieron los expedicionarios normandos al lugar en que desembarcaron y fijaron su residencia primera, en la zona de costa del suroeste de la isla. Se discute si el nombre pudo estar motivado por el color rojizo intenso que allí tienen las tierras o por el recuerdo de lo que significó el río Rubicón en la guerra de las Galias de César, trasladado a la aventura que los normandos habían conseguido en Lanzarote (Tejera y Aznar 1989: 27). Nosotros nos inclinamos más por la interpretación primera, porque Rubicón es -y fue desde el inicio- un cromotopónimo.


Al principio el término se usó sólo para designar al castillo que levantaron, luego se aplicó también al poblado, luego al obispado que se constituyó y finalmente a toda la zona sur. El poblado de San Marcial, el primer poblado europeo de Canarias, se fundó en 1402; tuvo castillo, iglesia, cementerio, puerto y pozos. La primera expedición de Jean de Bethencourt debió ser de unos 63 hombres, a los que hay que sumar los de la segunda expedición: 80 hombres de guerra y 23 mujeres.


Con el traslado del obispado del Rubicón a Las Palmas en 1485 empezó su decadencia. Hoy no hay allí más que unos pocos restos, incluso tapados, sin identificar del todo. Pero el topónimo San Marcial siguió apareciendo en la cartografía hasta el siglo XVIII. En Madoz (mitad del XIX) se dice sólo que es un territorio y cabo de montaña. Hasta hace unos pocos años, el núcleo habitado más cercano al antiguo emplazamiento de San Marcial era las Casas de Papagayo, hoy totalmente abandonadas y semiderruidas. Pero una fiebre constructiva y una especulación atroz están haciendo nacer cada día por toda aquella costa complejos hoteleros de proporciones gigantescas que transformarán por completo la paz en que siempre han vivido aquellos parajes.



Safantía:

Safantía es el nombre de una famosa fuente de Lanzarote, situada en la parte alta del Risco de Famara, debajo del Mirador del Río. Para llegar a ella ha de caminarse por un andén que atraviesa el risco a la altura de la Atalaya Chica.


La escasez de fuentes en Lanzarote hizo que la más mínima que existiera mereciera estar en todos los registros pertinentes. Así en el texto que P.A. del Castillo (1994: s.p.) escribió sobre Lanzarote, que detalla las fuentes de Famara, de Maramazgo, de las Nieves o del Rey, de Elvira Sánchez, de Zafantía y de Aguza. Y lo mismo en Cabrera Pérez et alii (1999: 114) se especifican las fuentes de Gusa o Guza (cerca de Punta Fariones), la Dulce, la Salada, la de las Ovejas, la de Gayo, la del Bco., la del Palomo, la de Famara, la de Maramazgo, la de las Nieves o del Rey, la de Elvira Sánchez y la de Zafantía (en la parte baja del pueblo de Guinate). No contó esta de Safantía con el honor de figurar en el capítulo que Viera y Clavijo dedicó a las fuentes de Lanzarote en su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias, en donde solo reseña las de Famara y de Aguza. «Esta escasez de fuentes -dice el gran historiador y naturalista canario- ha obligado siempre a los habitantes de Lanzarote a recoger las lluvias en aquella gran mareta que tienen junto a la villa capital, y en muchas cisternas y norias» (1982b: 182).


La voz Safantía es de indudable origen guanche, aunque solo aparece como tal en la lista de términos guanches de Lanzarote de Bethencourt Alfonso (1991: 387), y como «punta en Haría», no como fuente.



Saga:

Saga es una pequeña zona de Lanzarote en terreno hoy totalmente abandonado, situado al norte de las modernas urbanizaciones turísticas de Costa Teguise y perteneciente al municipio de Teguise. En tiempos anteriores debió constituir un cortijo dedicado al cultivo de aquellas tierras. Propiamente el lugar de Saga es un extenso llano; sin embargo, en algunos registros cartográficos aparece una Montaña de Saga que no es sino denominación variante de la cercana Montaña Tejia o Téjida.


Aparece en el Diccionario geográfico de Madoz como «pago» y «término» de Teguise, con los siguientes límites: «Confina al N con el camino de Guatiza; E con el térm. de Tegereste (sic); S con el mar y O con el térm. también de Tegia» (1986: 190).


Es voz de origen guanche, aunque de entre la bibliografía referida a las voces guanches lo encontramos únicamente en Bethencourt Alfonso (1991: 387) así mismo escrito y como «montaña en Teguise».



Ságamo:

Con este nombre de Ságamo se nombra en Lanzarote las calderas pertenecientes a la Montaña de la Vieja Gabriela, en el campo de lavas y malpaíses que hay entre El Golfo y Yaisa: Las Calderas de Ságamo, siendo extraños en este topónimo dos cosas: el plural que tiene el topónimo siendo un accidente individual (una única caldera) y que ésta reciba un nombre distinto al de la montaña a la que pertenece.


La identificación de este término como guanchismo es problemática. Wölfel recoge en sus Monumenta (1996: 591) el testimonio del erudito palmero Lorenzo Rodríguez que dice que la voz ságamo está viva en el habla popular de La Palma con el significado 'el corazón de las plantas'. Nada dice Lorenzo Rodríguez sobre el origen de esa voz, pero Wölfel la da, sin discusión alguna, por guanche aunque dice no haber encontrado paralelo alguno, ni siquiera lejano, desde el bereber. Sin embargo existe una gran abundancia de citas sobre esta voz en los estudios dialectales canarios, reunidos primero en el TLEC bajo las entradas ságamo y sámago y resumidos después en el DDEC. Dicen Corrales, Corbella y Álvarez en este último diccionario que ságamo es variante de sámago y que se usa en Tenerife con tres acepciones: la de 'hollejo', la de 'médula de los vegetales' y la de 'corazón de algunas frutas, como la pera o la manzana', y en Gran Canaria con la de 'parte interior del pírgano' (hoja de la palmera); y dicen expresamente al principio de la entrada que es portuguesismo o arcaísmo. Como la voz sámago figura en el DRAE como «albura o parte más blanda de las maderas que no es conveniente para la construcción», podría entenderse que los sentidos canarios se desarrollaron a partir de ella, aunque como dicen más explícitamente Corrales y Corbella en su DHECan lo más probable es que en Canarias entrara a partir del port. ámago por metátesis recíproca.


Ante esta evidencia lingüística es difícil proponer el origen guanche del término Ságamo de la toponimia lanzaroteña. Sin embargo, no es fácilmente explicable el significado de la voz española o canaria en el topónimo de Lanzarote, un lugar que por su naturaleza volcánica relativamente reciente carece de la más elemental vegetación. Más coherente parece ponerlo en relación con el término Yágamo (variante Yágabo) que da nombre a una vega del municipio de San Bartolomé, y éste de indudable origen guanche.



Samarín:

Hay varios topónimos en Canarias, especialmente en Tenerife, con el nombre de Samarín. El de Lanzarote designa un lugar costero, situado a poniente del pueblo de Las Breñas, entre El Caletón de Rijo y La Punta del Viento, en el municipio de Yaisa.


Es problemática la etimología de tal nombre en la toponimia. En Lanzarote el término Samarín fue apellido documentado entre los berberiscos capturados en las costas del África fronteriza a Canarias, pero es muy extraño que un apellido se convirtiera en topónimo en la forma que lo ha hecho, con su solo nombre y sin apelativo genérico alguno (como hubiera podido ser Punta o Costa de Samarín, por ejemplo), y más si el tal apellido fuera solo el de un esclavo africano, por la poca relevancia que podría tener en el lugar en que viviera. Podría ser de origen guanche, tal como lo cree también Bethencourt Alfonso (1991: 437).



San Bartolomé :

Caso distinto al de Nazaret es el de San Bartolomé, citado también en el mapa de Riviere, y que si bien a partir de esas erupciones debió buscar su nuevo y definitivo emplazamiento, su fundación era de fecha anterior, pues ya aparece citado como «lugar» en 1670 (Bruquetas 1997: 304) y aún antes, en 1629, en las Constituciones Sinodales del Obispo Murga, poblado entonces con 49 vecinos, lo que es mucho, para el Lanzarote de la época. Puede que también el poblado y su denominación surgieran a partir de una ermita dedicada al santo, pero que viniera a sustituir al antiguo poblado guanche de Ajey, como algunos dicen, es menos constatable, pues entre la desaparición de Ajey (si es que, en efecto, fue poblado guanche) y el nacimiento de San Bartolomé debieron pasar, al menos, dos siglos. No hubo, por tanto, sustitución toponímica en este caso. Prácticamente, el nombre de Ajey desapareció de la toponimia ; su pervivencia como nombre se debe más bien a que una agrupación folclórica de San Bartolomé lo adoptó para sí, aunque si así fue sería porque el nombre quedara «sonando» en la tradición. El hecho es que ahora se quiere reconstruir el pasado proponiendo para el pueblo el nombre de San Bartolomé de Ajey, propuesta que ha argumentado por escrito Agustín Pallarés en una serie de artículos publicados en el seminario insular Lancelot.



Serbijao:

Serbijao se llama una pequeña zona de Lanzarote, perteneciente al municipio de Teguise y situada entre las montañas de Guenia y Tinamala, que no tiene otras características orográficas que las de ser un llano, en la actualidad totalmente abandonado en cuanto a las labores agrícolas. El topónimo lo recogimos en nuestras encuestas de campo también con la variante Serbijados, cuyo final denota una d epentética supuestamente añadida desde el español. También supone una interpretación desde el español su escritura con v, como lo vemos en algunos mapas locales, por asimilación a servir, por ejemplo, pero que nosotros escribimos con b, conforme a los criterios ortográficos para los nombres de origen guanche.


De entre la bibliografía dedicada a las voces guanches solo lo encontramos citado por Bethencourt Alfonso (1991: 388) como Silbijao y como «barranco y salto en Teguise», que apoya nuestra interpretación tanto en la escritura del término (salvando la variante léxica) como en la etimología guanche.



Sonsamas :

Debemos aclarar que la cartografía actual, así como las publicaciones de todo tipo, incluso letreros de carretera, mapas turísticos, etc. escriben siempre Zonzamas. No así las fuentes históricas y las anotaciones en documentos históricos, en donde es alternante la escritura con s y con z . Pero si hemos de hacer caso a la tradición oral -y debemos hacerle caso-, el topónimo debe escribirse Sonsamas, tal cual se pronuncia, y además, en proceso de evolución, Susama, como nosotros hemos oído claramente a varios informantes del lugar (y no es extraño que dé un paso más en su evolución a Susana, por etimología popular). Pues bien, el llamado Sonsamas era el rey guanche de Lanzarote en la época en que el vizcaíno Ruiz de Avendaño arribó a la isla (hacia 1377). Su fama se debe tanto al episodio amoroso que tuvo Avendaño con la mujer de Sonsamas, la reina Fayna, del cual nacería la princesa Ico, quien, a su vez generaría una famosa leyenda, como a los restos arqueológicos que han quedado de su vivienda y de la cultura de la época, los más importantes de la isla.


Que el topónimo Sonsamas hace referencia a una población aborigen no cabe la menor duda, pero también que siguió siendo población tras la conquista. Hoy el topónimo Sonsamas tiene como referencia principal una zona del mun. de Teguise más la de una serie de accidentes geográficos en ella enclavados (una montaña con su correspondiente caldera, una cueva, un llano y una peña), pero ningún poblado. Sin embargo, en las primeras cartografías aparece como poblado y sí se cita en varios documentos del archivo histórico de Teguise hasta el siglo XVIII, como el lugar de Las Sonsamas. Y por el contrario, a la montaña que ahora se llama de Sonsamas se le nombraba hasta bien estrado el siglo XX únicamente como Montaña de la Rosa (así en el relato que Hernández-Pacheco hizo de su viaje de exploración a las montañas de Lanzarote en 1907).



Soo:

Soo es el nombre de una localidad de Lanzarote, bien conocida y situada en la parte del noroeste, perteneciente al municipio de Teguise. Además, en la parte sur de esta población se extiende su propia vega, que en la tradición oral local se pronuncia también como Vega de Son.


Hasta cinco entradas concede Madoz a este topónimo en su Diccionario geográfico (1986: 192), siempre escrito Soo: como «lugar» dependiente del ayunt. de Teguise; como «pago» de Lanzarote; como «mar de Soo» coincidente con el Bajamar de la isla «por cuya bravura y lo abundante en pescado y mariscos excelentes en tiempos de calma es de nombradía»; como «montaña de Soo» en cuyas faldas está el pueblecito de su nombre; y la «vega de Soo» de 3.000 fanegadas de tierra inundadas de jable. Y dos notas de tipo histórico se destacan sobre este lugar: la primera porque «este es uno de los puntos de la isla en que se conserva la raza árabe tostada», y la segunda porque el lugar fue antes muy productivo en barrilla y daba beneficios pingües, pero -dice Madoz- ha decaído su comercio «por haberle adulterado sus habitantes los primeros, y luego los de toda la isla», y concluye que esa es la causa principal de la miseria que se nota en Lanzarote. En efecto, es tradición popular que este pueblo se creó para dar asentamiento a los muchos moriscos que en los siglos XVI y XVII había en Lanzarote como consecuencia de las frecuentes capturas que los Señores de la isla efectuaban en el África fronteriza. Y se tiene también por seguro que fue en la Vega de Soo donde se empezó a cultivar la barrilla, hacia las décadas finales del siglo XVIII, extendido después a otros lugares de la isla, dando lugar a un boyante negocio que, sin embargo, no duró mucho.


Aparte estas novedosas noticias históricas, el nombre de Soo ha merecido comentarios varios referidos unos a la brevedad de su lexema y otros a esa extraña reiteración de la o final, ajena totalmente a la configuración morfológica del español. Podríamos por tanto concluir que el nombre conserva aún un rasgo fonético de la lengua de la que procede, el guanche. Porque, en efecto, lo que se pronuncia no es simplemente [so] sino algo distinto y más alargado, un sonido persistente desde el guanche que no sabríamos precisar, pero que sería velar, y que puede explicar la forma Soo y la variante Son que se ha desarrollado como variante en la tradición oral. Y esa extraña fonética es la que ha propiciado el que de las cinco citas que de este topónimo reúne Wölfel en sus Monumenta (1996: 1058) las cinco sean distintas: Só, Sò, Soó, Soo y Sóo. Esos son los reunidos por Wölfel, pero nosotros podemos citar más: Torriani (1978: 45), que es el primero en recoger este topónimo en su mapa de la isla, escribió So, lo mismo que después Briçuela Montaña de So (2000: s.p.) en el suyo; Mña. de Zo escribió P.A. del Castillo (1994: s.p.); Antonio Riviere manuscribió en su propio mapa (1997: 198-199) y en el texto, diciendo además que en la época de las erupciones del Timanfaya tenía 48 vecinos, lo que significa que era el lugar más poblado de la demarcación de la Villa, después de ella. Extraña que no aparezca Soo en la relación de «lugares y aldeas» que Viera y Clavijo ofrece de Lanzarote (1982a: I, 794), a no ser que se refieran a este lugar lo que Viera escribe como Soca de Arriba y Soca de Abajo, topónimo, por otra parte, inexistente en la actualidad. siguió escribiéndolo Chil y Naranjo (2006: 69) y So finalmente Bethencourt Alfonso (1991: 388).



Tabayesco:

El nombre de Tabayesco corresponde hoy como topónimo principal a una pequeña localidad del norte de Lanzarote, perteneciente al municipio de Haría. Pero lo llevan también otros varios topónimos secundarios vinculados al primero: la elevación que aparece sobre la localidad, una peña y el del camino viejo que unía esta zona de costa con el pueblo de Haría.


El escribano público de Teguise Salvador de Quintana Castrillo lo escribió en 1618 tal como hoy lo escribimos nosotros: Tabayesco (Bello Jiménez y Sánchez González 2003, doc. 76); sin embargo, en el siglo XVIII, Antonio Riviere (1997: 1997 y 1999) y Viera (1982a: I, 794) lo escribieron como Tabayaseco y Tavayaseco, respectivamente, tratando de interpretar el final del término desde el español, y con esa misma escritura llegó al Diccionario de Madoz a mitad del siglo XIX (1986: 192).


Nombre de origen guanche del que desconocemos el significado que pudo tener.



Tacita de Chocolate:

Un topónimo como Tacita de Chocolate no podría ser sino una ocurrencia metafórica a partir de un accidente del terreno, y además de creación moderna, como así es. Surgió a partir de las visitas turísticas que se iniciaron en el Parque Nacional de Timanfaya en la década de los 80 del siglo XX. En efecto, el accidente es uno de esos «hornitos» o chimeneas secundarias de los volcanes que expulsan de manera violenta materias y escorias fundidas que forman caprichosas figuras. En este caso, la imagen de la taza de chocolate está bien traída, por las chorreaduras de lava que tiene hornito alrededor del borde y de sus paredes exteriores.



Tahíche:

Tahíche es término de origen guanche que se aplica en Lanzarote a muchos y muy diversos accidentes, aunque todos relacionados entre sí y pertenecientes a una misma región, más cercana a la capital actual de Arrecife pero de la jurisdicción de Teguise. La referencia principal actual es la de una localidad que en los últimos años está teniendo un acelerado desarrollo, pero desglosada además en tres asentamientos diferenciados: Tahíche Alto, Tahíche Bajo y Tahíche Chico. Después, la de la montaña perfectamente dibujada en sus perfiles de cono volcánico situada al este de la población; además, la de la vega destinada al cultivo que se sitúa al norte, la del volcán o campo de escorrentías lávicas recientes que se desarrollan al oeste como producto de la Montaña Oígue y el de la Maleza de Tahíche, una extensa llanura de terrenos incultos que se extiende al sureste. Finalmente está el Taro de Tahíche donde está ubicada la que primero fue casa particular del gran artista lanzaroteño César Manrique, hoy convertida en sede de su Fundación.


Si respetamos en este caso la escritura de la h intercalada es porque todavía en la pronunciación local de los más viejos del lugar se oye [taxíche]. Ese sonido velar se manifiesta también en la escritura que de este topónimo dio Madoz en su Diccionario geográfico (1986: 193), como Tagiche, al que otorga 4 entradas: a la aldea (entonces de 22 vecinos), a la montaña a cuyos pies «se halla sepultada la aldea», al término (de una legua cuadrada de superficie escabrosa, llena de pequeños cerros) y a la vega («que fue dada por los señores de la isla en cambio de la pella ó vegiga de que se hizo mérito en el art. Roque del Ámbar»). Y es de destacar que el mismo Madoz escribe Tajiche en el artículo dedicado a ese Roque del Ámbar (ibid.: 188).


Como Tagiche aparece en las relaciones de lugares poblados de Lanzarote tras el volcán de Timanfaya, y tanto en Antonio Riviere (1997: 194), que señala tenía entonces 20 vecinos, como en Viera y Clavijo (1982a: I, 794). Otras varias formas de escritura cita Wölfel de este topónimo (1996: 767-768) que vienen a incidir en la complejidad de la segunda sílaba, pero no ofrece ninguna hipótesis interpretativa.


Una interpretación directa del topónimo la encontramos en la Historia del pueblo guanche de Bethencourt Alfonso, que, por la autoridad del autor y del tiempo en que la hizo, nos merece mucho respeto. Dice que es tradicional entre los pastores de Lanzarote invitar a su ganado a beber con la interjección ¡Táji... táji!, que significa ¡bebe, bebe!, «de la que creen se deriva la palabra Tajiche, nombre de unas antiguas charcas donde llevaban a abrevar los rebaños. Ignoran porque [sic] de un siglo a esta parte se han agotado los referidos charcos, emplazados en la aldea o caserío de igual denominación» (1991: 278). Nos merece mucho respeto Bethencourt Alfonso, pero no nos convence la explicación onomatopéyica que da para este topónimo.



Taiga:

Un solo topónimo hay en Lanzarote con el nombre de Taiga, que designa un lugar de la zona de Los Valles, en la parte baja del Lomo Guantesibe, sin ninguna referencia orográfica notable.


Conviene decir que Taiga constituye un topónimo simple, sin artículo alguno y sin ningún término genérico al que califique; por tanto se trata de una voz aborigen conservada tal cual, lo que es muy raro, tratándose de un microtopónimo que en la actualidad ni hace referencia a localidad alguna ni a accidente geográfico destacado. Y sin embargo aparece en el primer mapa que se hace de la isla, el de Torriani, lo que nos lleva a pensar en la importancia que debió de tener en la época prehispánica y en los primeros tiempos tras la conquista. En efecto, en la primera edición que hizo Cioranescu en castellano de la Descripción de Torriani (1978) reproduce de manera muy borrosa los mapas de las islas; en la siguiente edición de 1999 que hizo el Cabildo de Tenerife, a cargo también de Cioranescu, se mejora mucho la calidad de reproducción de los mapas, pero aun así quedan sin poder leerse bien algunos nombres, entre ellos un Taiz o Iaiz (situado, en el mapa de Torriani, entre Famara y So) que interpretamos como Taiga. Como Taz aparece en los mapas respectivos de Briçuela y Casola (2000) y de Pedro Agustín del Castillo (1994). Pero como Taiga aparece ya en la relación de «lugares y aldeas» de la Villa de Teguise que Viera y Clavijo relaciona en su Historia a mitad del siglo XVIII (1982a: I, 794). Y como «aldea» aparece también en los Diccionarios de Olive y de Madoz de mitad del XIX; en el de este último se dice que «en esta miserable aldea, solo quedan 2 ó 3 vec[inos] en la mayor indigencia».


De su condición de poblado antiguo nada queda, como decimos. Pero su nombre pasó a la antroponimia de la isla: Taiga se convirtió en apellido, sin duda como procedente del lugar de Taiga. En un documento de 1633 aparece un tal Juan Martín de Taiga como guardián de la mareta de Arenillas (efectivamente cercana al lugar de Taiga) (Bruquetas 1997: 95), y en la toponimia actual hemos recogido un Cercado de Cho Listaiga en el municipio de Haría, en el que intuimos incluido el nombre guanche.



Tao:

Tao es un topónimo que aparece en las dos islas más orientales del archipiélago canario. En Lanzarote, Tao designa a una de sus poblaciones, ejemplo del pueblo tradicional del interior de la isla, en su puro centro y mitad, y dedicado a la agricultura de secano. En su parte este se extiende el llamado Jable de Tao, que no es sino una parte de El Jable por antonomasia de Lanzarote, el que atraviesa la isla de norte a sur, desde Famara a Guasimeta.


Madoz (1986: 194) da noticia en su Diccionario de mitad del siglo XIX del Tao diciendo que «antiguamente fue un pueblo bastante regular, aunque en el día apenas exista, pues el jable, los vientos y la escasez de lluvias han sido causa suficiente de su despoblación». No dice Madoz que en estas tierras de Tao existió una famosa mareta, de gran capacidad, de la que se tienen noticias desde comienzos del siglo XVII. Y tampoco dice que modernamente sus tierras han sido cubiertas de las protectoras arenas volcánicas llamadas localmente «rofe» y que se han logrado fértiles tierras de cultivo con productos de secano que ofrecen además una perspectiva multicolor, de múltiples tonos, cada tierra con un color característico.


Además, hay unas Peñas de Tao en el municipio de Haría, cercanas al Volcán de la Corona en su parte del este, y en pleno campo de sus malpaíses.


El nombre es antiguo, de origen guanche indudable, y por ello aparece en todos los registros históricos de la isla, aunque con grafías que a veces hacen difícil su identificación. Por ejemplo, Torriani escribió Iago; Briçuela, Taor; P.A. del Castillo, Tanos; y ya desde el siglo XVIII el Tao inequívoco que ha llegado hasta la actualidad.


Los nombres escritos en el mapa de Torriani merecen un comentario aquí, por cuanto afectan al topónimo que aquí tratamos: La primera edición que hizo Cioranescu en castellano de la Descripción de Torriani (1978) reproduce de manera muy borrosa los mapas de las islas. La edición que en 1999 hizo el Cabildo de Tenerife, a cargo también de Cioranescu, mejora mucho la calidad de reproducción de los mapas, pero aun así quedan sin poder leerse bien los siguientes nombres: Hay un Taiz o Iaiz (situado, en el mapa de Torriani, entre Famara y So) que interpretamos como Taiga; un Iago (entre Hainaguaden y Guime) que interpretamos como Tao, y otro muy próximo escrito Tiago que identificamos con el actual Tiagua; un Teguei o Tejuei (entre Iaiza y Güime) que interpretamos como Ajey, tal como hace también Wölfel (1996: 761).



Taro de Tahíche:

Los taros son en el lenguaje popular de Lanzarote lo que los goros o tagoros en las otras islas, corrales para el ganado o refugios para el pastor; sólo que en Lanzarote los taros son reductos naturales formados en los campos de lavas, y sirven para otras funciones no meramente pastoriles, tales como almacenes de grano, para guardar aperos, de bodega, de corral de animales domésticos, etc. No son muchos los taros que han pasado a la toponimia de Lanzarote, pero sí los suficientes como para dejar su huella. El más famoso de todos ellos es, sin duda, el Taro de Tahíche, por haber sido en él donde César Manrique construyó su casa, asombro de cuantos la visitan, convertida ahora en sede de la Fundación de su nombre.



Tegaso:

Tegaso es el nombre de un gran lomo de Lanzarote, que separa el Valle de Temisa, al sur, y la carretera que une Arrieta con Haría, al norte. Nombra, además, a varios accidentes puntuales como Tope Tegaso y Rincón de Tegaso.


Es voz a la que atribuimos un origen guanche, aunque no tengamos explicación sobre su etimología e ignoremos el significado que tuvo entre los habitantes primitivos de la isla.



Tegoyo:

Tegoyo es un término de origen guanche específico de la toponimia de Lanzarote que se aplica a un amplio territorio del noroeste del pueblo de Tías, dentro del cual se distinguen: un pequeño pueblo con el solo nombre de Tegoyo o con el compuesto Vega de Tegoyo, una Montaña de Tegoyo, inscrita en los mapas militares con el desmerecedor nombre de Cerro, siendo una verdadera y bien definida montaña, y un amplio campo de cultivos que recibe el nombre de Vega o Vegas de Tegoyo.


Ya aparece citado como lugar bien diferenciado en el siglo XVII por el escribano Salvador de Quintana, unas veces citado como Tegoy y otras como Tegoyo (Bello Jiménez y Sánchez González 2003, doc. 162). Y a mitad del siglo XIX lo recoge Madoz en su Diccionario (1986: 196) como Tegoyo: una «granja» a la orilla de un torrente de lava «cuajada y fría» entre las montañas de Guardilama y Conil que, sin embargo, tiene un terreno «de primera calidad, compuesto de buena miga y cubierto de arenas que producen buena vid y árboles frutales en una parte y maíz, hortalizas y legumbres en la otra». Más adelante (pág. 199), en el propio diccionario de madoz, aparece otra entrada como Tejoyo (sic), térm. de Tías, sin más datos, que puede que sea escritura variante para este mismo lugar, con más probabilidad que del otro topónimo lanzaroteño Taoyo.



Teguereste:

Teguereste se llama un mediano territorio de Lanzarote situado en la parte sur de la Montaña Tinamala y que tiene como accidentes principales el Morro de Teguereste, accidente perteneciente precisamente a la Montaña Tinamala, y sobre todo el Barranco de Teguereste, un cauce poco pronunciado pero uno de los más largos de Lanzarote que inicia su curso como continuación del Barranco de las Piletas y desemboca por el este en la Playa de Cha Joaquina.


En el Diccionario de Madoz (1986: 196) aparece mal escrito: Tegereste, con sus límites: al N con el térm. de Guatiza, al E con el de Tinamala, al S con el mar y al O con el térm. de Saga. De su terreno dice que «es árido como sus colindantes, no criándose en él por lo común más que algunas yerbas de pasto para el ganado cabrío, y algún trigo y cebada en años de buen invierno».


Es término de indudable origen guanche, para el que no tenemos una explicación etimológica, pero que podría estar en relación con otros topónimos de otras islas, como Tegueste, Igueste, Tagaste, etc.



Teguise :

El nombre de Teguise requiere de una detenida explicación histórica e historiográfica. En un principio, si aceptamos la versión de Torriani (1978: 40 y 48), el nombre de Teguse (sic) correspondió a un «rey» guanche anterior a que los cristianos hubiesen conquistado la isla; y si hacemos caso a Viera (1982a: I, 367; y antes a P.A. del Castillo 1994), el nombre de Teguise correspondió a una «princesa» guanche, hija de Zonzamas, que se casó o se convirtió en barragana de Maciot, el sobrino del conquistador normando, quien, en honor de la bella princesa, dio su nombre a la villa que habría de convertirse en capital histórica de Lanzarote. De haber sido así, el nombre de Teguise (fuera de un «rey» o de una «princesa») sería un nuevo ejemplo de los muchos nombres guanches que primero fueron antropónimos y después se convirtieron en topónimos. El lugar así designado, no obstante, debió haber estado ocupado ya por la población aborigen y debió ser incluso uno de los principales (si no el principal) asentamientos de la isla, pero con la denominación de Acatife, cuya traducción al castellano fue la de Gran Aldea, y así debió seguir llamándose el lugar hasta el siglo XVIII (Viera I, 305 y 367). No obstante, como topónimo, Teguise aparece ya en Torriani (con la forma Teuguise, lo mismo que en la cartografía de Briçuela/Casola), y como tal ha continuado hasta la actualidad (no se menciona, sin embargo, en Le canarien). Ahora bien, en la denominación insular se prefirió siempre el nombre de La Villa para quien fue la capital histórica de la isla hasta el siglo XIX, y en buena medida sigue prefiriéndose en la actualidad esa denominación entre los nativos lanzaroteños. Y como tal La Villa o simplemente Villa aparece en no pocos mapas antiguos, como en los de Riviere y de P.A. del Castillo del siglo XVII. En el archivo municipal de Teguise, según un acta de 1780, se hace constar que la denominación completa fue Villa de Teguise del Arcángel San Miguel, y que a partir de 1811 se simplifica siempre por La Villa.


La etimología más disparatada que hemos leído para el término Teguise se debe a Sebastián Sosa Barroso (2001: 94), quien, a su vez, dice tomarla de Cubillo (el independentista canario que escribió una gramática guanche): dice que deriva del tuareg teguese 'la que tiene derecho a suceder por línea materna', lo que es una manera inocente y simplista de acomodar un nombre a lo que el personaje así llamado fue o desempeñó en la historia.



Téjida / Tejia:

Téjida y Tejia, como variantes de expresión, son dos nombres que están aplicados a una pequeña zona de Lanzarote en terreno hoy totalmente abandonado perteneciente al municipio de Teguise y situada al norte de las modernas urbanizaciones turísticas conocidas como Costa Teguise. Tiene como accidentes más sobresaliente la Montaña Téjida, unas pequeñas Montañetas de Téjida que se constituyen como prolongaciones de la anterior en dirección norte, un Cortijo de Téjida hoy despoblado y el Barranco de Téjida. Al sureste de la Montaña Téjida e inmediata a ella se levanta la imponente Montaña Tinaguache y entre ambas existe un paso que con razón se llama Entremontañas.


Las dos variantes con que se nombra en la actualidad, Téjida y Tejia, pueden explicarse por la pérdida de la d intervocálica en la segunda, con lo cual nos encontramos con la pervivencia de una voz esdrújula desde el tiempo de los guanches, que si bien no es fenómeno raro sí es muy llamativo. Sin embargo, Madoz da entrada a este topónimo por la forma sincopada, y escribe Tegia, y lo describe como montaña y término con límites al N con Tinaguache, al E con Saga, al S con el mar y al O con Corralgermoso. Por la esterilidad de sus tierras, como sus colindantes, es comparable -dice- al Zahara (1986: 196).



Temeje:

Temeje es el nombre de un territorio de Lanzarote que tiene como accidente principal una pequeña montaña situada dentro del Paisaje Protegido de Tenegüime, en la parte alta de Guatisa, municipio de Teguise. Al margen de su tamaño, el nombre con que se conoce popularmente es el de Montaña Temeje (y no Montañeta).


Es voz de origen guanche que no aparece en los Monumenta de Wölfel, pero solo porque nadie antes de él la había registrado ni tratado.



Temisa:

Temisa se llama a un barranco y valle de Lanzarote, que se inicia al sur del pueblo de Haría y que desciende en dirección este hasta desembocar en la Playa de la Garita, al sur de Arrieta. Debe señalarse aquí la distinción semántica que se hace en Lanzarote entre los términos valle y barranco; el barranco como la parte más honda del valle por la que circulan las aguas de lluvia, y el valle el resto del terreno en depresión que es susceptible de cultivo. Y esa es la distinción que tienen aquí esos dos topónimos con el específico de Temisa.


Que el término Temisa sea de origen parece seguro, pero también que debió funcionar en el español de Lanzarote como apelativo, pues lo demuestra la pervivencia en esta isla de un topónimo como Temisa de Antonia López Socas.



Temuime:

La voz Temuime, de indudable origen guanche, aparece en un único topónimo: la Vega de Temuime, que se extiende en una gran llanura a los pies de las estribaciones de Los Ajaches en dirección sureste, desde la carretera de Yaisa hasta Playa Quemada.



Tenegüime:

Tenegüime es un mediano espacio de Lanzarote, perteneciente al municipio de Teguise pero en el límite con el de Haría, que tiene como accidente principal uno de los barrancos más pronunciados de la parte norte de la isla y que está constituido en la actualidad como un paisaje protegido. En una ocasión lo recogimos también con la variante Teregüime.


Aparece escrito como Teneguime (sic) en los Monumenta de Wölfel (1996: 760) como «localidad», a partir de la cita de Chil y Naranjo (2006: 70), pero en ninguna fuente ni antigua ni moderna encontramos que Tenegüime haya sido un poblado. En su interpretación, dice Wölfel que es el mismo término que el también topónimo de Lanzarote Güime con el prefijo te-ne (con la advertencia de que Wölfel los escribe sin diéresis, tanto Guime como Teneguime), para los que propone un paralelismo con ciertas voces bereberes que significan 'jardín, vergel, bosque', nada acorde con lo que hay en el territorio de Lanzarote.



Tenésara:

El nombre de Tenésara (con las variantes Tenésera y Tenesa) es un topónimo que designa un gran espacio en los límites externos de la parte norte del Parque Nacional de Timanfaya, en el municipio de Tinajo. Tanto en los mapas como en cualquier tipo de documentos estos nombres aparecen normalmente escritos con z, suponiendo un fonema interdental que ningún lanzaroteño ha pronunciado nunca, ni antes ni ahora; se trata de una escritura errónea por ultracorrección, creyendo enmendar con ello el seseo de las hablas canarias. Pero nada hay que asegure ese sonido en el origen del término, que es guanche.


El nombre lo lleva un gran número de topónimos puntuales situados alrededor del accidente del que son subsidiarios: la gran Montaña de Tenésara, una de las de mayor perímetro de toda la isla. Las variantes Tenésera y Tenesa se aplican casi con exclusividad a esta montaña, pues los demás accidentes se nombran únicamente con el primero y principal de Tenésara. Incluso un pequeño grupo de casas que hay cerca de la costa se nombra con el solo nombre de Tenésara.


En el Diccionario de Madoz (1986: 215) aparece como Tenesar y lo describe como término y montaña de la isla de Lanzarote, en Tinajo, con límites al N con el mar, al E con Tinajo, al S con Tilamar (sic) y al O con un mar de lava volcánica. Describe este lugar como muy árido y de «poca tierra vegetal»; el mar de esta parte de la isla es de mucha nombradía por su bravura, «cuyas olas baten al pie de un frontón de riscos perpendiculares, es temible su aspecto, y sus bramidos se oyen en toda la isla cuando reinan los vientos bonancibles del O ó NO. En dichos riscos está aún la cueva que servía de habitación a la muy nombrada Ana Viciosa». En efecto, así es. De la historia de la Cueva de Ana Viciosa damos cuenta en su lugar.



Tenesia:

Barranco Tenesia (o Ternesía) es el nombre que recibe el primer tramo de un barranco que inicia su recorrido en la parte del noreste del pueblo de Haría y va cambiando varias veces de nombre en su recorrido en la dirección este hasta desembocar, desdibujado ya como verdadero barranco, cerca de Arrieta.


Es nombre de indudable origen prehispánico, aunque no figura en ninguna de las listas de guanchismos.



Termesana:

Termesana es el nombre específico que recibe una gran montaña de Lanzarote situada en el límite sur del Parque Nacional de Timanfaya, en las cercanías de Yaisa. La denominación más asentada en la tradición es la de Montaña Termesana, pero modernamente empieza a oírse cada vez más la variante Tremesana, por metátesis.


La documentación de este topónimo arranca de Torriani (1978: 45), que lo consigna en el interior del mapa que dibuja de la isla con la grafía Tenemozana, entonces como nombre de una previsible localidad, lo que se confirma en documentaciones de siglos posteriores (con escrituras como Teremosana, Tenemosana y Tenemesana), hasta que las erupciones del siglo XVIII acabaron con ella.


El nombre vive también en la isla como apellido raro, no frecuente. Esa condición de antropónimo podría inclinar la opinión a descartarlo como guanchismo, pero podría ser al revés, que de topónimo aborigen pasara a convertirse en apellido, como ocurre con otros varios topónimos/antropónimos de Lanzarote, como Chimida o Mosegue.



Teseguite:

Teseguite es un pueblo de Lanzarote, a muy poca distancia de Teguise, a cuyo municipio pertenece y con el que parece debió tener un indudable parentesco en la lengua de los aborígenes.


Es tradición popular que el poblado surgió de haber obligado a morar en dicho lugar a los esclavos moriscos capturados en el África fronteriza a Canarias y mantenerlos apartarlos así que los vecinos de Teguise, la capital histórica de la isla. Sea cierta o no esta leyenda, el nombre del pueblo aparece ya a fines del siglo XVI en el mapa que Torriani dibujó de la isla, allí con la inscripción de Terceguite, siendo ésta la única de todas las citas históricas que hemos encontrado que no coinciden con la denominación actual.


El panorama que de este pueblo y en general de la isla de Lanzarote pintó Madoz a mitad del siglo XIX no era muy alentador. Dice del lugar que su número de habitantes se había reducido a 10 vecinos labradores, «los que muy en breve desaparecerán, así como la mayor parte de la población de esta isla, a causa de la escasez de lluvias y las escesivas (sic) contr. que pagan de unas tierras que nada casi les producen» (1986: 216).



Testeina:

Testeina es topónimo de un lugar de Lanzarote situado en pleno centro de la zona de La Geria, en el municipio de Tías, dentro del cual existen dos accidentes que llevan también su nombre: una Montaña y un Volcán, siendo este último no lo que ese término designa en el español general, sino lo que en el habla local de Lanzarote se entiende por tal: un territorio cubierto de lavas recientes. La variante Testeína solo la hemos oído en la denominación del lugar, no así de la montaña y el volcán. Ambos términos son de origen guanche indudable.


En el Diccionario de Madoz (1986: 216) se dice de este lugar que es una «granja» cubierta de arenas volcánicas y plantada de vid y árboles frutales. Y describe el panorama que se ve desde allí: «Sobre una colina hay construida una pintoresca casita de campo, que mirando al S sus moradores, deleitan la vista en lo que cabe con la escasez de arbolado que se les presenta, mientras que si quieren horrorizarse, solo tienen que abrir una puerta y mirar en dirección N, donde muchos ríos de lava que inundan el país se ven debajo de sus plantas, más erizados que el mar embravecido por un huracán. La montaña titulada de Testeina es un cráter de 2.000 pies de altura, contemporáneo al de Santa Catalina y a una milla corta de esta, entre los que pasa la lava y se encuentra la colina con la mencionada casita. Media milla hacia el O yace sumerjido debajo de la lava el pueblo y vega de Testeina».


El nombre de la montaña Testeina se lo debe a la aldea que existió antes del volcán, tal como dice Madoz y como se desprende de los testimonios de Antonio Riviere y de Viera y Clavijo, tomados ambos de las Constitucionales que el Obispo Dávila hizo de su visita a la isla en marzo de 1733, es decir, en pleno proceso eruptivo. Entre los «lugares perdidos por el fuego que ha corrido por ellos» dice Riviere que estaba Testeyna, con 3 vecinos« (1997: 194). Y Viera dice que «el fuego corrió por los lugares de Tingafa, Mancha Blanca, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Palmas, Testeina y Rodeos, destruyéndolos todos» (1982a: I, 788).



Tiagua:

Tiagua es el nombre prehispánico de una población de Lanzarote, de carácter agrícola, hoy bastante extendida, perteneciente al municipio de Teguise. Como nota etnográfica de interés, cabe destacar que dentro del pueblo de Tiagua se ha creado un Museo Agrícola que refleja perfectamente los sistemas de cultivo tradicionales practicados históricamente en la isla, así como los utensilios propios del lugar.


Madoz (1986: 216-218) le concede en su Diccionario geográfico dos entradas, como pueblo y como término. Y dice: «Antiguamente fue este pueblo uno de los mejores de la isla, pero en el día está reducido a un corto vecindario, el cual más de la mitad está próximo a emigrar a Montevideo, a causa de la escasez de sus cosechas, sin embargo de haberse distinguido hasta principios de este siglo por la abundancia de sus producciones, y el valor personal de sus habitantes. De algunos años a esta parte la calamidad común a casi todos los pueblos de la isla, de faltarles la lluvia, les pone en la dura necesidad de marchar a América donde por lo regular son vendidos por el flete o trasporte, que importa 100 pesos, por cada persona, si sus bienes no son suficientes para pagarlo adelantado; con lo cual se hace un comercio mil veces más criminal y escandaloso que con el tráfico de esclavos».


Llama la atención de esta larga cita de Madoz el lugar de destino de los emigrantes isleños, Montevideo, habiendo sido las Antillas el destino americano más habitual de la emigración canaria; pero es cierto que en dos ocasiones excepcionales se cambió el rumbo de esa diáspora en la segunda mitad del siglo XVIII: por una parte al sureste de los Estados Unidos de América (estableciéndose unos en el zonas de la desembocadura del Misisipi, en el sur de Luisiana, y otros fundando la ciudad de San Antonio de Texas), y por otra a Montevideo, llegando en ambos casos a ser muy significados los emigrados de Lanzarote que llegaron a regir las nuevas comunidades isleñas fundadas en sus lugares de asentamiento. Por lo que respecta a la por entonces joven República Oriental del Uruguay, se tiene por cierto que fueron los canarios los verdaderos fundadores de su capital Montevideo y que después colonizaron las tierras de los Departamentos de Maldonado y Canelones, hasta el punto de que en este último Departamento decir «canario» es lo mismo que decir «hombre de campo», hasta ese punto se han identificado el origen de su población con el de la condición campesina. Y llama también la atención en la cita de Madoz las terribles condiciones que tenían que arrostrar los que decidían salir de la isla tratando de huir de otras condiciones que, por la pertinaz sequía, se hacían inaguantables.


Respecto al nombre, el actual de Tiagua es el único que aparece en los registros escritos al menos desde el siglo XVIII. Antes, aparece en el mapa que Torriani (1978: 45) dibujó de la isla de Lanzarote con una inscripción que parece decir Tiago (la escritura es muy borrosa). Este nombre u otro similar debió seguir figurando o en la tradición oral o -lo que es más verosímil- en otros mapas o relaciones de topónimos lanzaroteños, pues en los mapas del siglo XVII de Íñigo Briçuela y Próspero Casola (de 1635) y de P.A. del Castillo (en 1686) -estando todavía inédito el libro de Torriani- aparecen, respectivamente, los nombres de Tigao y Tiago, que parecen corresponder al pie de la letra (con metátesis en el primer caso) con el nombre escrito por Torriani.



Tías :

El origen y etimología de Tías es problemático. Parece ser que este poblado surgió para reubicar a los desplazados por las erupciones del Timanfaya de 1730. Lo encontramos citado por vez primera en el mapa que Antonio Riviere hizo en 1741 (aunque no en la relación de «lugares» [= poblados] que este mismo autor hace en los comentarios). Y unos años antes, en 1736, se cita en un acta notarial, relacionándolo con la construcción de la ermita de La Candelaria, sin especificar entonces cuál fuera su número de habitantes. Sin embargo, el escritor local Agustín de la Hoz asegura que el lugar de Tías se fundó a finales del siglo XV como una concesión del Gobernador de Gran Canaria, don Alonso Fajardo, a unas tías suyas, razón por la que terminó llamándose Tías de Fajardo. Esta propuesta ha sido criticada por Agustín Pallarés, y con razón, pues aparte de no aportar de la Hoz ninguna fuente histórica documental, extraña el silencio total que tal nombre y lugar tienen en la documentación anterior al siglo XVIII y, desde entonces, sólo con el nombre de Tías y no otro. De ahí que la etimología de tal topónimo se haya buscado tanto en el apelativo castellano como en el guanche (Wölfel 1996: II, # 598).


En contra de estas dos hipótesis etimológicas, aparece la opinión de Sosa Barroso (2001), queriendo ser más original que nadie, y diciendo que el topónimo Tías no es ni aborigen ni procede de las «tías de Fajardo», sino simple aplicación del término común del castellano tía.



Tilama:

El nombre de Tilama, que es de origen guanche, aparece en dos lugares bien diferenciados de Lanzarote. En el primero, a un kilómetro más o menos al oeste del pueblo de Tinajo, nombrando una pequeña montaña (Montaña Tilama o simplemente Tilama) y su correspondiente caldera (Caldera Tilama); y en el segundo, en la entrada del Valle de Femés, en las cercanías del poblado de Las Casitas, nombrando un lugar en forma de rincón (Rincón de Tilama).


El primero de ellos es el único del que da cuenta Madoz en su Diccionario (1986: 218), escrito así: Tilamar (término y montaña de), en la jurisd. de Tinajo, sit, al S de Tenesar, al O y N de Tajaste y al E de la lava volcánica.


Las variantes que hay entre el Tilama de la oralidad y el Tilamar escrito por Madoz implican algo más que el añadido de una consonante final; implican un cambio de acentuación, que es variación mucho más importante; a no ser que en la escritura de Madoz le falte la tilde Tilámar.



Timanfaya :

Timanfaya es hoy el nombre genérico que recibe el «Parque Nacional» de Lanzarote, pero antes lo era sólo de una serie de montañas surgidas de las erupciones de 1730-1736, y antes aun el nombre de un poblado que fue destruido por las lavas y cenizas surgidas de la erupción. Pues bien, puede que dicho nombre proceda del hermano y sucesor de Sonsamas, llamado Tiguafaya o Timanfaya, quien finalmente fue preso por los expedicionarios europeos de 1393 (Viera 1982a: I, 187).



Tinache:

El pueblo de Tinajo tiene una montaña con su propio nombre de Montaña de Tinajo, situada al oeste del núcleo central de la población, pero la verdadera montaña de Tinajo, por su volumen e imponente aspecto, es la Montaña Tinache, situada en la parte sureste del pueblo. La primera es casi seguro que perdió el nombre específico que tenía en la época guanche y recibió el que ahora tiene por la población, mientras que la segunda conserva el que siempre tuvo sin necesidad de ningún elemento de relación.



Tinaguache:

Tinaguache es el nombre de una montaña de Lanzarote situada al norte de las modernas urbanizaciones turísticas desarrolladas en la llamada Costa Teguise. Totalmente pegada a esta Montaña Tinaguache y a su lado norte se levanta la Montaña Téjida, esta de menor tamaño, y el espacio intermedio entre ambas tiene el descriptivo nombre de Entremontañas. Además, por extensión del nombre de la montaña, se llama Tinaguache todo el territorio que está a su alrededor, atravesado en parte por el Barranco del Hurón y dentro del cual hay unas grandes gavias llamadas también de Tinaguache.


Nos informa Agustín Pallarés, que el viejo nombre de Tinaguache de la montaña está siendo sustituido, por unos, por el de Montaña del Hurón, por atracción del nombre del barranco que pasa cerca, y, por otros, por el de Montaña Grande, por oposición a la de Téjida, que es más pequeña.



Tinajo :

Del topónimo Tinajo, como poblado, dan cuenta también por vez primera los documentos posteriores a la erupción de Timanfaya, aunque en este caso no podemos asegurar que no existiera antes; sólo que no se documenta como tal. Son los informes que surgen de aquella erupción, el mapa posterior de Antonio Riviere y la Historia de Viera y Clavijo los primeros en citarlo, junto a su ermita de San Roque. Riviere le atribuye entonces 42 vecinos, mientras que el escribano público que da fe de los vecinos de cada pueblo de la isla, tras el volcán de Timanfaya, es de 55 (Romero Ruiz 1997: 38-40).


Es voz que creemos de indudable origen guanche, con ese comienzo ti(n)- tan característico del bereber. Y sin embargo Sosa Barroso (2001: 133) la cree procedente del castellano tinaja < tina 'aljibe pequeño'.



Tinamala:

Tinamala es el nombre de una imponente montaña del norte Lanzarote, que alcanza los 324 m de altura y un gran perímetro, situada al sur del pueblo de Guatisa y perteneciente al municipio de Teguise. En la tradición oral es nombrada indistintamente como Tinamala o Montaña Tinamala por no tener su nombre ninguna otra referencia geográfica; de hecho, la caldera que abre la montaña por el lado del noreste se llama Caldera de la Montaña de Tinamala. Por su altura, la mayor de todo el contorno, y hasta finales del siglo XVIII, subían cada día a la cima de esta Montaña Tinamala los «atalayas» que observaban la arribada de barcos por esta parte del noreste de la isla.


Sobre el origen guanche de este nombre no hay duda alguna, como tampoco sobre la relación etimológica entre los dos topónimos Mala y Tinamala.


Dice Madoz en su Diccionario (1986: 219), refiriéndose a los habitantes de Lanzarote y a estas tierras del norte de la isla que «la falta de terrenos de mejor calidad, obliga a estos hab[itantes] a roturar y cultivar en años que hay buen principio de invierno, estas miserables tierras, que con dificultad cubren sus cosechas los gastos empleados en sus labores».


En relación con esto, nuestro colaborador Abraham Loutf hace una sugestiva interpretación de los topónimos Mala y Tinamala diciendo que muchas voces próximas fonéticamente a éstas de Lanzarote se hallan repartidas por todas las áreas bereberes en donde se produce el característico modo de cultivo en terrazas en las laderas de los barrancos. A consecuencia de la estrechez de las parcelas cultivables, el agricultor establece en las vertientes una serie de bancales hasta la cima de la montaña, y del mismo modo aprovecha la parte más honda del valle, que divide con muretes de gruesos callaos previamente recuperados del lecho del torrente. La denominación de estos paredones varía según las regiones, pero hay una forma panbereber: amilil, con el valor básico de 'seguir' y que describe metafóricamente la sucesión de cultivos en terrazas. Así pues, el topónimo Tinamala podría analizarse desde el bereber como ti-n(a)-mal(a): ti- prefijo indicio del femenino + n nexo prepositivo 'de' + (a) vocal epentética desde el español + mal(a) con el valor 'terrazas cultivadas', apoyado además en el testimonio lexicográfico de Laoust (1939: 281); en definitiva, Tinamala sería 'la (montaña) de terrazas cultivadas'. Lo que concordaría con la observación que Madoz hizo de sus tierras: la necesidad que los habitantes tenían de roturar y cultivar «estas miserables tierras».


Que los guanches cultivaban la tierra es sabido, aunque de una manera muy rudimentaria, pero no se ha dicho que esos cultivos se extendieran a las laderas de las montañas, como parece desprenderse de la interpretación que damos al topónimo Tinamala.



Tinasoria:

Tinasoria es el nombre de una imponente montaña de Lanzarote, de indudable origen guanche, situada al este del pueblo de Uga y que cierra por su parte este la zona de La Geria, en el municipio de Yaisa. La montaña es tan destacada (503 m de altura) que en la tradición oral alternan el solo nombre de Tinasoria y el de Montaña Tinasoria, como ocurre también con otras montañas destacadas, como Tilama, Tinamala o Guardilama. Además, el nombre de Tinasoria lo lleva una fuente local y un barrio de la capital de la isla, éste por implantación moderna: Barrio Tinasoria se llama.


Madoz lo escribe en su Diccionario (1986: 219) como Tinascoria, destacando la descripción de la montaña y de sus límites, con la observación cierta de que en las laderas de su lado oeste se cultiva la vid en el peculiar sistema que existe en toda La Geria de enterrar cada planta en un profundo hoyo excavado en las arenas volcánicas y rodearlo de un murete de piedra viva para protegerla de los constantes vientos.



Tinga:

Tinga o Tíngafa es el nombre, de indudable origen guanche, de una pequeña montaña del municipio de Tinajo, bien formada y con su correspondiente caldera, situada en pleno centro del Parque Nacional de Timanfaya, al este de la Montaña de Maso y al sur de la Caldera Blanca, surgida como consecuencia de las erupciones del Timanfaya entre 1730 y 1736. Además, con la variante Tinga se nombra una fuente del lugar.


Creemos que el nombre Tinga, que es el más frecuente en la actualidad, es solución apocopada de Tíngafa, que es la forma más documentada en la antigüedad, bien escrita con acento gráfico o sin él, por ejemplo en un documento de 1618 del escribano de Teguise Salvador de Quintana (Bello Jiménez y Sánchez González 2003, doc. 134).


El lugar que ocupa ahora la montaña Tíngafa fue antes la aldea más importante de aquella zona. Eso se desprende de los testimonios de Antonio Riviere y de Viera y Clavijo, tomados ambos de las Constitucionales que el Obispo Dávila hizo de su visita a la isla en marzo de 1733, es decir, en pleno proceso eruptivo. Entre los «lugares perdidos por el fuego que ha corrido por ellos» dice Riviere que estaba, en primer lugar, «Tingafa, que tenía 64 vecinos» (1997: 194). Y Viera que «el fuego corrió por los lugares de Tingafa, Mancha Blanca, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Palmas, Testeina y Rodeos, destruyéndolos todos» (1982a: I, 788). Más explícito es el relato que el naturalista alemán Leopold von Buch hizo de las erupciones del Timanfaya: «El 7 de marzo, se elevaron otros conos y la lava que en su salida se dirigía al norte, hacia el mar, alcanzó Tingafa, que fue completamente devastada» (Romero Ruiz 1997: 108).



Tinguatón:

El pequeño poblado de Tiguatón o Tinguatón existía antes de la erupción de 1824, pues es citado por el naturalista alemán Leopoldo von Buch (personaje a quien debemos el conocimiento del relato que el famoso cura de Yaisa, Andrés Lorenzo Curbelo, hizo del surgimiento del volcán de Timanfaya) , en 1815, como uno de los lugares afectados por las cenizas y lavas del Timanfaya en 1730. Pero fue a partir de la erupción de 1824 cuando empezó a tomar nombre dentro de la toponimia de la isla, pues fue epicentro del nuevo volcán. Como consecuencia de esa erupción, aparte el extensísimo territorio que dejó cubierto de cenizas y de lavas, surgieron tres nuevos «volcanes» (propiamente tres nuevas montañas, en terminología local): el de Tao (o Montaña del Clérigo Duarte), el Volcán Nuevo del Fuego (o Montaña del Chinero) y el de Tinguatón (o Montaña de la Tabaiba).



Tisalaya:

Tisalaya es término de origen guanche. Nombre una montaña situada al sur del caserío de La Vegueta, en la zona de La Geria y en el municipio de Tinajo, en los límites al oeste con el de San Bartolomé.


Montaña Tisalaya es como únicamente se nombra esta montaña y así es como únicamente debería escribirse, y no con la z con al que aparece en multitud de registros modernos, por creer falsamente que la manera de pronunciarlo es consecuencia del seseo canario, pero no hay en este caso, pues es voz de origen prehispánico.


Bien escrito aparece en el Diccionario de Madoz (1986: 219): Tisalaya, diciendo que es «granja» en la jurisdicción de Tinajo. Y añade: «La montaña de su nombre es un cráter de 2.000 pies de elevación y cuenta con más de 3.000 años de antigüedad: la magra producida por su descomposición es de buena calidad, como lo manifiesta la vega del Peñón que a separa de la de Tamia, Chibusque y las faldas setentrionales que miran a la Vegueta y a Iguaden».



Uga:

Uga es el nombre de un pueblo del sur de la isla perteneciente al municipio de Yaisa y cercano a la cabecera del municipio. Y desde el pueblo se ha aplicado el nombre a otros accidentes de su demarcación, como un valle y un vallito y unas casillas. Pero aparte, en el municipio de Tinajo existe una Montañeta de Uga, al suroeste de Mancha Blanca, que nada tiene que ver con la población de Yaisa. Se pregunta Agustín Pallarés si esta repetición del nombre se deberá a que se establecieran en sus inmediaciones algunos de sus vecinos huyendo de los volcanes. Comenta que algo de esto se dice sin mayor fundamento. Y concluye que de haber sido así, la estancia en este lugar fue bastante efímera para aquellas gentes, pues no tardaron mucho los volcanes en arrasarlo completamente con sus incontenibles corrientes de lava. Pero, sobre este supuesto, no queda claro para nosotros cuál pudo ser el término originario y por tanto el sentido de la inmigración: si del lugar de Tinajo al de Yaisa o al revés. Cabe otra interpretación más verosímil para esta reduplicación de un mismo nombre en dos lugares distintos de la isla: la de que Uga fuera apelativo en la lengua de los guanches y pudiera, por tanto, como en tantísimos otros casos, designar dos o más lugares distintos por tener alguna característica orográfica (o de cualquier otro tipo) común. Lo que explicaría también el caso de que este mismo nombre de Uga aparezca en la toponimia de Fuerteventura.


Aparece ya, escrito como en la actualidad, en la primera documentación que disponemos de las poblaciones de Lanzarote, que es el mapa que Torriani dibujó de la isla a finales del siglo XVI. Es curioso que en los mapas del siglo XVII, primero el de Íñigo Briçuela y Próspero Casola (de 1635) y después en el de P.A. del Castillo (en 1686) aparezca con nombres tan alterados como Toya y Toga en el primero y Taga en el segundo, que demuestran, por una parte, que tales autores lo malcopiaron de una misma fuente o que tuvieron fuentes diversas erradas, al margen de la oralidad, y, por otra, que desconocían el mapa precedente de Torriani, cosa lógica porque aún estaba inédito y se desconocía su existencia. La siguiente aparición cartográfica del nombre de esta localidad es en el mapa de Antonio Riviere (de 1740) y ahí aparece con la grafía Ugas, tomado sin duda de la tradición oral. Que la oralidad es la fuente primaria que toma este geógrafo para los nombres de las islas, y específicamente de Lanzarote, es algo que comprobamos al comparar las escrituras de los topónimos de unos y otros autores, los de Riviere siempre acordes con lo que la tradición oral ha conservado y escritos además en la mayoría de los casos conforme a lo que lo oído aconsejaba, sin perjuicios de tipo cultista. Es curioso, sin embargo, que en este caso, Antonio Riviere consigne el nombre de Uga en su mapa de la isla y no figure entre los pueblos del distrito de Yaisa (escrito Jaysa por él), y eso que según confiesa él mismo estuvo en el lugar cuando todavía se sufrían los efectos de las erupciones del episodio volcánico del Timanfaya entre 1730 y 1736. Dice: «Este lugar [Yaisa] que estaba al pie del volcán, el que no se descubrió en tres días que estuve en él, solo se divisaba una luz como de una vela, y no estuve más tiempo, porque me lastimaba el pecho el polvo de las arenas» (Riviere 1997: 195).


Tampoco aparece el nombre de Uga en la relación de lugares afectados por el volcán en las Constituciones sinodales del Obispo Dávila, a no ser que sea el lugar denominado Vega el sustituto de Uga, como hemos dicho más atrás, pues esa es la fuente de los relatos de Riviere, primero, y de Viera y Clavijo, después (1982a: I, 794). Pero de que el lugar de Uga estaba habitado en esos años no cabe la menor duda, pues así se consigna expresamente en la «Descripzion del estado a que tiene reducida el volcan de la ysla de Lanzarote» que las autoridades de la isla envían el 29 de diciembre de 1731 al Comandante General de las Islas (Romero Ruiz 1997: 37-40). En él se dice que Huga (aquí escrito con h) tenía 18 vecinos. Y se confirma además en este documento que este lugar de Uga es llamado también «la Vega Vieja de Huga» o «Vega de Huga», lo que concuerda con la interpretación que más atrás hacíamos con las citas de Riviere y Viera y Clavijo.


A mitad del siglo XIX, en el Diccionario geográfico de Madoz (1986: 221) se dice que Uga está en la isla de Lanzarote, en el ayuntamiento y parroquia de Yaiza, que tiene 24 vecinos y que «el poco terreno que pertenece a esta aldea se halla bien cultivado y cubierto de arena, y sin embargo de ser su lecho de tosca o lava semidescompuesta, produce con el auxilio de los abonos cuantos frutos son de desear, en los de primera calidad». Y así sigue siéndolo en la actualidad.



Valle de la Tranquilidad:

Este es un ejemplo de como la toponimia de un lugar se renueva constantemente. El Valle de la Tranquilidad es un lugar de la ruta turística del Parque Nacional de Timanfaya. Se trata, por tanto, de un topónimo nuevo, creado a partir de la inauguración del Parque Nacional Timanfaya y de la ruta interna que se realiza para turistas en autobús, surgido muy probablemente de la imaginación de un guía turístico. El topónimo tiene un aire poético y pretende referir la característica más sobresaliente del lugar: un valle entre volcanes en el que reina el más absoluto silencio y no se ve otra cosa que las lavas y arenas calcinadas surgidas de la entraña de la tierra.



Valle Fenaso:

Con tres nombres se conoce este valle: los de Fenaso, Fenauso y Valle Grande. Esta última denominación hace referencia a sus características geomorfológicas reales: la de ser un verdadero valle, tal como son los de Lanzarote, y la de ser también verdaderamente grande, dentro de la relatividad de las dimensiones de la isla. Se inicia en las cercanías del pueblo de Yaisa y se adentra en sentido norte-sur hasta las estribaciones de la Atalaya de Femés.


Aparte estas denominaciones actuales, en escribanías locales de 1618 se menciona en el valle de Fenause unas tierras «de pan sembrar» (Bello Jiménez y Sánchez González 2003: doc. 167); y en otros documentos posteriores a la erupción del Timanfaya se nombra como Valle de Fenausto (Cazorla 2003: 19 y 31). Como Tenahuse aparece en el Diccionario de Madoz (1986: 202), en referencia inequívoca a este lugar de Lanzarote, pero que así escrito parecería referirse mejor al Tenaso de Tenerife. Finalmente, en varios mapas actuales se cita como Fena, a partir de una mutilada escritura del mapa militar.


Los dos nombres primeros son de indudable origen guanche, variantes de expresión entre sí, aunque nada sabemos de su significado.



Yágamo:

Con el extraño término de Yágamo o Yágabo, de origen guanche indudable, se nombra en Lanzarote unas vegas que bajan en un suave declive desde el pie de Montaña Mina, en el municipio de San Bartolomé, en dirección a Arrecife. Es un topónimo en franca decadencia, siendo su conocimiento exclusivo de los informantes más viejos del lugar. Necesariamente hay que ponerlo en relación con el término Ságamo que da nombre a unas calderas de Yaisa.


El escritor José Agustín Álvarez Rixo, que vivió en Lanzarote a mitad del siglo XIX, dejó unos apuntes de interés para este topónimo de Yágamo, que en la antigüedad pudo ocupar un espacio mucho mayor del que hoy se le asigna. Dice: «Algunos nombres de los aborígenes se van perdiendo, sustituyéndoselos otros castellanos... al desierto terreno en el Puerto del Arrecife, de la misma isla, nombrado Yagabo, el de Calle Nueva, por construirse una calle en aquel paraje el año 1805, hasta cuya fecha retenía el primero» (1991: 32-33)



Yaisa :

Sobre el topónimo Yaisa se está operando en estos momentos un proceso de cambio fonético que, si no hay una intervención inmediata por parte de la administración local e insular, acabará por consagrase la pronunciación /yái0a/, tal cual como empieza a escribirse en todos los registros, y propiciado en este caso por el vertiginoso desarrollo turístico del municipio y la inmensa presencia de foráneos, nacionales y extranjeros, que pronuncian el topónimo tal cual lo ven escrito: Yaiza, y cuya escritura empieza a multiplicarse en carteles de carretera, urbanizaciones turísticas, hoteles, etc. De tal manera que, en estos momentos, el topónimo tiene dos realizaciones orales claramente diferenciadas: /yáisa/, que pronuncian los isleños lanzaroteños y los canarios todos, y /yáiθa/ que pronuncian los foráneos, que son ya muchos más que los nativos.


Y a decir verdad, la escritura Yaiza no es sino una falsa escritura, por creer que en la pronunciación canaria lo que hay es un fenómeno de seseo que debe corregirse en la escritura conforme a su etimología. Pero no hay etimología alguna que amparece esa escritura, pues el nombre es de origen guanche y por tanto debe escribirse tal cual suena, Yaisa, y tal como se ha escrito, además, en la mayoría de los registros más antiguos, del siglo XVII, conservados en los archivos del Cabildo y del Ayuntamiento de la Villa, bien que con variantes como Yaysa y Yassen, pero siempre con s. La escritura empieza a ser alternante entre s y z a partir del siglo XVIII, cuando el territorio de Yaisa tomó el protagonismo de las erupciones de Timanfaya y los relatos del suceso le dieron notoriedad. Así, aparece unas veces como Yaisa y otras como Yaiza, en la crónica del cura de la localidad, Lorenzo Curbelo y en los informes que mandó hacer el Obispo Dávila del estado en quedó la isla. Pero sigue apareciendo con s en la Historia de Viera y Clavijo y en los registros fundamentados en la tradición oral, como ocurre en la cartografía de la isla de Antonio de Riviere. Quien definitivamente más ha influido en la escritura del topónimo con z ha sido la cartografía militar, que, como se sabe, interpretó generalmente el sonido /s/ como fenómeno del seseo, sin tener en cuenta los nombres de origen guanche, y escribió Yaiza, Guatiza, Órzola, etc. Y desde ella, las administraciones municipales y el Cabildo empezaron a llenar la isla de letreros con escrituras falsas, que si bien en un principio no tenían influencia alguna en la oralidad, pues los canarios seguían pronunciando Yaisa, Guatisa, Órsola, etc., en la actualidad, con la invasión de gentes foráneas, la pronunciación empieza a imitar a la escritura, cambiando radicalmente el orden de lo que siempre ha sido: que la escritura diera cuenta de lo que en verdad se dice, y en este caso, además, es y ha sido siempre: Yaisa.


Por lo que respecta a su significado, Wölfel (1996: V, 61) renuncia a cualquier interpretación, dado que desconoce cualquier paralelo desde las lenguas bereberes, y las fuentes etnohistóricas de Canarias nada dicen al respecto. Sin embargo, hay autores que, sin fuente fiable alguna, lo han asignado a una «princesa» guanche de Lanzarote (y de ahí que haya nacido un Hotel en la zona con ese nombre de «Princesa Yaiza»), mientras que Sosa Barroso (2001: 143) lo cree de etimología castellana, desde dos dialectalismos riojanos: o de yasa 'desbordamiento' o de yaza 'cazar'.



Ye:

Ye se llama un pequeño pueblo de Lanzarote, situado al pie de la eminente montaña de La Corona, en su lado norte, y perteneciente al municipio de Haría. El nombre más breve que pueda encontrarse para un topónimo, y eso que en Lanzarote abundan los topónimos brevísimos: Afe, Nao, Soo, Tao, Ten, Uga..., todos ellos de origen guanche, como Ye.


En la actualidad se le conoce únicamente por este simple Ye, pero según nos informa Agustín Pallarés, él oyó a alguno de sus informante más viejos pronunciar también la forma Yen. Una y otra formas parecen ser una simplificación fonética en el traspaso habido desde la lengua guanche hasta el español actual, lo que daría cierta credibilidad a una de las más antiguas, si no la más antigua documentación de este topónimo, escrito como Eyen en un documento de 1576, en que el señor de la isla Agustín de Herrera y Rojas otorga la dehesa de Eyen a favor de su hija Constanza (según consta en un doc. del Archivo de Teguise estudiado por Bruquetas de Castro, inédito)


En efecto, según la documentación disponible, casi se puede rastrear la historia de este lugar, al menos desde la conquista, desde la dehesa que fue al principio hasta el poblado que es hoy. Como «dehesa de Yé» se cataloga en la «Descripzión» que las autoridades de la isla envían al Comandante General de Canarias el 29 de diciembre de 1731 sobre el estado «a que tiene reducida el volcan de la ysla de Lanzarote» (Romero Ruiz 1997: 38). Y en el Diccionario de Madoz (1986: 228), a mitad del siglo XIX, se dice que es un territorio que «consta de unos 500 fan. de tierra de pan llevar, en las que se encuentran 4 pequeños cortijos donde habitan otras tantas familias miserables que las cultivan».



Yuco:

El término Yuco, de origen guanche, tiene dos referencias toponímicas en Lanzarote: nombra a una pequeña localidad y una montañeta en el municipio de Tinajo, y a una peña en el municipio de Teguise, en la parte intermedia de la zona del Jable.


El pueblo de Yuco está junto a La Vegueta, con la que se ha unido sin solución de continuidad. La extensión lineal que tiene esta población debe venirle desde antiguo, pues en testimonio de Antonio Riviere y de Viera y Clavijo, ambos de la segunda mitad del siglo XVIII, que escriben sobre el Lanzarote posterior a las erupciones del Timanfaya desde la misma fuente de las Constituciones sinodales del Obispo Dávila, diferencian un Suco de arriba y un Suco de abaxo; así lo nombra Riviere (1997: 194), mientras que Viera (1982a: I, 794) escribe Soca de Arriba y de Abajo, aunque es posible que éste se refiera a Soo. Que este Suco es un error de escritura lo demuestra otro testimonio posterior de 1819 que ofrece el número de vecinos que por entonces vivía en cada uno de los Yucos (Cazorla León 2003: 78), ya entonces recuperado de los efectos de las erupciones que habían destruido su ermita de N.S. de Regla.


No fueron estas las únicas falsas escrituras de este pueblo, pues Madoz trata en su Diccionario de un Juso «aldea» de Tinajo (1986: 130) y de un Yuco «aldea» y «mal-país» de Tinajo (ibid.: 228), como si de dos lugares distintos se tratara.